martes, 27 de octubre de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.

LI
  A pesar de que va muy abrigado, tiene frío, los músculos en tensión; pero camina decidido. Acaba de cumplir diez años, es fuerte, aunque mas bien bajito para su edad.
-Relájate, sentirás menos frío.
Gira la cabeza. El viento le peina cuando mira al padre. Le da un repelús. Umberto sonríe. Van en paralelo, Paolo saca la manopla al tiempo que levanta la cabeza dejando la cara más desprotegida de la bufanda. Señala al frente sin decir nada, se ha dado cuenta por la arquitectura del edificio que debe ser el Museo. Le gustan.
Está contento, por ver cosas nuevas, por ir con su padre y porque, en este viaje, estrena lentillas. Dice adiós a las gafas, aunque sabe que cuando esté en casa las debe usar a la hora de estudiar, ver la tele o usar el ordenador. El padre no se lo tendrá que recordar. Pero para el colegio o para salir a la calle, las gafas se ha terminado.
Ahora tampoco hay que decirle nada, sabe esperar hasta aclimatarse. Busca dónde está el guardarropa del Museo, toma su ficha y se la guarda, actúa independiente de su padre, libre. Con frecuencia, los empleados sonríen y le dicen algo; él devuelve el comentario, la sonrisa, y a lo suyo. Mira observa, apenas habla, y cuando lo hace generalmente es para preguntar. Con frecuencia pone al padre en dificultades. Tiene una sensibilidad especial, el puñetero se queda con todo.
Cuando está en casa viendo la televisión, en cualquier momento suelta el nombre del lugar nada más aparecer en pantalla, antes que el comentarista, al segundo. Solo una imagen de una calle anónima por la que ni siquiera han caminado..., y dice el nombre de la ciudad si ha estado en ella.
-¿Cómo sabes que es París?
-Los tejados, las fachadas, el estilo, la gente, la luz...
Al padre le parece casi imposible, incluso para un universitario como él mismo.
Y es que el año tiene trecientos sesenta y cinco días con sus mañanas, tardes y noches, además de las distintas épocas estivales y condiciones climatológicas. Las posibles combinaciones que se pueden dar sobre una misma imagen dependiendo en el momento que esté tomada son casi infinitas. Sin embargo, el pequeño Di Rossi en un instante, en un flash, el nombre de la localidad. Tenía una gran memoria, seguro, y algo más... Sus padres lo terminaron definiendo como un don por el que era capaz de quedarse con la esencia y el sentido de las cosas.
Umberto se quita el sombrero, el abrigo, abre la bufanda. Es alto, fibroso, fuerte y aún delgado, aunque bastante menos que en su juventud, que estaba hecho un spaghtti, con aquella nariz grande; los años le habían sentado bien, como le ocurre a muchos feos, que con la edad mejoran. Ahora siempre va muy pelado, rapado a los lados y arriba apenas si el cabello alcanza un centímetro de longitud. A partir del lóbulo de la oreja comienza la barba bien formada, bajo el labio inferior ya aparecen algunas canas. Viste de sport, unos pantalones de pana beige y una chaqueta marrón, con coderas; no lleva corbata, da la imagen de un intelectual aventurero.
Cruza una sonrisa con la señora del guardarropa, donde dejan depositadas las prendas de abrigo. Su hijo llama la atención, y ahora que no lleva las gafas con esos cristales donde se dibujaban círculos concéntricos, su aspecto mejora notablemente; se aprecian mejor esos preciosos ojos azules que el padre no sabe de dónde ha podido sacar. En eso está pensando cuando lo deja que tome la iniciativa mientras permanece a su lado como un amigo.
Lo sigue. El Renacimiento alemán; el Barroco holandés, Rembrandt; gran cantidad de grabados de Durero. Umberto sabe que en el Standel estuvieron depositados los sesenta y siete cuadros y las setecientas láminas que fueron declaradas ¨arte degenerado¨ por el parido nazi, que serían nazis y le aplicaron el calificativo de ¨degenerado¨, pero reconocían su valor cuando pusieron a buen recaudo la colección fuera de la ciudad para que no se viera afectada por los fuertes bombardeos a que fue sometida la población y el mismo Museo durante la II Guerra Mundial. Ese hecho es el que ha permitido que lleguen hasta nuestros días.
