viernes, 25 de marzo de 2016

DOS REBELDES.VELMA.

  Antiguamente, los gwch´in vivían en una región donde en verano el sol brillaba día y noche, para desaparecer después durante casi todo el gélido invierno. Aquellos indios habitaban la llanura que flanqueaba el inmenso río llamado Yukon, al sur de la larga cordillera que se extiende de un extremo a otro del país. Al norte de aquellos picos, a lo largo de la costa, vivían los ch´eekwaii, los esquimales enemigos.
Ambos pueblos cazaban el caribú, que migraba en grandes manadas por el vasto territorio en un viaje anual a través de las montañas, desde las tierras donde pasan los meses de invierno hasta alcanzar la costa donde las hembras parían. En ocasiones, siguiendo a los animales, los ch´eekwaii y los gwich´in cruzaban sus respectivos territorios de caza, violando los límites que habían aprendido a respetar. Las repetidas intrusiones y las sangrientas represalias habían terminado por generar odio entre ambos pueblos.
En aquella época, en dos grupos diferentes de gwich´in, vivían dos niños indios, un chico y una chica, dos rebeldes que destacaban del resto.
El chico era un niño hermoso, de larga cabellera negra trenzada alrededor de un rostro dulcemente juvenil. Tenía una talla normal para su edad y un cuerpo enjuto y musculoso, pero por lo demás, no se parecía en nada a los otros niños. Los muchachos gwich´in aprendían a disfrutar con la caza y la competición, para convertirse en la fuerza de su gente cuando fueran hombres. Sin embargo, aquel niño no mostraba el menor interés en cazar, luchar o correr. Era un solitario.
Se llamaba Daagoo, en honor a un ave, la perdiz blanca. El pueblo gwich´in veneraba a los animales que poblaban el territorio y deseaban que sus hijos emulasen la fuerza y las habilidades de los animales que admiraban, tales como la perdiz blanca. Para ayudar a los niños a desarrollar un pie firme como el de esta ave, muchos padres tejían en los macasines de sus hijos pequeños dibujos en forma de patas de perdiz, hechos con púas de puercoespín teñidas.
Los padres de Daagoo dieron un paso más al ponerle a su hijo un nombre que significaba ¨perdiz blanca¨. Con el tiempo el muchacho no sólo adquirió un paso firme, sino que era tan travieso como el pájaro mismo y siempre se escapaba para explorar los lagos, ciénagas, riachuelos y ríos que salpicaban la llanura.
En el campamento, el chico, siempre curioso, pasaba el tiempo haciendo montones de preguntas fastidiosas. Había una pregunta en concreto que a los mayores les parecía de lo más divertida. Daagoo quería saber que le pasaba al sol en invierno, cuando parecía que se retiraba hacia el sur y se levantaba cada día a menor altura en el cielo hasta que desaparecía por debajo del horizonte.
Para complacer al niño, los ancianos le hablaron acerca de la Tierra del Sol, una región calurosa del sur donde el sol brillaba todo el año. Se decía que un grupo de gwich´in había viajado a aquel lugar mucho tiempo atrás. Algunos llegaron hasta la Tierra del Sol, mientras que otros regresaron por temor a penetrar en territorio desconocido.
Un anciano afirmó que su bisabuelo había sido uno de los que regresaron al norte. El viejo describió la antigua ruta hasta la Tierra del Sol, tal como se la había transmitido su bisabuelo, y dibujó un mapa en el suelo para el pequeño Perdiz Blanca. Encantado Daagoo copió el mapa en un pedazo de cuero de alce que le había dado su madre.
Cuando Daagoo interrogaba a otros adultos acerca de aquella tierra de fábula o les mostraba el mapa, por lo general se limitaban a fruncir el ceño, pues la mayoría no se tomaba aquellas historias en serio. No obstante, Daagoo tenía una fe absoluta en la leyenda. Un día, el muchacho se juró que encontraría la Tierra del Sol.
A muchos kilómetros de los lugares donde acampaba el grupo Daagoo, vagaba otro grupo de gwich´in al cual pertenecía una chica joven. La llamaban Jutthunvaa´por las joyas que llevaba. Desde que Jutthunvaa´era una criatura, su madre, Na´Zhuu, le había confeccionado alhajas; labraba cuentas con huesos de alce, las teñía y las ensartaba en forma de collares y brazaletes para adornar a su única hija.
A pesar de todos los esfuerzos de Na´Zhuu para embellecer a su hija y darle un aspecto femenino, Jutthunvaa´estaba más influenciada por su padre y sus tres hermanos mayores. El padre, Zhoh, enseñaba a sus hijos a fabricar y utilizar sus propias armas. Todos los hombres gwch´in debían adiestrar de aquella forma a sus descendientes varones, pero no a las niñas. En aquella época, los chicos aprendían a cazar y rastrear animales, mientras que las chicas se dedicaban a cocinar, criar niños, curtir pieles, coser y recolectar plantas comestibles y hierbas medicinales. Sin embargo. Zhoh estaba orgulloso del interés que mostraba su hija por todo lo que él y sus hijos hacían, de manera que la alentaba para que aprendiese a correr y a cazar.
La joven era una alumna aplicada. Aprendió incluso a imitar perfectamente los cantos de los pájaros que atravesaban la llanura, una habilidad muy apreciada por los cazadores, quienes la utilizaban para enviarse señales sin alertar a las posibles presas. Con el tiempo Na´Zhuu cejó en su intento de enseñar a Jutthunvaa´ a cocinar y coser, y entregó a su hija para que la adiestrasen los hombres de la familia. Tampoco protestó cuando Zhoh y sus hijos empezaron a llamar a Jutthunvaa´por su apodo: Niña Pájaro.
