sábado, 27 de junio de 2015

LOS HÚNGAROS.

     Míralos, Platero, tirados en todo su largor, como tieden los perros cansados el mismo rabo, en el sol de la acera.


  La muchacha, estatua de fango, derramada su abundancia desnudez de cobre entre el desorden de sus andrajos de lanas granas y verdes, arranca la hierbaza seca a que sus manos, negras como el fondo de un puchero, alcanzan. La chiquilla, pelos toda, pinta en la pared, con cisco, alegorías obscenas. El chiquillo se orina en su barriga como una fuente en su taza, llorando por gusto. El hombre y el mono se rascan, aquél la greña, murmurando, y este las costillas, como si tocase una gruitarra.

  De vez en cuando, el hombre se incorpora, se levanta luego, se va al centro de la calle y golpea con indolente fuerza el pandero, mirando a un balcón. La muchacha, pateada por el chiquillo, canta, mientras jura, desgarradamente, una desentonada monotonía. Y el mono, cuya cadena pesa más que él, fuera de punto, sin razón, da una vuelta de campana y luego se pone a buscar entre los chinos de la cunetauno más blando.
   
  Las tres... El coche de la estación se va, calle Nueva arriba. El sol, solo.

   -Ahí tienes, Platero, el ideal de familia de Amaro... Un hombre como un roble, que se rasca; una mujer, como una parra, que se echa; dos chiquillos, ella y él, para seguir la raza, y un mono, pequeño y débil como el mundo que les da de comer a todos, cogiéndose las pulgas...

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ.

    

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