El impresionismo, Degas, Renoir, también Picasso, pero el pequeño Di Rossi tiene una tendencia natural que de alguna manera alegra a su padre; siente predilección por la pintura del Renacimiento Italiano, y se adelanta sonriente, hipnotizado, directo hacia un pequeño cuadro.
-Mira, papá, La gioconda.
Umberto recuerda aquella pintura, la ha visto en varias ocasiones en fotografías. Evidentemente no es la Gioconda que permanece en el Louvre de forma permanente. Se acerca despacio, haciendo aquel gesto que su hijo le ha visto hacer tantas veces cuando fija atentamente la vista en algo, no porque le haga falta, también lleva lentillas, sino porque ya forma parte de sus gestos habituales; engurruñe los ojos y muestra algo la dentadura, como si sonriese. Lee en el pequeño letrero que está en el lateral. Efectivamente, es quien él recuerda. Dos pasos atrás y le pone la mano izquierda cariñosamente sobre el hombro al tiempo que señala con la derecha.
-Lucrecia Borgia -dice Umberto.
El pequeño Di Rossi se acerca al cuadro. Aprovecha para dejar atrás la mano de su padre, lee y regresa.
-Retrato ideal de una mujer, supuesto retrato de Lucrecia Borgia.
-Bartolommeo Veneto lo pintó.
-Ya.
-Pero se supone..., los expertos dicen que esa joven es Lucrecia Borgia.
-Bien, será, pero también es la Gioconda.
-¡¿Cómo?!
Justo dos años antes habían realizado la primera escala en París y nunca le volvió a hablar de aquel cuadro del Louvre que a él, como al numeroso público que durante años ha pasado delante, tanto le ha llamado la atención.
Razonó unos segundos.
-Pero ¿cómo va a ser la Gioconda... Lucrecia Borgia? -Aún no habían llegado a su país, y el padre ya hacía aquel gesto italianizado apiñando los dedos de la mano.
-Me da igual -dice el pequeño Di Rossi sonriendo-, si quieres lo digo al revés: Lucrecia Borgia es la Gioconda.
-Tampoco, te debes estar confundiendo.
-Qué va, ¿no lo ves? Es la misma, aquí más joven y en el cuadro del Louvre con más edad.
El enano seguía sonriente, tranquilo y seguro de lo que decía, como si aquello fuera lo más evidente del mundo.
El padre, que lo conoce y sabe que no falla una, después de razonar unos segundos comienza a notar nuevas sensaciones.
-Pero este cuadro no está pintado por Leonardo Da Vinci pregunta-afirma Umberto, poniendo una pequeña trampa.
-No, qué va...
Siguió con la cara de satisfecho admirando la pintura.
¨Menos mal¨, piensa Umberto mientras da un suspiro.
El cuadro fija la atención de Paolo de tal forma que el padre comienza a pensar que su hijo ha recibido un flechazo. Bueno, ya se acerca a la edad, y la joven del cuadro representa tener una posiblemente inferior a la que debía tener Lucrecia Borgia cuando posó, en caso de ser realmente ella. El seno desnudo, todo un atrevimiento en la época, es irreal en una mujer con más de veinte años y ya madre. Umberto repasa el resto de los detalles..., el pequeño ramillete de cinco flores, tres de ellas margaritas, lo sostiene delicadamente entre los dedos de su mano derecha levantada.
¨Sí, el pecho es de una chica de unos trece años máximo, pero también podrían ser dos años más o menos. De ser Lucrecia Borgia es imaginario, lo ha pintado como ha considerado, posiblemente para quitarle la carga erótica¨.
Pone la calculadora mental en funcionamiento a ver si se sostiene la hipótesis de su hijo o la puede derribar a la primera de cambio.
¨Leonardo nació en el 1452 y murió en 1519, sesenta y siete años, sí, correcto. Lucrecia Borgia..., Lucrecia..., no me acuerdo. Vamos a ver, era hija ilegítima del Papa Alejandro VI, el español Rodrigo Borgia, que estaba al frente de la Iglesia en 1492, sí, celebró con una corrida de toros en Roma cuando la toma de Granada, evitó la guerra entre España y Portugal dictando las bulas papales en 1493 mediante los cuales establecía la división del Nuevo Mundo, la llamada Línea Alejandrina, y en 1494 otorgó a Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos..., por tanto eran contemporáneos, vale¨.
Umberto nota cómo entra en calor después de estos pensamientos.
