sábado, 4 de julio de 2015

SOPLA EL FUEGO DOCTOR WYER.


Josep Wyer miró por la ventana; vio blanco el mundo, su mundo de ahora, las escarpaduras, los picachos desafiantes, las lomas donde la piedra se remansaba, el mohedal montuno, los recios retamares resistentes; y arriba, apelotonándose en lo gris, las nubes, que se deshilachaban, desplazándose al empuje del zarzagán. La nieve, terca, hacía unas horas que había dejado de caer, tras no haberse dado tregua durante días y noches; la nieve del Pirineo, sosegada y señora.
Josep Wyer miró ahora sus manos; pulcras, delgadas, surcadas de venillas azules que se dibujaban, nítidas, bajo la finísima piel; sus manos prodigiosamente hábiles, que parecían separarse de él, independizarse, cuando tomaban razón y vida bajo la fría luz de los quirófanos. Era como si hubiese pasado mucho tiempo, como si se tratase de otra existencia, transcurrida en lugares distantes, ajenos, de algún ignorado continente. Lo que fuera su cada día, la clínica, la sala de operaciones, la bata estéril, la mascarilla facial, los instrumentos, los colegas, las enfermeras, los cuerpos desnudos, propicios al rito -incidir, disecar, separar, ligar, extirpar, coser...-, lo que fuera su devoción, nuca su rutina, lo que fuera también su gloria pequeña- las demostraciones, las conferencias, los congresos, las entrevistas...-, adoración en los humildes, pleitesía en los poderosos, eran ahora silencio y soledad y apartamiento. Desde que se retirara a su refugio, que él se hiciera construir para un después que suponía más lejano, Josep Wyer había visto desfilar, al otro lado de su ventana, numerosas estaciones; y se había echado a recorrer, secreto, sus altas tierras catalanas, a sorprender el otoño en la arboleda de Senet, llameante de oro viejo, o las vacas de lentos cencerros en los valles de la Cerdanya, al fondo los cerros nevados, o la propia nieve en Tregurá, pesando sobre la madera y el adobe, ateriendo las aguas del Ter, o la primavera en el requerío casi malva de Borén, con las flores amarillas adentrándose en el fluir del Noguera Pallaresa... La Cataluña hermosa, retraída y eterna.
-¡Mira!
La voz de su esposa, que leía junto al fuego, sacó a Josep Wyer de su rememorar. La contempló, encendida y esbelta, los verdes ojos chispeando de alegría, como una colegiala con premio.
-¡Mira, Josep, lo que dice aquí!
-¿Quién?
-Lawrence.
-¿Otra vez la Lady?
-No, Es un cuento: ¨La media blanca¨. Su protagonista se llama casi como yo: Elsie. Bueno, su nombre es más bonito que el mío.
-Para mí, no. Prefiero Elisa.
La mujer clavó sus pupilas en las del hombre, y calló un instante. Luego, recobró su tono festivo:
-Elsie está contenta porque le han regalado unos pendientes...
-¿Es una indirecta?
-No, no... -protestó, sonriendo, Elisa-. Además, no es su marido quien se los regala.
-Ya está Lawrence haciendo de las suyas.
-Qué va... Bueno, pues Elsie, mientras su marido sopla el fuego sobre el que está la tetera, canta:

Doctor Wyer, sopla el fuego,
¡puf, puf, puf!

-Caramba, ese doctor debe ser un antepasado mío.
-No presumas de inglés, Josep; tú no eres más que un catalán cerrado.
-Abierto, muchacha.
Josep Wyer se sentó en la butaca próxima a la chimenea y Elisa se arrebujó a sus pies. Tenía esa costumbre, como él la de llamarla muchacha. Josep Wyer, viudo, sin hijos, se había enamorado de ella cuando, recién licenciada en medicina, solicitó verle y entrevistarle para una publicación especializada. Fue cuestión de pocos meses. Él la doblaba en años, pero se compenetraron perfectamente. Josep Wyer era consciente de que no hubiera soportado su retirada y su alejamiento, si ella no hubiese estado, desde el principio, a su lado.
-De manera que quieres que sople el fuego, ¿no?
La mujer no contestó. Apoyada la cabeza en las rodillas del hombre, miraba fijamente el mágico zigzaguear de las llamas. Josep Wyer acarició con suavidad su melena. Dijo:

Tengo una parte aquí de tus cabellos,
Elisa...

