miércoles, 3 de junio de 2015

LAS VIEJAS HABILIDADES.

TRES

Aquel día las mujeres volvieron atrás en el tiempo y recordaron las habilidades y conocimientos que les habían enseñado desde su más tierna infancia.
Comenzaron por hacer raquetas para andar sobre la nieve. Por lo general la madera de abedul se recogía a finales de primavera y principios de verano, pero ahora tendrían que arreglárselas con abedules jóvenes. Naturalmente, carecían de las herramientas necesarias, pero con las que tenían consiguieron partir las maderas en cuatro varas, que después hirvieron en grandes vasijas de abedul. Cuando la madera se hubo ablandado, las mujeres doblaron las varas y ataron los dos extremos. Una vez hecho esto, se esforzaron en taladrar numerosos agujeritos a ambos lados con sus pequeñas leznas de coser puntiaguadas. Fue un trabajo duro pero, a pesar del dolor en los dedos, las mujeres continuaron hasta que finalizaron la tarea. Antes habían puesto el babiche a remojo y ahora, ya ablandado, lo cortaron en finas tiras y lo entretejieron sobre las raquetas. Mientras el babiche se endurecía con la ayuda del calor del fuego, las mujeres prepararon las ataduras de piel para las raquetas.
Al terminar sonrieron, rebosantes de orgullo. Luego, con sus rudimentarias pero útiles raquetas, caminaron sobre la nieve hasta las trampas para inspeccionarlas, y su alegría fue aún mayor al encontrar un conejo atrapado en una de ellas. El hecho de que sólo unos días antes el Pueblo hubiera intentado infructuosamente cazar conejos en la zona, les hizo sentir una fe casi supersticiosa en su buena suerte. Volvieron al campamento contentas por lo que habían conseguido.
Aquella noche las ancianas hicieron planes. Estuvieron de acuerdo en que no podían quedarse en el campamento de otoño, donde habían sido abandonadas, ya que no había animales suficientes para sobrevivir durante el largo invierno. También temían ser descubiertas por algún enemigo. Otro grupos nómadas viajaban, incluso en el duro invierno, y las mujeres no querían exponerse a un peligro como ése. Incluso empezaban a temer a su propia gente porque ya no confiaban en ellos. Así que decidieron marcharse ante el miedo de que la gente cometira actos atroces para sobrevivir el duro invierno; recordaban historias prohibidas, transmitidas de generación en generación, sobre aquellos que se habían convertido en caníbales para no morir. Sentadas en el refugio, pensaban donde podían ir. De repente Ch´idzgyaak exclamó:
-¡Conozco un sitio!
-¿Dónde? - preguntó Sa´excitada.
-¿Recuerdas el lugar donde pescábamos hace mucho tiempo? Aquel arroyo donde había tantos peces que tuvimos que buscar escondrijos especiales para que se secasen.
La mujer más joven buscó en su memoria durante un momento y un vago recuerdo del lugar le vino a la mente.
-Sí, ya lo recuerdo. Pero ¿por qué nunca volvimos? -preguntó.
Ch´idzgyaak se encogió de hombros. Tampoco ella lo sabía:
-A lo mejor el Pueblo olvidó que existía -aventuró.
Fuera cual fuera la razón, las dos mujeres decidieron que era un buen lugar a donde ir y, puesto que estaba muy lejos, debían emprender el viaje enseguida. Las dos deseaban alejarse lo antes posible de aquel lugar lleno de malos recuerdos.
A la mañana siguiente recogieron sus pertenencias. Las pieles de caribú tenían muchos usos, y aquel día sirvieron como trineos de tiro. Quitaron las dos pieles de su marco de madera y las extendieron sobre la nieve con el pelaje hacia abajo. Colocaron ordenadamente sus posesiones encima de las pieles y con largas tiras de babiche las ataron con fuerza. Delante de cada trineo sujetaron unas largas cuerdas de cuero de piel de alce trenzadas y se las ataron alrededor de la cintura. Con las pieles de caribú que se deslizaban con suavidad, y con las raquetas que facilitaban el trayecto, las mujeres emprendieron el largo viaje.
La temperatura había bajado y el aire frío les quemaba los ojos. Una y otra vez tenían que calentarse el rostro con las manos desnudas, y enjuagarse continuamente las lágrimas de los ojos irritados. Pero las pieles que las cubrían mantuvieron sus cuerpos calientes a pesar del intenso frío.
