sábado, 23 de abril de 2016

EL NIÑO.RAMIRO.


  Era un niño de corta edad que estaba jugando con un barquito en el estanque. Se hallaba por completo absorto en su juego. Un yogui que pasaba por el lugar se acercó hasta él y comenzó hablarle y a hacerle algunas preguntas, pero el infante estaba tan ensimismado con las evoluciones del barquito sobre las aguas del estanque que ni siquiera reparó en la presencia del hombre.
Al contemplar el yogui la actitud del niño, se postró ante él y le dijo:
-Amiguito, tú eres mi maestro. Ojalá que cada vez que me siente a meditar pueda estar tan concentrado como tú lo estás ahora, que sea capaz de dirigir todos mis pensamientos al Supremo y que, como a tu te sucede, nada pueda distraerme. Sí, eres mi maestro.
El niñito seguía contemplando, embelesado, el barquito meciéndose sobre las aguas cristalinas del estanque.

REFLEXIÓN

La mente es por naturaleza, mientras no se ejercita, muy dispersa; tanto es así que el antiguo adagio reza: ¨Está en la naturaleza de la mente dispersarse como en la del fuego quemar¨. Esa dispersión le roba a la mente su capacidad de penetración. Comprensión, poder y entendimiento. La mente está continuamente saltando de uno a otro lado, impulsada por sus deseos y aversiones, así como por las tendencias subyacentes; se debilita e incluso desertiza con tanta fragmentación, y la preciosa energía de la atención se va aletargando. Una mente sin concentración es frágil e insegura y se estrella contra la superficie de las cosas sin poder ver su esencia. Es una mente sin freno, vapuleada por sus condicionamientos y en la que no opera con fiabilidad el discernimiento. Pero toda persona que se lo proponga puede ejercitarse para conseguir una mente concentrada y que por tanto pueda ser gobernada por el propietario de esa mente. Así como toda fuerza canalizada (agua, luz o calor) gana en intensidad y poder, lo mismo sucede con la mente. El sabio Santideva declaraba: ¨Para vencer todos los obstáculos, me entregaré a la concentración, sacando la mente de todos los senderos equivocados y encauzándola constantemente hacia su objetivo¨ . La concentración es la atención unificada y bien dirigida. Una mente concentrada se previene mejor contra las influencias nocivas del exterior y mantiene mejor el equilibrio ante las adversidades. La mente concentrada se encuentra en mejor disponibilidad para controlar los órganos sensoriales y desarrollar un entendimiento correcto. Es como una casa bien techada, en la que no entra la lluvia. De la virtud y la concentración brota la sabiduría. Existen muchos ejercicios de meditación para conseguir el gobierno de la mente. En ese maravilloso libro que es el Dhammapada podemos leer: ¨Es bueno controlar la mente; difícil de dominar, voluble y tendente a posarse allí donde le place. Una mente controlada conduce a la felicidad¨ . Del mismo modo que una bandera se mueve porque el viento provoca ese movimiento, si en la mente hay tanto descontrol es porque sus tendencias latentes la agitan. También su ignorancia básica, que se traduce como ofuscación, avidez y odio, la desasosiegan y la dispersan. El trabajo meditativo consiste en ir eliminando esa ignorancia e ir logrando que la mente gane en concentración, claridad y sabiduría. En el Dhyanabindu Upanishad se nos dice: ¨ Alta como una montaña, larga como mil leguas, la ignorancia acumulada durante la vida sólo puede ser destruida a través de la práctica de la meditación; no hay otro medio posible¨ .

RAMIRO A. CALLE.

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