martes, 30 de junio de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.


XXXIII

La luz alargaba los días conforme avanzaba la primavera. Violeta y el pequeño Di Rossi salían del Museo de los niños de Manhattan. Caminaban hacia la Avenida Broadway, se dirigían a la librería que Barnes & Noble tenía haciendo esquina con la Calle 82 Oeste. Mientras cruzaban por el paso de peatones, a Violeta le llamó la atención la bella imagen de las margaritas blancas y amarillas que crecían en el seto central que separaba los sentidos de la circulación. Se sentía bastante mejor que unas semanas atrás. La imagen que estaba contemplando junto con la buena temperatura, y el hecho de que a su hijo le hubiera encantado la visita al Museo, hicieron que apareciera una pequeña sonrisa marcando los hoyuelos de su rostro.
El semáforo estaba en rojo, y Enrico Cacciatore acercó despacio su pie al freno cuando la vio cruzar.
¨¡Violeta!¨.
Sobresalto. Frenazo. El corazón desbocado y los latidos en las sienes se unieron. Su imagen de perfil lo estremeció, después se fijó en el pequeño que caminaba a su lado. Debía ser su hijo.
Se inclinó a la derecha observándola. Entraban en una librería. Nervioso, miró toda la línea de aparcamiento, no había un solo hueco.
¨Bueno, los Bentley también se pueden estropear¨.
No dudó, lo subió en parte sobre el seto central aplastando varios ramilletes de aquellas preciosas flores que habían estado esperando el buen tiempo para ser vistas en todo su esplendor, como él había admirado a Violeta unos segundos antes.
¨Está más bella que nunca¨.
Puso las luces de avería y cruzó, pero, nada más llegar a la acera, notó que estaba demasiado nervioso y agitado. Respiró profundamente, se quiso serenar, sin embargo su cuerpo se rebelaba. Se asustó, pensó que desde dentro ella le podía estar viendo, se sintió vulnerable como no recordaba. Nunca había experimentado esas sensaciones, a pesar de habérsela jugado varias veces en la vida. Después de firmar los dos primeros contratos con el Ejército se supo siempre ganador, pero lo que le estaba sucediendo en aquel momento...
¨¿Me está dando un infarto?¨.
Mentalmente buscó las sensaciones de su brazo izquierdo, nada. En su pecho notaba el latir desbocado de su corazón, opresión, le faltaba la respiración, pero no sentía dolor.
¨Te tienes que tranquilizar, así no la puedes ver, tal vez sea la última oportunidad¨.
Junto al paso de peatones estaban los dispensadores que contenían los distintos periódicos, una fila metálica de colores, amarillo, blanco, verde y naranja. Este multimillonario se fue tras ellos escondiéndose miedoso, como jamás había actuado.
¨No la puedes dejar escapar, la necesitas, ninguna otra mujer la puede sustituir¨.
Era tal el poder que ella tenía sobre él que aun teniendo todas las bazas a su favor, se sentía perdedor. Ya le hubiera gustado tener las cosas de esa manera cuando se había enfrentado a los competidores de su negocio. Y sin embargo, ella, desde su fragilidad y vulnerabilidad, podía con él solo con una mirada. La quería, la amaba, y se le había escapado de entre los dedos sin saber cómo ni por qué. Bueno, si lo sabía; porque había otro hombre antes que él, y mientras ella le pidió y se tomó un tiempo para diluir sus dudas, el azar jugó por primera vez en su contra, se quedó embarazada. Echó cuentas, pensó en la posibilidad de que fuera suyo, se lo dijo ilusionado, y ella rió, le contestó con seguridad que había tenido dos reglas desde su última vez... Desapareció, y le dio un hijo a ese hombre al que Enrico nunca quiso conocer ni saber nada de él, solo que era también italiano y profesor de Historia en la Universidad de Nueva York.
Se vio a sí mismo como un niño asustado de su amor. Él, que apenas tuvo infancia, que nunca supo lo que era la satisfacción de la espera. Solo esfuerzo continuado, siempre con un objetivo y un resultado casi inmediato que le había llevado a ocupar una de las cúspides que este mundo tiene reservado a unos pocos elegidos. El destello de las luces de avería del Bentley le hizo dudar como el que deshoja una margarita acercándose al final. Sí, no. Sí se marchaba desaprovechaba la última oportunidad, y a este italiano bajito nadie le regaló nada, tampoco desaprovechó nunca las ocasiones que se le presentaron.
Se llevó ambas manos a las mejillas y se dio cuenta de que ambas estaban frías. Que desagradable sensación. Pensó que su futuro iba a ser así, frío y en soledad. Se palmeó un par de veces, después ahuecó sus manos y sopló dándoles calor.
¨Tranquilo Enrico, tranquilo¨.
Se dirigió a la entradas de la librería más inseguro que nunca, solo esperaba que no se le notara demasiado.
