jueves, 28 de enero de 2016

LA LOBADA.


  Aquéllo es otra cosa, Prisco, mira, aquéllo es diferente. Yo te cuento y tú me escuchas, y te parece que me comprendes, y coges la copa y bebes un sorbo de vino, y me miras, para que siga. Pero mal podrás saber lo que te digo, si no lo viste ni lo viviste. Es como el mismo vino; toca la copa, toca el cristal, anda, ponlo a la luz de la ventana, míralo clarear, soltar chispas; aquél, no; aquél es oscuro, como la sangre, y áspero; lo guardan en pellejos, y pasa de allí a la bota, o al vaso, que es de cristal recio, panzudo. Aquí, bebes y el vino se te va hacia fuera, como si te se asomara al balcón; allá arriba lo haces, y el vino se te va hacia dentro, como si hurgara por el sótano. Tú estás aquí, Prisco, en este rincón del tabanco, y sabes que si pegas cuatro patadas te metes en la sierra, y, si te vuelves y pegas otras cuatro, se te mojan los zapatones en el mar, que el puerto está ahí mismo, y Cádiz casi. Allá, andes lo que andes, no hallarás sino el llano, las tierras lomeras, el sotobosque, los serrijones, los terromonteros que el ábrego castiga, el cielo plano. Castilla es otra cosa, Prisco. Yo no lo sabía cuando me fui, ni me importaba. Tenía veinticinco años, y una mujer entre los ojos, como arena que te hubiera metido el levante. Cuando se fue, me quedé lelo, ni respirar podía. Tú apenas recuerdas a la Águeda, cómo había espigado de pronto, y le habían crecido los pechos igual que reinetas; y luego la trenza aquella pelirroja, que le llegaba a la cintura, y que ella sacudía igual que un látigo, igual que una potranca la cola. Sus padres eran de por allí, y aquello les tiraba, como a ella. Aguanté dos meses y me fui detrás, ciego, oye. A poco nos casamos, y a poco se me murió, de una fiebre mala. Se dice pronto, tú, pero no es tan fácil. Hace cuarenta años y tres meses, y todavía la veo, hecha un rebujo bajo las mantas, acabándose; el pelo era como una llama, tanto ardía. Se apagó y yo con ella. Hablé con don Félix, el de los rebaños, y eché para el monte. Cuarenta años, Prisco. ¿Sabes tú lo que son cuarenta años pateándote la sierra aquella, que llaman de la demanda? Entre Logroño y Burgos, por más señas. Claro que yo ni una ni otra. Las capitales para los capitalinos. A mí las roquedas, las choperas, los rodales, la escaba, el brezo, el biércol, la nieve mansa, las ovejas pastueñas, el perro... Y la sombra de la Águeda, caminando a mi lado, deslizándose por la mata, moteando, como yo mismo. Y la lobada, al acecho siempre, de la piel de Satanás, hambreada y maldecida. Te digo pueblos, mira; Pineda, Riocavado, Vizcaínos, Villamiel, Barbadillo, Jaramillo, Iglesiapinta, San Millán, Tañabueyes... Al principio, cuando yo aprendía a estar solo, tenían algarabía a cada instante. Todos rebosaban de gentes, aunque yo entonces hurañeaba y las huía. Luego se fueron vaciando, desapareció la mocetada, se mustiaron. Cuando me vine, en algunos de esos pueblos quedaban cuatro, ocho, diez vecinos; treinta, en el que más. Viejos, viejas, cabras, gallinas, canes vagabundos... Pero yo a lo mío. Bebe, Prisco. Ahora traen otra media botella. Digo que yo a los pastizales, al arrimo del rebaño, a sentarme en una piedra o al pie de un roble, y a pensar. Uno no se aburre pensando; va y viene, adelante y atrás, e igual se ve niño que mozo, en la playa que en la paridera, con la mujer, retozando, o en la murria del enterramiento... En primavera, a gusto. El sol ya entona y la yerba está crecida y jugosa, y las ovejas buscan la ajedrea, entre las carrascas y los