-Tú y tus poetas españoles- murmuró ella, y oprimió sus rodillas.
-Tú y tus novelistas extranjeros- sonrió él, y tironeó levemente de su pelo.
Entonces alguien golpeó la puerta, con timidez primero, luego con fuerza, nerviosamente. Josep Wyer se irguió, sobresaltado. Atardecía, y la nieve tenía cerrados los caminos, los intrincados alcorces que conducían hasta el refugio. Instintivamente, miró hacia el rifle que colgaba de la pared, pero se dirigió hacia la puerta y abrió. Un rebufo de viento helado entró en la caldeada estancia, como el brazo de un espectro de paño. A la luz de las ascuas, Josep Wyer reconoció al hombre que se desembozaba; era Joan Prats, el panadero de la aldehuela más próxima a aquel rincón serrano.
-¿Qué sucede, Joan?
El recién llegado no podía hablar, jadeaba, entre la emoción y el cansancio; tiritaba.
-Mi hijo -pronunció al fin.
-¿Qué le pasa a tu hijo? -preguntó Josep Wyer, mientras obligaba al hombre a sentarse.
-Se está muriendo, doctor. Se está muriendo.
-El doctor soy yo, no tú. Así que no digas eso.
-Está muy mal.
-Dime qué tiene.
Habló el hombrón de fuertes dolores de vientre, de vómitos, de escalofríos, de fiebre alta.
-Pero es su cara, doctor. Parece otro.
Josep Wyer miró a su mujer, que permanecía silenciosa.
-Voy a ir, Elisa.
-Yo, también.
-No es necesario. Los caminos están intransitables. Trae mi maletín -La mujer subió despacio la escalera y no tardó en bajar, envuelta en un grueso abrigo, otro al brazo. Portaba, además del maletín, una gran maleta.
-¿Qué es eso?
-Puedes necesitarlo, Josep.
Josep Wyer miró a su esposa de una manera distinta. Sus ojos se enfriaron de repente, volviéndose duros, hondos. La mujer pareció no percatarse de ello. Repitió:
-Puedes necesitarlo.
Y dirigiéndose al visitante, preguntó:
-Joan, ¿trae usted cabalgadura?
-Sí, he traído el caballo.
-Átele bien estas cosas. Debemos marcharnos ya.
Josep Wyer se puso el abrigo en silencio, y salió. Desde que llegara al refugio no había abierto aquella maleta, en la que yacía enterrado el portentoso cirujano que fue. Porque, un día, aquellas manos casi milagrosas, aquellos dedos diestros, rápidos, que asombraban a tantos, se negaron a responder. Perdiendo su firmeza, su equilibrio; en instantes cruciales, se habían puesto a temblar, a fallar, y Josep Wyer había tenido que ceder su sitio a su ayudante y retirarse de la mesa de operaciones, alegando un mareo, una indisposición. No tardó en abandonar. Por un lado, su orgullo de maestro, por otro, su conciencia profesional, su temor de no estar a la altura de lo que cada paciente le exigía, apresuraron su decisión. Aseguró que necesitaba un descanso, que quería escribir sus experiencias, transmitir a más gente sus conocimientos; y se cobijó en su nido roquero. Sus íntimos intuyeron la verdadera razón de su marcha, que él sólo reveló a su mujer. Con el reposo vino la serenidad, no la confianza. Si Elisa se atrevía a sugerirle su retorno, aduciendo que la madurez no era la senilidad, él cambiaba de tema, se irritaba, se encerraba en una obstinada mudez. Hasta esa noche.
Nadie habló durante el trayecto, lento y dificultoso. Al llegar a las primeras casas, les salió al paso una mujer, enlutada, cetrina.
-¡Joan!
-Calma. Traigo al doctor.
La mujer se acercó, tomó la mano derecha de Josep Wyer y la besó. Retrocedió éste, como picado de aguijón.
-Bueno, vamos adentro, farfulló.
El mozo estaba allí, encogido, demacrado, gimiendo. En verdad, parecía otro, la sombra de aquel varón, todo fortaleza, que pocas fechas antes, cuando la tormenta amenazaba con aislar aldea y refugio, les había acercado el aprovisionamiento necesario para aguardar sin inquietud el tiempo favorable. Josep Wyer ordenó a todos que salieran, y exploró cuidadosamente al enfermo. Alzó la cabeza, y vio a Elisa a su lado, impasible.
-Peritonitis. Está muy grave.
-Lo suponía.
Dijo apenas la mujer.
No sabemos con exactitud qué tiempo ha transcurrido, pero si la sepsis y la infección peritoneal siguen un...
-Opera, Josep.
-¿Qué dices, muchacha?
-Que no busques razones para engañarte a ti mismo. Sabes que debes operar, y sin demora.
-Elisa, yo...
-Josep, tú eres un maestro, un mago.
-Era.
La mujer dio la vuelta y salió de la habitación. La oyó decir, con voz firme:
-Pongan agua a hervir. Traigan cuantas luces puedan.
El doctor va a operar.
Josep Wyer miró sus manos. Las colocó sobre el borde de la cama y apretó con fuerza, dominándose para no gritar, para no decir que era él quien debía dar las órdenes, decidir cada cosa; para asegurar que no habría operación, que el doctor era incapaz de abrir aquel abdomen, de atajar aquel mal. Pero Elisa entraba ya con la maleta y sacaba de ella cuanto era necesario, cuanto le devolvía al otro, al que se resistía a recuperar, quizá prudentemente, quizá cobardemente. Buscó al padre.
-Joan, tu hijo está muy grave. Y los medios con que aquí cuento son muy limitados. Pero no queda otro remedio que intentarlo.
-Hágalo, doctor, y que Dios disponga.
Josep Wyer vió las lágrimas en los ojos de aquel gigante, pero no pensó en ello; pensó en que no le había dicho lo primero que acudiera a sus labios; su torpeza, su desconfianza, sus largos meses alejado de los quirófanos, su miedo.
Pero ¿lo tenía? Comprendió pronto que no. En cuanto Elisa le puso la bata, le alargó los guantes.
-Soy un poco menos experta que tú, pero haré lo que pueda, sonrió ella. Y añadió:
-Sopla el fuego, doctor Wyer.
-No hay fuego en esta habitación, replicó él, mirando en torno.
-Pero dentro de ti, sí, Josep. El tuyo.
Josep Wyer se vio en sus ojos verdes; y supo que era el mismo de ayer, pero transformado, crecido, nuevo. Dijo:
-Elisa, vida mía...
Ella susurró:
-¿Otra vez Garcilaso?
Y él, sin desprenderse de sus ojos:
-Ahora, no, muchacha. Ahora, no.

CARLOS MURCIANO.

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