Las mujeres caminaron hasta muy entrada la noche. Aunque no avanzaron mucho, estaban exhaustas y se sentían como si hubieran estado caminando una eternidad. Decidieron acampar, así que cavaron profundas fosas en la nieve y las llenaron con ramas de abeto. Luego encendieron una pequeña hoguera, volvieron a hervir la carne de ardilla y bebieron el caldo. Estaban tan agotadas que se quedaron dormidas enseguida. Esa noche ni gimotearon ni se movieron, sino que durmieron silenciosa y profundamente.
La mañana llegó y las dos mujeres se despertaron al intenso frío bajo la bóveda estrellada del cielo. Pero cuando intentaron salir de las fosas, sus cuerpos se negaron a moverse. Se miraron mutuamente a los ojos y comprendieron que habían forzado sus cuerpos más allá de lo que les permitía su resistencia. Por fin, la más joven y decidida, Sa´, consiguió salir. Pero el dolor era tan intenso que soltó un profundo quejido. Ch´idzigyyak, segura de que le iba a pasar lo mismo, se quedó quieta un rato, intentando reunir el valor suficiente para aguantar el dolor. Al fin, dolorosa y lentamente, también ella salió de la fosa de nieve, y las dos se pusieron a caminar renqueando por el campamento para aflojar los miembros rígidos. Después de masticar la carne de ardilla que quedaba, emprendieron de nuevo su viaje, arrastrando despacio los cargados trineos.
Siempre recordarían aquel día como el más largo y el más duro de su nueva vida. Caminaban a duras penas, aturdidas, desplomándose a menudo en la nieve por el agotamiento y la avanzada edad. A pesar de todo siguieron adelante, casi desesperadas, conscientes de que cada paso les acercaba más a su meta.
La lejana luz del sol que aparecía momentáneamente cada día se asomó vagamente entre la niebla helada que flotaba en el aire. De vez en cuando se vislumbraban retazos de cielo azul, pero la mayor parte del tiempo lo único que veían las mujeres era su propio aliento glacial arremolinándose frente a ellas. Debían evitar que sus pulmones se helaran, así que procuraban limitar sus esfuerzos, y si eso no era posible se cubrían la cara para protegerse del aire frío. Eso les causaba otras molestias irritantes como la escarcha acumulada donde las protecciones rozaban sus caras. Sin embargo, las mujeres hacían caso omiso de esas incomodidades, poca cosa en comparación con el dolor de los miembros, la rigidez de las articulaciones y los pies hinchados. A veces hasta sus pesados trineos parecían cumplir un propósito al evitar que las ancianas cayeran de bruces mientras los arrastraban con las cuerdas atadas al pecho.
A medida que las pocas horas de luz huían, sus ojos se adaptaban a la oscuridad que empezaba a envolverlas. Pero sabían que la noche aún no había llegado y debían seguir caminando. Cuando fue la hora de acampar, las mujeres se hallaban junto a un gran lago. Al ver el contorno de los árboles en la orilla creyeron más sensato hacer su campamento en el bosque. Pero estaban tan agotadas que no fueron capaces de seguir. Volvieron a cavar una profunda fosa en la nieve y después de acomodarse y taparse con las pieles, se durmieron enseguida. Las pieles y las gruesas vestiduras retenían el calor de sus cuerpos y las protegían del frío aire. La fosa de nieve era tan caliente como cualquier refugio sobre el suelo, así que las mujeres durmieron indiferentes a las bajas temperaturas que obligaban hasta a los animales más feroces del norte a buscar refugio.
Por la mañana, Sa´fue la primera en despertarse. El descanso y el frío habían despejado su cabeza considerablemente. Con una mueca asomó la cabeza por el agujero para echar un vistazo. Vio el perfil de los árboles a lo largo de la orilla y recordó que no habían podido cruzar al otro extremo del lago por el cansancio.
Se levantó con cuidado, pues no quería perturbar el sueño de su amiga y además cualquier movimiento brusco inmovilizaría su maltrecho cuerpo. Una sonrisa se dibujó en sus labios al pensar en que sólo unos días antes ella y su amiga se quejaban enérgica e insistentemente y en los bastones con que se ayudaban y que habían quedados olvidados en el campamento el día anterior. Mientras se estiraba perezosamente en el aire helado, tomó nota en su memoria de todo aquello para recordárselo a su amiga en el momento oportuno. Se reirían de los años en que habían utilizado aquellos bastones para caminar puesto que ahora, de una forma u otra, habían conseguido desplazarse durante kilómetros sin ellos. Sa´se puso las raquetas y empezó a andar para desentumecer sus articulaciones doloridas.