Nada más traspasar la puerta de cristal la buscó y la encontró. El niño no estaba junto a ella. ¨Mejor¨, pensó.
-Hola. -La sonrisa pretendía ser natural, pero su gesto no tenía el aplomo de siempre.
-¡Ah, hola!
La sorpresa de Violeta fue inmensa; la respuesta, efusiva, como si de verdad se alegrara de verlo, pero era solo una cortina que escondía el pánico que acababa de inundarla. Extendió la mano mientras disimuladamente buscó dónde se encontraba Paolo. No lo vio.
-No sé por qué, pero no te hacía en un lugar como este. Violeta continuó con su sonrisa falsa, nerviosa.
-Pues ya ves.
-¿Qué buscas?
Enrico Cacciatore no supo qué responder, miró a un lado buscando una respuesta.
-Pues... ¿qué va a ser?, he venido a comprar una novela.
-Sí, cuál?
-Pues... -Dudó, entre un montón de libros apilados sobre una mesa, distinguió un título fácil y corto-.2055.
-¿2055, alguien está decidiendo tu futuro?
-Esa, he escuchado a varias personas hablar de ella y hay que estar al día, bueno, y también pensar un poco en el futuro, ¿no?
-Sí, claro.
-¿La has leído?
-Sí.
-¿Y me la recomiendas?
-Por supuesto, la leí dos veces porque sentí que algo se me escapaba la primera vez, y efectivamente, después descubrí gran cantidad de detalles que me habían pasado desapercibidos. Al principio los intuía, pero después..., busqué y encontré constantes segundas intenciones del autor, que tal vez eran las primeras, las que le llevó a escribir la novela.
-Entonces tal vez no me guste, yo prefiero las cosas claras y directas, una historia sencilla, con algo más de intriga que la vida diaria.
-Bueno, eso también lo tiene, aunque tal vez a mí me atrajera mucho el hecho de que la protagonista femenina es italiana.
-¿Del sur o del norte?
-¡Qué más da! Estamos en Manhattan, aquí no hay distinción, La Italia es La Italia. -Violeta hizo el gesto de apiñar los dedos.
-Tienes razón.
De alguna forma, al principio me identifiqué con ella, después... viene la vida, aciertos y errores. -Lo dijo sin pensar, pero nada más pronunciar las palabras cayó en que hasta en eso se parecía a la protagonista de esa novela.
Recordó la historia, no quería terminar como ella. Y más que eso, no quería fallarle a Umberto.
-Bien, te dejo.
Buscó a Paolo, lo vio, los estaba mirando muy serio.
-Perdona..., disculpa, tenemos otra conversación pendiente.
-No. -Ahora los nervios sí se le notaron.
-No me gustaría hacerte daño.
-He vendido mis acciones, en un mes la operación estará completada. Con algo más de tiempo quedaré completamente desvinculada. Si puedes esperar un poco..., te lo agradecería.
Lo miró a los ojos y Enrico Cacciatore percibió que no iba a tener con ella otra cosa que no fuera una conversación, creyó que intrascendente para ella e importante para él. Se fijó en su rostro, estaba muy guapa, había engordado algo, le sentaba muy bien.
No le quiso contestar y cambió de tema.
-¿Has cogido algo de peso, verdad?
Una luz especial apareció en su rostro.
-Y algo más que cogeré, estoy embarazada.
Adiós esperanza, si es que le quedaba alguna. La mirada se le fue instintivamente al vientre. No se le notaba nada, no supo qué decir, y volvió al tema que no quería.
-Bien..., cuenta con que esperaré hasta... -No fue capaz de pronunciar más palabras que le llevasen a decir lo que se dice en esos casos, ¨el feliz acontecimiento¨, o algo así, tampoco le quiso mentir diciendo ¨me alegro¨, o ¨enhorabuena¨; otra vez sintió aquel frío-. ¿De cuánto estás?
-Diez semanas.
Que te vaya todo muy bien.
Enrico Cacciatore aceptó los acontecimientos que lo dejaban fuera, ahora fue él quien extendió la mano.
-Cuídate mucho.
-Gracias.
Violeta le miró con comprensión, captó perfectamente cómo recibió su nuevo estado, lo aceptaba como algo definitivo.
Enrico Cacciatore estaba aturdido. Giró la cabeza y vio al hijo mirándolo directamente a los ojos, muy serio, parado en medio del pasillo entre estanterías llenas de libros, fue solo un segundo, su rostro le pareció familiar. De nuevo vio la imagen de Violeta feliz. Bajó la cabeza y se marchó.
Cuando llegó el pequeño Di Rossi hasta su madre ya había salido de la librería. Ella estaba pensativa.
-¿Quién es ese hombre, mamá?
-Solo un cliente de mi trabajo.
-¿Por qué dices solo?
Fue la única vez en su vida que no escuchó lo que le decía su hijo. Su mente estaba en otro lado.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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