sábado, 16 de mayo de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.


CAPÍTULO XXVII

Dos meses después.
Sonaba la máquina del café. Umberto estaba extrañado, Violeta no se había levantado esa mañana a la hora de siempre, y eso que era jueves, el día de trabajo más importante para ella. Hacía veinte minutos que había terminado de sonar el caer del agua de la ducha. Por fin apareció.
-Buenos días -dijo ella.
-Hola, ¿quieres que te prepare algo para desayunar?
Se acercó, se puso paralela y pegada a él, lo pellizcó en el trasero. Umberto se sorprendió, pero no dijo nada. Los dos miraron como caía el chorrito de café.
-Sí, lo mismo que te vayas a hacer tú.
Y Umberto notó la mano de ella rozándole muy despacio y suavemente por dentro de la pierna.
-¿No vas tarde hoy?
-Con que llegue a las diez y media está bien.
Nueva sorpresa, sabía que a las once tenía lugar la reunión semanal con el Presidente, era la primera vez que veía en ella esta actitud; la otra ya la conocía, estaba igual que cuando le dijo años atrás que quería un hijo. Llegaba la primavera, como ahora, y como entonces... volvieron a parecer una pareja que acababa de iniciar su relación, sobre todo ella, siempre seductora. Umberto recordó lo que vino después, todo lo contrario, la depresión postparto. Decían que era muy frecuente, y ella se dio.
Violeta sabía lo que quería. La noche anterior había sido también para ella la primera vez que él le había puesto una excusa:
¨Esta tarde me ha pegado un crujido la espalda que no veas, me parece que tengo lumbalgia¨, y se giró hacia su lado de la cama muy despacio con algún gesto de dolor. No le gustó. Y es que no quería que saliera de casa ningún día ¨con la batería llena¨, como parecía que estaba siempre; nunca le había dado la más mínima muestra de debilidad en ese aspecto. Quería asegurarse de que no tuviese ganas de estar con otra mujer, y la aparición repentina de aquella lumbalgia no le gustó, por eso después de haber cesado un minuto, volvió con su mano por el interior de la pierna.
-Violeta, por favor, que voy a derramar el café -dijo esquivándola un poco y con la primera taza en la mano.
-Me da igual -dijo abrazándose a su cintura tal y como la había pillado, por el lado, abriendo sus piernas y pegándole la pelvis-. Baja la boca.
A Umberto le costó un poco ese giro lateral. Ella lo besó jugando un poco, él recibió pasivo.
-¡¿Ah, sí...?!
-¿Qué?
-Túmbate en el suelo.
-¡¿Qué...?!
-¡Que te tumbes en el suelo!
-Pero...
-Te quiero ver como el primer día que nos conocimos, cuando te desmayaste en el restaurante de Little Italy.
-¿Y no puede ser en el sofá o en la cama?
-No.
Hizo un gesto negativo con la cabeza y obedeció. Ella no apreció ningún gesto de dolor al agacharse, y una lumbalgia tarda varios días en curarse.
¨Así que era una excusa, ¿eh?¨.
Violeta se subió un poco la falda y puso un pie a cada lado de las caderas de Umberto. Él sonrió, llevó ambas manos bajo la nuca. Ella dio un paso hacia adelante, la falda a medio muslo, sabía lo que le gustaba a él, por eso dio otro pequeño paso.
Estaba pendiente de sus ojos para saber lo que estaba viendo..., y dio otro paso. Se había puesto unas braguitas normales, blancas, él las prefería así. Le iba a dar gusto. Sabía cómo le provocaba su monte de Venus, por eso dio otro pequeño paso. En el anterior ya le había desaparecido la sonrisa, y en este ya estaba el deseo claramente dibujado en la seriedad de su rostro, en la sequedad de su boca; tragó saliva. No dio ningún paso más, solo adelantó despacio un poco la cadera, buscó la respuesta en sus ojos, no era difícil, quería que mirara con tranquilidad, en ese aspecto él seguía siendo muy tímido, aunque solo al principio, después llegaba un momento en que se volvía un poco exhibicionista, por eso ella se estiró y levantó la vista hacia el techo, para que Umberto no se sintiera cohibido. No tenía prisa, esperaba que el deseo se instalara en él sin vuelta atrás, y cuando consideró que había llegado ese punto de no retorno, se desabrochó la falda y la sacó por la cabeza, la tiró, y bajó arrodillándose sobre sus bíceps, como si lo fuera a hacer su prisionero, sentándose sobre su pecho. Ya habían conectado sus deseos. Umberto se apoyó en sus pies y levantó la cadera, arqueó el cuerpo. Violeta calló hacia él, lo besó repetidamente doblando la cabeza a un lado y a otro, después se volcó hacia atrás reposando las espaldas sobre los muslos de él, de nuevo un regalo para la vista.
-¡Guau! ¿Cómo se te puede poner tan dura? Si supieran esto las millonarias de la Quinta Avenida formarían cola desde allí hasta aquí.
Ella esperó una respuesta de él, algo así como ¨mi única millonaria eres tú¨, pero no dijo nada. No se lo reprochó.
De nuevo volvió a sentir la necesidad de darle un hijo, se lo debía, también era bueno que Paolo no estuviera solo, ya había cumplido siete años.
Violeta tenía los ojos cerrados, seguía decidiendo ella sola. No compartió con Umberto el miedo que se le había instalado dentro y que le hacía pensar que en cualquier momento lo perdería todo. Pero es que solo en los ratos que estaba así con él era cuando se olvidaba, y si hablaba, su hombre desaparecería.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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