jueves, 13 de agosto de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.

XLV

Umberto ya no se quedaba por las tardes en la biblioteca de la Universidad como tantos años hizo. Paolo se le acercó con una sonrisa.
-¿Qué haces?
-Ya ves, estudiar, para enseñar primero tengo que estudiar y nunca es suficiente.
Vio a su hijo feliz, iba a salir con la madre. Se le quedó observando los preciosos ojos. No se le parecía en nada. Por primera vez en su vida deseó que hubiera sacado algo suyo.
-Vamos, Paolo.
-Adiós, papá.
-Adiós, hijo, ¡tened cuidado!
-Adiós. -Escuchó a Violeta sin verla.
Después del golpe de la puerta al cerrar, un pensamiento se cruzó por su mente, uno de esos temas pendientes que le asaltaban cuando querían: ¨¿Por qué me pide ahora que nos casemos y no lo hizo cuando se quedó embarazada de Paolo, o nada más tenerlo? Hubiera sido el momento lógico. ¿Por qué ahora sí y antes no?¨.

Enrico Cacciatore se mostraba más cercano que nunca a su Director Financiero. Aquel hombre silencioso, algo mayor que él, hijo del que a su vez fue mano derecha de su padre Cesare ayudándole en todo, trabajando y desviviéndose por sacar adelante el negocio hasta su muerte como su mismo padre, estaba a su lado compartiendo y viviendo todos aquellos momentos tan importantes para él.
-Fíjate, tiene mis mismos ojos. Mira el gesto en esta foto, es inteligente y muy maduro para su edad -dijo mientras buscaba respuesta en algún gesto de su empleado, pero este permanecía serio-. Ya lo sé, voy demasiado rápido, pero no me digas que no se parece a mí.
La bolsita trasparente con el pelo de Paolo se la había guardado en el bolsillo interior de la chaqueta, con un cuidado tremendo, como si se tratase de una reliquia. En cualquier caso, el Director Financiero no dejaba nada al azar, revisó detenidamente los cajones de la mesa de su jefe para ver si la había depositado allí, sabía que no porque estaban abiertos. Hubiera preferido encontrarlos cerrados porque él tenía una copia de la llave que había hecho clandestinamente, como también se había hecho con la combinación de la caja fuerte hacía ya muchos años, cuestión fácil, se fijaba si la abría en su presencia, pilló algún número, hizo pruebas con fechas, números apuntados aquí y allá que vio anotados en agendas y papeles, una y otra vez, hasta que una de ellas se abrió. Para cualquier empleado que esté al lado de su jefe y se quiera hacer con los datos que abran sus secretos, es muy fácil.
-Sí, tiene su misma cara, a mí también me sorprendió cuando vi las fotos. -Expresaba no solo lo que quería escuchar su jefe, el crío realmente se le parecía.
-Ya me di cuenta, estabas pálido.
Por un segundo, el Director Financiero se sintió descubierto, pero Enrico Cacciatore siguió hablando como si nada.
-Una nueva generación, mi hijo y los tuyos nos sustituirán.
Le molestó enormemente aquel comentario, lo que consideraba una injusticia se perpetuaba, pero no estaba dispuesto a que se le volvieran a notar sus pensamientos y anhelos.
-No veo quien le pueda sustituir a usted, señor. -Buscó esconderse tras la adulación.
-¿Que no? Todo llega, amigo... -Era la primera vez que se refería a él con esa palabra, ¨amigo¨, y le volvió a molestar, porque nunca lo había sido, ni sentido, siempre fue un empleado a sus órdenes, a su voz de mando, un vasallo-. Y tú lo verás.
Por un lado pensó que sí, que lo justo sería que lo viera, y por otro lado pensó que además de enano era tonto, un idiota capaz de ver y decir lo que él pensaba sin darse cuenta. ¿Cómo había podido llegar hasta allí si no hubiera sido por el esfuerzo que él y antes su padre habían hecho en la sombra?
El Director Financiero comprobó cómo su jefa había cambiado en un día más que en todos los años que llevaba a su lado. Solo tenía un recuerdo de algo parecido, pero sin llegar, cuando consiguió el primer contrato con la Fuerzas Armadas. Sin embargo, ahora había algo más añadido a esa satisfacción, una vitalidad tremenda, como nunca le había visto a pesar de ser un hombre activo. Desde el día siguiente al informe del detective siempre tenía la sonrisa en la cara, una alegría que le hizo pensar de nuevo que era tonto. Pero aún pensando de aquella manera, no se atrevió a preguntar por una cuestión que no paraba de rondarle la cabeza.
¨¿Se ha hecho las pruebas de ADN?¨.
