miércoles, 5 de agosto de 2015

EL DESCUBRIMIENTO DE CASTILLA.


  En 1907 aparece, como se ha dicho, la edición refundida de Soledades. Pero es también el año en que se produce otro acontecimiento fundamental en la vida del poeta; su traslado a Soria como catedrático de Francés del Instituto General y Técnico de esta localidad, tras haber ganado la correspondiente oposición. Aunque Machado sólo poseía el grado de bachiller, se acogió a la Ley de Instrucción Pública de 1857, que eximía de la necesidad de poseer un título universitario a los profesores de lenguas vivas y de dibujo. En mayo de 1907 efectuó el poeta un breve viaje a Soria para tomar posesión de su cátedra, y en septiembre se instaló en la ciudad.
El traslado a Soria favorece un descubrimiento -en realidad, tardío- de -Castilla que aproxima la mirada de Machado a otras visiones anteriores de hombres del 98 como Unamuno. Azorín o Baroja. La poesía machadiana experimentará en el nuevo entorno cambios perceptibles. Desaparecen los parques solitarios. Las fuentes de mármol, los cipresales y, en general, la escenografía de estirpe libresca que dominaba los libros anteriores; el espacio poético se puebla de chopos, olmos, caminos pedregosos, margaritas, cigüeñas, sierras calvas... La naturaleza soriana -un paisaje ahora vivo, nada libresco invade los versos de estos años. Y brota en muchos poemas una inquietud social, una preocupación por el porvenir de España (¨la malherida España, de Carnaval vestida¨) que se vuelca en la denuncia de un estado de parálisis y atraso, lleno de vicios y miserias seculares.


Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,
esclava de los siete pecados capitales


y dominado por la envidia y por la ¨sombra de Caín¨.
No hay duda de que esta faceta de Machado, deudora del espíritu regeneracionista de Lucas Mallada y de Joaquín Costa tanto como en la mirada dolorida y admonitoria de Baroja o de Azorín, se manifiesta palmariamente en muchos de los poemas escritos en Soria, que darán origen al libro Campos de Castilla (1912). Pero acaso esta visión de la nueva obra resulte un tanto parcial e impida comprender su pleno sentido desde una perspectiva global de la poesía de Machado. Porque Campos de Castilla supone un avance, pero no una ruptura con respecto a Soledades y a su versión refundida de 1907. Lo cierto es que el tema central no varía esencialmente. Las primeras contemplaciones hondas de Castilla traen el recuerdo de pasadas guerras, de un tiempo ya muerto que ha dejado su huella en esos


atónitos palurdos sin danzas ni canciones
que aún van, abandonando el mortecino hogar,
como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar,


esto es, hacia una muerte insoslayable, según la conocida imagen. La pupila se fija en muros agrietados, en ¨decrépitas ciudades¨, en ¨rostros (…) enfermos¨, en una ¨Castilla de la muerte¨, recobrando una vez más el viejo símbolo:


¿Y el viejo romancero
fue el sueño de un juglar junto a tu orilla?
¿Acaso como tú y por siempre, Duero,
irá corriendo hacia la mar Castilla?


La muerte adquiere ahora tintes especialmente dramáticos en más de una ocasión. En el poema Un criminal se habla del ex seminarista parricida; el largo romance La tierra de Alvargonzález desarrolla un asunto análogo; se recuerda en varios lugares la historia de Caín y Abel. El ciclo de Campos de Castilla -es decir, los poemas añadidos al libro en ediciones posteriores- incluye, además, las composiciones dedicadas a la muerte de don Francisco Giner de los Ríos y a la de Rubén Darío. Existe, por otra parte, un suceso vital en la biografía de Machado que galvaniza el tema y le proporciona una especial consistencia. Es inevitable detenerse en este suceso, que marca un ¨antes¨y un ¨después¨en la poesía de Antonio Machado.

RICARDO SENABRE SEMPERE.

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