sábado, 10 de octubre de 2015

PRÓLOGO.MIGUEL H.

  El poeta de la patria, el amor y la muerte, el poeta del pueblo, a él pertenecía y con él se identificó, sufrió y murió por él y por su familia, gente de pueblo a la que amó con un inextinguible fuego de pasión que ni la guerra, ni los enemigos, ni la cárcel, ni las torturas, ni la muerte, han podido apagarlo. Para ello contó con un arma innata; la Poesía, la poesía le iba a hacer inmortal y un ángel humano se encargaría de darle alas para que así fuera; su novia Josefina Manresa, una costurera, mujer de pueblo, ¡no faltaba más!, con quien no casaría hasta 1937 y a la que amó y fue correspondido todos los minutos de existencia. Ambos sufrieron la muerte de un primer hijo en plena guerra civil, compensada por el nacimiento de otro que su padre no pudo verlo adolescente.
Miguel Hernández había venido al mundo en Orihuela (Alicante) el 30 de octubre de 1910. Hijo de pastores, pudo aprender a leer y a escribir en el colegio de Santo Domingo de los Jesuitas, aunque su padre le obligó pronto a hacerse cargo de sus rebaños de cabras. A partir de este momento, nació el autodidacta, así como los buenos consejos, lecciones y apoyo de su gran amigo Ramón Sijé que vio en él con gran clarividencia, un magnífico poeta en ciernes. También, un sacerdote Luis Almarcha, llegará a idénticas conclusiones.
En sus largas jornadas campestres Miguel Hernández, devoró materialmente los autores renacentistas españoles así como los clásicos de la Edad de Oro, sin descuidar otros autores más cercanos: Gabriel y Galán, Rubén Darío, Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez.
Tras una primera estancia madrileña, no muy fructífera (1931-32) redacta en Orihuela su primer libro Perito en Lunas (1933), conjunto de 42 octavas reales, tan plenas de maestría como de opacidad conceptual.
Miguel no se desanima y vuelve a Madrid en 1934, allí no sólo conocerá el amor en una única pareja para siempre, sino que fortalecerá hasta la extenuación sus otros amores; la libertad, el llanto por una patria pronto desgarrada.
Hernández encuentra empleo nada menos que en la redacción del diccionario taurino de José María de Cossío y colabora en las Misiones Pedagógicas junto a intelectuales destacados por su compromiso social.
Es una época de extraordinaria efervescencia literaria y de una feroz lucha interior en la que aflora su conciencia rebelde ante la injusticia. Hernández se va alejando de su catolicismo militante reflejado en El Gallo Crisis de Ramón Sijé y de Cruz y Raya de Bergamín en cuya revista llega a publicar un auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras, para recibir una formación comunista consolidada por su amistad con Pablo Neruda, con quien colabora también en Caballo verde para la poesía. En Madrid conoce también a García Lorca, Aleixandre, Alberti y Altolaguirre.
Desde el punto de vista estrictamente literario, Miguel Hernández busca durante el bienio 1933-35 una voz personal que plasma en los acentos amoroso y existencial sus mejores registros, integrándose así al generalizado esfuerzo rehumanizador de los años treinta. Algunas colecciones que no cuajan en libros: El silbo vulnerado (que presentamos al lector en esta Antología), Imagen de tu huella, anuncian lo que será su producción central en la que el Amor y la muerte constituyen las dos coordanadas de su inspiración. Dotado de un vitalismo tenaz, Miguel Hernández se siente defraudado ante el incumplimiento de sus anhelos de plenitud hasta el punto de que la pena ahoga todo su ser y encuentra en el toro de lidia el símbolo más adecuado para la expresión cósmica de ese signo negativo.

EDICIONES GERNICA. S.A.

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