lunes, 29 de agosto de 2016

EL S.DE LEON..DA VINCI.U/CAP.61.

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI
LXI
A un metro de distancia sigue a su padre. Bajan los escalones, el rellano. En un rincón negro pegado a la pared destaca el colorido de los restos del calidoscopio destrozado, machacado hasta quedar reducido a trocitos pequeños. Y un nuevo tramo de las escaleras que proyectan la sucia y oscura calle hacia abajo.
El adoquinado con el que están asfaltadas las calles y los giros bruscos, casi constantes, que realiza Umberto para evitar las motocicletas que se meten por cualquier sitio, incluso en dirección prohibida, parece que va a terminar con los pocos días que le quedan a este viejo Lancia Ypsilon gris que Giambattista, el amigo policía de su padre, le ha dejado para efectuar el viaje que ahora inician.
Umberto consigue salir del desordenado avispero de coches, motos, furgonetas y gente que por todas partes inundan la calzada sin la más mínima precaución. Al poco, ya más en el interior de la península, aparecen a la derecha las montañas nevadas. Umberto conecta la calefacción y los cristales se empañan. Además, una gran contaminación negruzca nubla aún más la visión. El hijo observa cómo el padre afina la vista y pasa un pañuelo de papel por el parabrisas, menos mal que la autovía está llena de largas rectas. Apenas hablan, los dos piensan en sus cosas.
Ha pasado un buen rato cuando Umberto extiende el brazo y señala hacia el lateral derecho. Un monte alto, redondeado, con una gran edificación arriba. Paolo ya lo había visto.
-¿Qué es?
-La Abadía de Montecassino.
-¿Una abadía? ¿Monjes?
-Sí, monjas y monjes benedictinos.
-Una pena la contaminación...
Ver los pequeños pueblos, las antiguas iglesias en medio de los campos rodeados de aire limpio no es posible en esta parte de Italia.
-Desde que se construyó en la primera mitad del siglo VI se convirtió en el monumento más importante de toda Europa. No estaban solo dedicados a las oraciones y el culto. Fue un importante centro de enseñanza. La escuela de medicina de Salerno, que tenía gran fama en la antigüedad, fue creada por monjes que provenían de esta abadía. -Paolo mira absorto y con respeto la imagen-. ¿Ves la forma redondeada de la montaña?
-Sí.
-Es obra del hombre. -Paolo hace un gesto de extrañeza, no comprende-. Verás, durante la Segunda Guerra Mundial fue sometida a un tremendo bombardeo, te aseguro que antes era una montaña con muchas más aristas.
-¿Y la abadía?
-Destruida. La edificación que ves ahora es completamente nueva.
-Entonces, ¿se destruyó todo, los libros también? -Paolo sabe que abadías, libros antiguos y obras de arte son sinónimos.
-¿Recuerdas lo que te comenté en el Museo Stadel de Frankfurt, que los alemanes se llevaron las obras de arte a lugares más seguros para que quedasen a salvo de los bombardeos y la destrucción?
-Sí.
-Pues aquí hicieron lo mismo.
-¡Ah!, ¿sí?
-Sí.
-Pero ¿quién bombardeó la abadía?
-Las tropas aliadas contra Alemania. -Paolo está pensativo-. Sabes que los monjes lo anotan todo y después, cuando ocurre algún caos, intentan poner a salvo esos libros y sus escritos.
-Sí.
-Pues anotaron que en octubre de 1943 se presentaron en la Abadía dos alemanes; el teniente coronel Schlegel, católico, y el capitán médico Becker, protestante.
-¿Anotaron la religión de los dos? -pregunta al mismo tiempo que pensativo, admirado, sonríe mirando al vacío de la recta de la carretera.
-Si lo piensas, es muy lógico, ya que para ellos la religión es lo más importante.
-Sí, claro.
-Se presentaron ante el abad Gregorio Diamare, que ya tenía más de ochenta años, y nada más verlo, Schlegel le dijo: ¨Yo vengo en nombre de la paz¨. En aquella reunión le informó que la edificación quedaba fuera de la línea de combate. Sus hombres no entrarían allí, lo respetarían. Situaron las defensas a media montaña dejando un espacio mínimo de trescientos metros con el monasterio. Sabían que iban perdiendo la guerra, querían ir replegándose ordenadamente y ofrecieron al abad ayudarle a poner a salvo todo el patrimonio cultural y artístico de la abadía si lo creía en peligro.
-¿Lo salvaron?
-Como te he dicho, el monasterio no, pero lo demás, incluso el diario donde aparece lo que te estoy contando, sí. ¿Recuerdas en Roma la Plaza Venecia, delante del monumento a Vittorio Emmanuel II?
-Sí.
-Pues allí fueron llegando los camiones llenos de cajas. Los soldados alemanes dejaron los uniformes y los fusiles y se metieron a carpinteros, lo embalaron todo perfectamente, libros, cuadros, reliquias. Todo preparado para su traslado y que no sufriera daño. Una hilera enorme de camiones, también los había procedentes del Museo de Nápoles. Y después, desde la plaza, al castillo de San´Angelo, ¿lo recuerdas?
-Sí -sonrió.
Claro que se acordaba perfectamente del castillo circular a la orilla del Tíber. Cuando lo visitaron hacía un frío y un aire tremendos, no paró de esconderse detrás de las almenas.
-En aquel lugar entregaron el cargamento; y mientras, en el monasterio, dos soldados alemanes a sus puertas para impedir la entrada de sus propios compañeros. Aunque no sirvió de nada..., durante cuatro horas seguidas más de doscientos aviones lo sobrevolaron y dejaron caer sus bombas sobre él.
-Pensaban que estaban los alemanes dentro...
-No se sabe. ¿Fue un error? Hay quien opina que no.
Paolo piensa, no termina de verlo claro. ¿Quién iba a querer destruir un edificio histórico?
-Si bombardearon la abadía era porque pensaban que allí estaba el enemigo, sus camiones, tanques, armamento... -termina diciendo.
-Pues es una cuestión sobre la que hay bastantes dudas, porque las tropas aliadas estaban muy bien informadas por los partisanos del partido comunista que estaban por todas partes, también por la mafia.
-¿La mafia informaba a los aliados?
-Sí, tuvo gran importancia para que fuera un éxito el desembarco que primero hicieron en Sicilia y después en la península. Muchos mafiosos como Lucky Luciano, que nacieron aquí y después emigraron a Estados Unidos, estaban en las cárceles cuando comenzó la guerra; pero tenían muchos contactos en Italia. Además, los mafiosos eran enemigos de Benito Mussolini, encarceló a la mayoría, las cárceles estaban repletas. Así que el Gobierno norteamericano pactó con la mafia. Y nada más terminar la guerra, a Lucky Luciano lo sacaron de la cárcel y lo deportaron aquí, libre, por la ayuda que prestó en la invasión aliada. Murió muy mayor, en Nápoles.