matojos; y en otoño otro tanto, que las cosechas se recogieron y no hay que guardar sembrados; pero en verano uno se retuesta y aprieta la sed; y en invierno ni te digo; la nieve se pone a caer que es que no para, o a llover, y allí donde te agarra te haces un borujo y a aguantar; y a veces pasan horas, antes de que amaine, y tú firme, a pelo, como un troncón. Un trago del botillo, un cacho de chorizo chamuscado, y tentetieso. Es dura la pastoría, Prisco, dura. No ves hembra, y acabas olvidándola. A mí me ocurrió que, de vez en vez, se me cruzaba la Damiana, una pastora más entera que un civil. Pero a ella le debía barruntar por temporadas la querencia del macho, que era viuda, y me rastreaba en las noches de luna, que el Tiño, el mastín, se partía a ladrar cuando la veía venir, y tenía que amarrarlo para que la Damiana pudiera encamarse. Generosa de carnes, me mareaba con sus arrumacos, y no es que yo fuera desagradecido, sino que se me ponía la Águeda delante de los ojos, desnuda y con la trenza suelta, y lo pasaba mal para no desengañar a la pastora. No sé qué le vería el Tiño a la buena mujer, pero se caldeaba como nadie. Al Tiño lo bautizó un gallego que andaba a veces por Tañabueyes, donde tenía una hija casada; lo llevaba yo en brazos, chiquitujo y mohíno, y en esto que el gallego se me acerca, le soba la tripa, y díceme: ¨Buen perro vas a tener cuando lo enseñes, válgame la Santa Compaña¨, y se le queda mirando a los ojos, como hipnotizado, y salta: ¨Luce el mismo mirar de mi albertiño, el nieto que se me murió¨, y así empecé a llamarlo, pero era largo y lo dejé en Tiño. Bien entendido era el condenado gallego, o acertó de casualidad, pero no tuve perro mejor que ése. Tan mal como le caía la Damiana, tan bien como le caía Silvio, el alimañero. Cuando yo te digo, Prisco, que aquello es otra cosa... Tú te echas aquí al campo, de excursión, ode casería, y además de una liebre o una tórtola o una perdiz regordeta, te puede salir voleteando una lechuza o cruzarte el camino una rata rabona. Pero allí, en cuanto te adentras un poco en los recovecos serranos, te hace dar un respingo la gineta o el gato montés o el lince; y no digamos si anda el lobo encelado, o hambriento, que entonces amarilleces. Silvio se conocía la Demanda como la palma de la mano. Por sus lazos y sus cepos habían pasado todos los predadores de la zona; los distinguía por sus mismos excrementos, y los seguía como un zorro a su presa, apeonando leguas como si nada. A Tiño no le embaucaba el olor de los bichos que traía, y husmeaba a Silvio a la distancia, alebrándose entonces, gimiendo, tieso el rabo, hasta que le veía aparecer y le ladraba, en agudo, gozoso y tenso. Sesentón, Silvio tenía cuerda para mucho, que el monte, como él decía, le agraciaba, y se encaramaba a las brañas igual que un zagalón, y distinguía la valeriana del tanino o el almizcle con su olfato animal; hasta que un cepo malo le cortó los dedos, y Silvio se arrugó, dijo adiós a aquel vivir, y a nosotros, y no volvimos a verlo. Y es que los años no pasan en balde, Prisco, Fíjate. Tú estás curtido, con los que debes tener, y aquí te las den todas. Te importa igual la nieve o el solazo, vamos, que no te importa, y te resbalan las duras como las maduras. Pero un día subes un repecho y te falta el aire, o bajas un risco para recuperar un corderillo, y casi te despeñas, y comprendes que algo está pasando, que algo ha pasado ya; el tiempo mañoso y traidor. Y miras las ovejas, y el perro, y te miras tú, varado en un hayedo, cansino y solo, y te das cuenta de que