jueves, 7 de mayo de 2015

SECRETOS DE LEONARDO DA VINCI.


CAPÍTULO XXIV

El maitre la vio llegar y se acercó diligente a recibirla mostrando una sonrisa sobre la pajarita.
-Buenas tardes, señora.
-Buenas tardes, Marcel.
-Me alegra mucho verla de nuevo por aquí. -El hombre hizo una breve inclinación mientras Violeta le sonrió algo forzada.
-Estaba citada...
-Sí, la acompaño.
Lo vio. No había cambiado, aunque ahora su imagen estaba más acorde con su edad real, y es que antes aparentaba ser mayor debido al pelo blanco. Sus ojos azules seguían resaltando y mantenían ese aire atractivo que tienen algunos miopes en su mirada.
Se puso de pie nada más advertir su presencia. El traje gris claro de impecable corte hecho a medida, la camisa blanca, no llevaba corbata. Violeta sabía que ese detalle era por ella. Hubiera preferido que no fuera así, además, sus gustos en ese aspecto habían cambiado. Por el contrario, ella no había pensado mucho en ese vestuario. Un traje de chaqueta y pantalón negro, sobrio, incluso la blusa era gris. Solo tuvo en cuenta una particularidad, sus zapatos llevaban muy poco tacón. Se detuvo extendiendo la mano, pero él acortó la distancia besándola en la mejilla.
-Hola.
Quedaba más bajo que ella, el recuerdo de alturas volvió. Violeta supo que él llevaba alzas en los zapatos. Estaba tensa y no contestó. Se encontraba allí obligada. También la vida la había convertido en una mujer más dura.
Pasado un tiempo pensó que no se volverían a encontrar, y menos así, en el Alain Ducasse. Estaba igual, con su acogedora elegancia art déco ocupando los bajos del Essex. También conocía las excelentes vistas desde las suites de este hotel sobre Central Park.
¨¡Qué poco delicado has sido!¨, pensó de él por el lugar elegido para el encuentro.
Al principio, tras dejar de verse, tenía la sensación de que en cualquier momento saltaría la sorpresa. No sabía por qué, pero le ocurría sobre todo en los pasos de peatones, cuando giraba la cabeza para ver que los vehículos se habían detenido. Siempre creyó que se produciría así, visual, él al volante de su Bentley Continental, o en el asiento trasero de un Mercedes-Benz, y ella caminando hacia el metro.
Se quedó de pie, quieto, admirándola. Ella se sentó sin más preámbulos. Tras un segundo, él la imitó.
-Estás fabulosa -dijo con una sonrisa.
Adelantó el cuerpo, apoyó los codos sobre la mesa y juntó las manos a la altura de la barbilla. Mantenía en su dedo la sortija Cartier de oro blanco. Resaltaba junto a sus ojos. Hizo caso omiso a lo que estaba viendo, la actitud de ella. Un gesto seco se lo confirmó. Violeta fue directa al tema.
-No sé por qué necesitas verme -dijo con un tono impersonal.
-¿Qué deseas tomar?
Ella bajó la mirada y se fijó en la botella verde de Perrier.
-Un poco de agua.
Enrico Cacciatore hizo un leve gesto hacia el lado levantando la barbilla, y en tres segundos tuvo al camarero al lado. Después miró a Violeta al tiempo que señalaba su botella de agua.
-Sí, también con gas, por favor -dijo ella, el camarero se marchó de inmediato-. ¿Y bien...? -Lo miró esperando respuesta, quería conocer el motivo de su llamada.
-No sabía que te molestara tanto el que nos volviéramos a ver.
-Disculpa -dijo por educación.
-Leí tu artículo en The Wall Setreet Journal. Muy bueno, me llevé una sorpresa cuando vi que te habías acordado de mí -Violeta hizo un gesto de extrañeza-, había un uno por ciento de probabilidad -ella cayó en el detalle, sin querer sonrió-, solo un uno por ciento, y te acordaste.