-Es increíble, los buenos y los malos pactando.
-¿Y quiénes son los buenos?
El pequeño Di Rossi sonríe, capta la ironía.
-Entonces, la gente del pueblo que estaba en contacto a diario con la abadía sabía que no había alemanes ni material bélico dentro.
-¿Los generales no creyeron en sus informantes, o no quisieron creer? -se pregunta Umberto.
-Fue innecesaria la destrucción -razona Paolo en voz alta.
-Peor que innecesaria, no solo destruyeron un edificio con más de mil años de antigüedad, además fue un grave error desde el punto de vista militar que costó la vida a muchísimas personas.
-No comprendo.
-Después del bombardeo, con las piedras procedentes de las ruinas los alemanes mejoraron sus fortificaciones y, no solamente eso, a los dos días de su destrucción los paracaidistas alemanes cayeron sobre las ruinas y se parapetaron en ellas. Con la destrucción del monasterio los hicieron más fuertes, duró más tiempo la batalla y se produjeron más muertes. -Montecassino se va quedando atrás, pero quiere que su hijo no olvide un dato. Paolo, en esa montaña que ves ahí murieron veinte mil soldados alemanes y sesenta mil soldados de las fuerzas aliadas procedentes de medio mundo; americanos, italianos, franceses, ingleses; y también marroquíes, argelinos, hindúes, neozelandeses, canadienses, brasileños y de más países; ochenta mil personas vinieron a morir aquí.
Paolo piensa en todo lo que dice su padre, detrás de esa imagen imponente y bella hay un gran sufrimiento.
-Y ahora se ve así, como si no hubiese pasado nada.
-Un día subiremos allí y verás que sí hay recuerdos, por ejemplo, un gran cementerio militar polaco que desde aquí no se ve.
-¿Polaco?
-Sí, murieron muchísimos polacos también, y ellos fueron los que realizaron el último asalto, los que pusieron la bandera de su país en todo lo alto.
Paolo no comprende, es bueno en geografía. El sistema educativo americano falla en esa materia, pero su padre al mismo tiempo que le habla de historia se la va situando geográficamente, es el método para que comprenda todo mejor. Él sabe ubicar en el mapa a Polonia, fronteriza con Alemania, piensa que los polacos debían estar en su tierra luchando contra el invasor.
-Pero Polonia hace frontera con Alemania y fue ocupada por ellos, el ghetto de Varsovia, ¿cómo estaban los polacos aquí?
-Hay un pequeño matiz que casi nunca se dice cuando se habla de la invasión de Polonia por los alemanes, y es que estos habían firmado un pacto de no agresión con Rusia; y al mismo tiempo, en secreto, habían pactado también invadir Polonia, repartírsela. Decidieron que sus habitantes se convertirían en mano de obra esclava, así que cuando Alemania invadió Polonia el uno de septiembre de 1939 y los pobres polacos estaban luchando y buscando aliados para defenderse de unas tropas que les superaban en hombres, medios y preparación, no solo no encontraron aliados, sino que a las dos semanas Rusia les atacó también. Dos ataques combinados, uno por el este y otro por el oeste. Los soldados polacos terminaron, unos, en los campos de concentración de Hitler, y otros, en los campos de concentración soviéticos de Siberia.
Umberto da tiempo a su hijo para que asimile la situación en que se encontró en breve tiempo aquel país y sus habitantes. Aún le falta por contestar la segunda parte de la pregunta, cómo habían conseguido llegar los polacos hasta Montecassino.
-Paolo, hemos hablado muchas veces que las vueltas que da la Tierra se asemeja mucho a las vueltas que da la vida, esos giros que van produciéndose al mismo tiempo que avanza, mientras el universo se expande, ¿recuerdas?
-Sí.
El pequeño Di Rossi comprendía esas ideas desde muy niño y las asumía con la mayor naturalidad, de forma muy diferente a como lo hacían compañeros de trabajo de Umberto, intelectuales; a veces se producían conversaciones donde se ponían de manifiesto conceptos complejos donde aparecía el hombre hecho un punto más que microscópico en medio de una galaxia en constante evolución. Con frecuencia se atemorizaban, se encerraban en ellos mismos y no querían saber absolutamente nada de las ideas que Umberto manifestaba.
-Pues algo parecido hicieron ellos, los polacos dieron un enorme rodeo.
Ahora el padre calla unos instantes, no para que el hijo asimile, sabe que está sobre la cuestión, analizando y avanzando; lo hace para llenar de un atractivo misterioso la narración. Siempre lo hacía así, le gustaba ver cómo el hijo se impacientaba; pero al mismo tiempo hacía que se sumergiera en la historia, le calara sintiéndola suya, así es como nunca la olvidaría.
-Verás, en junio de 1941 Alemania rompió el acuerdo de no agresión firmado con los rusos, los atacó. El Gobierno polaco que se había formado en el exilio y Rusia llegaron a un acuerdo para que los prisioneros polacos presos en ese país fuesen liberados, y así lo hicieron, setenta mil polacos se encontraron libres..., pero sin cobijo, en Siberia, viviendo en tiendas de campaña. Pasaron el invierno con temperaturas que llegaron a ser de -50º C. Un año después, en julio de 1942, Stalin, tan dictador y asesino como Hitler, permitió que los que habían sobrevivido pudieran salir de Rusia. Iniciaron una larga marcha hacia el sur; Irán, Irak... Allí, atravesando montañas, esos hombres se encontraron con un niño como tú cargado con un gran saco. Estaba cansado y hambriento, en peores condiciones que los mismos polacos. Les pidió comida y estos se la dieron, y mientras el niño comía observaron algo que les llamó la atención.
El padre para, necesita recuperar un poco de aliento y ver cómo va asimilando el relato su hijo. Montecassino quedó atrás, pero la historia tiene atrapado al pequeño Di Rossi. Da un pequeño golpe con el revés de la mano en la pierna del padre.
-Venga..., sigue contando.
-¿Sabes lo que llevaba el niño en el saco?
-No, ¿comida?
-¡Nooo...! -exclamó Umberto sonriendo mientras pensaba que en una sociedad como la actual era posible lo que acababa de decir su hijo, un saco lleno de comida y a pesar de ello pedir más, aunque a las personas a las que pides sean pobres y necesitados-. Llevaba una cría recién nacida de oso pardo que era la más hambrienta de todos.- A Paolo se le iluminaba la cara, sonríe de una manera especial-. El niño dice que lo había encontrado en una cueva, estaba solo porque unos cazadores habían matado a la madre, así que le dieron de comer al animal también.