nada es ya lo mismo. En ésas andaba yo cuando llegó la lobada. Era por septiembre, terminado el verano, y al atardecer. Las ovejas estaban ya de recogida, que a esa hora, bien alimentadas y llenas las ubres, parecen echar de menos el redil y los corderos que esperan. El Cojo corría de un lado a otro, agrupando a las desperdigadas. El Cojo era hijo del Tiño, que se me había muerto hacia ya años, y no tuve yo perro tan bravo, pese a su defecto. Yo había oído tiros por el monte; supuse que estarían batiendo, y me alegré; en los últimos meses se habían visto muchos lobos y algunos rebaños habían sido malparados. De pronto, el Cojo se quedó quieto, las orejas de punta, erizado el pelo; y allí estaban, en el cerrete, diez, doce, qué sé yo, agitados por la carrera, los ojos como carbunchos, el infierno, mira. Tú no sabes lo que es eso, Prisco, ver las ovejas paralizadas, porque el terror las desploma, las vuelve impotentes, las fieras allí, a un paso, y tú con una cayada y un perro cojo, solo en aquella vastedad, que das un grito y no te oye ni Dios, aunque es de Dios de quien te estás acordando y dices ¨Dios mío, ¿qué hago?¨, medio enfermo. Pues se adelantan tres o cuatro, y les entran a las ovejas más a mano, que a la primera embestida, fíjate, les cortan la yugular, y les retuercen luego el cuello, destroncándoles las vértebras cervicales; ni una oveja atacada por un lobo se cura, ni hay quien aproveche su carne, que enseguida se pone negruzca y se descompone. Pero te decía que se adelantan tres o cuatro, y en ese momento empiezo yo a gritar y agitar la cayada, y el Cojo da un brinco y se va sobre un macho grande como un becerro; lo salvó la carlanca, que el muy ladino se le tiró al cuello como una flecha y lo hizo rodar diez metros. Pero el Cojo volvió a la carga, y no a gritar y a correr, y los lobos retrocedieron, uno arrastrando a la Segura, ya con las tripas al aire. Debían venir escarmentados de la batida, y recelosos. Ladraba el Cojo y se crecía, al verlos retrancados, y ahí fue cuando se lanzó otra vez el macho, derecho a por el Cojo, que no pudo esquivar la tarascada y se vino al suelo, sangrando. Ni lo pensé, Prisco, oye, que si lo pienso no lo hago; porque cuando el lobo iba a por el perro, a rematarlo, me puse delante, volteé la cayada y, conforme saltaba hacia mí, le atiné en plena boca y casi le abrí por la mitad. Entonces oí un tiro, más cerca, y los lobos lo oyeron también, y huyeron. El bicharraco estaba a un paso, despatarrado, y el Cojo más allá, desangrándose. Justo en ese momento, con el rebaño alrededor, inmóvil todavía, dije esto, Prisco, nada más: ¨Se acabó¨. Y aquí me tienes; hablando sin parar, y tú callado como una piedra, bebiendo vino del nuestro, igual que un señorito. Pastoreando se gana poco, pero menos gastas; y cuarenta años dan para ahorrar. Cuando venía en el tren, me preguntaba si te encontraría, me preguntaba a quién encontraría. Y pensaba. Es lo que he hecho toda la vida, tristeando por los secarrales, desafiando al ventarrón y a la nevasca, robándole el cobijo a los robledos; pensar. Y me decía que la lobada peor es la de los años, que se vienen a nosotros sin ruido, y se nos entran en el aprisco, y van acabando con el rebaño, ahora la oveja de la juventud, ahora la de la mujer, ahora la de la alegría, ahora la de la esperanza, y todas se van descomponiendo, negreando, y no hay perro ni cayada que los espante, Prisco, los años implacables, el tiempo maldito, fíjate, su lobada asesina.

CARLOS MURCIANO.

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