martes, 5 de mayo de 2015

EL SECFRETO DE LEONARDO DA VINCI.


CAPÍTULO XXIII

Enrico Cacciatore de forma constante en su mente, y un deseo profundo de cortar tajantemente con todo lo que no fuera su familia. Había comprobado varias veces en la vida cómo el instinto y su intuición femenina le habían anticipado los peligros que le acechaban, y esta era una de esas ocasiones.
-Umberto, tengo problemas en el trabajo -mintió con naturalidad.
-¿Graves?
No supo bien por qué hizo esa pregunta. Evidentemente si hablaba de ello era porque los consideraba lo suficientemente importantes para decírselo; pero lo que más le extrañó fue que era la primera vez que ella realizaba un comentario de este tipo. A Violeta le llamó la atención la tranquilidad con que recibió él su confesión. Nada que ver con la desestabilización que le habría producido tiempo atrás.
-Sí, bastante graves, pueden cambiar nuestra vida -Umberto siguió tranquilo, aunque pensativo-, sobre todo la mía. -La persistente imagen de un Enrico sonriente y seguro le provocaba desasosiego.
-Violeta, si cambia tu vida, cambia la de todo este hogar.
Le agradeció infinitamente esa respuesta, le dio fuerza, calor, ánimo. Le reconfortó escuchar la palabra ¨Hogar¨, nunca la habían utilizado, pero esa sensación le duró solo unos segundos.
-¿Has hecho algo ilegal?
De nuevo sorprendida, esta vez por la pregunta, y aunque era evidente el enfoque de esta, a Violeta le vino de inmediato a la mente su hijo Paolo. Sus ojos mostraron inseguridad.
-¡¿Quién, yo...?! -Paró un instante, quiso borrar la imagen de aquel hombre de su cabeza, pero no pudo-. No..., no.
-Entonces no debes ponerte nerviosa.
-No lo estoy.
-Sí lo estás.
Violeta suspiró y se lo pensó. Lo vio fuerte, capaz de aguantar. Estuvo tentada de decir la primera palabra, la primera frase que no tendría vuelta atrás, sincerarse con él, no engañarlo por más tiempo, decirle..., explicarle cómo le oprimía el pecho cada vez que algo le recordaba su error. No pasó ni un solo día que no se le viniera a la mente por cualquier motivo, como hacía un momento y, cuando eso ocurría, su cuerpo siempre le daba la misma respuesta; nerviosismo, miedo, frío.
¿Cómo reaccionaría Umberto? Se daba cuenta de que no lo conocía porque no sabía cuál sería su respuesta. Pero independientemente de esto, aunque siguieran juntos, creía que nada seguiría siendo lo mismo para él. Por eso, una vez más, calló.
-La situación es delicada, quiero salir de allí, intentaré vender mis acciones.
-Seguro que lo sabrás hacer.
-No estés tan seguro.
-Yo no estoy seguro, pero tú sí. Siempre has conseguido lo que te has propuesto, y esta vez también lo lograrás.
-¿Tú crees?
-Sí. -Y sonrió intentando trasmitirle seguridad, él a ella, la primera vez desde que se conocieron.
-Si lo consigo, lo mejor sería volver a Italia.
-¿Cómo...?
-Sí, no tiene que ser Nápoles, podemos irnos a vivir a Roma, por ejemplo.
-Lo siento, pero no me gusta la idea.
-¿Por qué?
-Es una forma de huir.
-¡No...!
-Pues yo creo que sí lo es -dijo Umberto afirmando con la cabeza repetidamente.
-Solo me quiero alejar de todo esto. -Lo miró esperando que la comprendiera.
-Bueno, si vas a dejar el trabajo..., ya lo haces, ¿no?
-También pueden existir otras consecuencias, quebraderos de cabeza, ya sabes...
-No, no sé. -Y en ese momento, Umberto movió la cabeza, ahora negativamente.
-Cariño, es difícil de explicar.
-Me gusta mi trabajo, esta ciudad, este país, y si pienso en Paolo...
-Yo estaría más tranquila en Italia.
-Yo preferiría seguir aquí.
-Lo pensaré.
-¡¿Cómo?! -Y esa pregunta la puso contra la evidencia, ella ya no tenía el poder de decidir por él como antes.
Violeta estuvo torpe en su reacción, no llevó a sus palabras lo que estaba percibiendo, siguió hablando como lo había hecho siempre.
-Que veré lo que vamos a hacer.
-Quieres decir que verás lo que vas a hacer tú.
-Umberto, por favor...
-No me digas eso, es la primera vez que opino diferente a ti, la primera vez que te pido que tengas en cuenta lo que pienso.
-Será que es la primera vez que tienes opinión.
-¿Pretendes ser cruel conmigo? Me sorprendes.
-¡Umberto, no estamos hablando de ti, estamos hablando de mí!
-¡Siempre estamos hablando de ti!
-¡No entiendes nada!
-¡Sí, seguramente! ¡Tú eres más inteligente que yo, mis ingresos son ridículos al lado de los tuyos! -Se detuvo, estaba encendido, después siguió hablando más bajo, pero dejando de manifiesto lo que le habían herido sus palabras-. Pero querer rebajarme, que permanezca ahí abajo solo para acompañarte en tus decisiones, hablarme de esa forma y decir que es la primera vez que tengo opinión con las consecuencias que sabes que pueden tener esas palabras para mí, que tú sabes perfectamente cuáles son, ¿cómo lo entenderías tú ?.
