viernes, 26 de junio de 2015

LIBERTAD.

  Llamó mi atención, perdida por las flores de la veredad, un pajarillo lleno de luz que sobre el húmedo prado verde, abría sin cesar su preso vuelo policromado. Nos acercamos despacio, yo delante, Platero detrás. Había por allí un bebedero umbrío, y unos muchachos traidores le tenían puesta una red a los pájaros.

  El triste reclamillo se levantaba hasta su pena, llamando, sin querer, a sus hermanos del cielo.

  La mañana era clara, pura, traspasada de azul. Caía del pinar vecino un leve concierto de trinos exaltados, que venía y se alejaba, sin irse, en el manso y áureo viento marero que ondulaba las copas. ¡Pobre concierto inocente, tan cerca del mal corazón!

  Monté en Platero, y, obligándolo con las piernas, subimos, en un agudo trote, al pinar. En llegando bajo la sombría cúpula frondosa, batí palmas, canté grité. Platero, contagiado, rebuznaba una vez y otra, rudamente. Y los ecos respondían, hondos y sonoros, como en el fondo de un gran pozo. Los pájaros se fueron a otro pinar, cantando.

  Platero, entre las lejanas maldiciones de los chiquillos violentos, rozaba su cabezota peluda contra mi corazón, dándome las gracias, hasta lastimarme el pecho.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ.



   

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