sábado, 7 de noviembre de 2015

LA SOLICITUD DEL MONARCA.

     El monarca le pidió a un buen número de sabios que le realizaran una obra fabulosa y sin precedentes sobre la historia del ser humano.
 Pasados muchos años, los sabios se presentaron ante él con un centenar de gruesos volúmenes y le dijeron:
 -Aquí hemos incluido la historia del ser humano.
  El monarca hizo un gesto de desencanto y dijo:
   -No me queda vida para leer tal número de volúmenes. Tenéis que condensar este conocimiento.
 Pasaron tres años más y los sabios presentaron diez volúmenes ante el monarca, que dijo:
 -No, no tengo tiempo de leer tantos volúmenes. Por favor, esforzaos más y sintetizad.
   Pasados dos años, regresaron los sabios con cinco volúmenes.
    -Yano me queda casi tiempo -se condolió el rey. La vida pasa y lleváis muchos años tratando de hacer esa obra que se refiere a la historia del hombre. No tengo tiempo. Esforzaos por sintetizar más. Si no os dais prisa, moriré antes de ver acabada esa obra.
   Entonces un desconocido se adelantó y dijo:
 -Señor, perdonad mi intromisión. Soy un yogui y os puedo resumir, como deseáis, en pocas palabras la historia del ser humano.
   El rey le miró sorprendido y dijo:
 -Si de verdad podéis hacedlo. ¿Cuánto tardaréis en escribir la obra?
   -No necesito escribirla, señor. La tengo bien presente en mi cabeza.
   -Habla, pues, desconocido.
   Y el yogui dijo:
  -Majestad, la historia del hombre es que nace, vive entre el placer y el sufrimiento, y muere.
   Minutos después de escuchar esas palabras, el monarca complacido por el resumen, murió.

REFLEXIÓN

     En mi relato espiritual El Faquir, el maestro que vierte sus enseñanzas en esas páginas nos dice que la vida es como un alambre y que hay que aprender a caminar por él como un buen funámbulo lo hace por el alambre de su prueba de equilibrismo: con atención, esfuerzo bien encauzado, sosiego, ecuanimidad, confianza en uno mismo, sentido de cada momento del aquí y el ahora, elegancia, fluidez y una comedida intrepidez. La vida  es un alambre que se extiende del nacimiento a la muerte, y en su recorrido encontramos placer y dolor, alegría y sufrimiento y, finalmente, la muerte inexorable, que forma parte de la vida y cuyo recordatorio debe servirnos no para abrumarnos, angustiarnos o deprimirnos, sino para aprovechar la vida elevando el dintel de la conciencia y relacionándonos mejor con nosotros y con los demás. Hay muchos eventos, menores o mayores, en la vida de una persona, pero de hecho se nace, se vive ( entre fortuna o infortunio, contento y pesadumbre)  y se muere. Pero se puede pensar por el "alambre" con compasión, conciencia clara y corazón tierno, cuidado de sí y de los demás, o se puede cruzar por él de manera mecánica, sin equilibrio ni sosiego, convirtiendo la vida en una mala copia de que debería ser. Hay que aprender a encarar el placer y el sufrimiento con esa ecuanimidad que nace de la viskión clara  y la comprensión profunda, sin dejar de ser uno mismo, tratando de permanecer en el propio centro y sin dejarse alienar. La ecuanimidad nos ayuda a mantener el ánimo estable a pesar de las vicisitudes existenciales y nos enseña a reequilibrar cada vez que tendemos a desarmonizarnos dejándonos llevar por estados extremos de ánimo. Como se vive entre el placer y el sufrimiento, tratemos de procurarles dicha a los demás y evitarles el dolor. Existen tres clases de sufrimiento: el inevitable y que alcanza a todos los seres, el que la mente ofuscada o perversa provoca en otras criaturas y el que nos hacemos inútilmente a nosotros mismos. El sufrimiento inevitable hay que aceptarlo conscientemente, pero el que engendramos a los demás y a nosotros innecesariamente hay que ir evitándolo mediante el esfuerzo, la transformación interior y el mejoramiento de la mente. En ese escenario de luces y de sombras que es la vida, hay que aprender, a pesar del placer y del dolor, a mantener el sosiego. Son hermosas e inspiradoras las palabras del Yoga Vasistha que dice: "A aquel que contempla en calma el transcurso del mundo tal como se desarrolló o se presenta ante él y permanece sonriente pese a las vicisitudes, se le llama yogui imperturbable".

RAMIRO A. CALLE.

    

  

  

  

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