lunes, 28 de septiembre de 2015

LOS ALBORES DE UN POETA (1887-1900).


  Se traslada Juan Ramón a Sevilla, donde inicia estudios de pintura con Salvador Clemente, al mismo tiempo que se matricula en el curso preparatorio de Derecho. De esta época data su amistad con el gran pintor Daniel Vázquez Díaz también onubense, a quien se deben tres admirables retratos del poeta. En 1898 y 1899, Juan Ramón publica diversas composiciones en las revistas El gato negro, de Barcelona, Vida Nueva, de Madrid, y El Programa, editada en Sevilla. Intensifica la lectura incesante de poetas como Rubén Darío, Villaespesa y Salvador Rueda, y se adentra en el conocimiento de autores franceses, entre ellos Victor Hugo y Lamartine. La vocación literaria es cada vez más firme y Juan Ramón decide abandonar sus estudios de Leyes, sin que su familia se oponga. Una circunstancia minúscula, pero decisiva para él, reafirma los propósitos del poeta; el propio Juan Ramón ha contado cómo, a raíz de la publicación de un poema en Vida Nueva.

Recibí una tarjeta postal de Francisco Villaespesa (...) en la que me llamaba hermano y me invitaba a ir a Madrid, a luchar con él por el modernismo (…) Y la tarjeta venía firmada también ¡por Rubén Darío! ¡¡Rubén Darío!! (…) Era para mí como si el sol grana que yo veía romper, cada aurora, en mi caballo galopante, los blancores crudos y mates de los pinos de mi Fuentepiña, se me hubiese metido en la cabeza. Yo modernista, yo llamado a Madrid por Villaespesa con Rubén Darío; yo 18 años y el mundo por delante, con una familia que alentaba mis sueños y que me permitía ir adonde yo quisiera. ¡Qué locura, qué frenesí, qué paraíso!
En 1900 llega Juan Ramón Jiménez a Madrid, donde se hospeda en una pensión de la calle Mayor. Durante unos meses escribe, asiste a tertulias con jóvenes autores como Valle-Inclán o Villaespesa, y concluye la preparación de un nutrido conjunto de poemas, que proyecta publicar bajo el título Nubes. Villaespesa le sugiere que la extensión del texto aconseja dividirlo en dos libros, y Juan Ramón accede. Se publican, así, Ninfeas y Almas de violeta, ambos en 1900, y avalados por un soneto de Rubén Darío y un prólogo de Villaespesa, respectivamente. El designio estético de Juan Ramón y su voluntad innovadora alcanzan a la misma confección material de ambos volúmenes: Ninfeas está íntegramente impreso en tinta verde, y Almas de violeta en color morado. De este modo, el aspecto externo de las obras -tan exquisitamente cuidado por los primeros modernistas- proclamaba ya el propósito del joven poeta de romper con los moldes establecidos, incluidos los usos tipográficos habituales.
En cuanto al contenido, se trata de poemas de un erotismo enfermizo, con frecuencia unido a motivos fúnebres, claramente manifestados en la elección de las imágenes; la bruma vespertina va

extendiendo su sudario ceniciento,
su fatídica mortaja,
sobre el cuerpo agonizante de la tierra;

las sombras,

como fría y negra tapa
de una tumba, van pesando formidables
sobre el tétrico sepulcro de mi alma;

o se habla de ¨los sepulcros de los días que murieron¨. Las niñas muertas, la enfermedad, la tensión entre los anhelos espirituales y la exaltación carnal son motivos que revelan un mundo peculiar, de estirpe romántica, tratado con una gran variedad de formas métricas y con un léxico característico del primer modernismo -el ¨azur¨, el ¨dulce quejido epitalámico¨, la ¨veste de oro¨, la ¨nívea canción¨-, e incluso con alguna experimentación verbal poco afortunada, como ¨la nacárea nave¨. Se tratas de un mundo poético todavía en embrión -aunque algunos de sus ingredientes perdurarán hasta mucho más tarde-, pero con acentos muy personales, y no resulta extraño que esta lírica doliente y apasionada suscitara el interés de Villaespesa y de Rubén y diese a Juan Ramón una rápida notoriedad entre los círculos de escritores jóvenes que tanteaban nuevos caminos para la poesía española, espoleados por el modelo deslumbrante de Rubén Darío.
Pero 1900 no es sólo el año de los primeros libros, sino también de otros acontecimientos menos jubilosos; la muerte del padre y, como consecuencia, la primera crisis depresiva del poeta, a la que seguirán otras muchas en etapas posteriores.

RICARDO SENABRE SEMPERE.

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