jueves, 21 de mayo de 2015

LAS DOS ANCIANAS TRAS EL SOL.


2

¨MORIREMOS LUCHANDO¨

Ch´idzigyaak había permanecido sentada y quieta, como si intentara poner en orden su mente confusa. Una pequeña chispa de esperanza se encendió en la oscuridad en la que se hallaba inmersa al escuchar las enérgicas palabras de su amiga. Sintió que el frío mordía sus mejillas empapadas por las lágrimas, y escuchó el silencio que el Pueblo había dejado tras su marcha. Sabía que lo que su amiga decía era verdad, que en esa tierra apacible y fría les esperaba una muerte segura si no hacían nada para evitarlo. Por fin, con más desesperación que determinación, se hizo eco de las palabras de Sa´.
-Vamos a morir luchando.
Su amiga la ayudó a levantarse de las ramas húmedas. Recogieron pequeñas ramas para hacer una hoguera y añadieron trozos de hongos, que crecían grandes en los álamos caídos, para que el fuego se mantuviera vivo. Revisaron las otras hogueras con el fin de salvar cualquier rescoldo que encontrasen. Por aquel entonces, cuando los grupos migratorios recogían sus pertenencias para trasladarse, conservaban los carbones calientes en sacos hechos de piel de alce o cortezas de abedul endurecidas y llenas de cenizas en las que los rescoldos seguían vivos.
Mientras la noche se acercaba, las mujeres cortaron finas tiras del haz de babiche e hicieron lazos corredizos del tamaño de la cabeza de un conejo. Luego, a pesar del cansancio, consiguieron construir unas trampas para conejos que dejaron preparadas de inmediato. La luna pendía grande y anaranjada sobre el horizonte mientras caminaban con dificultad por la nieve, que les llegaba hasta las rodillas, buscando en la penumbra alguna señal que indicara la presencia de conejos. Eran difíciles de ver y los pocos conejos que quedaban no salían con el frío, pero encontraron algunos de sus senderos habituales perfectamente trazados y cubiertos por una sólida capa de hielo bajo los árboles y sauces curvados. Ch´idzgyaak ató uno de los lazos corredizos a una gruesa rama de sauce, lo colocó en medio de uno de los senderos y levantó pequeñas vallas de ramas de sauce y abeto a cada lado del lazo para conducir al conejo hacia la trampa. Pusieron unas cuantas trampas más, aunque no tenían muchas esperanzas de capturar ningún conejo.
Al volver hacia el campamento, Sa´oyó que algo saltaba ágilmente por la corteza de un árbol. Se quedó quieta e indicó a su amiga que hiciera lo mismo. Las dos mujeres aguzaron el oído para poder escuchar de nuevo aquel sonido en el silencio de la noche. En lo alto de un árbol, no muy lejos, perfilada por la luz plateada de la luna, vieron a una atrevida ardilla. Sa´acercó muy despacio la mano al cinturón para coger el hacha. Con los ojos fijos en la ardilla y movimientos pausados, apuntó el hacha hacia aquella diana que significaba su supervivencia. La cabecita del animal se irguió instantáneamente, y cuando Sa´movió la mano para lanzar el hacha, la ardilla se precipitó hacia la copa del árbol. Sa´lo había previsto y, apuntando un poco más alto, segó la vida del animal con calculada destreza y un dominio de la caza que no había empleado en muchas estaciones. Ch´idzigyaak dejó escapar un largo suspiro de alivio; la luz de la luna brillaba en el rostro sonriente de la mujer.
-Lo he hecho muchas veces, pero nunca pensé que lo volvería a repetir -dijo con voz orgullosa, aunque trémula.
