lunes, 10 de agosto de 2015

SECRETOS DE LEONARDO DA VINCI.


XLIII

   El Vicepresidente Segundo le comentó que su tío siempre era muy generoso, mentía con naturalidad. Quedaron en verse al día siguiente para acordar el ¨protocolo de comunicación¨, fue la frase que utilizó; y al escuchar esto, el joven ambicioso repasó el ajuste al cuello de su corbata roja, volvió a sentirse un hombre importante.
Se despidieron.
Entró en una cafetería cercana y pidió un whisky, a pesar de la hora temprana. Tras un trago, llamó a su jefe.
-Señor, todo ha ido muy bien -se le escuchaba alegre y eufórico-, mañana tengo una reunión para estudiar el protocolo de comunicación..., de acuerdo..., sí, sí, hablamos cuando llegue... Disculpe, tardaré un poco, ¿no le importa...? Bien, bien, muchas gracias, señor.
Nada más desconectar necesitó dirigirse al servicio para orinar. Llevaba toda la mañana sin poder contener las constantes ganas.
Mientras tanto, el Director Financiero analizaba las palabras de su ayudante. Sabía que lo que le había dicho no se ajustaba a la realidad. Ni poniéndolo boca abajo era capaz de sacarle su enviado un solo dólar del bolsillo a aquel fiera llamado Salomón Siegman. Conocía muy bien la tipología de estas personas y su forma de actuar, como también conocía la de su ayudante, que tenía las características idóneas, inocencia y avarica unidas, ideal para ser manejado y llevar a cabo sus propósitos, por los que habían estado luchando y esperando toda la vida. Era lo justo, su padre no lo había conseguido, pero él sí lo lograría.
Mientras tanto, el Vicepresidente Segundo entraba de nuevo en la sala de reuniones, el silencio era sepulcral, nunca había visto tan acentuados los tics de su primo.
-Sobrino, te estaba esperando -dijo el Presidente mirándolo al tiempo que le mostraba una sonrisa entrañable, como nunca antes la había contemplado hacia él. Después bajo la vista y la fijó en el lacado perfecto de la mesa. Ensombreció el rostro. Habló de forma impersonal-. Vosotros os podéis marchar. -Habló sin mirar a ninguno de los otros dos.
El Vicepresidente Primero confirmó lo que intuyó en el enfrentamiento con Violeta, que no llegaría a ser Presidente. Sintió cierto alivio al pensar que la empresa seguramente desaparecería, el consuelo de los perdedores; pero de inmediato recordó la deuda de diez millones de dólares que había contraído a través del rabino con otros correligionarios al comprar las acciones de Violeta, no podría hacer frente la préstamo, sabía a lo que se exponía con esa gente. El miedo de la imposibilidad de huir chocaron en su mente.
El Vicepresidente Tercero se había considerado a sí mismo, y hasta ese momento, capaz de aportar como el que más a las soluciones de los problemas del negocio, pero esta situación le hizo reconocer que le sobrepasaba. Por primera vez agradeció el que le dejaran apartado y sin ser tenido en cuenta.
Mientra tanto, Salomón Siegman pensaba en el error que había cometido. De haber intuido claramente el engaño de Violeta no habría permitido que su hermano le hubiera comprado las acciones.
En su ego personal le dolía más la traición de ella que enfrentarse a Enrico Cacciatore. Y es que le había abierto las puertas del negocio, encumbrando por encima de los de su propia sangre, de su familia, a pesar de ser mujer y no ser judía. Se sentía engañado, y eso, en los hombres como él, tenía un precio que Violeta debía pagar.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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