domingo, 19 de julio de 2015

LEONOR: MUERTE Y RESURRECCIÓN.



  A los pocos mese de encontrarse en Soria, Machado se había trasladado a la pensión regentada por doña Isabel Cuevas, donde conoció a la hija de ésta. Leonor Izquierdo Cuevas, con la que contrajo matrimonio año y medio más tarde, el 30 de julio de 1909. 20 años de diferencia separaban a la jovencísima Leonor del poeta. En enero de 1911, Machado, que ha conseguido una beca para ampliar estudios de Filología francesa, viaja de nuevo a Paris, esta vez acompañado por su esposa. Allí asiste el poeta a los cursos de Joseph Bédier -el gran investigador de la épica francesa medieval- y a las conferencias filosóficas de Henri Bergson en el Collège de France. El 14 de julio se presentan los primeros síntomas alarmantes de la grave enfermedad pulmonar que aqueja a Leonor. En septiembre, el matrimonio tiene que volver a España. Para ello, Machado pide ayuda a Rubén Darío, que se halla en Paris:

Leonor se encuentra algo mejorada y los médicos me ordenan que me la lleve a España, huyendo del clima que juzgan para ella mortal. Así pues, yo he renunciado a mi pensión y me han concedido permiso para regresar a mi cátedra; pero los gastos de viaje no me los abonan hasta el próximo mes en España. He aquí mi conflicto. ¿Podría V. adelantarme 250 o 300 francos que yo le pagaría a V. a mi llegada a Soria?

Una vez en Soria, Machado alquila una casa con jardín, con la esperanza de que el aire puro de las colinas sorianas devuelva la salud a la joven esposa. Pero todo es inútil; el 1 de agosto de 1912 muere Leonor; un mes antes ha aparecido en las librerías Campos de Castilla. Machado se siente profundamente abatido. En sus versos resurge el motivo del mar como símbolo de muerte:

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Ya estamos solos, Señor, mi corazón y el mar.

Sólo es posible conjeturar el efecto que las muertes de familiares cercanos produjeron en el Machado adolescente. Conocemos muy bien, en cambio, la repercusión de la muerte de Leonor en el ánimo del poeta. Poseemos cartas y testimonios de distinta índole acerca de esta cuestión, y poseemos, sobre todo, la poesía de Machado, marcada por este suceso penosísimo, con el que la vida parece haber imitado finalmente el arte. La obsesión mortuoria, que en los poemas juveniles podría tal vez atribuierse a estímulos y modelos puramente literarios, se afirma ahora en una experiencia personal; el sujeto lírico será a partir de ahora el mismo sujeto biográfico, y la poesía de Machado se hará más agudamente confesional. Pero el tema nuclear no varía esencialmente. Recuérdense, por ejemplo, unos versos de Campos de Soria en que el sujeto contempla cómo los chopos pierden sus hojas, que se precipitan a la corriente, uniéndose de este modo al movimiento de las cosas hacia la nada:

Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.

Dejando aparte otros aspectos, esas iniciales no son sino testimonios de amores muertos, pasados, simples variantes expresivas de los epitafios grabados en las lápidas sepulcrales con el fin de perpetuar en vano lo perecedero.

Pero, si la contemplación del campo castellano transforma muchos componentes seleccionados del paisaje en indicios mortuorios, no es menos cierto que el tema básico de la muerte, definitivamente incorporado a la propia situación afectiva, desarrolla otro que parece ser su complemento natural; el de la resurrección. De igual modo que el otoño soriano suscita imágenes de acabamiento y finitud, la visión del florecimiento primaveral se asocia a la resurrección de lo muerto y se convierte en un símbolo esperanzador. El motivo tiene también, además, un trasfondo literario; la historia de Perséfone, narrada en el himno homérico a Deméter -que Machado recrea ampliamente en un poema-, según la cual Perséfone, recluida por Hades en el infierno, retorna cada primavera a la tierra para que con su vuelta germinen los campos. En torno a la enfermedad y la muerte de Leonor, el tema de la resurrección primaveral alcanza en la poesía de Machado una extraordinaria densidad. En la primavera de 1912, y abrumado por los progresos de la terrible dolencia de Leonor, Machado sitúa al sujeto lírico ante un olmo seco, condenado a perecer:

