viernes, 22 de mayo de 2015

NI EL OSO, NI LA NUBE, NI EL HERMANO.



¨La leyenda dice que ni el oso, ni la nube, ni el hermano desaparecen nunca del todo¨.

DIDIER DECOIN, JOHN L´ENFER.

Cuando he llegado -la mañana empezaba a crecer y los pájaros silenciosos-, soplaba un viento terco y frío, que hacía murmullear a los cipreses, temblar a los pinsapos; que arrastraba, de alguna que otra espalda de mármol, claveles mustios, crisantemos ajados, polvosos ramilleres artificiales, hojas. Me he sentado, Mauro, sobre el borde del mausoleo que casi rosa nuestro familiar, el hueco reservado en el que,, bajo la lápida con la cruz y los escuetos apellidos de nuestro bisabuelo, yaces o duermes o te remueves, qué sé yo, o lloras, de soledad y desamparo. Nuca quise, y acaso acaben haciéndolo, que me enterraran en este sitio. Gente más oscura que tú y que yo, y con menos posibles, tienen, en el muro encalado, su piedra con su nombre; y unas frases y unas fechas. Tú, bajo la losa ésta que ahora acaricio, y retiro la mano, porque me la traspasa con su hedor, ni eso posees. A tu alrededor siguen muñéndose los huesos de los nuestros (padre, machón borroso, vacío cruel; la abuela, grande y morena, tierna y abarcadura; el tío José, de uniforme y bigote espeso; la prima Clara, menudita y silente, translúcida, como su nombre...), porque los muertos no se mueren el día en que dejan de respirar, sino mucho después y muy despacio. Tú, por ejemplo, vives, Mauro, y ahora estás como a mi lado, bueno a mi lado, y a lo mejor has calmado el viento ese, que bien sabías cuán mal lo he soportado siempre, y el mediodía se ha puesto azul, y han dejado de desfilar las nubes que a borbotones, apelotonadas, iban pasando, allá arriba, con prisas, algodonosas y muy blancas. Y en el alerce de la entrada canta un chamariz, pues le oigo el trinar, verdeamarillo, como su lenta pluma estremecida.
Ni nombre tienes, Mauro, hermano, en la parca solemnidad de estos mármoles que, sin alardes, acondicionó un día el bisabuelo para que se reunieran con él, ya ceniza, ya nada, los que llevaran su apellido. Pero vives, no sólo en mí, que bien hondo te guardo, y muchas veces te consulto mis indecisiones y casi me las resuelves, sino en tus cosas, en tu cuarto cerrado -cuyas ventanas abro de vez en vez para que el sol se cuele y alborote-, en tu cazadora de cuero, en tus dibujos, en el rincón de la mesa en el que te sentabas, en el desván de tus secretos... La casa está como entonces, y madre lo conserva todo como si fueras a llegar, como si fuéramos a llegar los dos, juntos, de repente, sudorosos, gritadores, del colegio o del río, del cine o de los billares, empujándonos, atropellándonos para ocupar primero la ducha, para robar de la nevera la cerveza más fría.
No la he visto, ¿sabes? He conducido seis horas, sin parar, obcecado con tu recuerdo, perseguido y acorralado por tu llamada, ésta que yo me invento, o tú gritas, con tu silencio de para siempre, atronador. Regresaba a Madrid, y me he desviado, sin saber por qué, sabiendo muy bien por qué, y, al llegar al pueblo, he enfilado la colina del cementerio, por fortuna vacío en esta mañana de marzo, ya soleada y limpia.
Ida no va a creerlo (madre tampoco, cuando me vea entrar, besarla en la frente y subir al coche de nuevo), pero lo comprenderá en seguida, porque ella sabe traspasarme con sus ojos de agua, adivinarme el sentir. ¨-Me llegué a ver a Mauro¨, le diré, y ella me mirará hondamente, y volverá a sus quehaceres, a su trajín de cada día, y acaso me pregunte qué tal fue el viaje o si hubo mucho tráfico o cómo anda la abuela; algo así, mientras me quito la corbata y me sirvo dos dedos de whisky, y estiro las piernas en el sofá, callado.
