viernes, 6 de mayo de 2016

EL S.DE LEONAR.D.VINC.CAP.58.

LVIII
  Su apariencia es la de un joven bajito, de unos dieciséis años. Su estar, el de un hombre maduro. Llega al apartamento después del día de trabajo, deja el maletín en el suelo al lado de la entrada y la busca. Allí está, lo ha escuchado entrar y sale a su encuentro. Los ojos azules de ella aparecen rodeados del mar de pecas, viéndolos sabe cómo está, feliz. Se abrazan.
-¿Todo bien? -le pregunta ella en voz baja, al oído.
-Sí, mucho frío, pero por lo demás todo bien, y ahora mejor.
-Una sonrisa de satisfacción se dibuja en el rostro de ambos.
Permanecen unos segundos así, abrazados, les reconforta, un breve balanceo, y ahora, frente a frente, se besan en los labios. Ella y el hogar le dan calor.
-¿Y el niño?
-En la habitación.
Se separan cogiéndose de la mano y entran en la habitación para ver a su hijo.
El susto es monumental. Una auténtica cría de orangután de Borneo lo contempla desnudo, solo tiene puesto un panal blanco que resalta en contraste con la piel y el pequeño cuerpo lleno de largo vello rojizo.
Puesto en pie dentro del parquecito, lo mira fijamente, ni un leve pestañeo.
Ella está feliz, satisfecha, se come con la vista al hijo, después se vuelve hacia Paolo. Él recuerda las palabras de su madre cuando le dijo que la imagen más bella que había tenido en su vida había sido la primera vez que le vio a él y, evidentemente, ese es su hijo..., aunque al que se parece es a un Auro Recosta, y ha sacado el pelirrojo de Eiriann.
No sabe qué hacer, se da una gran contradicción en su interior. La quiere a ella y tiene que querer al hijo de ambos, pero no a ese hijo, y sin embargo no lo puede rechazar. Tiene que conformarse con lo que le ha tocado, la vida es así, no se puede escoger a los padres... ni a los hijos. Pero... ¨¿es mi hijo?¨.
El niño cambia el gesto. La boca se vuelve más grande aún, exagerada. Comienza a hacer pucheros. Pronto aparecen dos lagrimones que saltan por encima de las bolsas que se le forman bajo los ojos. La criatura parece que le ha leído el pensamiento, percibe que no lo quiere.
No sabe que hacer. Eiriann se dirige hacia el pequeño y lo toma. El crío rodea el cuello de la madre con sus largos brazos, esta se gira hacia Paolo y le dirige una mirada seria, de reproche, no esperaba eso.
Tiene la sensación de que ambos pueden entrar dentro de su ser y captar sus sentimientos sin que él pueda impedirlo. Se siente inseguro, angustiado, apenado.
Procura que se le vaya la perplejidad que le ha causado el orangután. ¿Cómo le explica a Eiriann la duda de si es el padre de la criatura?, ¿por el aspecto?
Aunque no se le parezca no puede poner esa cuestión en entredicho. ¿Cómo iba a mantener ella una relación con otro que no fuera él?
La ama. No quiere decepcionar a su mujer ni a su hijo, y sin embargo no puede hacer nada por cambiar la situación. La percepción que ambos están recibiendo de sus sentimientos es la real. No pueden mentir, no sirve para nada, no tiene escapatoria.
Despierta.
La boca completamente seca, se incorpora.
Tras unos segundos de desconcierto se sitúa, recuerda dónde está. Ve la línea de luz bajo la puerta, su padre está en el salón trabajando.
¨¿Qué hora es?¨.
Mira el despertador.
¨Las seis¨.
Paolo enciende la luz. Recostado sobre el cabecero de la cama recupera un poco la calma. Ha vivido el sueño con tal intensidad que le cuesta trabajo pensar que no es real, que solo sea un sueño. Incluso así tarde un tiempo en sentir alivio.
¨Menos mal, un niño mono no¨.
Se ríe mientras conecta con la realidad.
¨Pero... este sueño ya lo he tenido antes...¨.
¨¡Es verdad! Lo estuve hablando con mi... ¿padre?¨.
Recordó al hombre bajito con los ojos como los suyos... y las palabras de su madre, el silencio que debía guardar, las dudas que tuvo y que ella le ratificó.
¨¿O lo interpreté mal?¨.
Fuera o no Umberto su padre, desde entonces se sintió más solo. Tampoco comprendía.
¨¿Cómo puede ser? Ellos se querían¨.
Debía ser un amor como el que él sentía por Eiriann.
¨¿Entonces?¨.
De nuevo el agobio en el pecho. No, la vida no puede ser así.
¨Y sin embargo lo es. ¿O es que hay algo que no comprendo?¨.
Comprender, comprender. Es la obsesión del pequeño Di Rossi para poder incorporar el nuevo conocimiento a su mundo interior perfectamente estructurado.
Paolo decide en ese preciso instante que, si la vida es así, él no la acepta.