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

Evidentemente, esto parece un milagro, del tronco herido de muerte brota la vida por efecto de la primavera. Y la reflexión subsiguiente es casi inevitable:

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

Ese ¨otro milagro¨es, claro está, la curación de Leonor, frágil ¨tronco¨ herido por el rayo de la enfermedad. El poema A un olmo seco, que recoge unos cuantos motivos de una oda de Ronsard -poeta del renacimiento francés al que Machado glosó en más de una ocasión es, sin embargo, algo radicalmente distinto, gracias a la subordinación de esos motivos a un tema central que determina su sentido. A partir de ahora, la poesía de Machado será, en buena medida, una suma de variaciones en torno al conflicto entre la muerte cierta yla resurrección soñada. Del espíritu conturbado del poeta da fe una carta a Unamuno en la que Machado escribe:

Mi mujer era una criatura angelical segada por la muerte cruelmente (…) Mientras luché a su lado contra lo irremediable me sostenía mi conciencia de sufrir mucho más que ella, pues ella, al fin, no pensó nunca en morirse y su enfermedad no era dolorosa. En fin, vive en mí más que nunca y algunas veces creo firmemente que la he de recobrar.

Un estado de ánimo semejante tenía que repercutir en la lírica de estos años; y así es, en efecto; el recuerdo de Leonor surge una y otra vez. En el soneto Primaveral, compuesto hacia 1916 y reescrito en 1924, los indicios paisajísticos de la primavera convierten en algo casi tangible el deseado retorno de la esposa muerta:


¿Y ese perfume del habar al viento?
¿Y esa primavera blanca margarita?
¿Tú me acompañas? En mi mano siento
doble latido; el corazón me grita,
Que en las sienes me asorda el pensamiento;
eres tú quien florece y resucita.


La contemplación del renacer del paisaje induce al poeta por un instante a sentir junto a él la presencia física de la esposa. El contenido fúnebre, un tanto abstracto aún, de Soledades se carga en estos poemas in morte de Leonor de un radical dramatismo, porque la resurrección soñada es tan sólo un deseo tradicional, y la muerte impone su dura realidad.
Así ocurre con una de las cimas de Machado; el poema A José María Palacio, escrito desde Baeza el 29 de marzo de 1913 como una carta dirigida al amigo soriano.
Lejos de Soria, el poeta pregunta si han aparecido ya los primeros signos primaverales; las hojas verdes en los chopos, las amapolas, las margaritas... Los elementos del paisaje evocado van concentrando sentidos simbólicos ya configurados en el sistema expresivo machadiano. Ante la pregunta ¨¿Tienen los viejos olmos/algunas hojas nuevas?¨, es inevitable recordar el ¨olmo viejo, hendido por el rayo¨ y lo que éste significó en el poema escrito el año anterior. La interrogación acerca de la presencia de ¨zarzas florecillas/ entre las grises peñas¨ implica que, gracias a la primavera, de los agudos espinos brota una flor, y por ello el motivo de la zarza florecida se convierte en imagen de la deseada resurrección de la esposa, ¨flor¨ blanca -pura- enterrada en el cementerio soriano del Espino.
Todos los rasgos paisajísticos incorporados al poema van sometiéndose al tema mortuorio, hasta concluir con una pregunta que, más que en otras ocasiones, requiere la lectura ¨al sesgo¨: ¨Palacio, buen amigo,/ ¿tienen ya ruiseñores las riberas?¨. Si las ramas de los chopos que cubren las riberas se han poblado de ruiseñores, éstos han iniciado su tradicional diálogo amoroso de una orilla a otra. Y súbitamente la noción implícita del río trae al texto, una vez más, el antiguo sentido mítico de frontera entre la vida y la muerte. Así Machado pregunta por el diálogo de los ruiseñores de orilla a orilla porque, en el fondo, se pregunta -aunque ocultándolo- si la primavera no facilitará también el diálogo con la esposa, situada en la otra ¨orilla¨ del tiempo. La convicción de que tal comunicación es ya imposible provoca el ruego dirigido al amigo, que cierra la composición.


Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra.


La muerte hace imposible todo diálogo y sólo cabe la muda ofrenda simbólica de los mensajes florales en el cementerio soriano, en ¨alto Espino¨.

RICARDO SENABRE SEMPERE.

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