jueves, 22 de octubre de 2015

TRISTEZA Y HAMBRE.


  El jefe siguió escudriñando los alrededores con ojos envejecidos por una profunda tristeza. Su gente se encontraba en un estado desesperado; los ojos y las mejillas se hundían en los rostros demacrados y sus ropas harapientas apenas podían protegerles del frío. Muchos de ellos se habían congelado. La suerte estaba en su contra. En un intento desesperado por encontrar algo de caza, volvieron al lugar donde habían abandonado a las dos ancianas el invierno anterior.

Con tristeza, el jefe recordó cómo había luchado contra el impulso de volver y salvar a las viejas. Pero aceptarlas de nuevo era lo peor que podía hacer. Entre los jóvenes más ambiciosos ese gesto hubiera sido visto como un acto de debilidad y, tal como estaban las cosas, no hubiera sido difícil convencer a los demás de que su jefe no era de confianza. No, él sabía que un drástico cambio en la Jefatura habría hecho más daño que el hambre, porque cuando un grupo se muere de hambre, una mala política conduce al desastre. El jefe recordó aquel momento de horrible debilidad, en que casi permitió que sus emociones los arrastraran a todos al desastre.
Ahora, una vez más, la gente sufría, y el invierno los encontró al borde de la desesperación. Después de volver la espalda a las ancianas, el Pueblo viajó muchas millas hasta que localizó una pequeña manada de caribúes. La carne les alimentó hasta la primavera, cuando empezaron a coger peces, patos, ratas almizcleras y castores. Pero cuando empezaban a recuperar la energía para cazar y secar sus provisiones, la estación veraniega llegó a su fin y hubo que trasladarse a un lugar donde hubiera carne para el invierno. El jefe nunca había conocido una temporada tan desafortunada. Mientras viajaban, la estación otoñal llegó y pasó y, una vez más, el grupo se encontró casi sin comida. El jefe se sentía abatido, y una sensación de pánico y de desconfianza en sí mismo lo inundaba. ¿Cuánto tiempo podría resistir antes de que él también fuera vencido por el hambre y el agotamiento que minaba sus decisiones? El Pueblo parecía haberse rendido en su intento por sobrevivir. Ya no prestaban atención a sus discursos y le miraban con ojos inexpresivos como si sus palabras carecieran de sentido.

Otro asunto que preocupaba al jefe era su decisión de volver al lugar donde habían abandonado a las dos ancianas. Nadie discutió su decisión cuando los llevó hasta allí, pero sabía que estaban sorprendidos. Miraban a su alrededor como si esperaran algo de él, o aguardaran la aparición de las dos mujeres. El jefe evitó sus miradas para que no se dieran cuenta de que estaba tan desconcentrado como los demás. No había ninguna señal de que alguien hubiera sido abandonado allí; ni siquiera un hueso que demostrara que las viejas habían muerto. Aunque un animal hubiera despojado de carne sus huesos, dejaría algún rastro de la presencia de seres humanos. Pero no había nada, ni siquiera la tienda donde las dos mujeres se habían refugiado.

Entre ellos había un guía llamado Daagoo. Aunque más joven que las ancianas, se le consideraba un viejo. En su juventud, Daagoo había sido rastreador, pero los años le habían restado visión y destreza. Expresó lo que los otros no se atrevían a reconocer:
-Tal vez se fueron.
Lo dijo en voz baja para que sólo lo oyera el jefe. Pero en el silencio reinante sus palabras fueron oídas por muchos más y algunos sintieron renacer la esperanza de volver a ver a las mujeres a las que habían querido.

