sábado, 17 de octubre de 2015

EL CURANDERO.


  Vivía en la cuesta del Sable, dos casas más abajo de la mía; en realidad, la calle se llamaba José Losano, había sido alcalde de mi pueblo cuando lo de Napoleón, y en aquella calle, en aquella cuesta, un día de diciembre de 1808, se había enfrentado, sin armas, a un oficial y a tres soldados franceses, y los había dejado secos a mamporrazos. Anduvo huido por los cerros y, cuando la horda pasó, regresó al pueblo y faltara más- fue reelegido. El sable del oficial, que alguien había ocultado, estuvo colgado de una hornacina vacía, como un testimonio de lo allí sucedido, como una ofrenda quizá, yo no sé cuánto tiempo; de ahí el sobrenombre.
Pues en aquella cuesta, digo, vivía Jeremías, el curandero. Era alto y huesudo, pajiza la escasa pelambre, muy claros los ojos, silencioso y secreto. Como su hija, compañera fiel. No como su nieto, el Rafa, mi amigo mejor, que aunque no desmentía la pinta familiar, era vivaracho y alborotador, nervioso como rabo de lagartija. Sobre el frontal de la casa del Rafa, había un hermoso azulejo con una Virgen y una leyenda: ¨Nuestra Señora de los Desamparados. ¡Pedidla!¨. El Rafa y yo, y mi primo Tomás, y otros cuantos, acostumbrábamos a orinarnos en aquella pared con afán competitivo, pues que tratábamos de superar el borde del azulejo, aunque sin mancharlo. Mi primo, que tenía un hermano en el Seminario, nos había dicho que aquello podía ser un sacrilegio, y aunque no sabíamos qué era un sacrilegio, la palabra nos producía escalofríos, y andábamos siempre listos para no errar.
El Rafa y yo, a lo largo de cada día, pasábamos sin cesar de una casa a otra; y así como yo rara vez intercambiaba unas palabras con su abuelo, él hacía buenas migas con el mío. Mi abuelo Miguel era uno de los tres médicos del pueblo; los otros eran don Cristóbal y don Lucas, pero mi abuelo, así al menos me lo parecía a mí, era el más médico de los tres. Tenía un corpachón grande y bamboleante, y una densa barba blanca, rizosa y limpia, cubría la mitad de su pecho. Para ir a visitar a las afueras -a las huertas, a las viñas, a los cortijos cercanos-, montaba en una mulilla cansina, que hacía, puntual pero sin prisas, su recorrido rutinario, sin que mi abuelo apenas la dirigera. Y era de ver a aquel hombretón sobre tan corta cabalgadura, yendo y viniendo como un patriarca por entre las calles y bajo los soles de su heredad.
Con frecuencia, el Rafa y yo, un tanto a escondidas, subíamos a la azotea de mi casa y nos refugiábamos -con estampas, cromos, cuentos, soldados de plomo, bolindres... en el palomar, enjalbegado y vacío. El abuelo, cuando podía, subía también y se quedaba estático mirando el horizonte, las colinas doradas, la joroba azulosa del cerro de San Florrián, donde nacía el río, los cielos malvas del atardecer. La abuela había muerto hacía unos años, y él parecía desde entonces más nostálgico y melancólico. Para mí que lo que muchas veces avizoraba, con los ojos húmedos, era el cementerio, que se perfilaba, nítido, en su loma pinariega. Allí, en la azotea, recién salido de sus ensimismamientos, el abuelo echaba en ocasiones largas parrafadas con el Rafa, que respondía a sus preguntas sin turbarse y arriesgaba opiniones sobre las cosas más dispares, provocando su risa. Una tarde en que estaba, como tantas otras, perdido en su contemplar, inmóvil como una estatua, imponente en su perfil barbado, el Rafa se le quedó mirando y me dijo en voz baja: ¨-Hay que ver qué raros son los médicos¨.
Naturalmente, para el Rafa su abuelo era el cuarto médico del pueblo. Él veía desfilar por su casa, como yo por la mía, gente aquejada de los males más diversos, callada y respetuosa. Jeremías recibía a su clientela en una mesa camilla recubierta de paño gris, sobre la que había siempre una jarra de agua y un vaso. Su hija, la madre del Rafa, llevaba al comedor a los que aguardaban, y los iba pasando a la habitación de su padre por el mismo orden en que llegaban. Campesinos casi siempre, traían cestas con huevos, gallinas, lechugas, nísperos, patatas, según. Jeremías no pedía, no cobraba; se limitaba a aceptar el regalo o el billete, sin exigir nunca. Recetaba refriegas, cocimientos, bebidas, y en la mayoría de los casos facilitaba él mismo las yerbas con que habría de prepararse el remedio. Junto a la mesa camilla, cerca de la ventana, colgaba una jaula con un jilguero silbador, pequeño y serenante, que Jeremías cuidaba personalmente.