-¿Es verdad lo que me estás contando?
-¡Sí..., claro! -Tras el momento de duda continúa-. Parece ser que uno de los soldados polacos pensó que a aquel niño le iba a costar mucho trabajo sacar adelante a la cría, así que comenzó a ofrecerle unos caramelos que llevaba a cambio del osezno, pero el niño decía que no, que no lo vendía.
Umberto mira a su hijo, está pensativo, recapacitando, probablemente poniéndose en lugar del otro niño y preguntándose que habría hecho él.
-El soldado, al tiempo que le intentaba hacer razonar, le iba ofreciendo más cosas..., unas mantas..., latas con carne...; pero el pequeño siguió diciendo que no. ¿Sabes cómo lo convenció? Paolo hizo un movimiento negativo con la cabeza-. Dicen que con un bolígrafo. Bueno yo pienso que fue con una pluma, porque en aquellos momentos era cuando se estaba desarrollando toda la técnica que trajo consigo al bolígrafo, pero a muchísimos kilómetros de distancia, y no creo que en aquellos lugares tan remotos estuviera ya presente. Eso sí, bolígrafo o pluma, fuese lo que fuese, era muy especial y así le pareció al niño -Umberto se da cuenta de que su hijo está totalmente metido en la historia, por un lado escribía y por el otro se podía extender una hoja de acero convirtiéndose en navaja. Pocas cosas mejor que esas para un niño que vivía en un lugar como aquel. Podía pintar, escribir, y cuando le hiciera falta, hacer uso de la navaja.
Vendió el pequeño oso al soldado... -Se nota que algo le ha decepcionado.
-No lo veas así, era lo mejor para todos. El oso le servía de compañía, pero la pluma y la navaja también. Además, cuando vio que al pequeño oso le faltó tiempo para tomarse varios litros de leche condensada diluida en agua que le prepararon, el niño se convenció, al igual que el oso. Paolo, a esa edad, incluso los seres humanos vuelcan todo su cariño con quién les da de comer. Así que cuando ya estuvo lleno, se pegó al costado del soldado buscando su calor y se quedó dormido. -Paolo sonríe imaginando la escena-. El niño se marchó conforme, era lo mejor para todos y, el oso, a partir de ese día buscaba siempre al mismo soldado para comer... ¡y para dormir la siesta!
-No son tontos los animales.
-¿Verdad que no? -Ríen los dos-. Le pusieron un nombre típico polaco,Wojtek, y se convirtió en la mascota de aquel grupo que llegó hasta Egipto. Ya ves, un laro trayecto en el que también le dio tiempo a crecer, a hacerse amigo de todos los polacos que llegaban hasta Alejandría para ser embarcados en acorazados británicos para traerlos a Italia a luchar contra los alemanes. Pero ¿ sabes qué ocurrió?
En su rostro aparece la preocupación al mismo tiempo que la respuesta.
-Que no permitieron que el oso subiera al barco.
-Exacto.
Sigue pensativo. Ahora busca una solución.
¨¿Cómo subir un oso a un barco británico?¨ .
Él sabe lo estrictos que son los anglosajones con las normas. No se le ocurre nada.
-¿Lo solucionaron?
-Sí..., por supuesto -le contesta sonriente y contagiándole su alegría.
-¡¿Cómo...?!
-Muy fácil, ¡lo alistaron en el ejército polaco! -Umberto suelta una risotada mientras hace movimientos afirmativos.
-Anda. ¡¿Pero cómo iban a hacer eso...?!
-Pues haciéndolo. ¿No se llamaba ya Wojtek?
-Pero papá..., ¡que era un oso...!
Paolo tiene suficiente madurez para que este tipo de cuestiones ya no le convenzan, y le viene otra vez la duda de si su padre le está contando un cuento para niños pequeños con el fin de que el viaje no se le haga pesado. Si no es cierta la historia se va a molestar bastante. Pero Umberto continúa.
-A los soldados les daba igual que fuera un oso, era su amigo y tenía nombre polaco, así que le proporcionaron todos los documentos como si fuera uno más de ellos.
Paolo no puede evitar imaginarse al oso en fila preparándose para el embarque, casi llega a verlo con un uniforme militar puesto, incluido casco, y subiendo por la pasarela hasta presentarse delante del estirado inglés que iba a permitir, o no, su paso.
-¿Y funcionó la idea? -Umberto sonríe, lo mira un momento y le pasa la mano por el pelo revolviéndoselo-. ¡Dime...! Ya solo quiere esa respuesta.
El padre hace un gesto con el dedo pulgar hacia atrás señalando dónde ha quedado la Abadía de Montecassino.
-Los alemanes que estaban en aquella montaña defendiéndose de los constantes ataques de los gurkhas y además soldados bien entrenados y experimentados de medio mundo, vieron algo que les pareció imposible: un oso que transportaba cajas de municiones, suministros, los llevaba de un lado para otro abasteciendo a sus compañeros a través de las trincheras.
A Paolo de nuevo se le ilumina la cara, pero acto seguido le surge una preocupación evidente, dado el volumen que tendría ya el animal, sería un blanco fácil.
-¿Lo mataron?
Aquí el padre no deja esperar la respuesta y niega con la cabeza.
-Se acostumbró al constante bombardeo con aviones, disparos de cañones, morteros y ametralladoras. No le asustaban..., y salió ileso..., subió con sus compañeros polacos cuando izaron la bandera en lo alto, sobre las ruinas del monasterio.
-¡Terminó la guerra y seguía vivo...! -dice Paolo asombrado.
-Así es, fue uno de los pocos supervivientes a una de las batallas más duras de la Segunda Guerra Mundial.
-¿Y dónde se quedó, aquí en Italia o siguió a los soldados hasta Polonia?
-Siguió a los soldados, pero no hasta Polonia, sino hasta el Reino Unido, a Gales, desfiló al frente de la columna con sus compañeros por las calles de Glasgow.
Paolo vuelve a imaginar la escena. Repara en que hay algo en la historia que falla, que le lleva a una constante búsqueda hacia delante. Era la forma que tenía siempre su padre de explicarle las cosas, siempre guardaba el final que no mostraba hasta que no hubiera realizado todo el recorrido y hechas todas las preguntas de aquello que no comprendía o veía extraño. Siempre había una enseñanza escondida, y su padre siempre esperaba a que él la descubriera.
-¿Por qué los trasladaron a Inglaterra? Terminada la guerra volverían a sus casas, a su país, a Polonia.
-No, no fue así. Los americanos, los franceses, los australianos, volvieron a su país, pero no los polacos, no podían.
-¿Por qué?
