martes, 4 de agosto de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.


XXXIX

  El día avanzaba. Por fin el sol salía con frecuencia. Se habían encontrado en el pasillo, ya no tenían más clases.
-¿Salimos y damos un paseo?
Umberto se quedó mirándola. Su sonrisa, su gesto afable. Era un aprecio muy especial el que sentía por Elodie. Nunca se podía negar a sus deseos, aunque ella siempre le preguntaba su parecer; y por otro lado, en la cafetería se sentía observado.
-Claro -contestó él.
Le gustaría dar marcha atrás, retomar la relación como estaba antes de ir a su apartamento por primera vez y, en ese punto, hablarle de lo que nunca le había hablado, de Violeta, de Paolo, también de que iba a ser padre de nuevo, sin embargo, eso ya no era posible. Además, Elodie no le pedía nada, tampoco explicaciones, solo quería estar con él cuando él lo deseara, y a partir de ahí, hacía lo que fuera necesario para que todo fuera perfecto.
La luz sobre el pelo rubio, ninguna señal de maquillaje en el rostro, solo un toque de color en los ojos. Su belleza le quedó retenida en el pensamiento, un gran contraste cuando miró el cemento gris de la acera. Cerca, la arquitectura de los edificios bajaba y cambiaba por viviendas adosadas de ladrillo visto al estilo inglés, con escaleras ascendentes de acceso en el centro.
Caminaba distraída, incluso más, no veía. La realidad era una cosa y otra bien distinta su mundo. Iba con él a su lado por una calle, como en un sueño en el que era suficiente con tenerlo cerca. Solo su presencia era capaz de hacerla percibir unas sensaciones que nunca antes había tenido hasta que lo conoció. En el pasado se había preguntado en infinidad de ocasiones cómo sería ese hombre al que buscaba desesperadamente, dónde viviría, en qué trabajaría, lo necesitaba a toda costa, tenía ya treinta años. Solo había vislumbrado algo a través de las protagonistas de las novelas,, esas historias románticas de las que ella pensaba que nunca sería protagonista. Y lo quería ser, ¡cómo pasar por esta vida sin sentir algo así! Al fin notó esas mariposas en su interior, en primera persona, era más maravilloso que la mejor de las novelas. Su mundo era él, no le pedía nada, solo estar a su lado cómo y cuando deseara, así era inmensamente feliz.
La gente se había echado a la calle. No solo los hombres se fijaban en ella en una ciudad en la que nada es extraño, y menos las personas, sea cual sea la imagen e indumentaria que lleven. Elodie vestía acorde con el día, falda y chaqueta de color salmón; junto a su sonrisa, su altura y su pelo, terminaban atrayendo miradas en Greenwhich Village, el barrio más libre y amable de Manhattan. Pero ella solo percibía la presencia de Umberto. Estaba en ese momento en el que se ama con los ojos cerrados aunque los lleves abiertos, y así continuó caminando rodeada de una realidad que no existía, hasta que el choque de hombros con alguien que se cruzó la despertó por un segundo. El golpe primero fue algo de dolor, después fortuna, la acercó más a él. Notó el brazo pegado al suyo, instintivamente lo cogió con sus dos manos, se abrazó y dejó caer la cabeza hacia ese lado. En ese momento sí cerró los ojos haciéndolo suyo.
Umberto no quiso ser descortés, pero se sintió muy incómodo. Estaba en la calle, los podían ver. Cargos de conciencia le asaltaban ya constantemente, le hacían repasar todo, absolutamente todo, cualquier detalle. Se replanteaba desde todos los puntos de vista posibles sus sentimientos, buscaba cuáles eran los verdaderos. Indudablemente sentía algo muy especial por ella, pero ¿era amor en realidad, o atracción por una relación distinta, con una mujer distinta? ¿Adicción a esos juegos a los que se entregaban? También estaba la conexión perfecta en sus temas de conversación, que no tenían nada que ver con los que mantenía con Violeta.
El brazo cogido le llevaba en alerta. En un segundo decidió que para él, en ese momento, era imposible averiguarlo. Hizo un pequeño gesto. Ella despertó, se dio cuenta de que él estaba incómodo.
-¡Oh!, perdona, disculpa -Umberto le respondió con una mirada y una sonrisa-, ha sido sin querer.
Y no le mentía. Fue su subconsciente, su sueño la había llevado a cogerse del brazo cuando lo notó cerca. Se dejó llevar. En ese instante vio la cantidad de personas que había en la calle, con las que se iban cruzando. Él estaba a su lado, pero no le daba el cobijo que estaba buscando. Se sintió desprotegida.
Percibió en el rostro de Umberto que algo fallaba antes de escucharle decir que necesitaba recapacitar. Hubiera querido recorrer de nuevo el camino que de forma natural les llevó hasta el primer abrazo, el primer beso, pero no lo vio posible.
Se dio cuenta del momento que estaba viviendo, él se le escapaba..., y la educación inculcada pesaba tanto que respetó su libertad incluso sabiendo que Umberto no era libre, por lo tanto no era capaz de analizar y expresar libremente sus sentimientos.
Y sin pesar más lo quiso comprobar, un impulso la llevó a cogerlo de nuevo del brazo, él se detuvo. Ella lo miraba, esperaba su respuesta, estaba convencida de que iba a ser de reproche. A pesar de ello no quiso soltarse, la primera vez que contradecía sus deseos. Pero es que lo quería, lo amaba, lo sentía en su interior, estaba poseída por dentro, se había apoderado de su alma, de su ser, y tan solo quería una cosa, estar con él. No era tanto, se conformaba solo con su brazo cogido, solo eso, notar un pequeño contacto para ella era suficiente, lo necesitaba, en esos momentos más que cualquier cosa en su vida, era muy poco lo que le estaba pidiendo.
