jueves, 24 de septiembre de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.

XLVII

A Violeta se le estremeció todo el cuerpo, algo extraño recorrió todo su ser haciéndola temblar, la palidez inundó su rostro. Había quedado inmóvil, solo una mano buscó su vientre. Enrico llegaba.
-Hola.
Aterrada, consiguió dar la vuelta y casi corrió hasta la mesa. Se sentó. Instintivamente volcó el cuerpo el cuerpo hacia Paolo, pasó la otra mano por el hombro atrayéndolo, recogía a sus dos hijos.
Se acercó.
-¿Qué quieres? -preguntó asustada.
-No te voy a preguntar si me puedo sentar. -Eso fue exactamente lo que hizo-, ¿Y bien?
La miraba fijamente. Ella guardaba silencio, notó que su hijo le quitaba la mano del hombro, fue entonces cuando reparó en su gesto protector y delator.
Paolo recordó al hombre, sus ojos, y en ese instante se puso más alerta aún.
¨Son los ojos del sueño, este es el hombre que quiere matar a mi padre, existe y es real¨.
Enrico Cacciatore trató de mantener una sonrisa y una actitud que no fueran agresivas. La pregunta, el silencio y su mirada demandaban una explicación.
Y Violeta le dio una respuesta.
-No tengo nada que decirte -dijo mirando a un lado, abriendo desmesuradamente los ojos.
El señor Kipling apareció por el pasillo que lo traía de los estantes llenos de libros. Se acercó al mostrador para pedir un café. Los vio. Apreció unas expresiones desconocidas hasta entonces en el rostro de Violeta y Paolo, sobre todo en el de ella. Ese miedo profundo que se expresa en el semblante y la mirada de los que, desarmados, van a ser apaleados por una turba imparable. Algo grave pasaba, y lo relacionó con Paolo. No le extrañó que estuvieran sin Umberto, igual no quería que se preocupara por lo que fuera, ella era capaz de solucionarlo sin él.
No quería que lo vieran, podía molestar. Tomó el café y volvió a perderse por la librería.
Enrico Cacciatore movió afirmativamente la cabeza, inspiró profundo al tiempo que pestañeó repetidamente.
-¿Terminaste de cobrar la parte aplazada en la venta de tus acciones?
-Sí, te doy las gracias por tu espera.
-Bien, bien, otro asunto concluido, así que tengo las manos libres de actuar como considere, ¿no?
-Sí.
Pero eso no era lo que le interesaba en aquel momento, la cuestión era bien distinta. Cambió de estrategia, se concentró en el hijo.
-Y tú, pequeño..., ¿cómo te llamas?
A Violeta le pareció cruel lo que, intuyó, pretendía Enrico. Contuvo la respiración, cerró los ojos, su cuerpo no respondía, sintió temblores incontrolados en el rostro. Tenía las dos manos recogiendo su vientre, como si estuviera protegiendo al hijo que llevaba en las entrañas y este a su vez le estuviera dando fuerzas desde allí. El temido momento guardado durante años en lo más profundo de su ser, que esperaba que nunca ocurriera, se estaba produciendo y de la peor manera posible, como nunca había pensado, con Paolo presente.
Sin embargo, este mantenía la calma y, no solo eso, no sentía miedo, era capaz de hacerle frente a quien deseaba que su padre muriera. Callaba.
-Y tú, pequeño..., ¿cómo te llamas? -repitió Enrico Cacciatore.
-No soy pequeño.
Era la misma actitud, mirada fija y seriedad, la del pequeño Di Rossi y Enrico, solo que el niño parecía el más seguro de los tres que se sentaban alrededor de aquella mesa.
-Ya, no eres pequeño, es verdad, ¿qué edad tienes, siete años?
-Sí, señor.
-¿Y me puedes decir tu nombre?
Esperó unos instantes. Además de las pretensiones que vio en el sueño, había algo más que intuía en la actitud de aquel hombre. Finalmente contestó reafirmando su seguridad y su estirpe.
-Di Rossi.
-Bien..., bien.
-¿Y sabes quién soy yo?
-Por favor, Enrico -intervino la madre volviendo a pasar una mano por el hombro de Paolo, se volvía a aferrar s sus hijos.
El pequeño Di Rossi y Enrico Cacciatore no pudieron ver los ojos de súplica de Violeta. Las lágrimas aparecían. El hombre solo se fijó en la seguridad del niño, que volvía a quitar la mano de su hombro.
-Sí, señor.
La contestación sorprendió a los dos adultos. Violeta se secó los ojos.
-Dime, ¿quién soy?
De nuevo la respuesta del pequeño Di Rossi se hizo esperar, aunque no mucho. En ese instante Violeta intentaba recuperarse, concentrarse, no pensaba en la respuesta que iba a dar el hijo, sino en parar la contestación que vendría a continuación por parte de Enrico. Se veía claramente que iba dispuesto a todo, que la diplomacia y el guardar las formas, aunque hubiera un niño de por medio, no iba a ser lo que le detuviera esa tarde.
-El hombre que tiene los ojos igual que yo.
