miércoles, 4 de mayo de 2016

EL POETA EXILIADO (1935-1958)



  En agosto de 1936, al mes siguiente de haber comenzado la Guerra Civil en España, el Gobierno facilita a Juan Ramón Jiménez un pasaporte diplomático para salir del país, en calidad de agregado cultural honorario en la embajada española en Washington. Juan Ramón y Zenobia viajan a Francia y desde allí embarcan rumbo a Nueva York. Durante la travesía, el poeta debió de recordar muchas veces aquel primer viaje a Nueva York, veinte años antes, cuando acudió allí para casarse con Zenobia. Ahora, las cosas son muy diferentes. España está en guerra, y para el matrimonio se inicia un largo y definitivo exilio, salpicado de proyectos de vuelta que nunca llegaron a realizarse.
Después de vivir algunas temporadas en Puerto Rico y en Cuba, Juan Ramón y Zenobia fijan su primera residencia estable en Miami. Como muchos otros intelectuales exiliados, el poeta sobrevive colaborando en revistas y dando conferencias y charlas radiofónicas. En 1940 comienza a impartir cursos en la Universidad de Miami, como lector de español. De estos años procede gran parte de la obra crítica de Juan Ramón -personalísima y nada académica-, dispersa parcialmente en distintas publicaciones y recogida después de su muerte, Juan Ramón y Zenobia acaban por comprar una casa en Miami, situada -curiosamente- en la avenida de Sevilla de esta localidad. El asentamiento, tras varios años de forzoso nomadismo, en este nuevo paisaje de Coral Gables, impulsa de nuevo la escritura poética, como el propio Juan Ramón cuenta en una carta de 1943 al crítico y escritor Enrique Díez-Canedo.

En la Florida empecé a escribir otra vez en verso. Antes, por Puerto Rico y Cuba, había escrito casi exclusivamente crítica y conferencias. Una madrugada me encontré escribiendo unos romances y unas canciones que eran un retorno a mi primera juventud, una inocencia última, un final lógico de mi última escritura sucesiva en España.

Los romances y las canciones con que Juan Ramón reanuda su actividad se contienen en parte en el libro Romances de Coral Gables (1948), donde el marco geográfico, forzosamente nuevo, remite sin embargo, una y otra vez, al antiguo entorno perdido y añorado;

Ese ocaso que se apaga
¿qué es lo que tiene detrás?
¿Lo que yo perdí en el cielo,
lo que yo perdí en el mar...?

Es la actitud característica del desterrado; se encuentra en numerosos poetas que sufrieron una experiencia semejante, desde Esproncela hasta Unamuno y Alberti; la misma actitud que, sin salir aún del libro Romances de Coral Gables, aflora en las Preguntas al residente, a pesar de su marcada forma conceptual:

¿Tú que pasas por las piedras,
tienes también raíz dentro?
¿Tu suelo y tú estáis fundidos
como yo con otro suelo?
¿Tienes también raíz fuera,
tú que pasas con el viento?
¿El sueño que vas rumiando
vuelve a ti como a su centro?