Después de levantar el campamento, el jefe llamó al guía y a tres de los cazadores jóvenes más fuertes.
-No sé qué está pasando, pero tengo la sensación de que no todo es lo que parece. Quiero que vayáis a los campamentos más próximos y veáis qué podéis descubrir.
El jefe no dijo nada más sobre sus sospechas, pero sabía que el guía y los tres cazadores comprenderían, en especial Daagoo, porque había estado a su lado el tiempo suficiente para adivinar su pensamiento sólo con mirarlo. Daagoo sentía un gran respeto por el jefe y sabía los remordimientos que tenía por el abandono de las dos ancianas y el sufrimiento por el que estaba pasando. Sabía también que el jefe se despreciaba por su debilidad, y que todo ello se reflejaba en las profundas arrugas de amargura que se dibujaban en su rostro. El viejo suspiró. Preveía que pronto aquel aborrecer a sí mismo haría estragos y no le gustaba la idea de que un buen hombre como aquél se destrozara de esa forma. Sí, intentaría descubrir lo que había pasado con las mujeres, aunque fuera un esfuerzo inútil.

Mucho después de que los cuatro hombres hubieran abandonado el campamento, el jefe seguía con la mirada fija en la dirección en que se habían ido. No podía dar una razón concreta de por qué malgastaba unas energías y un tiempo preciosos en lo que podía ser una misión absurda. Sin embargo, en su interior latía una extraña sensación de esperanza. ¿Esperanza? ¿De qué? No lo sabía con certeza. De lo único que estaba seguro era que en tiempos difíciles el Pueblo debía permanecer unido, y el invierno pasado no había sido así. Habían cometido una injusticia con ellos mismos y con las mujeres, y desde entonces el Pueblo sufría en silencio. La única solución sería que las dos ancianas hubieran sobrevivido, pero las posibilidades eran mínimas. ¿Cómo podrían dos seres débiles sobrevivir a las heladas, sin comida ni fuerzas para cazar? Aun así, no podía renunciar a aquel resquicio de esperanza que había perdurado a pesar de toda aquella desventura. Encontrar a las mujeres vivas daría al Pueblo una segunda oportunidad, y eso era lo que más deseaba.
Los cuatro hombres estaban acostumbrados a recorrer largas distancias. En un día recorrieron la misma distancia que para las mujeres había supuesto días enteros de viaje hasta su primer campamento. Cuando llegaron no encontraron nada salvo un paisaje inabarcable de nieve y árboles. La caminata acabó con sus ya escasas fuerzas y decidieron pasar allí la noche. Cuando la primera luz de la mañana despuntó, los hombres se levantaron y se pusieron en marcha de nuevo.
La luz diurna se desvanecía cuando llegaron al segundo campamento y no encontraron señal alguna de que hubiese sido habitado en mucho tiempo. Empezaron entonces a impacientarse. Desde muy niños se les había enseñado a respetar a sus mayores, pero a veces creían saber más que los viejos. Aunque no lo expresaron en voz alta, creían estar desperdiciando un tiempo precioso, que debería ser aprovechado para cazar alces.
-¡Vámonos ya! -dijo uno de los jóvenes; los otros se pusieron enseguida de su parte.
Los ojos del guía brillaron con ironía. ¡Qué impacientes eran! Pero Daagoo no les criticaba por ello, porque él también había sido fogoso en su juventud. Así que dijo:
-Mirad con detenimietno lo que os rodea.
Los jóvenes cazadores le miraron con impaciencia.
-Mirad esos abedules -insistió Daagoo, y los hombres fijaron la mirada vacía en los árboles. No vieron nada extraño. Daagoo suspiró y eso llamó la atención de uno de los jóvenes, que intentó de nuevo descubrir qué era lo que veía el viejo. Finalmente, sus ojos se agrandaron.
-¡Mirad! -exclamó mientras señalaba un hueco en el tronco de un abedul.
Entonces observaron que otros árboles, bastante alejados entre sí, habían sido cuidadosamente pelados; parecía hecho con la intención de que nadie se diera cuenta.
-A lo mejor fue otro grupo -dijo uno de los hombres.
-¿Por qué iban a intentar ocultar esas marcas en los árboles? -preguntó Daagoo.
El joven se encogió de hombros sin saber qué responder, así que Daagoo les dio instrucciones.
-Antes del volver, quiero explorar esta zona. -Sin dales tiempo a que protestaran, el guía mandó a cada uno en una dirección diferente-. Si veis algo raro, volved aquí enseguida y os acompañaré para ver qué es.