A medida que transcurrían los años, la hija de Zhoh y Na´Zhuu se fue transformando en una hermosa mujer. Niña Pájaro se reveló como una hábil cazadora, capaz de correr largas distancias y nadar en los ríos más turbulentos. Echaba carreras y luchaba con los chicos del campamento y no era raro que les ganara en sus juegos. Su familia contemplaba con orgullo y admiración cómo la muchacha crecía fuerte y diestra. Sin embargo, otros miembros del grupo empezaron a fruncir el ceño.
En el campamento de Daagoo los hombres también mostraban su desaprobación. Perdían la paciencia con aquel chico que siempre se escapaba para explorar en vez de dedicarse a cazar o rastrear animales. Su escaso interés evidenciaba a todas luces una falta de respeto. El padre de Daagoo, Ch´izhin Choo, soportaba casi todas las críticas de los hombres.
-Es tu hijo y es tu responsabilidad -le dijeron.
Ch´izhin Choo no supo que responder. Admitía que tanto él como su mujer habían permitido durante demasiado tiempo que su hijo anduviera a su antojo. Ahora que Daagoo era casi un hombre, Ch´izhin Choo sabía que resultaría difícil hacerlo cambiar.
Daagoo no quería ser un mal hijo. Amaba a sus padres e intentaba complacerlos. A veces cazaba animales pequeños, como puercoespines o ardillas de madriguera, que eran golosinas para los gwch´in, y se los ofrecía a su madre como regalos.
No obstante, había un aspecto de Daagoo que sus padres no podían pasar por alto; mostraba un insaciable afán por ver mundo. A menudo sufrían cuando Daagoo erraba por la región y no regresaba durante días.
Una noche, cuando Daagoo volvía de una larga caminata, su padre estaba esperándolo. Las críticas de los demás hombres le pesaban y Ch´izhin Choo interrogó a Daagoo sobre su comportamiento.
-Padre, siento curiosidad por esta tierra y lo que hay más allá -contestó con cierta impaciencia. Señaló hacia los lejanos picos y añadió-: Me pregunto que hay en aquellos montes y en los lugares donde nunca hemos estado. Viajamos cada año por los mismos senderos hacia los mismos campamentos. Jamás nos apartamos de nuestra ruta, y yo miro hacia las montañas lejanas y me pregunto qué habrá al otro lado. ¿No sientes tú la misma curiosidad?
-Hijo, si me siento y me paso el día cavilando acerca de esas montañas, ¿nos dará eso de comer?
-preguntó Ch´izhin Choo con seriedad. Y prosiguió-: ¿Nos calentará en una noche fría de invierno? Si nuestra gente las visitase, lo pagaríamos con muchas vidas, pues perderíamos un tiempo precioso que deberíamos haber dedicado a cazar y recolectar provisiones para el invierno. La gente se congelaría y moriría de hambre sólo por satisfacer una curiosidad estúpida.
Daagoo sólo escuchaba a medias.
-Padre, ¿ni siquiera te preguntas acerca del sol? Exclamó incrédulo-. ¿Adónde va durante la noche y en los largos inviernos mientras luchamos por sobrevivir en la espesa nieve y el frío? Los ancianos han hablado de la Tierra del Sol, un país cálido donde el sol brilla todo el tiempo. Deberíamos seguir el sol en vez de soportar otro frío invierno aquí.
Ch´izhin Choo perdió la paciencia y sacudió la cabeza exasperado. Nada de lo que acababa de decir había hecho mella en su hijo.
-También yo contemplo las montañas y me pregunto qué hay detrás pero, hijo, debemos fijarnos en lo esencial. ¡Nuestra supervivencia! No existe nada más importante.
Ch´izhin Choo suspiró cansado, pues sabía que convencer a su hijo para que cambiara no resultaría tan fácil como los demás hombres creían. Daagoo soñaba con seguir el sol un día. Aquél era el sueño imposible que Ch´izhin Choo pretendía destruir si podía, ya que deseaba que su hijo hiciera lo que era debido, que cazase animales para contribuir a alimentar a su gente.
Poco después, el jefe del grupo y los demás hombres del consejo se acercaron a Ch´izhin Choo.
-No podemos tolerar el comportamiento de tu hijo por más tiempo -comentó un cazador-. ¿Qué pasaría si nuestra vidas dependieran de ese muchacho? Pronto moriríamos. ¡Ni siquiera sabe cazar!
Herido por la recriminación, Ch´izhin Choo salió inmediatamente en defensa de su hijo.
-Le he enseñado a mi hijo todo lo que debe saber para cazar. Si tú o los demás necesitaseis algo, ¡él salvaría tu vida y la de todo el campamento!
-¡Basta! -exclamó el jefe, alzando las manos para tranquilizar a los dos hombres que se enfrentaban con los puños apretados. Luego añadió-: Discutiendo no solucionaremos el problema. Debemos hablar con prudencia. -Se giró hacia Ch´izhin Choo y decidió-: Hablarás con tu hijo. Dile que no toleraremos más su desobediencia. Todos sabemos lo que sucede cuando las personas se niegan a seguir las reglas.
El padre de Daagoo no tuvo más remedio que dar su consentimiento con una inclinación de cabeza. Los gwich´in habían vivido en la llanura durante milenios y habían fijado unas reglas estrictas. Para que el grupo sobreviviera, cada miembro debía cumplir sus tareas sin titubear. La obediencia era obligatoria so pena de castigo; incluso podían expulsar a un miembro del grupo si se negaba a seguir las costumbres ancestrales. Se daba por sentado que además de la tierra y los animales, los gwich´in se necesitaban unos a otros para sobrevivir. Conocían la importancia de la obediencia y las terribles consecuencias de una rebelión absurda.

VELMA WALLIS.

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