Hay dos gorriones, mira, en el senderillo de arena que se alarga hasta el sector que ahora amplían y acondicionan, celdilla a celdilla, como una colmena maldita; sigue uno al otro, en sus saltos, en sus evoluciones; picotea cuando aquél lo hace, da un voletío corto si aquél lo da. También tú me remolcabas, Mauro, tras de ti me movía. Te llevaba un año y, sin embargo, tú me ganabas en casi todo; decidías por mí, disponías esto o aquello, un juego, un lugar, una aventura. Perdí un curso y me alcanzaste y, desde entonces, me apoyé en ti, en tu saber y tu ingenio. Recuerdo aquel dichoso examen de Química, en el Instituto de la capital, con el terrorífico don Severiano, calvo y batracial, pungente y malicioso, recorriendo a grandes zancadas las filas de pupitres, las manos a la espalda. Estabas seguro de que no iba a salir adelante; y tiraste la moneda contra el cristal de la ventana del fondo, y el severo don Severiano creyó que alguien, desde fuera, había arrojado una piedra, y se puso a otear la calle, mientras tú cambiabas tu papel por el mío y yo me encontraba con los cinco problemas resueltos, y tú empezabas, contra reloj ya, a hacerlos de nuevo, para acabar aprobando por los pelos, mientras yo me ufanaba con mi sobresaliente. Eras así, imprevisible y audaz, impulsivo más que meditador, rñapido en tus decisiones, seguro; yo era el indeciso, y aún lo soy, aunque, ¿ves?, en ocasiones tire por la calle de en medio, o por la carretera de la izquierda, como ahora, y me venga a verte, bueno, a hablarte, Mauro.
Una mujeruca ha pasado a mi espalda y se ha acercado a la pared cercana y se ha detenido frente a un nicho con cristal y retrato amarillo. Va envuelta en una pañoleta negruzca, y llora sin ruido. Reza y llora, y se va sin verme, ausente, ajena. Tras ese cristal, como bajo esta losa, está lo que fue un día savia en pie, sangre apasionada, susurro o palabra o canción, hombre -o mujer- esperanzado, lleno de sueños y proyectos, vivo. Morir es la distancia, la, memoria tronchada, el rodar sin descanso por la ladera de después, la sombra. Tú eras la luz, Mauro al menos irradiabas como una llama, como un resplandor; contigo, las cosas se veían de otra forma, con más claridad, y no todo se hacía más sencillo, sino más cálido. El día en que conseguiste tu empleo, telefoneaste a madre, porque sabías cómo ella esperaba ese momento, pero sin alharacas, tranquilo, como la cosa más natural; ella, sola, nos había sacado adelante, sin una queja, con fe ciega, con pulso firme ¨Díle a ese grandullón -y te reías- que tiraré de él un día de éstos. Ya es hora de que te liberes de nosotros, madre¨. Aquel fin de semana viniste al pueblo con un paraguas en una mano y una botella de champán francés en la otra, por todo equipaje. ¨Hay que brindar, pareja, esto marcha¨. Poco después, en efecto, tiraste de mí. Yo me esmeraba ante tus jefes para no desmerecer de ti, del sitio que te habías ganado en tan corto tiempo, del prestigio que te aureolaba, íbamos y veníamos, como en los viejos tiempos, juntos, inseparables, y, algún que otro fin de semana, volvíamos por unas horas al pueblo, para que madre no se sintiera tan sola, vagando por la casa, triste y feliz a un tiempo, aprestando nuestras cosas, revistiendo nuestras camas con las colchas de croché que sus manos pacientes tejieran, amasando los pestiños que luego nos disputábamos.
Hasta que apareció Ida; modosa y tímida, con sus ojos como ventanos, con una lumbre de amanecer en su interior, su andar suave, su esbeltez y su ternura. Las mujeres no te habían preocupado ni poco ni mucho, ni por tu mente había pasado siquiera la idea de enamorarte. Pero Ida era distinta; esa lumbre suya, como sometida de antemano, como entregada, y esa luz tuya, un tanto agresora y posesiva, se fundieron y entendieron pronto y bien. ¨Voy con Ida¨, me decías, y yo me fui quedando solo, sin acostumbrarme a perder tu compañía, desarbolado y errante. A veces, me hacíais sitio en vuestra felicidad y os lo agradecía, porque con vosotros se estaba a gusto, y uno no tenía la sensación de molestar, de interferir esa intimidad que se abría para mí sin esfuerzo, acogedora y grata. En cambio, nunca supe por qué dejaste a madre fuera del juego de tu noviazgo; no sólo no se te ocurrió llevar a Ida al pueblo, sino que me pediste que lo silenciara todo ante ella.