¨Esos hombres habían sufrido y luchado como el que más, ¿por qué no podían volver a sus casas?¨.
-Recuerda que al principio te dije que fueron invadidos por las tropas nazis y rusas. Todos lucharon contra Alemania, pero ninguno contra Rusia..., y Polonia tenía, no uno, sino dos enemigos: Alemania y Rusia.
-Es verdad...
-Cuando Alemania rompió el tratado de no agresión que había firmado con Rusia y la ataca, esta se defiende, pasan a ser enemigos; pero no olvides que Rusia también quería los territorios polacos, y no pensaba renunciar a ellos.
-Así que Polonia ayudó a liberar Italia, pero nadie le ayudó a ella a echar a los rusos.
-Efectivamente.
-No podían volver a sus casas...
-Si es que quedaba alguna de ellas en pie, porque Polonia fue el país más destruido y con más muertos de toda la Segunda Guerra Mundial. Posiblemente aquellos soldados polacos fueran los que tuvieran el concepto más claro de lo que era la libertad, por lo que estaban luchando y ayudando a los demás países, y si volvían a Polonia con un sistema totalitario, no lo soportarían. Además, les podía esperar la cárcel, sabían muy bien quién era Stalin. Cuando los rusos invadieron Polonia tomaron gran número de prisioneros, después se comprobó que no respetaron sus vidas, actuaron igual que los nazis, asesinaron a buena parte de ellos. Fosas comunes como Katyn, con veinte mil polacos ametrallados. Y no solo eso, Stalin hizo otra de sus maniobras que le confirmaba como lo que era, un hombre sin piedad. Verás, e 1944 los alemanes perdían la guerra y retrocedían por todas partes, como hemos visto. Los rusos recuperaban su territorio y de nuevo entraban en Polonia por el este. Cuando llegaron a las puertas de su capital, Varsovia, los polacos que aún quedaban dentro se rebelaron contra los alemanes, fue lo que se llamó La insurrección de Varsovia. En ese momento se podían haber aliado rusos y polacos contra los alemanes, era lo que esperaban los habitantes de aquella ciudad ocupada durante toda la guerra; pero Stalin dio orden de esperar, de no intervenir. Sesenta y tres días estuvieron luchando los habitantes de Varsovia contra los alemanes. Fue un verdadero martirio, doscientos mil polacos murieron y la ciudad quedó totalmente destruida, mientras los soldados rusos lo contemplaban todo sin poder intervenir por las órdenes recibidas. En la Segunda Guerra Mundial murieron más de seis millones de polacos, de ellos, la mitad eran judíos, el 90% de su comunidad murió. Paolo, los grandes campos de exterminio como Auschwitz, Treblinca, Sobibor, Belzec, Chelmno, Maidanek..., estaban en Polonia.
-Entonces, los polacos que lucharon en Montecassino no volvieron a su tierra.
-No.
-¿Y qué fue del Wojtek?
-Quisieron ponerlo en libertad en algún bosque, pero las autoridades no lo permitieron, así que... -Umberto hace un gesto que Paolo interpreta como que no le va a gustar el final.
No piensa la respuesta.
-Al zoo -dice Paolo con cara triste y su aíre tímido mirando desde abajo al padre que asiente con la cabeza.
En otro caso, igual le hubiera parecido el destino lógico de Wojtek, pero en este caso..., también él ha luchado por la libertad, como sus compañeros.
-¿Le gustó? -pregunta Paolo esperanzado.
El padre mueve la cabeza negativamente.
-Murió muy triste.
-No es justo.
-Lo sé.
No es normal ese final en las historias que le suele contar.
En Frosinone la contaminación ya es tremenda. Pronto llegarán a Roma, no entrarán, la circunvalarán por la derecha si tienen suerte de no equivocarse, cosa fácil en su padre con un volante en las manos y siempre pensando en sus cosas. Pasaba de estar hablando con él a la abstracción absoluta.
Umberto permanece en silencio durante un rato a propósito, para que impregne bien en su hijo esa sensación de injusticia, al fin y al cabo son solo minutos, para los polacos fueron cuarenta y cinco años.
Mira a Paolo, parece distraído observando el turbio paisaje a través de la empañada ventanilla.
¨Seguro que está dándole vueltas a la historia¨ .
-Y sin embargo fíjate cómo es la vida, Paolo, pasados más de treinta años de la batalla de Montecassino y de la masacre de Varsovia, un hombre solo, un polaco, viene de su tierra hasta aquí, a Roma, Al Vaticano, y es elegido Papa. El primer Papa no italiano en casi quinientos años es un polaco..., JUAN PABLO II. En su país siguen bajo la dictadura del comunismo soviético y él es consciente de la posición que tiene, de que puede luchar por la libertad de su pueblo. ¨Aunque éramos aliados de los vencedores, nos hallamos en la situación de los derrotados¨ , llegó a decir. Y de esa cuestión también son conscientes los gobernantes rusos. Aquel hombre, KAROL WOJTYLA, AHORA ERA PAPA. La autoridad moral más importante del mundo occidental..., un polaco. Los miedos se vieron confirmados cuando al poco tiempo regresó en visita oficial a su tierra. La gente le aclamaba enardecida cuando hablaba de los derechos humanos. Aquel hombre estaba desestabilizando toda la Europa central y oriental bajo dominio ruso. Era un peligro. No lo dudaron, rápidamente los mandatarios rusos tuvieron un objetivo y un trabajo por hacer: matar al Papa.
-Fue cuando iba recorriendo en coche la Plaza de San Pedro y le dispararon.
-Efectivamente, en 1981 un fanático turco le disparó y le hirió gravemente. Detrás del hombre que atentó contra Juan Pablo II estaban los servicios secretos búlgaros, y detrás de estos, el KGB soviético.
-Rusia siguió oprimiendo a Polonia...
-A Polonia y a media Europa, recuerda, Alemania seguía dividida en dos, la del este con una dictadura comunista y la del oeste con una democracia; Y UN MURO DE POR MEDIO QUE COSTÓ LA VIDA A MUCHOS DE LOS QUE INTENTARON TRAPASARLO. Pero hay que reconocer una cosa...
-¿Qué?
-Que los rusos tenían razón. Plantó la semilla de la libertad, y esta creció.

No se equivoca. Hace perfecta la circunvalación de la capital y se dirigen a Nepi, unos cuarenta kilómetros al norte de Roma.
Ya falta poco, piensan en ese puente que gran cantidad de personas y expertos han buscado a través de los siglos por todas partes, en el lago Como, a lo largo del río Arno..., ese puente que aparece en el lateral derecho, a la altura del hombro de la Gioconda.
El paisaje del cuadro de Leonardo da Vinci es un misterio, al igual que su protagonista.