Parados en medio de la acera. Por fin Umberto levantó la cabeza. Ella escuchó su respiración y vio una mirada que le sugirió cansancio, reproche.
La sorprendió más de lo esperado, la derrotó.
-¿Qué te ocurre? -preguntó él.
-No lo sé -contestó, aunque sí lo sabía.
Por primera vez había inexpresión en el rostro de Elodie, sus ojos se humedecieron.
-¿Te encuentras bien?
-No.
-¿Nos sentamos en una cafetería y tomamos algo?
-No.
-¿Entonces...?
-Está claro que no te gusta pasear conmigo, que nos vean juntos. Vayamos a mi apartamento, allí serás libre.
-Lo siento, no me apetece.
-¿Te has cansado de mí, de estar como solo lo han hecho unos pocos elegidos?
Las lágrimas y la pregunta mostraban lo inocente que se sentía.
-La verdad es que estoy agotado.
-No te preocupes, nos sentamos, hablamos, escuchamos música, te prepararé tu té.
-Lo siento, se me hace muy difícil lo que te voy a decir.
Umberto permaneció callado buscando las palabras idóneas. Miró a no se sabía dónde, el aire y su falta de ideas hicieron que apretara los párpados como él solía hacer.
Mientras, ella repasaba su rostro una y otra vez terminando siempre en sus labios, hacia donde se acercó. Un leve roce y él retrocedió.
-No hace falta -dijo ella.
-¿No?
-No, tienes esa mirada.
-¿Cuál?
-La que se tiene cuando te van a dejar, nunca lo supe, pero ahora la reconozco.
-No sé qué decir.
-Te quiero, ¿por qué no me dejas que te quiera? No pido nada, solo tu presencia. -Umberto permaneció callado-. ¿Puedo seguir viéndote? Con las condiciones que tú digas, no me importa.
-Si te sigo viendo no podré dejarte.
-Abrázame.
-No puedo.
-Te necesito.
-No te quiero mentir.
-¿Nunca me has querido? -Las lágrimas llenaban su rostro, Umberto bajó la cabeza-. ¡¿Todo es mentira?! -gritó llorando desconsoladamente.
-Por favor, Elodie -dijo mirando alrededor-, hay mucha gente mirándonos.
-¡¡Y qué me importa...!! -dijo liberándose de su educación.
-Por favor, no quiero hacerte daño -dijo mientras miraba nervioso a su alrededor.
-¡No, ya sé que no quieres, pero no lo vas a poder evitar!
-Lo debemos olvidar.
-¡¡Olvídalo tú si quieres!! -dijo gritando, reprochándole airadamente sus palabras.
-Lo siento, no puedo vivir así.
-¡¿Cómo?! -Miró a un lado y a otro, buscaba una respuesta a lo que no comprendía.
-¡Oh, no! ¡¡Dios!!
-Te necesito. -Se acercaba, intentaba recuperarlo.
-Elodie, ¡no!
-Por favor.
-¡No!
-Te estoy suplicando.
-No, no volverá a ocurrir.
Umberto estaba muy serio, se le veía seguro. Había llegado a una conclusión definitiva y ella lo percibió.
Elodie dio un paso atrás. Se sentía herida como nunca, abandonada, humillada. También eso era nuevo para ella, en su familia la habían inundado constantemente de todo lo contrario. El impulso le vino de lo más hondo de su ser.
¨¡Plas!¨.
La bofetada no pudo ser más sonora. Golpeó a Umberto en el centro de la mejilla y le volteó la cara, el pelo se la tapó. Estaba sorprendido, no se la esperaba ni la había visto venir.
No pensó en Elodie. Solo sintió un golpe y cuando su cara se detuvo, desde ahí tomó impulso la respuesta. Su mano, su cuerpo, se volvió con una fuerza tremenda posiblemente contenida desde que murió su padre, desde que sintió la humillación a la que vio sometida a su madre, de la que él fue consciente y no pudo responder porque era un niño ya lleno de miedo... Y sin mirar, descargó toda esa furia sobre Elodie.
¨¡Plas!¨.
Sonó más dura y seca que la de ella. La tiró al suelo. Incluso él mismo se sorprendió, jamás había dado un golpe a nadie, no sabía la fuerza que tenía.
Las gentes siempre con prisa de Manhattan por fin se detuvieron, por unos segundos contemplaron a uno y a otro.
-¡Oh, Dios! ¡Perdona! -dijo Umberto una vez que fue consciente de lo que había hecho mientras se acercaba inclinándose para ayudarla a levantarse.
-¡No me toques! -Creyó ella que debió decir, porque ni se había escuchado del dolor y de lo que le zumbaba el oído.
A medida que se incorporaba Elodie iba despertando de su sueño. Sin embargo, la realidad que se había producido en medio de una acera también le pareció otro sueño.
Las lágrimas de desamor y dolor continuaron cayendo por sus mejillas. Las necesitaba.
-¡No me volverás a ver jamás!
Huyó sin volver la vista atrás. Umberto pensó que tampoco se conocía, sobre todo cuando escuchó los insultos que algunas personas proferían. Se referían a él.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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