-La estadística es así, eres un elegido, solo un uno por ciento de los empresarios son capaces de tomar el negocio de sus padres y desarrollarlo deslocalizando, pero al nivel que tú lo has hecho, bastante menos del uno por ciento.
-Tuve suerte.
Los dos sabían que eso no era así. El padre de Enrico, militar y amante de la mecánica, dejó el ejército y montó una pequeña empresa en Radcliff, Kentucky, junto a la base militar de Fort Knox, donde había prestado sus últimos servicios al país. Comenzó poco a poco, llevando el mantenimiento del material bélico básico. El desarrollo fue paralelo a la incorporación de antiguos compañeros militares como trabajadores de la empresa a medida que iban dándose de baja en el ejército; pero la explosión vino cuando su hijo Enrico, al que no le atraían los estudios y sí la mecánica como a su padre, demostró también tener una increíble destreza al hablar y relacionarse con los altos y corpulentos militares a los que él siempre miraba desde abajo. Les caía simpático, y desde allí abajo fue obteniendo contrato tras contrato para el mantenimiento de los helicópteros del ejército americano. En ese momento, el despliegue de una cuarentena de sucursales cubría puntos estratégicos por el planeta para dar servicio a las más de ochocientas bases repartidas por todo el mundo. Y ahora, a este bajito italoamericano no había quien le hiciera sombra.
-Has trabajado mucho.
-Bueno, y para qué -dijo agriamente.
-Has llevado a cabo lo que querías, eso es importante.
-Pero ¨eso¨era mi vida de trabajo..., y hace tiempo, no ahora. Como expones en tu Teoría Violeta, después viene el reto de pasarlo a las siguientes generaciones, yo tengo la empresa; pero no tengo los hijos. -Violeta desvió la vista-. He conseguido lo que se cree que es más difícil, montar un emporio, y algo que tiene todo el mundo, hijos, aunque sea un solo hijo, eso..., no lo he conseguido.
-Porque tú no has querido.
-Porque no encontré a la mujer adecuada; perdón, para ser realista, la encontré, pero ella no quiso. -Violeta hizo una inspiración, se contuvo.
-Por favor, vayamos al motivo de tu llamada.
-Te veo con cierta impaciencia.
-Sí, es posible.
-¿Nerviosa?
-No, en absoluto.
Se puso algo más derecha nada más contestarle, los dos fijaron sus ojos, ella le demostraba que le aguantaba la mirada, estaba seria. La expresión de él iba cambiando, estaba recordando otros momentos con ella..., era lo que Violeta veía en el gesto de él, y bajó la cabeza, no estaba cómoda. Esperó callada.
-Tampoco tendrías por qué, ¿no? -terminó diciendo él.
Pareció que le hubiera leído el pensamiento.
-¿Qué quieres? -preguntó haciéndole un gesto de reproche.
-¡Uff...!, no me esperaba esta actitud, Violeta.
-¿Qué esperabas?, hace ocho años que no hablamos ni nos vemos, y de pronto me llamas a través de mi secretaria. Ahora todo Salomón Investiment sabe que estoy aquí contigo y, no solamente eso, hasta el mismísimo Salomón Siegman me echará una mirada de las suyas y, sin preguntarme, le tendré que decir el motivo de esta reunión.
-Curioso, te acuerdas del tiempo que ha pasado desde la última vez que nos vimos.
Violeta se puso visiblemente molesta. Miró la mesa, de nuevo bajó la cabeza. No contestó.
-Siempre fuiste blanda con el personal, con tus jefes, y durísima con tus clientes.
-Déjate de sarcasmos, por favor, no estoy para juegos -respondió rápido haciendo una mueca de cansancio.
-¿No te va bien con el profesor?
-Esa pregunta es muy personal y no te voy a contestar, también entiendo que esta reunión es estrictamente profesional.
Enrico Cacciatore cambió de actitud, dejó de ser la persona que había intentado ser, cercana a su manera, y apareció la primera señal de líder duro. Solo quiso respuestas a sus preguntas.
-¿Qué puesto ocupas ahora en Salomón?
-Está presidencia, las tres vicepresidencias y después yo.
