martes, 16 de junio de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.


CAPÍTULO XXXI

Umberto y Elodie compenetraban sus cuerpos y sus mentes de manera perfecta. Él obtenía el máximo placer de ella, y Elodie se sentía satisfecha de dárselo sin pedir nada a cambio. Pensaba que era su misión, como la mujer ideal parecida a ella que vio pintada en los pergaminos del siglo V, su gran descubrimiento. Solo esos ratos de conversación y después de amor, que él se sintiera del todo satisfecho, con ella nada debía de importunarle. Estaba enamorada hasta tal punto de que era capaz de vivir solo para él.
En Umberto la atracción era más física. Le gustaba pegar el pecho a su espalda, abrazarla, adoptar su misma postura, acercar los labios a su nuca, sentir la perfección de su piel y el calor de su cuerpo. A partir de ahí evolucionaba hasta iniciar la relación sexual.
Cuando adoptaban la postura de los elegidos, Elodie gozaba imaginando la escena que contemplaba Umberto, la que se producía detrás. Percibía ese instante que a él tanto le excitaba, y sonreía con plena satisfacción levantando más su trasero para ofrecerle mejor su sexo, siempre estaba preparada. Después la presión del pubis sobre los talones de él. Sentía su respiración jadeante que contenía el deseo irreprimible. A veces le hacía un poco de daño, no le importaba, así se consideraba más suya.
Umberto se liberaba con ella. Juntos formaban una pareja que compartía la inocencia que toda persona lleva dentro en una armonía perfecta. Se contemplaban mutuamente para después pasar a una furia animal que les hacía sentirse libres de atacarse como desearan, según les apetecía en cada instante. El agotamiento, la relajación, de nuevo el equilibrio, palabras, risas, descanso y, al poco, estaban de nuevo desbocados llenos de pasión y locura. No querían que acabara nunca esa magia que solo aparecía en ellos cuando estaban juntos.
Y cuando todo terminaba, a la espalda de Umberto se cerraba la puerta. Delante aparecía la preocupación, tenía que recoger a Paolo. En esos momentos era cuando le asaltaba los pensamientos de estar fallándoles a su hijo y a Violeta, sentimientos de culpa, confusión, contradicción interior. Después veía al crío y comenzaba a sentirse mejor. Otros veinte minutos en el metro hasta el ático en el Upper West Side, apenas hablaban durante el recorrido, eso hacía que la preocupación se instalara de nuevo en su mente. Y algo de alivio diciéndose a sí mismo que lo que le ocurría le podía pasar a cualquiera, a Violeta mismo, no estamos anclados a un modelo único, a una sola categoría, que todas las personas tienen un poco de todo, depende de que la casualidad y las circunstancias personales de cada uno se pongan un poco de acuerdo para que la vida vaya por un camino u otro. El momento en el que estaba delante de la puerta con las llaves en la mano era especial y siempre de esperanza, deseaba que al otro lado estuviese Violeta. Se sentía un pecador con necesidad de confesarse. Pero ella nunca estaba, siempre trabajando o, como en aquel momento, paseando. Le hacía falta, decía que le daba tranquilidad.
En casa la paz interior volvía poco a poco, el sentimiento de culpa desaparecía, se iniciaba otra vida, una relación a la inversa de la que llevaba con Elodie, aquí la que decía era Violeta. Le terminaba de tranquilizar que, al fin y al cabo, él fuera un producto de ella, se consolaba pensando que no le estaba haciendo daño a ninguna de las dos, y se sentía bien con ambas. ¿A quién perjudicaba? Las necesitaba, eran complementarias, con cada una tenía una relación distinta, con unas reglas no escritas. Con Elodie no había preguntas de tipo personal, se dio cuenta en varias ocasiones cómo ella las aludía. Nunca le preguntó dónde vivía, tampoco le había dicho que se quedara a pasar la noche. Lo respetaba de una forma increíble, como pocos seres humanos han respetado a otros. Todo le parecía bien, ni una sola protesta, ni un solo reproche. Solo compartir conocimientos sobre pintura, historia, y después, una relación puramente física. Creía que recuperaba los años perdidos, sus días eran completos, desde primera hora cuando entraba en un aula para dar clase; por la tarde aparecía la otra parte animal de libertad total basada en los instintos; hasta la noche, en familia, con su único amor y más, dependencia emocional, lo socialmente correcto, la vida convencional llevada con cierta fortuna.
Umberto por primera vez en su existencia se sentía egoísta, pero sabía que no duraría mucho, estaba llegando el momento de decidir, y es que, recuperado el interés de Violeta por el sexo, entre sus dos mujeres estaba completamente agotado.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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