¨Tranquilo, vamos a ver, despacio, los datos de Leonardo Da Vinci es posible que los conozca Paolo, pero los de Lucrecia Borgia no creo, aunque...¨
El padre vuelve a escudriñar el estar de su hijo.
¨A ver si este...¨
Se atusa la barba mientras sigue pensando: ¨Ha visto el cuadro en Internet, le ha gustado la chica y yo voy a creer lo que no es¨.
Le tranquiliza un poco este último pensamiento.
-Bueno, ¿seguimos? -le pregunta al hijo.
-No, tardo poco, sigue tú, ahora voy -le contesta sin mover la vista ni el cuerpo un solo ápice.
Umberto inclina un poco la cabeza para ver la parte concreta del cuerpo de la joven que está mirando su hijo, aunque por la red, quisiera o no quisiera, podía ver desnudos en el mejor de los casos, y bastante más por lo general. No le habría sorprendido que estuviese observando el pecho, pero no, parece que está concentrado en el rostro, la mirada y los adornos de la cabeza, sobre la que hay también ramas de olivo.
¨Apenas se conocen pinturas de Lucrecia Borgia, en todas se la representa con el pelo muy rubio, pero de hecho no hay ningún cuadro o retrato en el que aparezca ella y se sepa a ciencia cierta que es ella... Espera, en el Vaticano hay unas pinturas donde supuestamente aparece. ¿Corresponderán realmente a Lucrecia Borgia? Es raro que no haya ninguna pintura que de seguridad de que se trate de ella, siendo quien era, lo conocida que fue ya en su época por su belleza, las habladurías, el poder del padre y del hermano César Borgia... ¡Para, para!, ¡ahí está!, ¡Leonardo da Vinci trabajó para César Borgia! ¡Tuvo que conocerla, claro!, Lucrecia era una de las personas más importantes para su hermano César...¨.
Umberto había leído a multitud de historiadores que daban por cierto el que César Borgia estuvo enamorado de ella. También recordó cuando estudiaba los Papas de aquella época, se afirmaba que Lucrecia tuvo un hijo, Giovanni Borgia, fruto de la relación incestuosa con su padre, el Papa, y también se llegó a decir que el padre era César, el hermano, pero es que hubo además otro que quiso apuntarse la paternidad, Perotto, el hombre que hacía de mensajero entre Lucrecia y su familia.
¨¿Qué tenía aquella joven, además de belleza, que era capaz de provocar toda esa seducción?¨.
En un instante le apareció en su mente aquel viaje por España, Andalucía, cuando aún no conocía a Violeta, unos días de diciembre en los que hizo un tiempo buenísimo. Málaga, con una luz igual a la de Nápoles y su magnífica catedral, ¨La Manquita¨, así la llaman, pues le falta una de sus torres, está inacabada.
Entró en ella, preciosa, limpia, y nada más iniciar el recorrido se fijó a la derecha de la entrada, había unos paneles más altos que él de color amarillento, formaban un largo mural en el que de forma esquemática y sencilla se exponían cronológicamente cada uno de los Papas que habían existido, los años de su pontificado y los periodos culturales que se estaban produciendo al mismo tiempo. Sonrió. El año ¨1500¨ estaba allí en grande, también ¨El Renacimiento¨, y debajo el recuadro donde debía estar el nombre del Papa que había en ese momento..., en blanco, borrado, tachado de la lista de los Papas. Estaban todos menos él, Alejandro VI. Los españoles habían omitido a un Papa español. Perduraba la mala fama que sobre él se encargó de difundir el Papa Julio II... Pero alguien, con un bolígrafo azul, había pintado una fecha que terminaba en el centro del recuadro y había escrito: ¨El Papa Borgia¨.
¨Leonardo Da Vinci tuvo que conocer a Lucrecia Borgia, ¡maldita sea!¨.
Vuelve a agitarse. En la distancia ve al hijo y al cuadro, después baja la cabeza y mira la punta de sus zapatos, hace ese gesto suyo de agudizar la mirada, repasa mentalmente.
Tras unos minutos llega a una conclusión, no recuerda ningún escrito que recoja esa relación, que se hubiesen conocido o coincidido en algún acto; pero Umberto Di Rossi ya comienza a pensar, en ese momento, que quizá sea lo más probable.