-A nivel real.
-Digamos que después del Vicepresidente Primero.
-¿Ese es tu nivel de socia también?
-No, ahí estoy al nivel del Vicepresidente Tercero, pero a nivel ejecutivo y de remuneración por efecto de los bonus estoy en tercer lugar. Pero, perdona..., no entiendo por qué me preguntas esto.
Enrico Cacciatore levantó la mano y de una mesa que había a sus espaldas ocupada por dos hombres, se levantó el de más edad. Superaba los cincuenta, delgado, pequeño, calvo y con gafas. Se acercó con un expediente en la mano que Enrico cogió sin mirar. El hombre quedó a la expectativa, pero un nuevo gesto de su jefe con la mano hizo que volviera a la mesa donde esperaba otro bastante más joven, treinta y pocos años, le brillaba el pelo negro engominado y con frecuencia se ajustaba el nudo de la corbata roja en medio de su traje gris oscuro. Evidentemente no estaba acostumbrado a estar en lugares como aquel.
Violeta volvió a concentrarse en el de más edad. Estaba muy nervioso, o más bien miedoso, la mirada huidiza. Le llamó la atención su palidez, le dio pena, después se vio reflejada en él, y terminó criticándose a sí misma de estar preocupándose por aquel hombre cuando ella estaba pasando por un trance tan ingrato.
El camarero llegó con el agua para Violeta, la abrió y le sirvió un poco.
-Gracias -dijo Violeta mostrando una discreta sonrisa, fue cuando se dio cuenta de que había permanecido muy seria.
Tomó el vaso y bebió.
-Sí, bebe agua que te va a hacer falta.
Violeta sintió un fuerte estremecimiento, después vino el miedo. Le iba a contestar, pero no tuvo valor.
Lo que fuera tenía que ver con el expediente que había abierto, bastante grueso. Casi todo eran números, eso la tranquilizó. Después de un breve vistazo le entregó a Violeta un primer bloque.
-Esas son todas las transacciones que he realizado en los tres últimos meses a través de vuestra sociedad.
Violeta las miró detenidamente, cuando terminó la primera página ya tenía una primera conclusión.
-Has elevado tu perfil de riesgo.
-Tú eres demasiado prudente, de nuevo se prepara una época de bonanza económica, tu Vicepresidente Primero opina que el fondo bajista ya se tocó. Estoy de acuerdo con él. Ahora toca ganar dinero, decidimos arriesgar algo más y nos está saliendo bien.
-Enhorabuena, pero no estoy de acuerdo.
-Vale, pues vuelve a asesorarme tú.
-Eso no es posible, pero si quieres más beneficios con un riesgo menor al que estás asumiendo, apuesta por las empresas chinas.
-Completamente en desacuerdo.
-China domina África y Sudamérica, ha solventado el problema de falta de materias primas como nadie.
-Mira, yo soy americano, le debo todo a esta tierra, y esos cara de tortuga no van a poder con nosotros. Cualquier día se desmoronarán sus empresas, una tras otra.
-La colonización silenciosa china no parará, y nuestro constante incremento de déficit comercial terminará pasando factura, y esta será muy cara. No sé cómo no os dais cuenta.
-¿Inviertes en empresas chinas?
-¡Oh!, no. Sigo con mi política de no invertir en nada, así no pierdo la objetividad para poder asesorar.
-¿Ni en divisas?
-Tampoco, algo en renta fija en franco suizo, pero no tenemos dinero, acabamos de terminar de pagar la vivienda.
-La habrás pagado tú, porque con el sueldo de tu profesor muy poco se puede pagar de esos trecientos metros cuadrados en un ático cerca de Central Park. ¿Qué gana, lo que pagáis de comunidad al mes?
De nuevo se había atrevido, como se atreven los que tienen poder, desde esa altura que ella llegó ver, una posición en la que se puede tener de todo, pero que intuyó la llevaría a la nada aunque tuviera más dinero que el que jamás hubiera soñado. Por un tiempo ese mundo la absorbió, la mantuvo dentro de él. Transformaba a todo el que se acercaba y ella no fue una excepción. Ese enorme remolino tenía un inmenso radio de acción con una fuerza que muy pocos eran capaces de soportar. Ella consiguió salir, aunque no del todo indemne.
