martes, 19 de mayo de 2015

LA CUERDA.


Entraron, apartando la cortina. Filtrada por ella, la luz de agosto se hacía malva y mansa sobre los muebles toscos, sobre el suelo de ladrillos. La mujer estaba sentada junto a la mesa; en el hueco del halda tenía un puñado de patatas, que iba pelando cuidadosa.
-¿Qué quieren?
Los dos hombres se miraron. La mujer reconoció, en el del fusil, al sacristán de San Cosme; el otro, pistolón al cinto, era el alguacil del Juzgado, Lorenzo. Un correaje de cuero negro cruzaba sus camisas oscuras.
-Venimos por el Jaime.
La mujer les miró a los ojos con dureza.
-Mi hijo no está. Fue ayer a Ubrique y no ha vuelto.
-Entonces tenemos que registrar.
Pero no hubo lugar. La otra cortina, la interior, se hizo a un lado, y apareció, descalzo, un mocetón alto y velludo, desnudo el pecho.
-Tienes que venirte con nosotros -murmuró el alguacil, mientras se ajustaba el cinturón, y palpaba el arma en su funda.
-¿Porqué?
El Sacri esbozó una sonrisita, miró a su compañero, dijo:
-Nosotros no sabemos. Quien manda, manda. Nos han dicho ¨Traerme al Jaime¨, y nosotros a obedecer.
-Mi hijo no ha hecho nada -farfulló la mujer, comenzando a perder la calma. Pero el muchacho la obligó a callar.
-Ellos saben que yo no he hecho nada. Cuando quemaron el convento, yo estaba en Ubrique, con la reata.
-Nadie ha nombrado el convento. Sólo nos dijeron ¨Traerse al Jaime¨. Así que venga, vámonos. Ponte las botas y andando.
La mujer se alzó y alargó al hijo la camisa que colgaba de un clavo en la pared.
-Si os da igual, prefiero ponerme las alpargatas.
El Sacri sacó una cuerda.
-Hombre, no me iréis a amarrar. Yo no soy ningún criminal, Sacri, y tú lo sabes.
-Bueno, pero no intentes nada o te descerrajo un tiro dijo, mientras se ajustaba el fusil en el hombro y tocaba en el codo a su colega.
El muchacho puso ambas manos en los hombros de la mujer, que empezaba a derramar lagrimones, silenciosa.
-Tranquila, madre, no va a pasar nada.
Salieron. Pegaba el sol del mediodía, reverberaba sobre la cal cegadora. El Sacri y Lorenzo colocaron al preso entre los dos y echaron a andar calle abajo, pisando fuerte sobre las piedras azulosas y resbaladizas. Llevaba el mozo gacha la cabeza, como metido en sí, hosco. Por aquel lado, el pueblo se cortaba a pico, y un muro de cemento ocultaba el despeñadero; a trechos, unas como ventanas dejaban ver la ladera abrupta, que se desplomaba, amarillenta, hacia el río; más allá, las huertas jugosas, los eucaliptales, una haza de olivar, un caserío, chozas y, al fondo, los cerros romos, de un violeta brillante, de un rosa casi hiriente.
Un niño se cruzó con el trío, y la pelota de trapo, semideshecha, se le inmovilizó entre los dedos. Del bolsillo del Sacri resbaló al suelo la cuerda, larga y fina, y el chaval abortó la voz de aviso que asomaba a sus labios y se sentó en el escalón de una puerta, mirando con ojos ávidos el regalo que a las manos le venía. Desde su azotea, una mujeruca que avizoraba la calle, intervino:
-¡Sacri, que pierdes la cuerda!
El Sacri se volvió de repente. Su compañero miró hacia arriba, buscando la voz cascada. El muchacho no lo pensó; o lo traía ya bien pensado, desde que rehusara las botas de clavos y se calzara el cáñamo propicio. De un salto, se encaramó sobre el ancho borde del ventano y se dejó caer al otro lado. La mujer dio un grito, y el Sacri estalló.
-¡Mecá...! -mientras tiraba del fusil y corría hacia el sitio por el que el preso desapareciera, y el Lorenzo, turbado, hacía por desabotonar la funda del pistolón, sin conseguirlo.
Pero el Jaime no había caído al vacío. Aferrado a la piedra, a los secos matojos, a los arbustillos silvestres, descendía pared abajo, veloz, sin alzar la cabeza. El Sacri, más ducho en hisopos que en fusiles, apuntaba y disparaba, ¡borrooom!, sin acertarle, pero haciendo salir de sus boquetes a cernícalos y torcaces, alborotando al vecindario, disparando otra vez, ¡Sus muertos!, sin tino, mientras el Jaime, rodando ahora, alcanzaba la orilla, vadeaba el ralo correntio, y se perdía entre las cañaveras, huertas adentro, como una flecha. El Sacri retrocedió, ¡Vamos!, como si quisiera comunicar lo ocurrido, pero se rehízo, ¡Por el puente, a ver si lo cazamos!, seguro de que no llegarían, de que era mucha la vuelta que habrían de dar y muy zorro el Jaime.
En su escalón, tranquilo, el chaval trenzaba con la cuerda una especie de red, y la pelota, poco a poco, se iba tornando esférica, dura, como el sol de aquel mal estío, remoto y sangriento.

CARLOS MURCIANO.

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