domingo, 14 de febrero de 2016

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.CP59.

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.
LIX
El fiat azul discurre despacio por la tangenziale di Napoli. La densa niebla no deja ver dos palmos más adelante, de hecho, unos meses antes en aquellas condiciones el avión no podría haber aterrizado en el anticuado aeropuerto. Pero la técnica evoluciona cada día a pasos agigantados y, aunque muy lentamente, termina llegando hasta los rincones de Italia. Al menos eso piensa Filippo Remini mientras mira la antorcha y la llama dorada adherida en el frontal del alto copete del sombrero, un diseño anticuado y pomposo al igual que el uniforme del que forma parte, más propio de los años 30 del siglo anterior. El caravinieri que conduce lo ha depositado sobre el salpicadero negro y sucio del vehículo policial.
Disminuye la velocidad y sale de la carretera principal, poco tiempo después se une a una gran cantidad de coches estacionados en un rellano. Algunos están con las luces de las sirenas encendidas lanzando destellos y haces de colores por entre la niebla, iluminando las motitas que flotan y caen lentamente.
Baja de inmediato. El frío, y sobre todo la humedad, le calan hasta los huesos aunque va bien abrigado. El caravinieri toma el sombrero por la visera y también sale, se lo ajusta a su cabeza con un movimiento de vaivén seguro mientras anda. Filippo le sigue.
Aquel uniforme con apariencia de gala militar, negro con doble línea roja de adorno y toques dorados en los complementos toma toda su dimensión. De vez en cuando se escuchan voces gritando el nombre de las jóvenes, provienen del fondo del pozo de niebla.
-¡Miriam! -Un breve espacio de tiempo y de nuevo-: ¡Miriam! ¡Dana!
-Tenga cuidado no vaya a resbalar -comenta el caravinieri mientras se vuelve.
-No se preocupe.
Los zapatos que lleva no son los más adecuados para caminar por el lugar, piedras húmedas, resbaladizas. Cada vez que se ve obligado por los sucesos a caminar por este tipo de terreno se dice a sí mismo que tiene que añadir a su vestuario prendas deportivas, botas para el agua; con frecuencia hay mucho trabajo de campo, se producen roces con arbustos, ramas. Donde se concentran más o haya más fango, allí está el cadáver, no falla.
-¡Miriam! ¡Danaaa...!
De nuevo el nombre de las dos jóvenes. No escucha el de Tessa, por tanto, ella debe de ser la joven que ha aparecido. La noche anterior, cuando le llamó su colega de Nápoles Gianbarttista Scatena, fue escueto...
-Ha aparecido una de las chicas de Cassino y creo que hay coincidencias importantes con su caso, ¿va a venir?
-Mañana mismo en el primer vuelo que pueda tomar, Giambattista, muchas gracias por su llamada.
Siente un vacío en el estómago, no ha dormido bien, apenas unas horas que se han visto interrumpidas con frecuencia. Su mente aprovecha cualquier momento de relajación para repasar todos los datos que tiene archivados sin respuesta sobre este caso que le duele en el alma desde que vio el cuerpo de otra joven. ¿Cómo podía existir un ser humano sobre la tierra capaz de torturar, violar y asesinar a menores, jóvenes inocentes? Por lo visto no había uno, existía una plaga que se movía con una facilidad inusitada a lo largo y ancho de todo el planeta Tierra.
La irregularidad del terreno por el que va caminando, el no tener las referencias de un paisaje, hace que le aumente la impresión de que no se encuentra bien.
Las voces siguen llamando, es algo que tienen que hacer aunque saben que no hay esperanzas. En cuanto suba la niebla ampliarán la búsqueda, y si están allí los cuerpos de las otras dos chicas, los encontrarán. ¿Vivas? Sería un milagro.
El letrero emerge de entre las tinieblas, LA GROTTA DELLA SIBILLA. Algo más adelante, unas viejas verjas llenas de moho, abiertas, las cadenas y el candado están el el suelo, a un lado.
Llega un murmullo desde dentro. El larguísimo pasillo recto está lleno de policías, algunos de uniforme, brazos cruzados. Observan a la científica que realiza su trabajo. Los equipos halógenos se concentran al final del túnel escavado en la piedra, con poyetes a ambos lados, algunos huecos a modo de hornacinas. Allí dentro también crece el musgo. Agobia un poco, a partir de la cintura las paredes estrechan y dan una sensación de opresión aliviada por algunas aberturas al exterior, por ellas siguen entrando los nombres de las jóvenes.