ANTONIO BUSTOS BAENA.
EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI
LXI
A un metro de distancia sigue a su padre. Bajan los escalones, el rellano. En un rincón negro pegado a la pared destaca el colorido de los restos del calidoscopio destrozado, machacado hasta quedar reducido a trocitos pequeños. Y un nuevo tramo de las escaleras que proyectan la sucia y oscura calle hacia abajo.
El adoquinado con el que están asfaltadas las calles y los giros bruscos, casi constantes, que realiza Umberto para evitar las motocicletas que se meten por cualquier sitio, incluso en dirección prohibida, parece que va a terminar con los pocos días que le quedan a este viejo Lancia Ypsilon gris que Giambattista, el amigo policía de su padre, le ha dejado para efectuar el viaje que ahora inician.
Umberto consigue salir del desordenado avispero de coches, motos, furgonetas y gente que por todas partes inundan la calzada sin la más mínima precaución. Al poco, ya más en el interior de la península, aparecen a la derecha las montañas nevadas. Umberto conecta la calefacción y los cristales se empañan. Además, una gran contaminación negruzca nubla aún más la visión. El hijo observa cómo el padre afina la vista y pasa un pañuelo de papel por el parabrisas, menos mal que la autovía está llena de largas rectas. Apenas hablan, los dos piensan en sus cosas.
Ha pasado un buen rato cuando Umberto extiende el brazo y señala hacia el lateral derecho. Un monte alto, redondeado, con una gran edificación arriba. Paolo ya lo había visto.
-¿Qué es?
-La Abadía de Montecassino.
-¿Una abadía? ¿Monjes?
-Sí, monjas y monjes benedictinos.
-Una pena la contaminación...
Ver los pequeños pueblos, las antiguas iglesias en medio de los campos rodeados de aire limpio no es posible en esta parte de Italia.
-Desde que se construyó en la primera mitad del siglo VI se convirtió en el monumento más importante de toda Europa. No estaban solo dedicados a las oraciones y el culto. Fue un importante centro de enseñanza. La escuela de medicina de Salerno, que tenía gran fama en la antigüedad, fue creada por monjes que provenían de esta abadía. -Paolo mira absorto y con respeto la imagen-. ¿Ves la forma redondeada de la montaña?
-Sí.
-Es obra del hombre. -Paolo hace un gesto de extrañeza, no comprende-. Verás, durante la Segunda Guerra Mundial fue sometida a un tremendo bombardeo, te aseguro que antes era una montaña con muchas más aristas.
-¿Y la abadía?
-Destruida. La edificación que ves ahora es completamente nueva.
-Entonces, ¿se destruyó todo, los libros también? -Paolo sabe que abadías, libros antiguos y obras de arte son sinónimos.
-¿Recuerdas lo que te comenté en el Museo Stadel de Frankfurt, que los alemanes se llevaron las obras de arte a lugares más seguros para que quedasen a salvo de los bombardeos y la destrucción?
-Sí.
-Pues aquí hicieron lo mismo.
-¡Ah!, ¿sí?
-Sí.
-Pero ¿quién bombardeó la abadía?
-Las tropas aliadas contra Alemania. -Paolo está pensativo-. Sabes que los monjes lo anotan todo y después, cuando ocurre algún caos, intentan poner a salvo esos libros y sus escritos.
-Sí.
-Pues anotaron que en octubre de 1943 se presentaron en la Abadía dos alemanes; el teniente coronel Schlegel, católico, y el capitán médico Becker, protestante.
-¿Anotaron la religión de los dos? -pregunta al mismo tiempo que pensativo, admirado, sonríe mirando al vacío de la recta de la carretera.
-Si lo piensas, es muy lógico, ya que para ellos la religión es lo más importante.
-Sí, claro.
-Se presentaron ante el abad Gregorio Diamare, que ya tenía más de ochenta años, y nada más verlo, Schlegel le dijo: ¨Yo vengo en nombre de la paz¨. En aquella reunión le informó que la edificación quedaba fuera de la línea de combate. Sus hombres no entrarían allí, lo respetarían. Situaron las defensas a media montaña dejando un espacio mínimo de trescientos metros con el monasterio. Sabían que iban perdiendo la guerra, querían ir replegándose ordenadamente y ofrecieron al abad ayudarle a poner a salvo todo el patrimonio cultural y artístico de la abadía si lo creía en peligro.
-¿Lo salvaron?
-Como te he dicho, el monasterio no, pero lo demás, incluso el diario donde aparece lo que te estoy contando, sí. ¿Recuerdas en Roma la Plaza Venecia, delante del monumento a Vittorio Emmanuel II?
-Sí.
-Pues allí fueron llegando los camiones llenos de cajas. Los soldados alemanes dejaron los uniformes y los fusiles y se metieron a carpinteros, lo embalaron todo perfectamente, libros, cuadros, reliquias. Todo preparado para su traslado y que no sufriera daño. Una hilera enorme de camiones, también los había procedentes del Museo de Nápoles. Y después, desde la plaza, al castillo de San´Angelo, ¿lo recuerdas?
-Sí -sonrió.
Claro que se acordaba perfectamente del castillo circular a la orilla del Tíber. Cuando lo visitaron hacía un frío y un aire tremendos, no paró de esconderse detrás de las almenas.
-En aquel lugar entregaron el cargamento; y mientras, en el monasterio, dos soldados alemanes a sus puertas para impedir la entrada de sus propios compañeros. Aunque no sirvió de nada..., durante cuatro horas seguidas más de doscientos aviones lo sobrevolaron y dejaron caer sus bombas sobre él.
-Pensaban que estaban los alemanes dentro...
-No se sabe. ¿Fue un error? Hay quien opina que no.
Paolo piensa, no termina de verlo claro. ¿Quién iba a querer destruir un edificio histórico?
-Si bombardearon la abadía era porque pensaban que allí estaba el enemigo, sus camiones, tanques, armamento... -termina diciendo.
-Pues es una cuestión sobre la que hay bastantes dudas, porque las tropas aliadas estaban muy bien informadas por los partisanos del partido comunista que estaban por todas partes, también por la mafia.
-¿La mafia informaba a los aliados?
-Sí, tuvo gran importancia para que fuera un éxito el desembarco que primero hicieron en Sicilia y después en la península. Muchos mafiosos como Lucky Luciano, que nacieron aquí y después emigraron a Estados Unidos, estaban en las cárceles cuando comenzó la guerra; pero tenían muchos contactos en Italia. Además, los mafiosos eran enemigos de Benito Mussolini, encarceló a la mayoría, las cárceles estaban repletas. Así que el Gobierno norteamericano pactó con la mafia. Y nada más terminar la guerra, a Lucky Luciano lo sacaron de la cárcel y lo deportaron aquí, libre, por la ayuda que prestó en la invasión aliada. Murió muy mayor, en Nápoles.
