viernes, 24 de julio de 2015

UN LUGAR SEGURO PARA EL PESCADO.


  El invierno pasó, y las dos ancianas pudieron dedicar más tiempo a la caza. Celebraban banquetes con las pequeñas ardillas que saltaban de árbol en árbol y las bandadas de perdices que parecían estar por todas partes.
Con los días calurosos de primavera llegó el momento de cazar ratas almizcladas. Las mujeres habían aprendido hacía mucho tiempo la habilidad y la paciencia necesarias para ello. En primer lugar tenían que confeccionar redes y trampas especiales.
Doblaron una rama de sauce en forma de aro y ataron con firmeza sus extremos. Entretejieron finas tiras de cuero de alce dentro de los armazones para formar redes toscas pero resistentes. Luego, un día de sol, salieron en busca del túnel de las ratas almizcleras.
Después de caminar durante mucho tiempo, llegaron a un conjunto de lagos donde encontraron rastros de estos animales. Eligieron un lago en el que se podían distinguir los pequeños terrones negros que constituían sus guaridas y que aún sobresalían sobre el hielo que se derretía. Una vez localizado el túnel, las dos ancianas señalizaron cada extremo del sendero subterráneo con un palo. Si el palo se movía significaba que una rata pasaba por el túnel, y cuando salía por el extremo opuesto una de las mujeres la atrapaba con su red y terminaba con su vida dándole un golpe seco en la cabeza. El primer día las mujeres cazaron diez piezas, pero quedaron tan extenuadas por la tensión que suponía tener que doblarse y permanecer a la espera en esa posición, que la caminata hacia el campamento se les hizo eterna.
Los día de primavera les dejaban poco tiempo para charlar o reflexionar sobre el pasado porque estaban demasiado atareadas cazando ratas almizcleras y algunos castores, y ahumándolos para su conservación. Tenían tanto quehacer que apenas les quedaba tiempo para comer, y por las noches enseguida caían profundamente dormidas. Cuando consideraron que habían cazado bastantes ratas almizcleras y castores, aparejaron sus bártulos y volvieron al campamento principal.
Sin embargo las mujeres seguían sintiéndose vulnerables. La zona rebosaba de vida animal y creían que con el tiempo aparecería otra gente. Lo más probable es que fueran de los suyos, pero desde que habían sido abandonadas aquel frío día de invierno, se sentían indefensas ante la generación más joven que había traicionado su confianza para siempre. Ahora, el recelo las había vuelto precavidas ante lo que podría pasar si alguien las encontraba y descubría sus cada vez mayores provisiones. Discutieron sobre lo que debían hacer, y acordaron que sería mejor irse hacia un lugar menos confortable, un lugar que a nadie le apeteciera explorar, un lugar, por ejemplo, en que los grandes enjambres de insectos propios del verano resultaran insoportables.
A las mujeres no les gustaba la idea de tener que vérselas con los innumerables mosquitos sedientos de sangre que les esperaban entre los arbustos y sauces, pero el miedo a los humanos era aún mayor. Así que recogieron todas sus pertenencias e iniciaron los preparativos para trasladarse hacia su escondite. De día trabajaban durante las horas de mayor calor, cuando los mosquitos parecían esconderse, y al caer la noche se sentaban al humo de la hoguera para protegerse. Tardaron días en trasladar el campamento, pero por fin se detuvieron cerca del arroyo y lanzaron una última mirada, deseosas de que el viento barriera cualquier indicio de su paso.
Antes del traslado, las mujeres habían arrancado grandes cantidades de corteza de abedul y ahora se daban cuenta de su error. Aunque tenían la costumbre de coger trozos de corteza procedentes de árboles muy distanciados uno del otro, ningún ojo alerta pasaría por alto ese detalle. Pero ya no había remedio, y con resignación abandonaron el campamento en busca de un lugar menos agradable en la espesura.
Las dos ancianas pasaron los últimos días de primavera tratando de hacer más habitable su nuevo campamento. Levantaron unos refugios ocultos entre los sauces, bajo las sombras de los altos abetos, en lo más profundo del bosque. Después descubrieron un lugar fresco donde cavaron un agujero hondo que recubrieron con ramas de sauce. Allí guardaron una buena reserva de carne seca para el verano. También colocaron unas cuantas trampas encima para ahuyentar a cualquier depredador de fino olfato. Estaban rodeadas de mosquitos y, mientras trabajaban, utilizaban viejos métodos de protección para evitar que las acribillaran. Se engancharon borlas de cuero alrededor de la cara y por toda la ropa para evitar las picaduras de los insectos. Cuando eso parecía no ser suficiente, las mujeres se embadurnaban con grasa de rata almizclera para repeler aquella plaga de insectos voladores. Entretanto, trazaron un sendero escondido hacia el arroyo, donde recogían agua, y ya a punto de llegar el verano, montaron las trampas de pescar. Una vez preparadas las trampas, la obtención del pescado no presentaba ningún problema. Tuvieron que trasladar el campamento más cerca del arroyo para no retrasarse en las tareas de cortar y secar. Al cabo de los días, un oso empezó a alimentarse del pescado que las mujeres habían guardado. Eso las preocupó, pero pronto llegaron a un inusitado acuerdo con el oso; depositaban las entrañas de los peces lejos del campamento, donde el voraz animal podía tranquilamente tomarse todo el tiempo que le diera la gana para saborearlas.