Su presencia es notada rápidamente por todos. El volumen de las conversaciones baja. Alto, delgado, elegante, su imagen y forma de vestir causan sensación, pocos podían llevar como él ese abrigo de cachemir. No saben los allí presentes que ha sido modelo profesional durante cinco años. Recorrió el mundo entero desfilando en las mejores pasarelas, su agente tenía todas las fechas ocupadas, incluso lista de espera, y es que él había nacido con aquellas condiciones naturales físicas ideales para una profesión que por otro lado le encantaba. Inconscientemente, cuando ante él se presentaba un pasillo recto, aparecía toda su apostura masculina, no como otros; y eso es lo que ocurre en estos momentos recorriendo toda la pasarela de la Sibilla hasta llegar al final. El olor cambió.
-Señor Scatena -dice el caravinieri dirigiéndose al grupo de hombres que están de espaldas, mirando hacia el punto donde se concentra la luz de los focos.
-¿Sí? -Varios hombres se vuelven, pero es uno el que pregunta, el caravinieri se aparta un poco.
-Filippo Remini, señor...
Giambattista Scatena muestra una amigable sonrisa. Está sorprendido, no lo esperaba así. Tenía hecha una imagen de él bastante diferente, tampoco concreta, pero las conversaciones telefónicas que habían mantenido le sugerían otro tipo de persona, no tan alto, se veía que vestía ropa cara. Incluso con pelo canoso aparenta ser más joven que él, en torno a los cuarenta.
-Encantado de conocerle en persona -dice mientras extiende la mano.
Filippo también está sorprendido, ya que su colega napolitano es todo lo contrario a él; agitanado, en torno al metro sesenta y cinco de estatura como máximo y, por lo que ve, no se ha preocupado de mantenerse delgado. También le llama la atención el pelo fuerte, sin canas, y unas enormes cejas.
¨sobre 50 años¨, piensa. En cuanto al vestuario, prefiere no fijarse para que no le dañe la vista. Ningún sentido del gusto, como si se hubiera puesto lo primero que tenía a mano.
¨Este hace años que no compra ropa¨.
Dos hombres muy desiguales se estrechan la mano.
-¿Que opina? -pregunta Giambattista mientras gira y se aparta llevando al recién llegado al centro del asunto.
Filippo se adelanta, lleva la mano al bolsillo del abrigo y saca un pañuelo perfumado que se coloca delante de la boca y la nariz.
¨¡Qué barbaridad!¨.
No aguanta el olor.
-Giambattista, ¿cree que han elegido este lugar por algún motivo?
-Vaya usted a saber lo que pasa por la cabeza de gente dispuesta a hacer una cosa así. Igual es porque sabían que iban a disponer de tranquilidad para realizar alguna ceremonia, hay señales de ello. Sin embargo, este lugar tiene una gran importancia histórica, es el primer asentamiento griego en Italia. Sobre nosotros, en lo alto de la colina, estaba el Santuario de Apolo, y Virgilio ya paseó a Eneas por estos bosques.
La vuelve a mirar, aunque sus colegas le han echado por encima una manta que cubre casi todo el cuerpo, la imagen horroriza.
Se agacha para verla mejor. Está sentada en el suelo, apoyada su espalda desnuda contra la pared del corredor que al final termina haciendo una cruz. La cabeza se había descolgado hacia un lado, los ojos abiertos con una inexpresión que le deja más helado aún. La piel combina el rojo y blanco de la carne viva con trozos ennegrecidos que le suben hasta el cráneo, todo el pelo de la parte izquierda ha desaparecido. El final ha sido prenderle fuego, piensa que con gasolina. Por los efectos producidos en el cuerpo y la posición del cadáver supone que después de morir.
¨Han intentado borrar huellas¨.
Se fija en el tajo que tiene en la base del cuello.
¨¿Pero qué es esto negro?¨, parece preguntar señalando y volviendo la mirada hacia su colega mientras muestra un gesto de extrañeza.
-Le han hecho la corbata colombiana -contesta Giambattista.
Le viene la imagen de un par de dedos hurgando y sacando la lengua por el corte, el olor hace todo lo demás. Aguanta la primera arcada y se incorpora deprisa buscando un rincón.
Su colega lo observa. Vuelve la mirada hasta la joven, media pierna derecha está al aire y se puede apreciar el tatuaje, un tallo partiendo debajo del tobillo, lo rodea, y una vez por encima, una rosa. Es Tessa.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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