¨¿Una mentira, lo que vemos de las personas es solo una pose?¨.
Las dos Lucrecias, la de Veneto y la de Leonardo, lo miran. Se siente acompañado por ellas. El sueño le ha desconcertado enormemente.
¨¿Cómo Eiriann y yo íbamos a tener un hijo como ese?¨.
Jamás se le habría ocurrido.
Recordó a su madre. Tenía una gran cantidad de imágenes de ella, siempre guapa y satisfecha de él. Sus abrazos, sus besos, y sin embargo sus abuelos... En la vida puede pasar cualquier cosa.
¨La vida es casualidad, puro azar, solo si actúas de una manera determinada tienes más probabilidades de que tu destino sea uno concreto, es cuando la gente dice: ¨se veía venir¨.
Piensa convencido, ya relajado, para, a continuación, plantearse lo contrario: ¨Pero este sueño que se ha repetido, ahora tiene sentido, cuando lo tuve, no. ¿Pueden los sueños ver el futuro? No. Sin embargo, en la antigüedad, griegos y romanos lo creían. Si quitas el desarrollo logrado a través de la técnica y la ciencia, a nivel humano, el conocimiento de muchas civilizaciones es incluso superior a la actual¨.
Preguntas, reflexiones.
Descubre que una persona puede tener expectativas inconscientes sobre los hijos, también que la vida tal y como le parece que va a ser no le gusta lo más mínimo. Otro descubrimiento en la soledad de una madrugada y, nada más que por eso, por aprender algo nuevo aunque no le haya gustado del todo, se siente mejor; pero sobre todo, esas dudas íntimas acerca de quién es su padre le hacen sentir un respeto enorme por esa persona que está siempre pendiente de él, y que ahora está al otro lado de la puerta. Se levanta y lo busca.
-¿Qué haces? -pregunta echándole la mano sobre el hombro, la primera vez que lo hace, mientras mira la pantalla del ordenador.
-Ya ves, me tienes estudiando aquello que me dijiste.
-¿Que Lucrecia Borgia es la Gioconda...?
-Sí.
-¿Has decubierto algo nuevo?
-Hasta ahora, nada que lo contradiga.
-Seguro que encontrarás algo que lo confirme.
-Si lo encontramos los dos juntos, mejor. He pensado que podemos hacer un viaje en coche hasta un lugar donde pudieron coincidir.
-¿En coche, tú conduciendo? -pregunta con ironía Paolo mientras sonríe.
-Sí, ¿te acuerdas de Giambattista?
-¿Tu amigo policía que todos los años te presta su coche para que vayas a Pompeya?
-Sí, se lo voy a pedir. Del ordenador pienso que he sacado ya toda la información que podía, ahora la teoría hay que ponerla en práctica sobre el terreno. ¿Te atrae la idea?
-Claro que sí. Pon en pantalla el cuadro de la Gioconda. Umberto abre el archivo-. Aumenta la zona del puente. -Hace lo que le indica Paolo-. ¿Ves el punto de luz? Le dice señalando con el dedo una diminuta raya blanca, junto al hombro de la Gioconda-. Con esa línea, Leonardo hace que veamos un reflejo que viene de atrás al tiempo que crea un arco, muy pequeño, en el puente. Tenemos que buscar ese puente -termina de comentar sonriendo.
Se está acordando de su vecino, el señor Kipling, de sus fotografías en las que en todas se apreciaba esa mancha blanca en el iris de los protagonistas, el punto de luz que te muestra la verdad, que les daba un toque personal a sus imágenes diciendo que todas eran del mismo autor. Solo una no contenía aquel punto de luz, la única que no estaba hecha por él.
Umberto piensa que es una buena idea.
-Pues entonces descansa, en cuanto sean las diez llamo a mi amigo por teléfono.
-Vale, y tú acuéstate también, ya sabes, solo hay que encontrar ese puente con cuatro arcos, y el de la izquierda, muy pequeño en relación a los otros tres -dice sonriendo-. Después, a la derecha, donde debería existir otro arco, un muro opaco. ¿Te das cuenta? La falta de ese arco que debería estar a la derecha es lo que lo hace irregular, es un puente que es fácil de identificar.
Umberto tiene la boca abierta, asiente con la cabeza.
El pequeño Di Rossi vuelve a la cama, se arropa y alarga la mano para apagar la luz. Se detiene un instante, vuelve a recordar el sueño, a Eiriann, las sensaciones que ha tenido.
Las Giocondas lo siguen mirando. La envejecida por Leonardo parece que comprende la sorpresa negativa sobre las relaciones de los adultos que ha tenido. En su sonrisa percibe conexión y cariño, comprende su decepción, como si ella hubiese pasado por lo mismo y lo hubiera tenido que aceptar obligada, se imponía la sociedad, el deber, la familia; mientras que la de Veneto, aparentemente joven, comenzaba a intuir lo que sería su futuro, y que este no dependería de ella a pesar de que era el suyo.
Apaga la lámpara.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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