No supo qué contestar, permaneció callada, y a Umberto pareció escapársele una reflexión en voz alta.
-Y todo porque por primera vez he opinado de una forma distinta a ti. -Una sonrisa irónica se dibujó en su rostro.
Violeta estalló.
-¡Oh...! ¡Por favor, Umberto! ¡No quiero discutir! ¡Problemas en el trabajo, problemas aquí! -gritó un poco fuera de sí.
-En el trabajo tendrás problemas, pero aquí no tienes ninguno, solo te he dicho lo que pienso -le contestó hablando bajo y pausadamente.
-¡Ahora que me ves débil, te atreves, ¿no?!
-No te conozco, ¿cómo puedes decir eso?
-¡Está clarísimo! -dijo ella riendo sarcásticamente.
La vio inmadura, irracional, como una niña que solo quería salirse con la suya.
-Será mejor que me marche de esta casa.
-¡¿Queeeeé?!
-Lo que has escuchado, me voy.
Umberto se levantó y salió del salón. Violeta miraba a un lado y a otro nerviosamente, buscaba una respuesta a aquella actitud, y la encontró. Salió detrás de él dirigiéndose a la habitación.
-¡Existe otra mujer! ¡¿Verdad?! ¡¿Es eso...?! ¡¿Es eso...?! ¡¿Quién es?! -Él no respondió-. ¡Si te vas, no vuelvas más!
-Volveré cuando quiera estar con mi hijo.
Violeta se lo iba a escupir en medio de la cara, es lo que sentía desde la posición de poder que siempre había tenido sobre él; pero percibió que se le estaba escapando, y eso no es lo que ella quería. Dudó. Intentó comprender. ¿Quién estaba provocando la discusión? ¿Era Umberto el que procuraba que ella estallase? ¿Estaba siendo víctima de él? ¿Buscaba una excusa para marcharse? Entonces, existía otra mujer. Su sentimiento de culpabilidad desapareció.
-¡Qué fácil lo ves todo!
Umberto sonrió amargamente mientras comenzaba a meter ropa en una bolsa de viaje. Había decidido no discutir más, pero no pudo permanecer callado ante esas palabras.
-¿Cómo me puedes decir eso? Tú, que sabes por lo que he pasado, me dices... ¿que todo lo veo fácil? Pero... ¿con quién me estás confundiendo? -En la mente de Violeta, de nuevo Enrico-. Lo único que te pido es que no me pongas problemas a la hora de ver al pequeño Di Rossi.
Dudó de todo, se sintió decepcionada con ella misma, recapacitó por primera vez ante las palabras de Umberto.
-Por supuesto -dijo mirándolo de un modo distinto.
Umberto no respondió.
-No quiero que te vayas.
Se acercó, pasó la mano sobre el bíceps de su hombre. Él no hizo caso.
-Por favor, tú lo has dicho, este es nuestro hogar, necesitamos estar los tres. Si uno falla, los tres nos veremos afectados.
Umberto se detuvo, miró al suelo mientras ponía los brazos en jarras, resopló. Estaba muy alterado, aunque no lo demostraba, se controlaba perfectamente. Había algo que no comprendía, Violeta era una mujer fuerte, de carácter, y siempre se conformó con él, como era, con su inseguridad, sin exigencias. Se conformaba con demasiada facilidad. Ese detalle no lo comprendía. ¿Por qué?
Ella lo vio concentrado, pensativo. Quiso influir en su decisión. Metió los brazos entre los de él abrazándolo por la cintura, a Umberto no le quedó más remedio que corresponder.
-Tienes razón -dijo mirando al suelo por encima del hombro de Violeta.
-¿Qué te ha pasado?
-Nada, un mal momento, pero me ha gustado que hablaras de nosotros. Creo que ha sido la primera vez que compartes algo conmigo.
-Eso no es así.
-Sí que lo es, hemos compartido las preocupaciones por nuestro hijo -de nuevo la imagen de Enrico en la mente de Violeta-, pero las nuestras, las tuyas y las mías, las de nuestra relación, ¿dónde están? No compartimos lo que pensamos. Yo siempre he hecho lo que tú has querido.
-Porque era lo mejor.
-Sí, tal vez sí, pero no hemos compartido nada más que al pequeño Di Rossi.
Violeta pensó que la vida y la convivencia estaban llenas de ironía. Sintió decepción de todo, y sobre todo, de ella misma. Pero no se iba a hundir. Algún día, no sabía cuando, conseguiría dejarlo todo atrás, olvidarlo de una vez.
-Te quiero.
-Llevo muchos años sin sentirlo de verdad, solo escucho esa palabra de vez en cuando.
-Pues te quiero de verdad.
-¿Estás segura?
-De eso no tengo ninguna duda.
-Pues completemos lo que iniciamos cuando nos conocimos en esta ciudad. Que sea Nueva York, Manhattan, nuestro destino.
Violeta notó algo extraño cuando escuchó ese razonamiento, una sensación que no pudo interpretar. Tampoco Umberto sabía en esos momentos que aquella ciudad no era su destino, sino el de Violeta. Salió de Nápoles para conocerlo allí. Volvieron y de nuevo ella decidió que sería esa ciudad donde desarrollarían su futuro. Allí nació su hijo. Estaba muy claro.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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