-Es increíble, los buenos y los malos pactando.
-¿Y quiénes son los buenos?
El pequeño Di Rossi sonríe, capta la ironía.
-Entonces, la gente del pueblo que estaba en contacto a diario con la abadía sabía que no había alemanes ni material bélico dentro.
-¿Los generales no creyeron en sus informantes, o no quisieron creer? -se pregunta Umberto.
-Fue innecesaria la destrucción -razona Paolo en voz alta.
-Peor que innecesaria, no solo destruyeron un edificio con más de mil años de antigüedad, además fue un grave error desde el punto de vista militar que costó la vida a muchísimas personas.
-No comprendo.
-Después del bombardeo, con las piedras procedentes de las ruinas los alemanes mejoraron sus fortificaciones y, no solamente eso, a los dos días de su destrucción los paracaidistas alemanes cayeron sobre las ruinas y se parapetaron en ellas. Con la destrucción del monasterio los hicieron más fuertes, duró más tiempo la batalla y se produjeron más muertes. -Montecassino se va quedando atrás, pero quiere que su hijo no olvide un dato. Paolo, en esa montaña que ves ahí murieron veinte mil soldados alemanes y sesenta mil soldados de las fuerzas aliadas procedentes de medio mundo; americanos, italianos, franceses, ingleses; y también marroquíes, argelinos, hindúes, neozelandeses, canadienses, brasileños y de más países; ochenta mil personas vinieron a morir aquí.
Paolo piensa en todo lo que dice su padre, detrás de esa imagen imponente y bella hay un gran sufrimiento.
-Y ahora se ve así, como si no hubiese pasado nada.
-Un día subiremos allí y verás que sí hay recuerdos, por ejemplo, un gran cementerio militar polaco que desde aquí no se ve.
-¿Polaco?
-Sí, murieron muchísimos polacos también, y ellos fueron los que realizaron el último asalto, los que pusieron la bandera de su país en todo lo alto.
Paolo no comprende, es bueno en geografía. El sistema educativo americano falla en esa materia, pero su padre al mismo tiempo que le habla de historia se la va situando geográficamente, es el método para que comprenda todo mejor. Él sabe ubicar en el mapa a Polonia, fronteriza con Alemania, piensa que los polacos debían estar en su tierra luchando contra el invasor.
-Pero Polonia hace frontera con Alemania y fue ocupada por ellos, el ghetto de Varsovia, ¿cómo estaban los polacos aquí?
-Hay un pequeño matiz que casi nunca se dice cuando se habla de la invasión de Polonia por los alemanes, y es que estos habían firmado un pacto de no agresión con Rusia; y al mismo tiempo, en secreto, habían pactado también invadir Polonia, repartírsela. Decidieron que sus habitantes se convertirían en mano de obra esclava, así que cuando Alemania invadió Polonia el uno de septiembre de 1939 y los pobres polacos estaban luchando y buscando aliados para defenderse de unas tropas que les superaban en hombres, medios y preparación, no solo no encontraron aliados, sino que a las dos semanas Rusia les atacó también. Dos ataques combinados, uno por el este y otro por el oeste. Los soldados polacos terminaron, unos, en los campos de concentración de Hitler, y otros, en los campos de concentración soviéticos de Siberia.
Umberto da tiempo a su hijo para que asimile la situación en que se encontró en breve tiempo aquel país y sus habitantes. Aún le falta por contestar la segunda parte de la pregunta, cómo habían conseguido llegar los polacos hasta Montecassino.
-Paolo, hemos hablado muchas veces que las vueltas que da la Tierra se asemeja mucho a las vueltas que da la vida, esos giros que van produciéndose al mismo tiempo que avanza, mientras el universo se expande, ¿recuerdas?
-Sí.
El pequeño Di Rossi comprendía esas ideas desde muy niño y las asumía con la mayor naturalidad, de forma muy diferente a como lo hacían compañeros de trabajo de Umberto, intelectuales; a veces se producían conversaciones donde se ponían de manifiesto conceptos complejos donde aparecía el hombre hecho un punto más que microscópico en medio de una galaxia en constante evolución. Con frecuencia se atemorizaban, se encerraban en ellos mismos y no querían saber absolutamente nada de las ideas que Umberto manifestaba.
-Pues algo parecido hicieron ellos, los polacos dieron un enorme rodeo.
Ahora el padre calla unos instantes, no para que el hijo asimile, sabe que está sobre la cuestión, analizando y avanzando; lo hace para llenar de un atractivo misterioso la narración. Siempre lo hacía así, le gustaba ver cómo el hijo se impacientaba; pero al mismo tiempo hacía que se sumergiera en la historia, le calara sintiéndola suya, así es como nunca la olvidaría.
-Verás, en junio de 1941 Alemania rompió el acuerdo de no agresión firmado con los rusos, los atacó. El Gobierno polaco que se había formado en el exilio y Rusia llegaron a un acuerdo para que los prisioneros polacos presos en ese país fuesen liberados, y así lo hicieron, setenta mil polacos se encontraron libres..., pero sin cobijo, en Siberia, viviendo en tiendas de campaña. Pasaron el invierno con temperaturas que llegaron a ser de -50º C. Un año después, en julio de 1942, Stalin, tan dictador y asesino como Hitler, permitió que los que habían sobrevivido pudieran salir de Rusia. Iniciaron una larga marcha hacia el sur; Irán, Irak... Allí, atravesando montañas, esos hombres se encontraron con un niño como tú cargado con un gran saco. Estaba cansado y hambriento, en peores condiciones que los mismos polacos. Les pidió comida y estos se la dieron, y mientras el niño comía observaron algo que les llamó la atención.
El padre para, necesita recuperar un poco de aliento y ver cómo va asimilando el relato su hijo. Montecassino quedó atrás, pero la historia tiene atrapado al pequeño Di Rossi. Da un pequeño golpe con el revés de la mano en la pierna del padre.
-Venga..., sigue contando.
-¿Sabes lo que llevaba el niño en el saco?
-No, ¿comida?
-¡Nooo...! -exclamó Umberto sonriendo mientras pensaba que en una sociedad como la actual era posible lo que acababa de decir su hijo, un saco lleno de comida y a pesar de ello pedir más, aunque a las personas a las que pides sean pobres y necesitados-. Llevaba una cría recién nacida de oso pardo que era la más hambrienta de todos.- A Paolo se le iluminaba la cara, sonríe de una manera especial-. El niño dice que lo había encontrado en una cueva, estaba solo porque unos cazadores habían matado a la madre, así que le dieron de comer al animal también.