En el mismo año que los Romances de Coral Gables aparece La estación total, con las Canciones de la nueva luz, donde se recogen, en realidad, poemas compuestos antes de la salida de España, y, salvo posibles retoques, no representan el quehacer del poeta durante su etapa americana. Sí pertenecen plenamente a estos años, sin embargo, la concepción y la redacción de Animal de fondo (1949), escrito en su mayor parte -como el Diario de un poeta recién casado- durante una travesía marítima, esta vez de Nueva York a Buenos Aires, ciudad en la que el poeta fue objeto en 1948 de un recibimiento apoteósico. Paradójicamente, el mismo Juan Ramón que había proclamado que su obra se dirigía ¨a la inmensa minoría¨, comprobaba cómo las tiradas de sus libros editados en Argentina se agotaban con inusitada rapidez. Juan Ramón pronunció numerosas conferencias en diversas ciudades argentinas, y anticipó en diversos periódicos y revistas algunos poemas del nuevo libro. La prontitud con que apareció el volumen, pocos meses más tarde, revela que el proceso de reelaboración y corrección fue esta vez, en contra de lo habitual en el poeta, muy breve. Gran parte de la crítica inmediata suscitada por el libro revelaba un profundo desconcierto, que no puede sorprender si se considera que esta obra resulta más hermética, más impermeable a una primera lectura que cualquiera de los títulos anteriores del autor. De ahí las divergencias valorativas, pero también las diferentes interpretaciones ofrecidas por la crítica, sin que falten los que han creído advertir en el libro un hondo sentido religioso.
En Animal de fondo se concretan y desarrollan algunos de los motivos esbozados en La estación total, e incluso continúa el esfuerzo por lograr un lenguaje abarcador de nuevas realidades y, por ello, marcadamente neológico, donde brotan usos tan sorprendentes como clariver, amarillomar, ríomardesierto, sonllorante, matinar, fruteado, rayeante, cuerpialma, ciudadal, soñear. La belleza -y la poesía- se ha convertido en en ¨dios¨ que es a la vez ¨deseante¨, ya que es también fin al que aspira el poeta. Es un don alcanzado (¨Eres dios de lo hermoso conseguido¨) que integra lo perecedero y lo eterno. Naturalmente, pueden descubrirse ciertas analogías entre esa búsqueda incesante de la belleza y el camino de la elevación espiritual hacia la fusión mística con Dios; pero el dios de Juan Ramón nada tiene que ver con un sentimiento religioso, sino que es la cúspide casi siempre inalcanzable- de la creación artística. Son muy orientadoras, en este sentido, unas palabras del propio poeta:

Pensé entonces que el camino hacia un dios era el mismo que cualquier camino vocativo, el mío de escritor poético, en este caso; que todo mi avance poético en la poesía era avance hacia dios, porque estaba creando un mundo del cual había de ser el fin de un dios. Y comprendí que el fin de mi vocación y de mi vida era esta aludida conciencia mejor bella, es decir general, puesto que para mí todo es o puede ser belleza y poesía, expresión de la belleza.

Si la obra fue, en cierto momento de la evolución juanramoniana, la sublimación de la mujer, ahora el poeta la centra en algo más elevado y abstracto, más general; en la belleza misma, dios situado muy por encima del ¨animal de fondo¨ que es el hombre.
Durante estos años sufre Juan Ramón un agravamiento de su neurosis y pasa varias temporadas en hospitales y sanatorios. Después de vivir algún tiempo en Maryland (E.E.U.U.) el matrimonio se instala en Puerto Rico. En 1951, la salud de Zenobia sufre un grave quebranto que obliga a una rápida intervención quirúrgica en Boston. Ambos dan clases en la Universidad de Río Piedras -donde se conserva hoy un rico archivo de documentos y papeles del poeta-, y Juan Ramón emprende una vez más la reordenación de su obra completa, dividida en siete partes; una empresa que jamás concluirá. En 1954, la salud de Zenobia se agrava y tiene que renunciar a sus clases. Juan Ramón sufre nuevas crisis nerviosas. El 25 de octubre de 1956, la Academia sueca concede a Juan Ramón Jiménez el Premio Nobel de Literatura, destacando que su obra ¨constituye, en lengua española, un ejemplo de alta espiritualidad y de pureza artística¨. Al mismo tiempo, la Academia sueca quiso subrayar, por medio de su secretario general, que Juan Ramón no era un caso aislado, sino el máximo representante de la gran poesía española del siglo XX.

Al recompensar a Jiménez, representante de la gran tradición lírica de España, la Academia sueca ha querido coronar igualmente a Antonio Machado y a Federico García Lorca.

Tres días más tarde fallecía en una clínica de Puerto Rico Zenobia Camprubi. ¨Todo es menos¨, anota entonces escuetamente el poeta en una cuartilla. Incapacitado para recoger personalmente el premio, transmite a la Academia sueca su mensaje de gratitud y añade:

Mi esposa Zenobia es la verdadera ganadora de este premio. Su compañía, su ayuda, su inspiración de 40 años han hecho posible mi trabajo. Hoy me encuentro sin ella, desolado y sin fuerzas.

Después, Juan Ramón renunció a recibir el importe del premio, y lo donó a la Casa Zenobia-Juan Ramón de Moguer y la Universidad de Río Piedras.

RICARDO SENABRE SEMPERE.

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