¨Quiero que mueras¨, pensó a continuación afilando la mirada.
Violeta suspiró.
Notó el soplo de aire de su madre sobre él.
¨Quiero que mueras¨. ¨¡Quiero que mueras!¨. ¨¡¡¡Quiero que mueras!!!¨, repetía mentalmente el pequeño Di Rossi.
Los preparativos de defensa y demás pensamientos de Violeta desaparecieron de pronto. Miró sorprendida a su hijo. No pudo apreciar cómo Enrico Cacciatore levantaba la barbilla y afinaba también la vista. Y es que quería a toda costa un hijo, pero no tenía ni idea de cómo eran los niños a los siete años de edad, su nivel de comprensión del mundo de los mayores, y si la contestación que le había dado guardaba una segunda intención.
¨Es muy pequeño para eso¨.
-¿Y eso tiene para ti alguna explicación?
-Sí.
¨¡¡¡Quiero que mueras!!!¨.
-¿Cuál?
Violeta contuvo la respiración.
Paolo no consiguió repetir ese pensamiento que deseaba se convirtiera en realidad. Le daba igual como fuera, un rayo caído del cielo como había visto en imágenes bíblicas. Sin embargo no pudo, le distraía la mirada del hombre que en aquel momento le decía otra cosa. Y el pequeño Di Rossi, como siempre, comprendió.
-¿Cuál?-insistió Enrico Cacciatore.
-Que no llegaré a ser tan alto como mi padre.
De nuevo notó el soplo de aire de su madre sobre él.
Enrico Cacciatore se sintió clavado al asiento. Quiso decir algo, pero no pudo. Apenas reaccionó cuando escuchó el silencio que se había producido a su alrededor. Al igual que Violeta y su hijo, estaba concentrado en la conversación. La imagen de una pistola negra en la mano de un hombre vestido de oscuro, encapuchado, que solo dejaba a la vista los ojos y la boca, le trasportó de inmediato al mundo que le rodeaba.
La empleada de la cafetería se separaba de la caja.
-No te vayas, ábrela.
Todos estaban pendientes de la escena. Fue cuando el pequeño Di Rossi aprovechó para mirar alrededor. Todos sentados menos otro atracador que permanecía de pie pendiente de los clientes, también pistola en mano, vistiendo de forma similar, pero este era más alto y delgado. Se fijó en las cejas.
¨Moreno¨.
Buscó al otro, más bajo, pero ancho y corpulento, ojos claros, cejas anchas de pelo fuerte.
¨Entre rubio y pelirrojo¨.
Oyó cómo una mujer comenzó a llorar y pudo apreciar el reflejo de miedos desmesurados en algunos de los clientes. Algunas personas apartaban la mirada, como queriendo ser ajenos a lo que estaba sucediendo.
El ¨clin¨ de la caja sonó al abrirse. Un cliente de mediana edad y apariencia fuerte miró al atracador que hacía la cobertura. Este parecía que desde el principio se hubiera fijado en él y le estuviera esperando.
-¡No me mires! -gritó dirigiéndose decidido a por él.
El cliente de inmediato volvió la mirada hacia el suelo. Incluso así, el atracador le increpó.
-¡¡No me mires, cabrón!!
Y le metió con el cañón de la pistola en el costado como si le estuviese dando una puñalada. El hombre cayó al suelo retorciéndose de dolor y reprimiendo el quejido.
-¡Pequeño, tú tampoco!
El pequeño Di Rossi permaneció mudo. No le iba a decir que no era pequeño y desafiarle, pero no desvió su mirada, directa, con la cabeza levantada.
-¡¡¡Te he dicho que no me mires!!! -gritó enfurecido exageradamente, tanto que saltó saliva de su boca.
Paolo bajó la mirada, recapacitaba, había detectado algo raro, una contradicción entre el énfasis de la voz y la expresión de los ojos. Pensó en el gesto de la boca, aquel hombre sonreía. Fue solo un par de segundos. Cuando fue a levantar la cabeza de nuevo, la mano protectora de su madre le tapó la vista y lo retuvo contra su cuerpo. Siempre recogiendo a sus dos hijos. Instintivamente, Paolo cerró los ojos al tiempo que escuchaba su voz de súplica.
-Por favor, por favor, es un niño.
¨¡Tac!¨.
En el silencio, Paolo oyó un zumbido en el oído que cada vez se volvía más agudo y molesto, casi al mismo tiempo que escuchaba gritar algo al hombre que se había sentado frente a ellos.
¨¡Tac!¨, de nuevo.
Un golpe seco.
¡Tac!, otro disparo. ¡Tac!, otro más.
El zumbido se convirtió en dolor de tímpanos. Escuchó voces que se alejaban.
-¡Vayámonos, vayámonos! ¡Ya está!
Notó que su madre se relajaba tanto que su brazo pesaba, lo apartó, no ofreció resistencia. Nunca había visto aquella expresión en sus ojos, y de inmediato supo que algo grave pasaba.
-¡Mamá! ¡¡Mamá!!
¨¡¿Por qué miran así sus ojos?!¨.