-¿Es verdad lo que me estás contando?
-¡Sí..., claro! -Tras el momento de duda continúa-. Parece ser que uno de los soldados polacos pensó que a aquel niño le iba a costar mucho trabajo sacar adelante a la cría, así que comenzó a ofrecerle unos caramelos que llevaba a cambio del osezno, pero el niño decía que no, que no lo vendía.
Umberto mira a su hijo, está pensativo, recapacitando, probablemente poniéndose en lugar del otro niño y preguntándose que habría hecho él.
-El soldado, al tiempo que le intentaba hacer razonar, le iba ofreciendo más cosas..., unas mantas..., latas con carne...; pero el pequeño siguió diciendo que no. ¿Sabes cómo lo convenció? Paolo hizo un movimiento negativo con la cabeza-. Dicen que con un bolígrafo. Bueno yo pienso que fue con una pluma, porque en aquellos momentos era cuando se estaba desarrollando toda la técnica que trajo consigo al bolígrafo, pero a muchísimos kilómetros de distancia, y no creo que en aquellos lugares tan remotos estuviera ya presente. Eso sí, bolígrafo o pluma, fuese lo que fuese, era muy especial y así le pareció al niño -Umberto se da cuenta de que su hijo está totalmente metido en la historia, por un lado escribía y por el otro se podía extender una hoja de acero convirtiéndose en navaja. Pocas cosas mejor que esas para un niño que vivía en un lugar como aquel. Podía pintar, escribir, y cuando le hiciera falta, hacer uso de la navaja.
Vendió el pequeño oso al soldado... -Se nota que algo le ha decepcionado.
-No lo veas así, era lo mejor para todos. El oso le servía de compañía, pero la pluma y la navaja también. Además, cuando vio que al pequeño oso le faltó tiempo para tomarse varios litros de leche condensada diluida en agua que le prepararon, el niño se convenció, al igual que el oso. Paolo, a esa edad, incluso los seres humanos vuelcan todo su cariño con quién les da de comer. Así que cuando ya estuvo lleno, se pegó al costado del soldado buscando su calor y se quedó dormido. -Paolo sonríe imaginando la escena-. El niño se marchó conforme, era lo mejor para todos y, el oso, a partir de ese día buscaba siempre al mismo soldado para comer... ¡y para dormir la siesta!
-No son tontos los animales.
-¿Verdad que no? -Ríen los dos-. Le pusieron un nombre típico polaco,Wojtek, y se convirtió en la mascota de aquel grupo que llegó hasta Egipto. Ya ves, un laro trayecto en el que también le dio tiempo a crecer, a hacerse amigo de todos los polacos que llegaban hasta Alejandría para ser embarcados en acorazados británicos para traerlos a Italia a luchar contra los alemanes. Pero ¿ sabes qué ocurrió?
En su rostro aparece la preocupación al mismo tiempo que la respuesta.
-Que no permitieron que el oso subiera al barco.
-Exacto.
Sigue pensativo. Ahora busca una solución.
¨¿Cómo subir un oso a un barco británico?¨ .
Él sabe lo estrictos que son los anglosajones con las normas. No se le ocurre nada.
-¿Lo solucionaron?
-Sí..., por supuesto -le contesta sonriente y contagiándole su alegría.
-¡¿Cómo...?!
-Muy fácil, ¡lo alistaron en el ejército polaco! -Umberto suelta una risotada mientras hace movimientos afirmativos.
-Anda. ¡¿Pero cómo iban a hacer eso...?!
-Pues haciéndolo. ¿No se llamaba ya Wojtek?
-Pero papá..., ¡que era un oso...!
Paolo tiene suficiente madurez para que este tipo de cuestiones ya no le convenzan, y le viene otra vez la duda de si su padre le está contando un cuento para niños pequeños con el fin de que el viaje no se le haga pesado. Si no es cierta la historia se va a molestar bastante. Pero Umberto continúa.
-A los soldados les daba igual que fuera un oso, era su amigo y tenía nombre polaco, así que le proporcionaron todos los documentos como si fuera uno más de ellos.
Paolo no puede evitar imaginarse al oso en fila preparándose para el embarque, casi llega a verlo con un uniforme militar puesto, incluido casco, y subiendo por la pasarela hasta presentarse delante del estirado inglés que iba a permitir, o no, su paso.
-¿Y funcionó la idea? -Umberto sonríe, lo mira un momento y le pasa la mano por el pelo revolviéndoselo-. ¡Dime...! Ya solo quiere esa respuesta.
El padre hace un gesto con el dedo pulgar hacia atrás señalando dónde ha quedado la Abadía de Montecassino.
-Los alemanes que estaban en aquella montaña defendiéndose de los constantes ataques de los gurkhas y además soldados bien entrenados y experimentados de medio mundo, vieron algo que les pareció imposible: un oso que transportaba cajas de municiones, suministros, los llevaba de un lado para otro abasteciendo a sus compañeros a través de las trincheras.
A Paolo de nuevo se le ilumina la cara, pero acto seguido le surge una preocupación evidente, dado el volumen que tendría ya el animal, sería un blanco fácil.
-¿Lo mataron?
Aquí el padre no deja esperar la respuesta y niega con la cabeza.
-Se acostumbró al constante bombardeo con aviones, disparos de cañones, morteros y ametralladoras. No le asustaban..., y salió ileso..., subió con sus compañeros polacos cuando izaron la bandera en lo alto, sobre las ruinas del monasterio.
-¡Terminó la guerra y seguía vivo...! -dice Paolo asombrado.
-Así es, fue uno de los pocos supervivientes a una de las batallas más duras de la Segunda Guerra Mundial.
-¿Y dónde se quedó, aquí en Italia o siguió a los soldados hasta Polonia?
-Siguió a los soldados, pero no hasta Polonia, sino hasta el Reino Unido, a Gales, desfiló al frente de la columna con sus compañeros por las calles de Glasgow.
Paolo vuelve a imaginar la escena. Repara en que hay algo en la historia que falla, que le lleva a una constante búsqueda hacia delante. Era la forma que tenía siempre su padre de explicarle las cosas, siempre guardaba el final que no mostraba hasta que no hubiera realizado todo el recorrido y hechas todas las preguntas de aquello que no comprendía o veía extraño. Siempre había una enseñanza escondida, y su padre siempre esperaba a que él la descubriera.
-¿Por qué los trasladaron a Inglaterra? Terminada la guerra volverían a sus casas, a su país, a Polonia.
-No, no fue así. Los americanos, los franceses, los australianos, volvieron a su país, pero no los polacos, no podían.
-¿Por qué?
