martes, 27 de octubre de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.

L
¨ ¿Por qué es todo tan injusto? No lo comprendo. Si no actúas y permaneces quieto frente a un agresor, este te quita al ser querido; y si le haces frente defendiéndote, también. No, no lo comprendo¨. En estos pensamientos estaba Paolo mientras hablaba el Director.
-Quiero que sean usted y su hijo perfectamente conscientes de la situación tan delicada en la que ha puesto a este colegio la actuación de Di Rossi. Lo que ha ocurrido no tiene precedentes aquí y como comprenderá, su hijo no puede permanecer en esta institución ni...
-Paolo, sal y espera.
-Esto lo debe escuchar también su hijo.
-Yo decido lo que es conveniente que escuche y lo que no.
-Umberto giró la cabeza hacia Paolo e hizo un gesto afirmativo.
De inmediato se levantó y salió sin decir nada, mientras cerraba la puerta aún escuchó algo.
-No debemos ocultarles la realidad de la vida y las consecuencias de sus actos. Cuando su esposa se sentó donde está usted hace un año, hizo lo mismo -Umberto mostró extrañeza, no sabía de qué le estaba hablando-, le mandó salir también cuando me quiso comentar algún problema de inadaptación al colegio que ella pensaba que existía, por supuesto estaba equivocada. Umberto recordó entonces que aquella misma noche lo hablaron.
-No era mi esposa, sí mi mujer, mi pareja.
-Ahora comprendo...
-El qué, ¿por qué mi hijo es así?
-Todo influye, es evidente.
-Efectivamente, y para mí es más claro aún -dijo Umberto acercando el cuerpo a la mesa-. Es verdad que viendo a los críos en el colegio se sabe por lo general cómo es la familia de la que proceden. Pero para eso hay que ver, y usted me da la impresión de que no ve... NADA MÁS QUE EL APELLIDO.
-Si me quiere decir que aquí se ha discriminado a su hijo, eso es una acusación muy fuerte que va usted a tener que demostrar, o retirar inmediatamente. No voy a permitir que el buen nombre del colegio se vea manchado por acusaciones como las que usted está vertiendo en estos momentos.
-¿Cómo es esto?, ¿nunca ha ocurrido nada anteriormente? No me lo creo. O es que todo lo que ha sucedido en otras ocasiones siempre lo ha tapado? Buenos contactos debe tener usted Umberto sonreía con ironía y el Director desviaba la vista con una sensación contradictoria, por un lado esas palabras le ponían en su mente pequeñas victorias siempre resueltas a su favor..., y las situaciones delicadas en que se había visto envuelto a lo largo de los años-, por lo tanto, los enemigos también deben de ser numerosos -continuó Umberto, el Director no fue capaz de levantar la cabeza retando como unos instantes antes, como siempre hacía si alguien se atrevía-. Voy a tirar de la manta a ver cuántos salen.
Desafió. Los que se consideran con algo de poder responden de inmediato. Si están sentados en esos momentos en su despacho, empujan hacia atrás sus espaldas, y es cuando notan el respaldo del sillón que les hace sentir fuertes. Desde allí mismo pueden manejar contactos, adaptar situaciones para que le sean favorables. Este Director sabía mucho de eso, era todo un experto, y ya había escuchado lo suficiente.
-Levántese y salga de mi despacho -dijo enérgico buscando algo de fuerzas para transmitir seguridad; pero en Umberto hizo el efecto contrario al que pretendía, estaba cada vez más tranquilo, y por la reacción supo que algo había.
-Parece mentira que mi hijo lleve años en este colegio y usted no lo conozca ni mínimamente, o igual es todo lo contrario, lo conoce perfectamente. Ha servido de PELELE para este tipo de chicos que siempre existen en los colegios. Paolo no tiene los apellidos, es solo un ¨Di Rosssi¨ sin nobleza alguna. Umberto se levantó como le había ordenado, solo que no se marchó, habló suave y despacio-. Es usted exactamente lo que parece, UN CERDO. -La ira contenida le subía por el rostro al Director. Conozco perfectamente a mi hijo, y como usted ya sabe, nunca se queja, nunca se iba a quejar, y si lo hacía..., aquí estaba usted para decir que son cosas propias de la edad. Rodeaba la mesa, se aproximaba, el Director empujaba la espalda contra su sillón y por primera vez no se sintió respaldado-. No, seguro que usted no ignoraba lo que pasaba, a esa edad se les ve claros, ¿quiénes son? -Umberto se sentaba sobre la mesa y se giraba buscando algo con la mirada.
-¿Qué?, ¿quién? - No entendía nada, aunque algo intuía.
Umberto encontró un antiguo abrecartas, le podía venir bien, lo cogió.
-A los que el bastardo Di Rossi ha abierto la cabeza, sus apellidos, su linaje, ¿quiénes son? -Empujó con la punta del abrecartas la papada, el respaldo del sillón no le permitió llevar más atrás la cabeza, a Umberto le llamó la atención el inmediato cambio de color en el rostro, ahora muy pálido, y el contraste que hacía con la piel negra del asiento.
-Cheney y..., por favor...
-Por qué, usted ha permitido esa situación para que ¨Di Rossi¨ responda de forma violenta por primera vez en su vida, cuando ya no ha podido aguantar más. Ha sido la defensa lógica de un acoso, y conociendo a ¨Di Rossi¨ ha debido de durar tiempo.
-Enfatizaba cuando pronunciaba su apellido.
-Por favor..., me está haciendo daño. -La respiración entrecortada, no movía un músculo del cuerpo, solo el gesto de dolor en el rostro.
-Podía haber tenido incluso peores consecuencias, y el verdadero responsable habría sido usted, lo ha permitido. Ahora vamos a hacer justicia.
-No, no, por favor... -lloraba-, piense en su hijo.
-¿Pensó usted en él cuando era su responsabilidad?
-Lo siento..., lo siento..., me he equivocado, debí estar más pendiente, ayudarle a superar la muerte de su madre, son muchas las preocupaciones que tengo, de verdad, usted no me cree, es imposible estar en todo, pero su hijo es un niño especial, quedará marcado para toda la vida, ¿no se da cuenta?
-Pues claro que sí, como también me doy cuenta de que se ha orinado usted en los pantalones.
Umberto dejó caer el abrecartas sobre la mesa mientras el Director resoplaba entre el llanto. Recorrió el despacho hacia la puerta, en ese instante pensaba que si él supiera que iba a morir en poco tiempo, unos meses, por una enfermedad o un accidente de tráfico, dedicaría ese poco de tiempo que le quedaba de vida a ajustar cuentas, tenía ya unas cuantas pendientes, y el hombre que le quedaba a sus espaldas estaría en la lista. No tendría con él la más mínima piedad.

ANTONIO B. BAENA.

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