Muy pronto, el sol ya se recortaba, frío y naranja, en el horizonte del atardecer, y ellas supieron que el verano se terminaba. Para alegría de las mujeres, por esa misma época era cuando el salmón empezaba a abrirse camino para remontar el arroyo y depositar las huevas. Por lo tanto, durante un corto período tuvieron trabajo con la carne rojiza del pescado. El oso desapareció de la zona, pero las mujeres siguieron depositando las tripas junto al arroyo, bastante más abajo de su campamento. Si el oso no se las comía, los inevitables cuervos las devorarían en un santiamén. Las mujeres comían de manera frugal, y conservaban parte de los intestinos de los peces por razones diversas. Por ejemplo, los intestinos del salmón se aprovechaban para guardar agua, y trabajaban la piel para hacer bolsas en las que almacenaban el pescado seco. Estas tareas las tenían tan ocupadas que se levantaban a primera hora de la mañana y no se acostaban hasta muy entrada la noche; de esta forma, casi sin darse cuenta, el breve verano ártico llegó a su fin y apareció el otoño.
Con el cambio de estación, las mujeres dejaron de pescar y acarrearon sus bien surtidas provisiones al campamento escondido. Allí se encontraron con un nuevo problema. Habían recogido tanto pescado que no tenían dónde almacenarlo, y con el invierno ya cerca habría un sinfín de pequeños animales en busca de comida invernal. Finalmente, fabricaron pequeñas despensas para el pescado, y debajo de ellas colocaron haces de espinas y maleza para disuadir a los animales de aproximarse. Bien fuera porque el método funcionó, o porque tuvieron suerte, el caso es que los animales no se acercaron a las despensas.
A lo lejos, y por detrás del campamento, había una colina baja que las mujeres no habían tenido tiempo de explorar. Un día, cuando la caza estival había terminado, Sa' se preguntó qué sorpresas las aguardarían en la colina o en sus alrededores. Un día se decidió y, armada con lanza, el arco y las flechas que ella y su amiga habían hecho, anunció que iría a hacer un reconocimiento de la colina. A Ch'idzigyaak no le gustó la idea, pero sabía que no podía disuadir a su amiga.
-Mantén el fuego encendido y la lanza cerca de ti y estarás a salvo -dijo Sa', mientras Ch'idzigyaak meneaba la cabeza con aire de reproche.
Para Sa' era un día de ocio. Se sentía ligera por primera vez en muchos años y, como una niña, se aferraba a esa sensación con avidez. Era un hermoso día. Las hojas se iban tiñendo de un dorado brillante, el aire era fresco y limpio y a Sa' casi le entraron ganas de brincar. Desde lejos no parecía una anciana porque se la veía ágil y enérgica. Cuando llegó a la cima, soltó una exclamación de sorpresa. Ante ella se extendían inmensos macizos de arándanos. Se puso de rodillas y empezó a coger puñados del pequeño fruto rojo y a llenarse la boca con él. Mientras devoraba aquel delicioso manjar un movimiento en la maleza cercana la hizo estremecerse.
Poco a poco se obligó a mirar hacia el lugar de donde venía el ruido, imaginándose lo peor. Se tranquilizó cuando vio que era un alce macho. Entonces recordó que en esa época del año un alce macho podía ser el más peligroso entre los animales de cuatro patas. Por lo general tímido, durante la época de celo el alce no tiene miedo del hombre ni de nada que se mueva o se interponga en su camino.
El animal se quedó quieto durante un largo rato. Parecía tan sorprendido e indeciso ante la pequeña mujer como lo estaba ella ante él. Mientras su pulso volvía poco a poco a la normalidad, Sa' imaginó el delicioso sabor que la carne de alce tendría durante el largo invierno que las esperaba. En un impulso irrefrenable, echó mano a su carcaj para coger una flecha y colocarla en el arco. El alce enderezó las orejas al oír el movimiento, luego se dio la vuelta y echó a correr en dirección opuesta, al tiempo que la flecha caía, inofensiva, en el suelo blando.