¨Esos hombres habían sufrido y luchado como el que más, ¿por qué no podían volver a sus casas?¨.
-Recuerda que al principio te dije que fueron invadidos por las tropas nazis y rusas. Todos lucharon contra Alemania, pero ninguno contra Rusia..., y Polonia tenía, no uno, sino dos enemigos: Alemania y Rusia.
-Es verdad...
-Cuando Alemania rompió el tratado de no agresión que había firmado con Rusia y la ataca, esta se defiende, pasan a ser enemigos; pero no olvides que Rusia también quería los territorios polacos, y no pensaba renunciar a ellos.
-Así que Polonia ayudó a liberar Italia, pero nadie le ayudó a ella a echar a los rusos.
-Efectivamente.
-No podían volver a sus casas...
-Si es que quedaba alguna de ellas en pie, porque Polonia fue el país más destruido y con más muertos de toda la Segunda Guerra Mundial. Posiblemente aquellos soldados polacos fueran los que tuvieran el concepto más claro de lo que era la libertad, por lo que estaban luchando y ayudando a los demás países, y si volvían a Polonia con un sistema totalitario, no lo soportarían. Además, les podía esperar la cárcel, sabían muy bien quién era Stalin. Cuando los rusos invadieron Polonia tomaron gran número de prisioneros, después se comprobó que no respetaron sus vidas, actuaron igual que los nazis, asesinaron a buena parte de ellos. Fosas comunes como Katyn, con veinte mil polacos ametrallados. Y no solo eso, Stalin hizo otra de sus maniobras que le confirmaba como lo que era, un hombre sin piedad. Verás, e 1944 los alemanes perdían la guerra y retrocedían por todas partes, como hemos visto. Los rusos recuperaban su territorio y de nuevo entraban en Polonia por el este. Cuando llegaron a las puertas de su capital, Varsovia, los polacos que aún quedaban dentro se rebelaron contra los alemanes, fue lo que se llamó La insurrección de Varsovia. En ese momento se podían haber aliado rusos y polacos contra los alemanes, era lo que esperaban los habitantes de aquella ciudad ocupada durante toda la guerra; pero Stalin dio orden de esperar, de no intervenir. Sesenta y tres días estuvieron luchando los habitantes de Varsovia contra los alemanes. Fue un verdadero martirio, doscientos mil polacos murieron y la ciudad quedó totalmente destruida, mientras los soldados rusos lo contemplaban todo sin poder intervenir por las órdenes recibidas. En la Segunda Guerra Mundial murieron más de seis millones de polacos, de ellos, la mitad eran judíos, el 90% de su comunidad murió. Paolo, los grandes campos de exterminio como Auschwitz, Treblinca, Sobibor, Belzec, Chelmno, Maidanek..., estaban en Polonia.
-Entonces, los polacos que lucharon en Montecassino no volvieron a su tierra.
-No.
-¿Y qué fue del Wojtek?
-Quisieron ponerlo en libertad en algún bosque, pero las autoridades no lo permitieron, así que... -Umberto hace un gesto que Paolo interpreta como que no le va a gustar el final.
No piensa la respuesta.
-Al zoo -dice Paolo con cara triste y su aíre tímido mirando desde abajo al padre que asiente con la cabeza.
En otro caso, igual le hubiera parecido el destino lógico de Wojtek, pero en este caso..., también él ha luchado por la libertad, como sus compañeros.
-¿Le gustó? -pregunta Paolo esperanzado.
El padre mueve la cabeza negativamente.
-Murió muy triste.
-No es justo.
-Lo sé.
No es normal ese final en las historias que le suele contar.
En Frosinone la contaminación ya es tremenda. Pronto llegarán a Roma, no entrarán, la circunvalarán por la derecha si tienen suerte de no equivocarse, cosa fácil en su padre con un volante en las manos y siempre pensando en sus cosas. Pasaba de estar hablando con él a la abstracción absoluta.
Umberto permanece en silencio durante un rato a propósito, para que impregne bien en su hijo esa sensación de injusticia, al fin y al cabo son solo minutos, para los polacos fueron cuarenta y cinco años.
Mira a Paolo, parece distraído observando el turbio paisaje a través de la empañada ventanilla.
¨Seguro que está dándole vueltas a la historia¨ .
-Y sin embargo fíjate cómo es la vida, Paolo, pasados más de treinta años de la batalla de Montecassino y de la masacre de Varsovia, un hombre solo, un polaco, viene de su tierra hasta aquí, a Roma, Al Vaticano, y es elegido Papa. El primer Papa no italiano en casi quinientos años es un polaco..., JUAN PABLO II. En su país siguen bajo la dictadura del comunismo soviético y él es consciente de la posición que tiene, de que puede luchar por la libertad de su pueblo. ¨Aunque éramos aliados de los vencedores, nos hallamos en la situación de los derrotados¨ , llegó a decir. Y de esa cuestión también son conscientes los gobernantes rusos. Aquel hombre, KAROL WOJTYLA, AHORA ERA PAPA. La autoridad moral más importante del mundo occidental..., un polaco. Los miedos se vieron confirmados cuando al poco tiempo regresó en visita oficial a su tierra. La gente le aclamaba enardecida cuando hablaba de los derechos humanos. Aquel hombre estaba desestabilizando toda la Europa central y oriental bajo dominio ruso. Era un peligro. No lo dudaron, rápidamente los mandatarios rusos tuvieron un objetivo y un trabajo por hacer: matar al Papa.
-Fue cuando iba recorriendo en coche la Plaza de San Pedro y le dispararon.
-Efectivamente, en 1981 un fanático turco le disparó y le hirió gravemente. Detrás del hombre que atentó contra Juan Pablo II estaban los servicios secretos búlgaros, y detrás de estos, el KGB soviético.
-Rusia siguió oprimiendo a Polonia...
-A Polonia y a media Europa, recuerda, Alemania seguía dividida en dos, la del este con una dictadura comunista y la del oeste con una democracia; Y UN MURO DE POR MEDIO QUE COSTÓ LA VIDA A MUCHOS DE LOS QUE INTENTARON TRAPASARLO. Pero hay que reconocer una cosa...
-¿Qué?
-Que los rusos tenían razón. Plantó la semilla de la libertad, y esta creció.

No se equivoca. Hace perfecta la circunvalación de la capital y se dirigen a Nepi, unos cuarenta kilómetros al norte de Roma.
Ya falta poco, piensan en ese puente que gran cantidad de personas y expertos han buscado a través de los siglos por todas partes, en el lago Como, a lo largo del río Arno..., ese puente que aparece en el lateral derecho, a la altura del hombro de la Gioconda.
El paisaje del cuadro de Leonardo da Vinci es un misterio, al igual que su protagonista.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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