Ha regresado el viento, Mauro. Los pájaros se ha ido, y torna a oírse el frufrú de los árboles, sus ramazones tremantes, su son mortecino. Un hombre joven y enlutado acaba de acercarse hasta una tumba; lleva de la mano a un niño, sí. Si vieras al niño, Mauro, a nuestro niño... Tiene ya siete años, y es fuerte como un roble. Sus ojos son como los de la madre, transparentes, y nos gana a los tres en todo; más rubio, más vivo, más listo. Si un día madre decidiera dejar la casa del pueblo y venirse a vivir con nosotros, sería por él. Se adoran. Dirás que nunca le he traído, y es cierto. Pero no le veo, tan alegre, en medio de esta desolación, de esta ruina.
De la que tú eres parte. Porque, con el tiempo, os vais identificando con cuanto os rodea, haciéndoos muerte y desamparo, destierro y pesadumbre. Tú has debido tardar más en habituarte, porque la enfermedad no fue minándote, preparando tu cuerpo a la definitiva mordedura, al terrible desgarro. Fue un hachazo súbito -¨rápido, por favor, hagan algo, avisen a un médico¨-, y allí estabas tú, tendido, en el suelo de tu despacho, ahogándote -¨el corazón, ha debido ser el corazón¨-, rematado, sin remedio. ¨No le muevan, no le muevan¨, y el médico, inyectándote, y tu mano aferrada a la mía, las palabras tronchadas, rotas. Tus ojos, Mauro, aún los tengo en mí, diciéndome tantas cosas, sin que imaginaran cuantos rebullían de un lado a otro, azorados, que yo te comprendía, que tú me comprendías, con sólo mirarnos de ese modo desesperado y último, que nuestros ojos -los tuyos ya abiertos y helados para nunca- habían aprendido a hablarse desde su primer parpadeo, desde antes de ser. Cuando Ida llegó yo te los había cerrado. No supo qué hacer ni qué decir; los suyos, de agua mansa, se venían abajo, derramándose. Al volver del pueblo, quieto tú ya en tu rincón, ella, que se había negado a acompañarte en este postrer viaje hacia la tierra, me lo contó todo. Nos casamos una semana más tarde. Madre enmudeció cuando se lo dije; pensaba -y con razón- que le había ocultado nuestras relaciones, que había faltado a la confianza que nos teníamos. Creo que no me perdonó hasta que, siete meses después, nació el niño. Le pusimos Mauro, tú lo sabes.
Ida y yo nos queremos. A nuestro modo, somos felices. Y aunque tú andas siempre por medio, hasta cuando nos amamos, hasta cuando ella, tibia y dócil, más plenamente se me entrega, nos hemos acostumbrado a aceptarte y a aceptarlo, porque de otro modo vivir hubiera sido un infierno, y la paz que yo encuentro en su mirada diáfana, una guerra constante. Nunca te mentí, y no quiero hacerlo ahora. Si no traje al niño, a tu niño, no fue por ese contraste entre esta tristeza y su alegría, sino porque sería incapaz de ocultarle la verdad, y si yo le decía que aquí, bajo esta losa, estaba su padre, nada iba a arreglar, sino que, por el contrario, lo iba a desarreglar todo, le iba a quebrar su mundo, que es hermoso y límpido, un mundo en el que tú también tienes un sitio, porque Ida y yo hemos hecho que te lo guarde, y tío Mauro es su ídolo, su ejemplo a imitar cuando grane y crezca. Que como el oso de la pena que por dentro me despedaza, como la nube de nostalgia que en los atardeceres cruza por los ojos celestes de Ida, tampoco tú desaparecerás nunca de nosotros, MAURO, HERMANO.

CARLOS MURCIANO.

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