Pensó en levantarse y marcharse. Esa reunión, ese informe, creyó que sería utilizada, formaría parte de una coreografía que se movía a la menor insinuación de él, como lo hacía el camarero o el empleado, dejando patente en cada momento quién era el que mandaba y podía hacer lo que quisiera. Violeta siguió callada, no iba a entrar en ese juego. Un leve movimiento para apartar el asiento fue captado e interpretado por Enrico Cacciatore. Puso la mano sobre la muñeca de ella, la detuvo. Estaba entrenado en el manejo de los hilos para llevar a las personas al punto que él quería, de hecho, su único fracaso en muchos años había sido Violeta, y no terminaba de aceptarlo.
-Se ve que no he correspondido adecuadamente a tu ¨enhorabuena¨, disculpa, te pido perdón, pero es que estoy bastante enojado, hay a quien le está saliendo mejor. -El comentario le sonó a reproche, Violeta recogió su mano para dejar el contacto y, nada más dejar de sentirla, él habló-. A vosotros.
-¿Qué quieres decir? No te comprendo.
-Ese listado recoge las transacciones de los últimos tres meses, como te he dicho -dijo rápido y muy serio.
-Sí.
-Al precio que vosotros nos informasteis que estaban en aquel instante.
-Bien.
-Solo que esas no eran las cotizaciones que regían en ese momento.
-¡Eso no puede ser...! -exclamó sobresaltada aunque bajando la voz.
-Pues te aseguro que lo es -dijo levantando la barbilla y observándola con desconfianza.
-¡No me mires así! ¡¿Sabes lo que estás diciendo?! ¡¿Pero qué barbaridad es esa?!
-La que ves -le entregó un segundo bloque de folios-, las mismas operaciones y, como puedes comprobar, hemos creado otra columna con las cotizaciones reales, todo lo que se desarrolla a continuación son los diferenciales que ha habido en cada una de ellas y los beneficios ¨extras¨ que ¨habéis¨obtenido. Está claro que ¨habéis¨desarrollado un sistema para robar a los clientes de manera continuada. -Enrico Cacciatore enfatizó algunas palabras al hablar.
Violeta no se lo terminaba de creer.
-¡Lo que estás diciendo es imposible! Pasamos constantes inspecciones de la SEC. -Movía la cabeza negativamente-.
Ninguna Sociedad de Inversión Colectiva en Valores se atrevería a hacer una cosa igual.
Enrico Cacciatore se rió y movió negativamente la cabeza.
-¡¿Que no?! ¡Está la historia llena, y vosotros vais a contribuir a que esa ¨historia¨ no pare!
Enrico no fue comedido a la hora de hablar, medio restaurante escuchó esas palabras. Las personas que estaban en las mesas de alrededor se giraron y miraron. Violeta se dio cuenta. A él le daba igual. Ella no contestó, su cuerpo albergó más frío aún.
-¡Y la SEC, querida, está también podrida por dentro!
Se sintió empequeñecida, todo su ser reducido a la mínima expresión.
Lo conocía perfectamente, era exacto, eficaz, y se lo exigía a los que estaban alrededor. Intuía que estaba ante lo que había visto pasar a muchos, una catástrofe. Algo que parecía increíble que le pudiera pasar a ella, de nuevo sucedería. Ya le ocurrió con el deslumbramiento inicial de su nuevo estatus, cayó, y si se confirmaba que la empresa de la que era socia y directiva estaba realizando operaciones ilegales para obtener un enriquecimiento ilícito, ella iba a ser protagonista de la portada de los periódicos e inicio de los informativos de televisión. Hechos así sacudían cada cierto tiempo Wall Street. En ese instante su vida le pareció irreal, como si hubiese estado viviendo dentro de una burbuja y esta estallara de pronto. Caía al vacío, sola, lejos de los suyos, sin referencias. Era completamente vulnerable.