Una vez en el campamento, las mujeres hirvieron la carne de la ardilla en aguanieve y bebieron el caldo. Guardaron la poca carne que sobraba para comerla más tarde, pues ésa podría ser su última comida. El Pueblo se había llevado los pocos alimentos que quedaban, así que hacía mucho que no habían comido. Ahora comprendían por qué no habían recibido ni una porción del preciado sustento. ¿Para que malgastarlo con dos viejas que iban a morir? Trataron de espantar aquellos pensamientos, mientras llenaban sus estómagos con el caldo caliente de ardilla y se acomodaban en su tienda para pasar la noche. El refugio estaba formado por dos pieles grandes de caribú enrolladas en torno a tres palos largos colocados en forma más o menos triangular. Dentro, se amontonaban espesas pilas de ramas de abeto cubiertas con mantas hechas de pieles. Las mujeres eran conscientes de que, aunque les habían abandonado a su suerte, el Pueblo había hecho una buena acción al dejarles conservar todas sus pertenencias. Sospechaban que había sido el jefe el responsable de aquel pequeño acto caritativo. Otros miembros del grupo, menos nobles, habrían decidido robarles todo lo que poseían, puesto que iban a morir y no iban a necesitar nada, salvo las pieles que las cubrían y servían de abrigo. Con aquellos confusos pensamientos rondándoles la cabeza, las dos frágiles ancianas se adormilaron.
La luz de la luna resplandecía sobre el silencio de la tierra helada, interrumpido tan sólo por lejanos susurros y, de vez en cuando, el aullido melancólico de un lobo. El cansancio y las pesadillas turbaban el sueño de las mujeres que se agitaban nerviosas, y de vez en cuando dejaban escapar un gemido. Entonces cuando la luna se hundía en el horizonte, por el oeste, un grito resonó en algún lugar. Las dos mujeres despertaron a la vez, con la esperanza de que aquel espantoso lamento formara parte de su pesadilla. El gemido se oyó de nuevo. Esta vez las mujeres reconocieron el grito; procedía de un animal que había caído en su trampa. Sintieron un gran alivio. Ante el temor que otros predadores pudieran llegar antes que ellas, se vistieron rápidamente y corrieron hacia las trampas. Se encontraron con un pequeño conejo tembloroso que yacía parcialmente estrangulado y las miraba con angustia. Sin vacilar, Sa´se acercó al animal, colocó una mano en su cuello, lo palpó buscando el latido de su corazón y apretó hasta que el animal dejó de forcejear y se quedó quieto. Una vez que Sa´hubo colocado la trampa de nuevo, regresaron al campamento. Ante ellas se abría un resquicio de esperanza.
La mañana llegó, pero no trajo luz a esa lejana tierra del norte. Ch´idzigyaak fue la primera en despertarse. Poco a poco, añadiendo leña, consiguió que una llama prendiera el fuego. Durante la noche, con el fuego apagado, el frío había acumulado la escarcha en las paredes de piel de caribú. Ch´idzigyaak suspiró con aburrida exasperación. Salió fuera, donde la gran aurora boreal aún titilaba en lo alto, y millones de estrellas parpadeaban. Ch´idzigyaak se quedó inmóvil un instante, contemplando aquellas maravillas. Ese cielo nocturno jamá había dejado de sobrecogerla y llenarla de admiración.
Ch´idzigyaak retomó su tarea. Tiró de los bordes superiores de las pieles de caribú, las extendió sobre la tierra, y las limpió de la escarcha cristalizada. Después colocó las pieles de nuevo y volvió adentro para avivar la hoguera. Pronto la humedad goteó por la pared de piel pero se secó enseguida. Ch´idzigyaak se estremeció al imaginar la escarcha derritiéndose sobre ellas cuando hiciera más frío. ¿Cómo se las habían arreglado antes? ¡Ah, sí...! Los jóvenes estaban siempre alimentando la hoguera que ardía en el refugio de sus mayores para que no se apagara. ¡Cuánta consideración entonces! ¿Cómo sobrevivirían ahora? Ch´idzigyaak suspiró profundamente. Intentó alejar esos sombríos pensamientos y se concentró en el cuidado de la hoguera, sin despertar a su compañera, todavía dormida. El refugio se fue calentando a medida que el fuego crepitaba. La leña seca despedía pequeñas chispas y el chisporroteo despertó poco a poco a Sa´, que permaneció echada de espadas mucho rato antes de percatarse de los movimientos de su amiga. Giró con lentitud el cuello dolorido, esbozando una sonrisa, que la mirada acongojada de Ch´idzigyaak truncó. Con una mueca de dolor, Sa´se incorporó con cuidado apoyándose en un codo, y se esforzó por mantener una expresión alentadora.