Había revisado todas las llamadas realizadas desde la oficina buscando su nombre, la pista de una empresa que se dedicara a ello. Quería ser el primero en saber los resultados, siempre se pueden cambiar si no son del agrado, siempre hay alguien con falta de dinero, y aun con el suficiente.
¨El dinero lo compra todo¨, pensaba convencido de ello.
Y no encontró rastro alguno.
¨Igual no se ha realizado las pruebas, tal vez lo prefiera así, dar al crío por hijo suyo sin más, en cuyo caso todo está decidido¨.
Enrico Cacciatore tenía todo controlado. Los seguimientos a Umberto, Violeta y Paolo continuaban. Meditaba el momento mejor para encontrarse con ella y, después de pensárselo mucho le hizo ilusión uno, cuando estuviera Paolo presente. Los tres juntos por primera vez.
El teléfono sonó, una voz femenina hablaba.
-Señor, los detectives ma han informado de que Violeta acaba de salir con su hijo, y van caminando en estos momentos por Columbus.
No contestó, pensó. Algo no lo dejaba concentrarse.
-En lo sucesivo llámela doña Violeta.
-Disculpe, señor.
El Director Financiero escuchó un suspiro profundo.
-Bien, vamos.
-¿Llamó al chófer?
-No, no tienes problema en conducir, ¿no?
-No, ningún problema, señor.
-Espérame en el ascensor.
-De acuerdo, señor.
Nada más salir del despacho, el Director Financiero tomó otro teléfono que tenía preparado y se puso en contacto con su ayudante.
-Ahora mismo, en unos minutos, se va a producir el contacto, zona Columbus, a la altura Central Park, informe y esté preparado para la información que le voy a suministrar, tenga siempre listo este teléfono, yo le llamo, usted no me llame, le repito, no me llame pasa lo que pase. ¿Me ha comprendido?
-Sí, señor.
Colgó y se dirigió nervioso hacia la zona de ascensores.
La tarde era gris, parecía que fuera más tarde de las seis, una de las peores horas para circular en coche por Manhattan. El Director Financiero marcó el número de la joven detective, con la que tenía más contacto de todos los que estaban haciendo los seguimientos. Habló.
-Hola, estamos ya en el coche. ¿Dónde están ahora?
-Siguen bajando por Columbus.
-¿A qué altura?
-Acabamos de dejar atrás el Planetario.
Se escuchaba perfectamente que la mujer iba caminando.
-¿Va usted sola?
-No, van dos compañeros más en un coche, nos turnamos para no levantar sospechas.
-Bien.
-Deje la comunicación en abierto, no vaya a desconectar intervino Enrico Cacciatore.
Se hizo el silencio. El Director Financiero seguía nervioso, parecía que le estresaba el tráfico que apenas les dejaba avanzar. Los dos hombres estaban enfrascados en sus pensamientos.
-¿Cómo va vestida? -preguntó Enrico Cacciatore.
-¿Quién, yo? -preguntó dudando la detective.
-No... -sonrió y se sintió algo más relajado-, ella.
-Tejanos, deportivas y una cazadora negra.
Nunca la había visto vestida así. Le agradó la idea, sería más familiar.
-La está..., ¿sigue viéndola en todo momento?
-Sí, señor.
-¿Este coche no tiene bluetooth?
-No, lo siento, señor.
-¿Cuánto calcula que tardaremos en llegar?
-No sé, depende del tráfico.
-¡Hombre, hasta ahí llego! Dijo con una sonrisa sarcástica-. ¿Pero cuánto tiempo cree usted? -preguntó despectivamente y demandando una respuesta.
-Unos quince a veinte minutos, señor.
Silencio.
Enrico Cacciatore se removió en su asiento, estaba incómodo. A pesar de ser un hombre pequeño sentía estrechez en el coche de su empleado, un Toyota de tipo medio con asientos de tela.
¨Una calle que cruza, la 23¨.
Silencio.
¨Piensa en lo primero que le vas a decir, es fundamental¨.
Buscaba pero no encontraba nada. Al empleado le ocurría lo mismo, solo que este comenzó a notar un temblor en su mano izquierda. Apretó fuertemente el volante para que parara.
Silencio.
En cuanto aflojaba volvía el temblor, notó malestar en el estómago, le pareció que se estaba mareando, bajó un poco la ventanilla de su lado. El movimiento del cristal atrajo la atención de su jefe.
-¿Sigue usted ahí?
-¿Se refiere usted a mi? -se escuchó a la detective por el teléfono.
-Sí, claro... -dijo con cierta desconsideración.
-Sí.
-¿Por dónde van ahora?
-La próxima que cruzaremos será la 70.
-Por ahí corta Broadway, ¿no?
-Un poco más abajo.
