domingo, 14 de agosto de 2016

EL DUELISTA JUICIOSO./RAMIRO.

EL DUELISTA JUICIOSO
Fue debido a un malentendido que un hombre retó a otro en duelo. El arma sería la pistola y el duelo se celebraría al amanecer.
Apenas había despuntado el día cuando ya los dualistas se hallaban uno junto al otro, de espaldas. Caminaron los veinte pasos de rigor a la señal convenida y, apenas dados éstos, el retador, con gran rapidez, se giró y disparó contra el adversario, pero éste a su vez se estaba girando y el tiro fue fallido.
Aterrado, el retador, una vez disparada su bala, esperó tratando de controlar sus temblores. El adversario, ante la sorpresa del retador y de los testigos, arrojó el arma al suelo sin disparar.
Todavía tembloroso y desencajado, el retador corrió hasta el retado y se deshizo en agradecimientos por haberle salvado la vida. Luego le preguntó:
-Buen hombre, por qué te has negado a disparar?
-Es muy sencillo y he tenido dos razones de peso para ello.
-¿Cuáles han sido?
-Te las diré con la condición de que no vuelvas a retar a nadie. Una es de tipo metafísico y la otra de tipo práctico.
-No te entiendo -adujo el retador.
-La primera razón es que si te mataba eso me acarrearía terribles deudas morales.
-¿Y la segunda?
-La segunda es que si no lo hacía, volverías a retarme y tendríamos que enfrentarnos de nuevo, con lo cual podrías matarme tú a mí.
A partir de ese momento, los dos hombres se hicieron amigos para siempre.

REFLEXIÓN

Nadie puede escapar a las consecuencias de sus actos. Somos responsables de toda acción que llevamos a cabo y sus consecuencias nos seguirán como el carro a la pezuña del buey que lo arrastra; pero, además, al cuidar verdaderamente de nosotros mismos, cuidamos de los demás, como al atender amorosamente a los demás, nos atendemos a nosotros mismos. Lo que tenemos que comprender, no sólo intelectual, sino también vivencialmente (que es la comprensión que transforma), es que todos somos parte de una sinergia y debemos protegernos los unos a los otros. Si todos pusiéramos un poco de nuestra parte, podríamos evitar muchas disputas e incluso conseguir que nuestros adversarios se tornasen nuestros amigos, y así no sólo favoreceríamos a los demás, sino también a nosotros mismos. Lo que se necesita es inteligencia y no soberbia u orgullo desmesurado. ¡Qué hermosas palabras del Dhammapada!: ¨La victoria engendra enemistad. Los vencidos viven en la infelicidad. Renunciando tanto a la victoria como a la derrota, los pacíficos viven felices¨.

RAMIRO A. CALLE.

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