miércoles, 10 de junio de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.

CAPÍTULO XXIX

Umberto acababa de terminar su clase y fue a los servicios. Al poco tiempo sonó de nuevo la puerta de acceso, alguien entró mientras él terminaba, se puso paralelo, a un metro. No tuvo curiosidad por saber quién era.
-Me encanta cómo sacas el culito cuando te la guardas.
La voz y la entonación eran inconfundibles. Miró sorprendido.
-¡Pero qué dices!
El señor Heller lo estaba observando con una sonrisa lujuriosa como nunca le había visto antes hacia él.
-Es que te cogía y... -Levantaba la cabeza negando y pestañeando repetidamente, se mordía el labio inferior, pareció que por su mente pasaba la imagen de su deseo.
Fue un instante el que necesitó Umberto para acercarse por detrás, una reacción inmediata. Lo cogió con fuerza por la nuca y lo empujó contra la pared.
-¡¿Te has vuelto loco?!
-¡Ahhh...! -No lo esperaba, además de daño le costaba respirar.
-¡¿Eh?! ¡¿Cómo te atreves a hablarme así?! ¡¿Ehhh?!
El señor Heller no podía hablar, lo tenía aplastado por arriba y mojado por abajo.
-¡Por favoorrrrrr...! -consiguió decir.
Umberto volvió un poco en sí, lo soltó y se llevó una mano al pelo peinándolo hacia atrás.
-Ten cuidado -le dijo tenso, señalándolo con un dedo, para después girarse e ir a lavarse las manos. Lo miró a través del espejo.
-¡Tú no eres quien yo creía, una persona especial, sensible, fiel! Eres vulgar. ¡¿Qué crees, que no me he dado cuenta?!
-¡¿De qué estás hablando?!
-¡De que eres como la mayoría! Se te cae la baba por una mujer al mismo tiempo que vives con otra. ¡Vaya decepción! ¡¿Y tú quieres mi respeto?! ¡Ahora veo cómo eres realmente y espero que ellas también se den cuentaaaaa! ¡Ayyy!
Le asustó la nueva embestida de Umberto. Este le habló al oído.
-A la más mínima tontería con respecto a mí, a mi familia o a los que me rodean, te reviento la cabeza. Será mejor que olvides tus cotilleos de marica. ¿Te queda claro?
El señor Heller se volcó lo que el espacio le dejaba hacia adelante, huidizo, con su mirada de medio lado. Procuraba separarse del soplo de la voz de Umberto, pero este no lo permitió, quería una respuesta.
-¡¿Te queda claro, maricón de mierda?!
Su antiguo amigo afirmó con la cabeza.
Umberto salía de sus traumas personales, los dejaba atrás de forma violenta. Se estaba convirtiendo en otro hombre, de no ser así no se hubiera podido relacionar y mirar a otras mujeres como ahora lo hacía.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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