-¡Oh, Dios! ¡Mierda de tráfico! -Enrico Cacciatore golpeó con fuerza el salpicadero del coche dando con el puño como si fuera un mazo.
El Director Financiero salió de sus pensamientos.
-En diez minutos estamos allí, señor.
-¡No puedo aguantar diez minutos, necesito ya! ¡Necesito verlos ya! ¡Usted no lo puede comprender! -dijo enfurecido.
¨¡¿Que yo no lo puedo comprender?! ¡¿Que yo no lo puedo comprender?!¨. El Director Financiero apretó los dientes.
¨¡Maldito cabrón hijo de puta, tan egoísta como su padre!¨.
Sacó el intermitente de la derecha, solo que en ese lado estaba la acera, y a por ella se fue.
Enrico Cacciatore se sintió por medio segundo suspendido en el aire. Estuvo a punto de decirle que si estaba loco, pero cuando comprobó cómo avanzaba, aunque con constantes frenazos y aceleraciones, se calló y, en vez de golpear de nuevo el salpicadero, puso las manos sobre él, estaba asustado de que le fuera a saltar el airbag.
La fila de coches parados comenzó a pitar cuando lo vio, por lo que la gente de la acera no se terminaba de percatar de dónde venía el peligro.
-¡Por favor, no vaya a atropellar a nadie!
Pero el Director Financiero siguió embistiendo como un poseso, pasando por los pasos de peatones de las calles que interceptaban. Unos transeúntes gritaron llamándole loco, otros le aplaudieron. También bocas abiertas mudas por la sorpresa y comerciantes que salían al escuchar golpes de sillas y mesas saltando. Varios jóvenes se unieron siguiéndoles en bicicleta a toda velocidad formando una comitiva, estos iban alegres.
Dentro del coche, la tensión del conductor se mantenía mientras que Enrico Cacciatore por primera vez en su vida rogó a un empleado.
-Venga, déjelo ya, tranquilo.
No paró.
-¡Por favor, va a ocurrir una desgracia!
La mirada fija, el maxilar apretado. Dos segundos de más aceleración. Frenazo. Una bicicleta se estrelló contra ellos por detrás.
-Gracias, amigo -le dijo aparentando aprecio mientras le ponía la mano sobre el hombro.
-Yo no soy tu amigo -contestó el Director Financiero muy serio, concentrado, pero volviendo en sí.
El ciclista dolorido se acercó a la ventanilla, quería hablar.
Está bien -dijo Enrico Cacciatore reconociendo la matización que le hacía su empleado.
Incorporó el vehículo a la fila en caravana, no hizo un solo gesto, aún parecía hipnotizado.
-¿Sigue usted ahí?
-¿Es a mi?
-Sí, ¡¿a quién va a ser?!
¨No cambiará nunca¨.
-Bueno, como he escuchado...
-Olvídelo, ¿por dónde van?
El Director Financiero, cuando escuchó esa palabra, ¨olvídelo¨, recapacitó por un segundo. Olvidarlo, dejarlo, detenerlo todo. Se sintió tentado de hacerlo, pero una fuerza interior cultivada durante muchos años le impulsó a apartar ese pensamiento de inmediato.
Se dio cuenta de que el coche iba sin una luz, también debía de tener otros golpes y arañazos. Se alegró de haber hecho algo así por primera vez en su vida, con su jefe al lado, a ver si se daba cuenta de lo que era capaz. Después se dijo a sí mismo que debía haber actuado de esa forma muchos años atrás.
-Pues estamos..., vamos a cruzar... ¡Perdón, girar a la derecha, girar a la derecha! Sí, Calle 66, estoy viendo la Broadway.
-Bien, bien, nosotros estamos subiendo por la décima Avenida, y parece que hay más fluidez en el tráfico. En pocos minutos nos encontraremos.
-De acuerdo.
Se fijó en su empleado pero no dijo nada, pensó que la tensión que sentía se la había contagiado él. Su gesto cambió a comprensivo.
-Disculpe, ¿cuánto gana usted?
-¿Yo? -preguntó sorprendido el Director Financiero.
-Sí, ¿cuánto le pago?
Enrico Cacciatore recordó que desde hacía unos años su empleado, en vez de pedir subida de sueldo, lo que quería era un pequeño porcentaje de acciones de Cesare´s Enterprise, decía que también se sentía parte de ella. Aunque no se hacía reparto de beneficios, comentaba que el dinero no le interesaba, y cada año su jefe le cedía un cero y algo por ciento de las acciones. Debía de estar por el 3% en esos momentos, pero el sueldo era el mismo desde hacía... Ni se acordaba.
