lunes, 10 de agosto de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.


XL

El director Financiero entró junto al viejo detective. Enrico Cacciatore lo estaba esperando con impaciencia, algo que pocas veces demostraba; pero en este tema había preguntado al menos dos veces al día, mañana y tarde, por el desarrollo de la investigación. De nada sirvió la petición de tranquilidad que a partir del siguiente día a la primera reunión le hizo el detective que en aquel momento se sentaba frente a él.
-¿Y bien?
-Aquí tiene lo que me pidió.
Lo primero que vio salir del sobre fue una fotografía de Umberto caminando por la calle con Elodie al lado y más personas a su alrededor. El detective situó en medio de la mesa, y girado hacia su cliente, un volumen inmenso de documentos. Comenzó a leer los datos que aportaba en el informe.
Enrico Cacciatore se fijó en las referencias de altura que veía en la foto, apareció su complejo al compararse con su contrincante.
-Es muy alto, ¿no? -interrumpió.
-Sí. Sobre un metro noventa.
-Y ella también...
-Sí, pero siga viendo las fotografías que vienen a continuación.
-Ella va cogida del brazo, ¿es familia?
-No, se llama... Dómine. -Buscó en el informe escrito. Elodie Dómine, profesora como él en la Universidad de Nueva York. Ella imparte Pintura y él Historia.
-Sí, eso sí lo sabía.
-Ella es hija única de Jean Pierre Dómine, propietario de la Galería Dómine en Washington. Muy bien relacionado, y económicamente... -no supo que calificativo utilizar cuando pensó en la fortuna que tenía su cliente-, digamos que está muy desahogado.
Pero Enrico Cacciatore no prestó atención, estaba ya con la mente puesta en la siguiente imagen, un nuevo flash de esperanza.
-¿Y esto? -preguntó sorprendido contemplando la fotografía en la que Umberto abofeteaba a Elodie.
-Pues ya ve...
De nuevo la ilusión inundó a Enrico Cacciatore al mismo tiempo que le asaltaban dudas. ¿Era Violeta ese tipo de mujer inteligente, trabajadora, resuelta, y después dominada por un hombre violento al que no era capaz de dejar?
¨Las cosas no son lo que parecen¨.
Creía que la pareja de Violeta sería un hombre casi perfecto, con el que no podría competir. Con ella, su dinero no valía nada. Su complejo estuvo aquellos días en los que ella le dijo ¨no¨ más latente que nunca. Menudo error, presuponer sin más. Él siempre la trató de forma educada, cuidaba sus modales autoritarios.
¨No hay quien las entienda¨.
Pero solo de pensar en que pudiera ser maltratada y que el hijo estuviera viviendo en ese ambiente le puso de nuevo en marcha. Tomó el bloque de fotos, las pasaba rápidamente, buscaba solo una.
-¿Tiene un primer plano del niño?
-Sí, un momento.
Enrico Cacciatore soltó todo, obedeció de inmediato, se echó hacia atrás dejando hacer al detective. El Director Financiero nunca lo había visto así, quedó sorprendido.
-Aquí lo tiene.
-¡Dios!
Enrico Cacciatore pareció sufrir una conmoción nada más ver la imagen.
-El chico es muy guapo -dijo el viejo detective risueño, como un abuelo admirando a su nieto.
El hombre hecho a sí mismo, dueño el imperio Cesare´s Enterprise, no pudo reprimir las lágrimas.
-No hace falta que le comente el parecido que tiene con usted.
Permaneció callado. Estaba embargado por la emoción. Tragó saliva y buscó un pañuelo con el que limpiarse.
Se levantó y dio la espalda a los dos hombres, miró por el ventanal. Tras el cristal, la multitud de rascacielos de todas las formas y épocas se levantaban queriendo alcanzar el cielo de Manhattan. La vida y lo que estaba contemplando tenían sentido de nuevo para él. Había merecido la pena todo el esfuerzo.
Un hombre con renovadas expectativas por el descubrimiento del que creía su hijo.
Otro hombre satisfecho por un trabajo bien hecho teniendo como cliente a uno de los hombres más importantes del país.
Y otro hombre que se sintió viejo, como si mil años le hubieran caído de pronto encima. El Director Financiero estaba pálido, asustado de que se confirmaran las sospechas de su jefe. Él también tenía sus esperanzas, junto con su padre lo habían dado todo por aquella empresa, sus dos hijos ya trabajaban en ella. Él, ellos, tenían más derecho que ese crío a ser los futuros propietarios de Cesare´s Enterprise.
-¿Cómo se llama? -preguntó aún dando la espalda.
-Paolo.
-Bien -dijo mientras le vieron afirmar con la cabeza.
Silencio.
Cada uno de los tres hombres reafirmó sus sensaciones.
Un suspiro terminó con la contemplación que hacía de la ciudad. Se giró y volvió a su sillón. Miró al viejo detective aún con rastros de la emoción.
-Muchas gracias.
El Director Financiero sintió la derrota en su cuerpo, en su mente. Solo miraba el lacado perfecto de la mesa. Por el contrario, el viejo detective se concentró en los ojos de Enrico Cacciatore.
-Hay algo más -dijo con cierto misterio.
Silencio.
Miradas.
El detective tenía esa expresión que presenta el jugador de póker que se sabe ganador cuando descubre él, el último, su jugada, en el envite más fuerte de la partida, dejando a los demás sin nada, y él quedando ganador de todo.
-Dígame, ¿de qué se trata?
El viejo detective despegó la espalda del asiento y se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta. No apartaba la vista de su cliente mientras sacaba y depositaba una pequeña bolsita trasparente sobre la mesa. Los otros dos hombres miraron extrañados, pero comenzaron rápido a comprender.
-¿Eso es...? -preguntó Enrico Cacciatore impresionado.
-Sí, es pelo..., y pertenece a Paolo.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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