miércoles, 15 de julio de 2015

CANTE HONDO.

XIV
                Yo meditaba absorto, devanando
los hijos del hastío y la tristeza,
cuando llegó a mi oído,
por la ventana de mi estancia, abierta
a una caliente noche de verano,
el plañir de una copla soñolienta,
quebrada por los trémolos sombríos
de las músicas magas de mi tierra.
... Y era el Amor, como una roja llama...
-Nerviosa mano en la vibrante cuerda
ponía un largo suspirar de oro
que se trocaba en surtidor de estrellas-.
... Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,
el paso largo, torva y esquelética.
-Tal cuando yo era niño la soñaba-.
la brusca mano, al golpear fingía
el reposar de un ataúd en tierra.
Y era un plañido solitario el soplo
que el polvo barre y la ceniza avienta.


XV


La calle en sombra. Ocultan los altos caserones
el sol que muere; hay ecos de luz en los balcones.
   ¿No ves, en el encanto del mirador florido,
el óvalo rosado de un rostro conocido?
   La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo,
surge o se apaga como daguerrotipo viejo.
   Suena en la calle sólo el ruido de tu paso;
se extinguen lentamente los ecos del ocaso.
   ¡Oh, angustia! Pesa y dulce el corazón... ¿Es
                                                                 [ella?
No puede ser... Camina... En el azul la estrella.


XVI


Siempre fugitiva y siempre
cerca de mí, en negro manto
mal cubierto el desdeñoso
gesto de tu rostro pálido.
No sé adónde vas, ni dónde
tu virgen belleza tálamo
busca en la noche. No sé
qué sueños cierran tus párpados,
ni de quien haya entreabierto
tu lecho inhospitalario.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Detén el paso, belleza
esquiva, detén el paso.
   Besar quisiera la amarga,
amarga flor de tus labios.

ANTONIO MACHADO.



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