El Director Financiero se sorprendió a sí mismo no recordando tampoco cuánto ganaba, no le importaba, su obsesión era otra. Se llevó el dedo índice al oído y señaló después la pantalla en la que se veía abierta la comunicación telefónica, y fue en ese momento cuando volvió a sonar la voz de la detective.
-¡Giran de nuevo a la derecha!, ¿me ha oído?
-Sí, perfectamente.
-¡Vamos, vamos! -escucharon a la mujer dando instrucciones a algún compañero.
-Señor.
-¿Sí...?
-Acaba de entrar en la librería Barnes & Noble que está en la Avenida Broadway, subiendo, nada más pasar la 66.
-¡Muy bien, muy bien, estamos ahí en dos minutos! Dijo esgrimiendo una sonrisa mientras afirmaba con la cabeza.
¨Violeta tiene en cuenta todos los detalles, necesita algo y no quiere ir a la otra librería que le coge más cerca de su casa porque allí fue donde nos encontramos¨.
-Esta es la 66.
El Director Financiero permaneció callado, estaba en sus pensamientos.
¨Ahora es cuando hay que estar listo, mover los hilos para que todo salga bien, que nada falle. Suerte, suerte, ¡maldita sea!, ¡por una vez!, ¡a ver si tengo suerte!, ¡solo una vez!, ¡solo una vez!¨.
Al poco habló.
-Señor, es ahí.
Los dos miraron el letrero verde con las letras en dorado. Se paró sobre el paso de peatones.
-Deséeme suerte -dijo Enrico mientras salía del coche, de alguna forma coincidían en sus pensamientos.
¨Este tío es idiota¨.
El Director Financiero estaba convencido de que no se merecía lo que tenía,
-Señor, ¿digo a los detectives que dejen ya la vigilancia? Preguntó elevando la voz.
-Están en la primera planta se escuchó proviniendo del teléfono.
-No comprendo por qué me dice eso.
El empleado se volcó sobre su asiento, intentaba acercarse más para hablarle lo más bajo posible.
-Tendrá más intimidad, señor, si no, permanecieran vigilándoles a los tres, los gestos, las conversaciones..., ya sabe, creo que se sentirá más libre.
Repasó lo que le decía y sintió que a él esa cuestión no le retraería ni le molestaría lo más mínimo, en definitiva era gente a la que pagaba por sus servicios, le daba igual lo que pensaran, pero después de la reacción que le había visto aquella noche, lo quiso tener en cuenta, que no se sintiera inútil, llevaba desde siempre a su lado.
-Tiene usted razón, gracias contestó finalmente mientras se disponía a cerrar la puerta.
-Disculpe, señor, ¿le tengo que esperar?
Ahora Enrico Cacciatore hizo gesto de estar un poco harto, estaba siendo demasiado condescendiente con él.
-No, no hace falta. ¨No me hace falta para nada, pesado¨.
No dijo adiós.
-Gracias, señor -dijo al mismo tiempo que sonó el golpe de la puerta.
-¿Ha escuchado al señor Cacciatore? -habló con voz firme.
-¿Levantamos la vigilancia?
-Así es.
-¿Dejo al menos a un compañero?, por prudencia.
-No, quiere intimidad, y si lo detecta las quejas a su jefe serán fuertes, no lo dude, y si la reunión no sale como él desea, dirá que los culpables son ustedes.
-Está bien, la verdad es que necesitamos un descanso.
-Sí, yo también -dijo serenándose.
-El señor Cacciatore es muy nervioso, ¿verdad?
-Así es, pero estoy acostumbrado, no se preocupe.
La detective pudo imaginar su sonrisa.
-Entonces hablamos mañana.
-Bien, hablamos mañana, que descanse, joven, ha hecho muy bien su trabajo.
-Gracias, señor.
De inmediato, el Director Financiero puso el Toyota en circulación y cambió varias veces de dirección. En aquel momento no era capaz de mantener una conversación mínima mientras conducía. De nuevo se detuvo, conectó con el otro teléfono que llevaba en el bolsillo.
-Están juntos en la primera planta del Barnes & Noble que está en Broadway con la 66.
-Lo comunico de inmediato contestó el ayudante mientras se alisaba la corbata roja.
-Que se den prisa.
-Bien, señor.
El automóvil se incorporó de nuevo a la circulación.
El ayudante del Director Financiero hizo su parte del trabajo. Nada más terminar de traspasar la información se fue al cuarto de baño, le habían entrado unas ganas tremendas de orinar, de hecho, en los últimos veinte minutos era la tercera vez que tuvo necesidad de ir. Apenas fueron unas gotas. Cuando salió miró el espejo, se vio un hombre importante. En su mente, una gran cantidad de dinero en fajos amontonados sobre una mesa. Eran suyos.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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