Tentando a la suerte, Sa' no se rindió. No podía correr tanto como cuando era joven, pero renqueando más que corriendo avanzó en persecución del animal. Un alce siempre es más rápido que un humano, a menos que haya mucha nieve. Pero en un día sin nieve como aquél, el alce corría a toda velocidad y aventajaba en un buen trecho a Sa', quien apenas veía sus enormes cuartos traseros desaparecer detrás de los arbustos mientras trataba de recuperar el aliento. El alce se detuvo muchas veces; daba la impresión de estar jugando con Sa', y cada vez que ella estaba a punto de alcanzarle, echaba a correr de nuevo. Normalmente un alce se alejaría lo más posible de un depredador, pero ese día el alce no tenía muchas ganas de correr, ni se sentía amenazado, así que la anciana no lo perdía de vista. Era obstinada y no quería darse por vencida, aunque sabía que no tenía nada que hacer. Al final de la tarde, el alce parecía cansado del juego mientras la miraba por el rabillo de sus ojos redondos y oscuros; luego levantó una oreja y comenzó a correr más rápido. Sólo entonces Sa' admitió su derrota y miró con desaliento el arbusto vacío. Lentamente emprendió el camino de regreso mientras se repetía a sí misma una y otra vez: ¨Si hubiera tenido cuarenta años menos podría haberlo seguido¨.
Era ya muy tarde cuando Sa' llego al campamento, donde su amiga permanecía expectante junto a la hoguera. Cuando Sa', cansada, se dejó caer sobre un montón de ramas de abeto, Ch'idzigyaak no pudo evitar soltarle:
-Creo que hoy me he echado unos cuantos años encima por lo preocupada que me has tenido.
A pesar del reproche que había en su voz, Ch'idzigyaak se sentía muy aliviada de que nada malo le hubiera ocurrido a Sa'.
Como sabía que se había portado tontamente, Sa' comprendió lo mal que lo había pasado su amiga y se sintió avergonzada. Ch'idzigyaak le pasó una taza con pescado caliente y Sa' lo comió despacio. Cuando hubo recobrado las fuerzas, Sa' le contó a Ch'idzigyaak lo que había hecho durante el día. Ch'idzigyaak sonrió al imaginarse a su amiga corriendo tras un alce macho de largas patas, pero su sonrisa no fue demasiado amplia porque no solía reírse de los demás. Sa' se sentía agradecida por ello, y al recordar los arándanos, le contó a su amiga el gran hallazgo y las dos se animaron.
Sa' tardó unos días en recuperarse de su aventura con el alce, así que las dos ancianas se quedaron sentadas confeccionando grandes cestos con corteza de abedul. Luego volvieron a la colina y recogieron todos los arándanos que pudieron. Para entonces el otoño ya había llegado, y por las noches refrescaba, lo que hizo recordar a las mujeres que tenían que almacenar leña para el invierno.
Apilaron la leña en montones altos alrededor de la despensa y el refugio, y cuando ya no quedaba ni una sola rama en torno al campamento, se adentraron profundamente en el bosque para recoger más haces de leña, que transportaron sobre sus espaldas. La tarea se prolongó hasta que empezaron a caer los primeros copos de nieve, y un día al despertarse encontraron la tierra cubierta por un manto blanco. Ahora que se acercaba el invierno, las mujeres pasaban más tiempo en su refugio, junto a la cálida hoguera. Sus días transcurrían más tranquilos porque estaban preparadas.
Las ancianas se adaptaron pronto a la rutina diaria de recoger leña, mirar las trampas para los conejos y derretir nieve para obtener agua. Por las tardes se sentaban junto a la hoguera, y se hacían compañía mutuamente. Durante los meses anteriores habían estado demasiado ocupadas como para pensar en lo que les había ocurrido, y si aquellos recuerdos cruzaban su mente, trataban de alejarlos. Pero ahora, que ya no tenían otra cosa que hacer por las tardes, aquellos tristes pensamientos volvían a ellas hasta que casi dejaron de hablar y únicamente contemplaban, pensativas, la pequeña hoguera. Era tabú pensar en los que las habían condenado a una muerte segura, pero aquellos pensamientos traidores no las abandonaban.
La oscuridad se prolongó y la tierra se detuvo y se tornó silenciosa. Les costó mucho llenar aquellos largos días. Hicieron muchos artículos de piel de conejo; manoplas, gorros y pasamontañas. Pero a pesar de ello, sentían que una gran soledad se cernía lentamente sobre ellas.

VELMA WALLIS.

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