Camina hacia el hijo, es lo que más le preocupa en ese instante. Se pone a su lado. El pequeño Si Rossi nota como si le llegara un soplo de aire que no le es desconocido, y hace algo que poquísimas veces ha visto y sentido Umberto, incluso cuando era muy niño; levanta la mano instintivamente y coge la del padre, que, desacostumbrado, siente un amor infinito por el hijo. Pasa unos segundos emocionado, lleno de una satisfacción plena, después cumple con su obligación.
-Paolo, no vayas a decir a nadie lo que me has dicho a mí. Hay que asegurarse muy bien de las cosas antes de hablar.
-No te preocupes, papá. Me ha gustado mucho verla aquí, era muy guapa..., porque en el cuadro de La Gioconda todos dicen que es guapa, pero yo solo la veo sencilla y delicada, posando amablemente para ser pintada; el toque enigmático solo se lo puede dar el pintor, no es de ella.
-Tampoco para Leonardo era una modelo cualquiera, captó su aura, estaba ante una mujer famosa, de la que todo el pueblo hablaba.
-Él la apreciaba, le transmitía nuevas sensaciones.
A Umberto Di Rossi, profesor de Historia en una de las universidades más importantes del mundo, lo está asustando su hijo de diez años que apenas le pasa de la cadera.
En el mismo museo compra un póster a tamaño natural del cuadro de Bartolommeo Veneto y otro de la Gioconda.
Los podremos estudiar mejor.
-No hace falta, papá.
¨A ti no, pero a mí sí. El niño¨.
También adquiere una biografía de Leonardo da Vinci y Vida de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos, de Giorgio Vasari, arquitecto, pintor y escritor de la época, imprescindible para estudiarla. Eso y el ordenador que lleva consigo dentro de su cartera Samsonite que siempre le acompaña, será suficiente.
Mientras el padre está en la cola para pagar, el pequeño Di Rossi pasea por la tienda echando un vistazo, no pide nada. Umberto observa cómo está pendiente de un niño que tiene una madre en brazos. El crío no para de llorar. La madre desesperada, se lo pasa a su pareja. Este lo mece con más energía, pero solo consigue que el niño llore con más fuerza. De pronto cunde la alarma, ahora no llora, parece que no respira, ha quedado traspuesto, le ha dado un síncope, la madre se pone histérica, grita. El padre aumenta las sacudidas, el colo morado llena la cara del pequeño. Todo el público está expectante.
-¡Señora, señora! -la llama el pequeño Di Rossi cogiéndola de la mano y tirando con fuerza.
-¡Mi hijo! -grita mientras baja el rostro. Se encuentra con la mirada serena de Paolo.
-Tranquilícese, solo tiene que soplarle un poco en el rostro para que él note su aire.
-¡¿Qué?! ¡¿Cómo?!
-Sóplele despacio en el rostro.
En el nerviosismo, la mujer no es capaz de razonar, solo de obedecer.
-Vámonos -dice Umberto cogiéndolo esta vez él de la mano, no quiere que presencie lo que está ocurriendo.
El pequeño Di Rossi no dice nada, obedece como siempre, sigue a su padre.
Mientras tanto, la madre consigue hacer lo que Paolo le ha dicho, soplar intentando hacerlo muy despacio, transmitiendo todo el amor que tiene a su hijo, y este de inmediato toma ese aire y parece que resucita. Tras otra buena bocanada, paz. El bebé se queda tranquilo como si nada hubiera ocurrido.
La señora coge al niño y se da la vuelta, busca a Paolo, no lo encuentra. Piensa que todo es muy extraño, casi irreal.
¨¿Habrá sido un ángel...?¨.
Siempre lo recordará.
Dejan todo en la habitación del hotel y vuelven a la calle. Aunque la temperatura sube poco, no paran, caminan y van viendo esta preciosa ciudad donde se ubica la sede del Banco Central Europeo.
El hijo va como si nada nuevo hubiese ocurrido en su vida, sin embargo, Umberto no para de darle vueltas a la cabeza. Necesita tranquilizarse, calmarse, antes de comenzar a analizar datos. Es lo que tiene que hacer para ver lo más objetivamente posible todo.
Intenta distraerse centrando la atención en temas banales; la gran cantidad de sedes bancarias, cuatrocientas de todo el mundo. También le llama la atención que es muy cosmopolita, ¨solo un treinta por ciento de sus habitantes son alemanes¨, lee en un folleto turístico y, algo en lo que ya había reparado, los rascacielos y el agua del río Meno -Main en alemán- hacen que la llamen Mainhattan.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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