lunes, 31 de agosto de 2015

EL FLORECIMIENTO DE LA CONCIENCIA HUMANA.


EVOCACIÓN

  La Tierra, hace ciento catorce millones de años, una mañana poco después de amanecer; la primera flor que ha aparecido en el planeta se abre para recibir los rayos de sol. Antes de este histórico acontecimiento que anuncia una transformación evolutiva en la vida de las plantas, el planeta ya ha estado cubierto de vegetación durante millones de años. Probablemente, aquella primera flor no sobrevivió mucho tiempo, y las flores seguirían siendo fenómenos raros y aislados, ya que las condiciones todavía no debían de ser favorables para una floración generalizada. Pero un día se alcanzó un umbral crítico y, de pronto, hubo una explosión de colores y aromas por todo el planeta... si hubiera habido allí una conciencia capaz de percibirla.
Mucho tiempo después, esos seres delicados y fragantes que llamamos flores iban a desempeñar un papel esencial en la evolución de la conciencia en otra especie. Los humanos se iban a sentir cada vez más atraídos y fascinados por ellas. A medida que se desarrollaba la conciencia de los seres humanos, es muy probable que las flores fueran la primera cosa que valoraron sin que tuviera un propósito utilitario para ellos; es decir, sin estar relacionada en modo alguno con la supervivencia. Sirvieron de inspiración a incontables artistas, poetas y místicos. Jesús nos dice que nos fijemos en las flores y aprendamos de ellas a vivir. Se dice que Buda dio una vez un ¨sermón silencioso¨, levantando una flor y mirándola. Al cabo de un rato, uno de los presentes, un monje llamado Mahakasyapa, empezó a sonreír. Dicen que fue el único que comprendió el sermón. Según la leyenda, aquella sonrisa (es decir, aquella comprensión) fue transmitida por veintiocho maestros y, muchos después, dio origen al zen.
La belleza de una flor podía despertar a los humanos, aunque fuera brevemente, a la belleza que forma parte esencial de su ser más íntimo, de su verdadera naturaleza. El primer reconocimiento de la belleza fue uno de los hechos más importantes en la evolución de la conciencia humana. Los sentimientos de alegría y amor están intrínsecamente relacionados con ese reconocimiento. Sin que nos diéramos plena cuenta de ello, las flores se iban a convertir para nosotros en una expresión de lo más elevado, lo más sagrado y, en última instancia, lo que no tiene forma que hay dentro de nosotros. Las flores, más efímeras, más etéreas y más delicadas que las plantas de las que brotan, iban a ser mensajeros de otro reino, un puente entre el mundo de las formas físicas y el de lo que no tiene forma. No solo tenían un aroma delicado y agradable para los humanos, sino que además aportaban una fragancia del reino del espíritu. Utilizando las palabras ¨iluminación¨ en un sentido más amplio que el aceptado normalmente, podríamos considerar que las flores son la iluminación de las plantas.
Se puede decir que cualquier forma de vida, en cualquiera de los reinos -mineral, vegetal, animal o humano-, puede experimentar la ¨iluminación¨. No obstante, es un fenómeno extremadamente raro, ya que es más que un progreso evolutivo; implica también una discontinuidad en el desarrollo, un salto a nivel de existencia totalmente diferente y, lo que es más importante, una disminución de la materialidad.
¿Qué podría ser más pesado e impenetrable que una roca, la más densa de todas las formas? Y, sin embargo, algunas rocas experimentan un cambio en su estructura molecular, se convierten en cristales y de este modo se vuelven transparentes a la luz. Algunos carbones, sometidos a calor y presión inconcebibles, se convierten en diamantes, y algunos minerales pesados se transforman en piedras preciosas.
Casi todos los reptiles que se arrastran, las criaturas más pegadas a la tierra, han permanecido sin cambios durante millones de años. Pero otros desarrollaron plumas y alas y se transformaron en aves, desafiando a la fuerza de la gravedad que los había tenido sometidos durante tanto tiempo. No aprendieron a reptar mejor o a caminar, sino que trascendieron por completo el reptar y el caminar.
Desde tiempos inmemoriales, las flores, los cristales, las piedras preciosas y las aves han tenido un significado especial para el espíritu humano. Como todas las formas de vida, son, por supuesto, manifestaciones temporales de la Vida única subyacente, de la Conciencia única. Su significado especial y la razón de que los humanos sientan tal fascinación y afinidad por ellas se pueden atribuir a su condición etérea.
En cuanto hay cierto grado de Presencia en las percepciones de los seres humanos, de atención quieta y alerta, estos pueden sentir la divina esencia de la vida, la conciencia o espíritu que vive dentro de cada criatura, de toda forma de vida, y reconocerla como la misma cosa que su propia esencia, y por lo tanto amarla como a sí mismo. Pero, hasta que esto sucede, la mayoría de los humanos solo ve las formas exteriores, sin ser conscientes de su propia esencia y solo se identifican con su forma física y psicológica.
Sin embargo, en el caso de una flor, un cristal, una piedra preciosa o un pájaro, hasta una persona con poca o ninguna Presencia puede sentir de vez en cuando que ahí hay algo más que la mera existencia física de esa forma, sin saber que esa es la razón por la que se siente atraído, por la que siente una afinidad con esa forma. Debido a su naturaleza etérea, su forma oculta el espíritu que vive dentro en menor medida que en el caso de otras formas de vida. La excepción son todas las formas de vida recién nacidas; bebés, cachorros, gatitos, corderitos, etc. Son frágiles, delicados, todavía no están firmemente establecidos en la materialidad. A través de ellos brilla una inocencia, una dulzura y belleza que no son de este mundo. Gustan hasta a los humanos relativamente insensibles.
Así pues, cuando estás alerta y contemplas una flor, un cristal o un pájaro sin nombrarlo mentalmente, se convierte en una ventana para ver lo que no tiene forma. Hay una apertura interior, por pequeña que sea, el reino del espíritu. Por eso estas tres formas de vida ¨iluminadas¨ han desempeñado un papel tan importante en la evolución de la conciencia humana desde los tiempos más antiguos; por eso, por ejemplo, la joya de la flor de loto es un símbolo central del budismo, y un ave blanca, la paloma, representa el Espíritu Santo del cristianismo. Han estado preparando el terreno para el profundo cambio de la conciencia planetaria que está destinado a producirse en la especie humana. Este es el despertar espiritual que estamos empezando a presenciar ahora.

ECKHART TOLLE.

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