A pesar del cansancio, los hombres empezaron a buscar, pero con reticencia. No tenían ninguna confianza en que las dos mujeres vivieran todavía.
Entretanto, Daagoo tomó la dirección que creía habían seguido las dos mujeres. ¨Si tuviera miedo de que me encontraran los mismos que me habían dejado morir, iría en esta dirección¨, murmuró para sí. ¨No tiene sentido porque se aleja del agua, pero en invierno no dependen del río. Sí, debieron de ir hacia allá.¨
Daagoo caminó un buen trecho entre los sauces y bajo los altos abetos. Mientras caminaba trabajosamente por la nieve, empezaba a sentirse cansado y a preguntarse si estaría haciendo lo correcto. ¿Cómo podía creer que las dos ancianas hubieran sobrevivido cuando ellos, el Pueblo, a duras penas lo habían logrado? Sobre todo aquellas dos. No hacían más que protestar. Incluso cuando los niños tenían hambre, las mujeres continuaban quejándose y criticando. Muchas veces Daagoo había esperado que las hicieran callar, pero no ocurrió hasta el día en que las cosas se descontrolaron. La convicción de que la búsqueda era inútil comenzaba a cobrar fuerza en él. Seguramente, las mujeres se habían perdido y muerto en el camino. O se habían ahogado al intentar cruzar el río.

Cada nuevo pensamiento le restaba confianza. Luego, de repente, olfateó algo. En el diáfano aire invernal, un ligero olor a humo llegó hasta él y desapareció. Daagoo se quedó muy quieto e intentó atrapar el olor de nuevo, pero no hubo forma. Por un momento se preguntó si no había sido su imaginación. A lo mejor, una hoguera de verano cercana había dejado un olor persistente en el aire. Resistiéndose a creerlo, el viejo volvió sobre sus pasos con lentitud hasta que, una vez más, lo percibió. Era un olor apenas perceptible, pero esta vez Daagoo descartó que proviniera de un fuego veraniego. No, aquel humo era reciente. Más animado, empezó a caminar, primero en una dirección y luego en otra, hasta que el humo se hizo más denso. Convencido de que procedía de una hoguera cercana, una sonrisa acentuó las arrugas de su rostro. Ya no tenía ninguna duda; las dos mujeres habían sobrevivido.
Daagoo se apresuró a volver para alcanzar a los jóvenes, que lo esperaban con la misma impaciencia de antes. Cuando Daagoo les hizo señas instándolos a que lo siguieran, al principio se resistieron, pero luego acabaron cediendo de mala gana y se adentraron con el viejo en la oscuridad durante un largo rato. Por fin, el guía alzó las manos para que se detuvieran. Levantó la nariz y les dijo que olieran el aire. Los cazadores le obedecieron pero no notaron nada.
-¿Qué quieres oler? -preguntó uno de ellos.
-Oled -contestó Daagoo.
Así que los hombres olisquearon de nuevo hasta que uno exclamó:
¡¡Es humo!
Los otros siguieron husmeando con mayor interés hasta que también sintieron el olor. Todavía escéptico, uno de los jóvenes le preguntó a Daagoo qué esperaba encontrar.
-Ya veremos -contestó sencillamente mientras les conducía hacia el humo.
Los ojos del guía se contrajeron en la oscuridad buscando la luz de una hoguera. No vio más que perfiles de abetos y sauces. Ayudado por el resplandor de las innumerables estrellas, Daagoo comprobó que la nieve estaba intacta. Nada se movía, todo estaba silencioso. Sin embargo, aquel humo indicaba que había un campamento cerca. El viejo rastreador estaba tan seguro de que las ancianas se hallaban vivas y cerca de allí como de que la sangre corría por sus venas. Finalmente no pudo refrenar su emoción y volviéndose a los jóvenes dijo:
-Las ancianas están por aquí.
Los jóvenes sintieron que un estremecimiento les recorría la espalda. Seguían sin creer que hubieran sobrevivido. Daagoo ahuecó las manos en torno a la boca, y gritó los nombres de las mujeres en el silencio de la noche aterciopelada, añadiendo su propio nombre. Luego esperó y escuchó tan sólo el sonido de sus palabras que se perdían en el silencio.

VELMA WALLIS.

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