Desde la fosa de nieve, Ch´idzigyaak levantó la vista hacia su compañera más ágil que lentamente daba vueltas alrededor del refugio. Ella todavía se sentía cansada y desdichada, pero sabía que tenía que hacer lo que pudiera para mantenerse al lado de Sa´ en los momentos duros. Había vivido el tiempo suficiente como para saber que si ella se rendía, Sa´ también lo haría. Así que intentó moverse, pero el dolor atenazó su cuerpo y la hizo volver a echarse con un profundo suspiro.
Sa´ vio que Ch´idzigyaak tenía dificultades y estiró la mano para ayudarla a salir de la fosa. Juntas gruñeron esforzándose por moverse. Pronto pudieron andar de nuevo y se pusieron en marcha. Esta vez no se detuvieron hasta llegar a la orilla del lago. Allí encendieron una hoguera y, después de comer un poco de carne de conejo, que racionaban celosamente, volvieron a por los trineos y reanudaron el viaje.
Los lagos helados parecían no tener fin. El esfuerzo por cruzar entre los numerosos abetos, los sotos de sauces y los matorrales de espinos que había entre un lago y otro agotó tanto a las mujeres que tenían la sensación de haber recorrido muchos más kilómetros de los que en realidad habían andado. A pesar de que dieron muchos rodeos para sortear los múltiples obstáculos, nuca perdieron por completo el sentido de la orientación. A veces, la fatiga embotaba sus sentidos y perdían momentáneamente el rumbo o se encontrabandando vueltas en el mismo lugar, pero pronto volvían a encontrar la senda. En vano esperaron que el arroyo al que se dirigían apareciera ante ellas de pronto. Hubo momentos incluso en que alguna de las dos creyó haber llegado a su destino. Pero el frío intenso y los huesos doloridos las traía bruscamente de vuelta a la realidad.
La cuarta noche, las mujeres dieron, casi por casualidad, con el arroyo. A su alrededor, todo permanecía envuelto en la plateada luz de la luna. Las sombras se extendían por debajo de los árboles y sobre el arroyo. Las mujeres se detuvieron en la orilla unos momentos para descansar mientras admiraban la belleza de aquella noche singular. Sa´se maravillaba del poder que la tierra ejercía sobre la gente, sobre los animales e incluso sobre los árboles. Todos dependían de la tierra, y si no se obedecían sus reglas una muerte rápida e imprevisible se cernía sobre los imprudentes e indignos. Ch´idzigyaak miró a su amiga al oírla suspirar.
-¿Qué te pasa? -preguntó.
La cara de Sa´esbozó una sonrisa triste.
-No pasa nada, amiga mía. Después de todo, ya estamos en el buen camino. Pensaba en lo fácil que resultaba antes para mí vivir de la tierra, pero ahora parece no quererme. A lo mejor son sólo mis miembros doloridos los que hacen que me queje.
Ch´idzigyaak se rió.
-Tal vez es porque nuestros cuerpos son demasiado viejos, o porque no estamos en forma. Quizás algún día corretearemos nuevamente por esta tierra.
A Sa´le hizo gracia la broma.
Aquellas reflexiones tenían como único objetivo levantar el ánimo. Las mujeres sabían que su viaje no había terminado y que su lucha por la supervivencia seguía siendo difícil. Aunque la vejez las había debilitado, Ch´idzigyaak y Sa´sabían que tendrían que pagar un precio elevado con su duro trabajo antes de que la tierra les concediera una tregua. Las dos mujeres bajaron por el arroyo serpenteante hasta llegar a un gran río. Incluso en la época de mayor frío, la corriente silbante del río erosionaba el hielo, y hacia peligroso el caminar sobre sus aguas heladas. Las mujeres se dieron cuenta de ello mientras cruzaban lenta y cuidadosamente el tranquilo río, con los sentidos alerta a cualquier crujido o a cualquier indicio de vapor que asomara entre las grietas del hielo.
Cuando por fin llegaron al otro lado, estaban mental y físicamente exhaustas. Con las escasas energías que les quedaban, se dedicaron a la tarea de construir un nuevo refugio para pasar la noche.

VELMA WALLIS.

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