Una vez, al abuelo le dieron unos vómitos malignos y anduvo en un tris de seguir a la abuela. Vinieron don Cristóbal y don Lucas, y movían la cabeza, hablando con mi madre, con gesto preocupado. Yo los oí discutir en la sala. Al parecer, no se ponían de acuerdo sobre qué medidas tomar, y el abuelo amarillecía y tenía los ojos cada vez más hundidos. Mi padre, que andaba casi siempre en la finca, estuvo varios días sin salir de casa, y propuso trasladarlo a la capital, pero el abuelo se negó. Yo no me acostumbraba a verle así, e inconscientemente huía de casa y me refugiaba en la de Rafa. Recuerdo que una de esas mañanas llegó Jeremías; un poco quemado del sol, traía a la espalda una barjuleta de cuero, y de la cintura le pendía una cantimplora. A mí me sorprendió, ya que era muy difícil verle salir, verle abandonar su rincón. Al rato, me llamó. Yo entré un poco temeroso, pues, como digo, era extraño que me hablase. Estaba en su sitio habitual, y en la mano tenía una bolsita azul.
-Llévale esto a tu madre -me susurró-. Díle que lo hierva con agua y una cucharada de miel, y que, cuando se enfríe, se lo dé al abuelo. Una taza por la mañana y otra por la tarde.
Yo corrí a casa con la bolsita. La miré al trasluz, y nada; la palpé, y sólo yerbas. Mi madre se enfadó. ¨-Pues sí, esto era lo que nos faltaba¨, rezongó, y la puso en la alacena. Pero cuando aquel mediodía le repitieron al abuelo los vómitos, se apresuró a seguir la receta de Jeremías. Los vómitos no volvieron, y el abuelo sanó en pocos días, aunque se quedó flaco y ojeroso. Él no lo supo nunca, pues mi madre guardó para sí la confidencia. O acaso lo supo siempre, que era un lince el abuelo. Pero también se lo guardó para sí.
Una noche lo vi llegar muy alterado. Se encerró con mis padres en su despacho y les contó lo ocurrido. Yo oía su voz bronca, pese a la puerta cerrada. Le habían llamado al casino don Cristóbal y don Lucas, quienes, de acuerdo con el secretario del Juzgado, pensaban poner en marcha un expediente para denunciar a Jeremías. El abuelo, indignado, les dijo que no contaran con él. Jeremías es un buen hombre, que no hace mal a nadie. No conocemos un solo caso en que haya perjudicado con sus consejos o sus preparados a ninguno de sus visitantes. Si confían con él, libres son de buscarle y oírle; y si además los sana, trabajo que nos quita¨, arguyó. Trataron de convencerle, pero el abuelo, cuando creía tener razón, era más terco que su mula. ¨No contéis con mi firma para una cosa así¨. El asunto no fue adelante. Pero para mí que llegó a oídos del viejo, porque una mañana en que andaba yo enredado con el Rafa en una de nuestras frecuentes discusiones, como quiera que él me llamara no sé que, Jeremías vino hasta donde estábamos, puso una mano sobre mi cabeza y reconvino a su nieto: ¨Estás equivocado, hijo. Tu amigo es un caballero, como su abuelo¨. Y el Rafa se quedó de una pieza, y yo no menos, ya que, para nosotros, caballeros eran los de las armaduras plateadas que contemplábamos en nuestro libros de cuentos, con doncellas y lanzas y hasta dragones; y el abuelo Miguel, por aquello de la barba y de la mula, todavía, pero anda que yo... Y acabamos riéndonos, y todo siguió como siempre, aunque yo notaba que el Rafa me miraba desde entonces de otra manera.
Hasta que enfermó. Quiero decir hasta que enfermó Jeremías, porque las cosas cambiarían a partir de ahí, que andábamos más crecidos y, poco después, me enviarían interno a la capital. La madre del Rafa me dijo: ¨Díle a tu abuelo que venga cuando pueda¨, y a mi abuelo le faltó tiempo para subir los escalones de cemento rojo que separaban la calle de la casa de Rafa. Yo me colé detrás. Jeremías estaba en una cama estrecha, muy pálido, respirando con dificultad, incorporado, la espalda apoyada en unos almohadones ornados de encajes. Mi abuelo lo estuvo auscultando, con detenimiento. Luego tomó su mano derecha y le miró a los ojos:
-Esto va mal, colega.
Jeremías puso su otra mano sobre la del abuelo:
-Gracias, don Miguel. Las cosas son así. Todo se acaba.
El Rafa estaba serio, cogido a las faldas de su madre, que trataba de mantener la entereza. Yo tenía un nudo en la garganta que casi no me dejaba respirar.
Jeremías murió al día siguiente y las campanas de San Cosme doblaron por él, hondas y graves. Mi abuelo presidió el entierro, sombrero en mano, erguido y solemne. Aún me parece que le estoy viendo.

CARLOS MURCIANO.

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