-Creía que lo de ayer era un sueño hasta que he visto tu fuego.
Ch´idzigyaak consiguió esbozar una leve sonrisa para levantar el ánimo de su amiga, pero siguió absorta, con los ojos fijos en la hoguera.
-No puedo hacer otra cosa que seguir sentada y preocuparme -dijo después de un largo silencio-. Me asusta lo que está por venir. ¡No! ¡No digas nada! -Sa´ quiso hablar pero Ch´idzigyaak la interrumpió con un gesto-. Ya sé que confías en que sobreviviremos. Eres más joven. -No pudo sino reírse con amargura de su comentario, ya que justo el día anterior las habían juzgado demasiado viejas para seguir viviendo con las jóvenes-. Ha pasado mucho tiempo desde que me valía por mí misma. Y luego siempre había alguien que me cuidaba; y ahora. Un ronco suspiro ahogó sus palabras mientras, para su vergüenza, las lágrimas empezaban a correr por su rostro. Su amiga la dejó llorar. Cuando las lágrimas cesaron, se limpió la cara y rió-. Perdóname, amiga mía, soy mayor que tú y, sin embargo, lloro como un bebé.
-Somos como bebés -respondió Sa´. La mujer mayor levantó la vista, sorprendida ante esa afirmación-. Somos como unos bebés desvalidos.- La sonrisa se heló en sus labios cuando en el rostro de su amiga se dibujó una expresión ligeramente ofendida ante el comentario; pero antes de que Ch´idzigyaak pudiera interpretarlo mal, Sa´ prosiguió-: Hemos aprendido mucho durante nuestras largas vidas. Sin embargo, hemos llegado a la vejez convencidas de que ya hemos hecho todo lo que teníamos que hacer. Así que nos hemos detenido sin más, aunque nuestros cuerpos están aún lo bastante fuertes como para responder a nuestras exigencias.
Ch´idzigyaak permaneció sentada, escuchando, atenta, la repentina revelación de su amiga, y la explicación de por qué los jóvenes habían decidido que sería mejor abandonarlas:
-Dos viejas. Se quejan. Nunca están satisfechas. Hablamos de la falta de comida, y de los buenos que fueron los viejos tiempos cuando en realidad no es cierto. Ahora, después de pasar tantos años convenciendo a los jóvenes de que estamos indefensas, ha llegado a creer que ya no somos de ninguna utilidad en este mundo. -Al ver que las lágrimas arrasaban los ojos de su amiga al escuchar aquellas implacables palabras, Sa´ continuó con la voz cargada de sentimiento-. ¡Vamos a demostrarles que no es cierto! ¡Al Pueblo! ¡A la muerte! - Al tiempo que subrayaba sus palabras con enérgico movimiento de cabeza, añadió-: Sí, a esa muerte que nos espera dispuesta a atraparnos en cuanto mostremos el más mínimo indicio de debilidad. Temo más a esa muerte que a cualquier penalidad por la que tengamos que pasar. ¡Si hemos de morir, moriremos luchando!
Ch´idzigyaak miró a su amiga fijamente durante largo rato y comprendió que tenía razón, que la muerte era segura si no luchaban para sobrevivir.
No estaba convencida de que las dos fueran lo bastante fuertes como para vencer una prueba tan difícil, pero la pasión en la voz de su amiga la reconfortó. Así que, en lugar de sentirse triste porque no había nada más que pudieran decir o hacer, sonrió.
-Creo que ya lo habíamos dicho antes y probablemente lo diremos muchas más veces, pero sí, moriremos luchando. - Y con la sensación de que una fuerza que antes le hubiera parecido imposible se apoderaba de ella, Sa´ respondió a la sonrisa de su amiga y se levantó para prepararse ante el largo día que las esperaba.

VELMA WALLIS.

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