Buscó por su cuerpo y vio dos pequeños rotos en el anorak, en el centro del pecho. Allí estaba la causa de que estuviera así; pero no, no era real, era solo un sueño, y en el sueño su madre tosió débilmente mientras él la volvía a mirar y ella le intentó sonreír. No pudo, se le iba la imagen de su hijo, de su cara llena del mayor pánico que pudiera expresar en su rostro un niño. Paolo, su pequeño Di Rossi, con lo inexpresivo que era.
Intentaba despertarse, pero no podía. Su madre le quería hablar en aquel sueño, el peor que nunca había tenido.
-Paolo, tu padre no debe saber nada, ¿comprendes?
-Sí, mamá.
Y Paolo lo comprendió todo: no podía desear la muerte de otra persona sin que le afectase también a un ser querido. Eso fue lo que aprendió al mismo tiempo que su madre comenzaba a marcharse.
Las lágrimas llenaban sus ojos y mejillas, algunas cayeron sobre el anorak de la madre, Paolo las observó. Puso el dedo sobre una de ellas y notó perfectamente el líquido mientras la angustia entrecortaba su respiración. Si hubiera sido un sueño, ya se habría despertado, pero siguió suplicando con toda su alma que así fuera.
-¡Mamá, no te mueras!
-No voy a morir, hijo, seguiré viviendo..., pero...
-Yo te quiero así.
-No le hables de tus ojos a papá, es lo único que te pido.
-Vale, mamá.
-Os quiero mucho a los dos, a los tres. -Miró a su vientre, aún tenía la mano sujetándolo, esbozó una sonrisa.
-Nosotros también te queremos, mamá.
-Perdóname, hijo.
-No, ¿por qué? Sí, mamá, ¿mamá?, ¿mamá?, ¿mamá? ¡¡¡Mamá!!!
Inmóvil. El cuerpo muerto se inclinó un poco hacia adelante. No tuvo fuerzas para sostenerla, cayó bajo la mesa y Paolo se echó sobre ella. No respiraba. La abrazó. Notó una línea de dolor que le bajaba desde la barbilla rajándole el cuerpo por la mitad. Vio que la mano de su madre ya no protegía el vientre y puso la suya en su lugar. Paolo tampoco podía respirar. El maldito sueño no lo era aunque lo estaba viviendo como si lo fuera. La falta de aire le hizo marearse, no veía con nitidez. Se acercó al rostro de su madre, cara a cara, iba a morir también, no le importaba. Quería y deseaba con todas sus fuerzas morir junto a ella. Escuchó un ruido, una bocanada de aire le dio en los labios, la última exhalación de su madre le devolvía la vida. Y Paolo volvió a respirar.
La gente se acercó, un hombre lo cogió, lo apartaba a la fuerza, y el pequeño Di Rossi pateó y gritó para volver junto a ella. Hicieron falta tres personas para retirarlo, solo consiguió volver la cara para verla. Los ojos de Violeta miraban arriba, hacia algún lado, con la misma expresión que había visto en una ocasión en una pintura de María Magdalena, y tanto le había extrañado que preguntó a su madre por aquel detalle, y ella le contestó que era porque estaba agradecida a Jesús, ya que Él le había perdonado todos sus pecados.
-¡Paolo!
-¡¡Señor Kipling!! ¡¡¡Aaaaahhhhhh!!! -gritó desahogándose cuando vio una cara amiga.
-Por favor, vivo frente a él -dijo agobiado.
Había visto a su vecina y al otro hombre sobre el suelo, varias personas hacían ejercicios de reanimación sobre ellos.
Lo cogió en alto, abrazándolo. La gente movía negativamente la cabeza, incrédulos ante lo que había ocurrido.
-¡¡Mamá!! ¡¡Mamá!! ¡¡Está allí!!¡¡Llévame con ella!!
-No, Paolo, mírame a mí, mírame a mí.
-¡Quiero estar con ella! ¡Por favor, por favor!
El señor Kipling le abrazó con fuerza, bajándole la cabeza sobre su hombro. Percibió en su pecho las sacudidas, la respiración y los espasmos de un Paolo roto.
-Están los dos muertos -se escuchó.
-¿Seguro?
-Sí.
El señor Kipling notó una mano sobre su espalda, se volvió, el pequeño Di Rossi también lo hizo. Un hombre que no conocían les miró moviendo negativamente la cabeza. Después habló.
-Lo siento, todo ha terminado, pequeño.
En un segundo notó cómo Paolo se tranquilizaba, respiró varias veces profundamente.
-Señor Kipling, por favor, bájeme, yo ya no soy pequeño.

Subió las ventanillas. El Toyota con un faro roto se puso en marcha de nuevo nada más ver salir a los cuatro hombres de la librería y subirse en el automóvil que esperaba apostado, en doble fila y con el conductor al volante.
No sabía cuál era la situación exacta. Había escuchado los disparos, la suerte estaba echada. Él solo tenía que continuar haciendo su trabajo, hacerse cargo del negocio, como tantas veces en ausencia de Enrico Cacciatore.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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