Por fin habló.

SEC (U.S. Securities and Exchange Commission): El equivalente a la comisión Nacional del Mercado de Valores de los Estados Unidos.
-¿Por qué me has llamado? -dijo sin fuerzas.
A él pareció extrañarle que le hiciera esa pregunta, extendió las manos sobre la mesa, miró a un lado y a otro como buscando algo.
Violeta, ¡no deseo que todo esto te salpique!
Ella no reaccionaba, solo veía ruina a su alrededor por mucho que estuviera rodeada de lujo.
-Yo no he hecho nada ilegal -dijo inocentemente, y él se rió insolente.
-No digas tonterías...
Reaccionó, no iba a permitir que la humillara como alguna vez vio hacer con los demás. La mirada de reproche a su expresión no se hizo esperar.
-Disculpa. -Retrocedió un poco en su actitud, aún tenía poder sobre él.
-Te aseguro que si eso es verdad...
-Desgraciadamente es verdad, Violeta.
-Pues en ese caso, te repito que yo no he hecho nada ilegal.
-Suponiendo que sea así, lo vas a tener que demostrar, mientras que aquí está demostrado que os habéis enriquecido ilegalmente utilizando las operaciones de compra y venta de los clientes. Para comenzar, todos vais a ir a la cárcel en cuanto actúe la SEC.
Recordó la conversación con Umberto, cuando le dijo que quería vender las acciones y regresar a Italia. Su intuición le había anticipado el peligro que tenía nombre propio, Enrico Cacciatore, aunque en aquel momento no conocía lo que ahora, sabía que cuando el pasado te vuelve es porque no lo dejaste resuelto.
Su cuerpo recuperó algo de fuerza. Ganas de luchar, por Paolo, por Umberto, por ella. En ese momento estuvo presente toda su vida, sus padres..., y ese hijo que quería darle a Umberto. Nunca había hablado con él de ese sentimiento, esa necesidad que le venía y desechaba a los pocos días. Había matices difíciles de explicar y, en ese momento delicado, estuvo completamente segura. Sintió, sin lugar a dudas, que necesitaba otro hijo en su vida, en la de Umberto.
-Sigo sin terminar de comprender una cosa.
Volvió algo de frialdad. Intentaba recomponerse. Lo miró como si en ese momento no le importara nada, aunque en realidad ocurriera todo lo contrario.
-Dime.
-¿Qué hago yo aquí?
Enrico se echó hacia adelante y de nuevo puso su mano sobre la de Violeta. Ella se quedó observando la más cercana sortija Cartier, esta vez no la retiró. Un juego de caracteres y habilidades se desarrollaba en torno a la mesa. Uno intentando envolver al otro y doblegarlo a sus intereses. El contacto descargó sobre ella una pesada carga. Las dudas no disipadas del todo volvían sobre su vida, su trabajo, sobre todo, como si nada de lo que ella había construido tuviera consistencia, todo estaba en el aire. Recordó una vez más que ese error cometido tiempo atrás podía hacer caer todo como un castillo de naipes.
-Violeta.
Ella subió la mirada lentamente.
-Dime.
Estaba muy pálida.
-Lo puedes evitar.
-¿Yo?
Nueva caída al abismo del pasado. Desaparecieron de su vida los ocho años que llevaban sin verse. Conectó con la última vez como si hubiera sido ayer, justo en el instante en que ella decidió que no volverían a verse más, que no continuaría con aquella equivocación. El error que más le pesó cometer en su vida, aunque después llegaron sus frutos. ¡Qué difícil se le hizo olvidar unos hechos y aceptar, querer sus consecuencias! En su lucha interna encontró una referencia que le ayudó de forma increíble. Para ella, el nacimiento de Paolo fue como el nacimiento de Jesús, el hijo de Dios nacido de Santa María Virgen, el Misterio de la Inmaculada Concepción. Insistió una y otra vez..., hasta que consiguió borrar de su mente los actos que tuvieron como consecuencia el nacimiento del hijo.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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