lunes, 20 de julio de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.


XXXVII

    -Señor.
-¡Oh, Dios!
Se llevó las manos a los ojos. Notó dolor por todo el cuerpo.
Su empleado echó un breve vistazo, era evidente que había dormido en el sofá y bebido más de la cuenta. Le observó analizando su estado mientras Enrico Cacciatore se incorporaba.
-Su secretaria aún no ha llegado, ¿quiere un café?
-Sí, se lo agradecería.
-En cinco minutos lo tiene aquí -dijo el Director Financiero abandonando rápido el despacho.
Delante del espejo estiró la piel de sus pómulos. Sus ojos azules se mostraban cansados y soñolientos, no recordaba casi nada, solo que bebió hasta que no pudo más. Ni así había conseguido ahogar sus penas ni dar compañía a su soledad; pero lo peor no fue eso, sino la seguridad de que su futuro sería ese; una soledad infinita, una vida sin sentido.
El cepillo eléctrico estuvo sonando durante tres minutos. Repasó despacio cada uno de sus dientes. Cuando finalizó, la boca la tenía limpia, pero un sabor nauseabundo le venía de dentro. Volvió a llenar las cerdas con dentífrico, sacó la lengua y se la cepilló también. Las cosquillas le hicieron despertar un poco y se sorprendió viéndose sonriendo. Finalmente cogió un colutorio y se dio dos buenos enjuagues que le hicieron cambiar el recuerdo de sabor aún persistente por otro más aséptico.
El agua fría también le reconfortó, tanto que se desnudó de cintura para arriba y comenzó a echársela por el rostro, pecho, axilas y cuello. Manchaba el pantalón, pero cada vez que le llegaba el frío mojando su cuerpo pequeño reaccionaba haciéndole sentir cada vez mejor.
¨Es lo que hay, pero todavía tengo que dar mucha guerra¨, pensó mientras adquiría fuerzas por momentos y se daba ánimos a sí mismo.
Sonrió. Se volcó sobre la encimera y acercó el rostro todo lo que pudo al espejo, volvió a estirar la piel, a mirar sus ojos, de su físico era lo único que le complacía. Entre las gotas que llenaban el espejo, una de ellas resbaló arrastrando a las que encontró en el camino haciendo el río más grande, las siguió con la vista. Volvió a sonreír y volvió la mirada a sus ojos, y vio algo que le resultó familiar en un recuerdo. ¡Flash!, cara infantil. Los vio. Su gesto cambió a sorpresa e incredulidad. Se asustó. Se puso derecho, tenso, firme. Miró nervioso a un lado y a otro de la encimera sin ver, solo concentrado en volver a ver su recuerdo.
¨¡Los ojos del niño! ¡¡¡Los ojos del hijo de Violeta!!!¨.
-¡¡No puede ser!! -dijo hablando solo-. ¡¡¡No puede ser!!! ¡¡¡¡No puede ser!!!!
Salió del cuarto de baño sorprendido, desconfiado y lleno de alegría a la vez.
¨Pero va a ser¨.
-Señor, su café.
La voz del Director Financiero vino de atrás. La imagen que vio de su jefe le impresionó más que cuando lo había encontrado unos minutos antes durmiendo en el sofá. Parecía un animal enjaulado caminando de un lado a otro, nervioso y sin parar.
-Señor, al café ya le he echado azúcar. También le he traído unos cruasanes y mantequilla.
No dijo nada. Bebió, comió y devoró sin reparar en ello mientras el Director Financiero entraba en el cuarto de baño para acercarle una toalla.
-¡Qué lista es! ¡¡Es capaz de engañar a todos!!
Su empleado estaba acostumbrado a oír y callar, también a recordar. Por fin reparó más en la toalla que en su empleado. La cogió y se secó con rapidez y energía.
-¡Tráeme aquí al mejor detective que exista en esta ciudad! ¡¡¡Lo necesito ya!!!
-No se preocupe, señor.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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