miércoles, 8 de julio de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.

XXXIV

  -Papá, un hijo se tiene que parecer a sus padres, ¿no?
-Por lo general, sí.
-¿Y si no se parece a ninguno de los dos?
Umberto lo miró intentando trasmitirle tranquilidad, sabía que era una preocupación que tenía su hijo, y esta volvía.
-Suele ocurrir que, cuando pasan los años, termina pareciéndose, al menos a uno de ellos, a no ser que sea adoptado.
-¿Yo no soy adoptado, verdad?
-Esa pregunta ya me la hiciste hace tiempo.
-¿Pero yo no soy adoptado, no?
-No. -Umberto no pudo evitar aumentar su gesto alegre.
Paolo vio su sinceridad, se sintió aliviado, como cuando buscó en Internet el tamaño del pene y leyó que aún era pronto para que le creciera.
-Entonces... ¿por qué tengo yo los ojos azules?
-Paolo, el ser humano va evolucionando, influye mucho el medioambiente, la alimentación. No olvides que tú naciste aquí, con un clima muy distinto al de Italia, cualquier influencia ha podido hacer que tus ojos sean azules.
-¿Y no debería ser más alto con mi edad? Tú eres muy alto.
-No te preocupes, ya crecerás -le dijo comprensivo, no quiso recordarle que la madre era más bien baja.
-Papá... -Se detuvo, dudó si debía decirle lo que estaba a punto de comentarle un segundo antes.
-¿Sí?
Paolo vio a su padre tranquilo y eso influyó a que se decidiera.
-He soñado que tenía un hijo, pero no se me parecía en nada.
Umberto se quedó sorprendido.
-Pero el niño lo tendría una chica, ¿no?
-¡Sí, claro! -Reía mientras se empinaba para golpearle el hombro, no llegó y lo hizo en el brazo, la pequeña broma la había sorprendido.
-¡Ah!, me había preocupado.
-No, papá, en serio. Si tu ves a tu hijo y tiene la cara de otra persona, otro hombre, es normal que no le quieras, ¿no?
-Claro, es que piensas que no eres su padre.
-Pero... ¿lo debería de querer?
-Primero tendrías que aclarar con la chica de tus sueños si ese niño esx tu hijo o si el padre es otro, ¿no te parece?
-¿Y si ella te dice que es tu hijo?
-Tienes dos opciones, creerla o no.
-¿Y cómo sabré yo si me dice la verdad o me está mintiendo?
-Hay un análisis que...
-¡No...! Eso ya lo sé, yo te pregunto cómo saberlo sin hacer las pruebas de ADN.
-Bueno, pienso que lo debes de saber hablando con ella. Ten en cuenta que..., ¿se supone que vives con ella?
-Sí.
-Entonces la debes de conocer bien..., debéis de haber decidido juntos tener ese hijo.
-¿Vosotros decidisteis tenerme a mí?
-Sí, claro.
-¿Y quién lo propuso, mamá o tú?
-Tu madre, yo estuve de acuerdo, siempre estoy de acuerdo con ella, es muy inteligente.
-Es que esta noche he tenido un sueño, de otro que tendré en el futuro y que tiene relación con otros que se me ha repetido varias veces.
-¿Un sueño sobre otro sueño?
-Sí.
-¡Oh!, qué lío, ¿no?
-Pues eso es, un sueño sobre otro sueño que tendré en el futuro, y... no comprendo nada.
-¿Y sobre qué iba el sueño?
-Tenía un hijo que era como un mono.
-¡¿Qué...?! ¡¿Un niño mono?! -Umberto se reía como pocas veces lo había visto Paolo.
-¡Calla...! -Pero él tampoco podía evitar la risa, sobre todo cuando recordó al niño de sus sueños, las grandes orejas, los ojos enormes, redondos, con brillo, y el vello pelirojo en contraste con el pañal blanco que le tenían puesto.
-¿Qué tenías, un hijo que se parecía a un mono? ¡Pues menos mal que era un sueño!
-Además era muy feo.
-Por primera vez en mi vida me he planteado que un día seré abuelo y no me ha gustado la idea.
-Bueno, ¿te puedo contar el sueño que he tenido esta noche o no?
-Sí, venga.
-Veía cómo se formaba el universo hace miles de millones de años, después cómo se concentraba la materia creando la Tierra, estaba incandescente, los cometas chocaban contra la superficie trayendo el agua, la vida, enfriándola, convirtiéndola en el planeta azul, y me vi aquí, en nuestro apartamento, con mamá y contigo, uno a cada lado, pero el aire era rojizo como el color qué tenía al principio la Tierra. Todo ese aire sucio se concentró en mamá dejándonos a nosotros un aire limpio, puro y sano, con el que podíamos vivir. En un segundo, mamá se vio envuelta en una llamarada que la hizo desaparecer de inmediato. Entonces sentí mucho miedo.
-Es normal, hijo.
-Pero no fue porque la llamarada se llevara a mamá, la devolvía a la tierra, de donde procedemos, es lo normal. Eso ya lo sabía yo, era como si la tierra la hubiera dejado estar un rato a nuestro lado y después, claro, tenía que volver. Yo lo aceptaba porque tenía que ser así. Sentí miedo porque la puerta de entrada a nuestra casa estaba abierta, y detrás no se veía nada, había una oscuridad perfecta.
-El universo.
-No era una puerta al universo, allí había una presencia.
-¿Una persona?
-Sí.
-¿Y quería algo?
-Sí.
-¿El qué?
-Quería matarte.
Umberto reparó en que Paolo estaba muy serio.
¨Se está creyendo el sueño¨. Reaccionó rápido.
-Paolo, no puedes creer que un sueño te pueda predecir el futuro.
-El futuro no, el porvenir, lo que está por venir, el futuro siempre es futuro, nunca se alcanza.
Umberto escuchó el razonamiento del hijo, era claro, lo que no terminó de comprender era que a su edad estuviera pensando en esas cosas, esos detalles; y esto unido al sueño que le había contado... Se preocupó.
Paolo, no debes pensar en esos temas, ya tendrás tiempo.
-Tal vez solo haya un momento en la vida de una persona en el que se una todo, el pasado, el presente, el porvenir y el futuro; es en el momento de la muerte.
Umberto estaba extrañado, parecía como si no estuviera hablando el pequeño Di Rossi, sino otra persona. La voz sonaba muy grave, casi desconocida. Entonces no pudo evitar recordar aquel suceso tan importante de su vida, el asesinato traicionero y a sangre fría de su padre.
¨Es posible que tenga razón, hay alguien que no hizo en su día bien su trabajo y aún esté pensando que debió matarme cuando pudo. Puede estar esperándome a que llegue para hacerle pagar su crimen... y el error de no acabar conmigo, ese hombre aún puede estar deseando mi muerte¨.
Paolo miraba a su padre pensativo.
¨Ahora no puedes pararte a pensar en eso, reaccionó Umberto¨.
-¿Matarme a mí? ¿Qué le he hecho yo?
-No lo sé, papá, ¿no lo sabes tú?
-No. -El pequeño Di Rossi lo miró de una forma que Umberto interpretó como de duda sobre si le estaba diciendo la verdad-. ¿Qué apariencia tiene ese hombre?
-No lo sé, ya te he dicho que noté la presencia, pero no lo vi, aunque...
-¿Sí?
-Sin verlo, es como si lo conociera.
-¿Sí, por qué?
-No lo sé, pero es como si me resultara familiar, hay algo que sé que voy a reconocer en él.
-¿Sí?
-Sí.
-¿Sabes el qué?
-No sé..., creo que los ojos.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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