jueves, 9 de abril de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.


CAPÍTULO XVII

Estaba evitándola. Llevaba varios día preocupado por ese momento que él sabía que se había de producir, y Elodie se acercaba por el pasillo. De inmediato, Umberto bajó la cabeza, la mirada, y notó cómo se le encogía el estómago, le faltó la respiración. Calculó que ella ya estaría al cruce y levantó el gesto un poco hacia el lado donde ella debía estar. Sorpresa, solo alumnos, más nerviosismo. La buscó ansioso sorprendido de no verla, y la relajación le llegó cuando la encontró, se había detenido en el pasillo en cuanto lo vio. Ella esperó a que llegara mientras lo observaba fijamente. A Umberto le desapareció la inseguridad, se dio cuenta de que en el fondo estaba deseando volverla a ver, como en ese momento, Elodie, con su sonrisa...
-Hola -dijo al llegar hasta ella, que permanecía quieta.
No se besaron en la mejilla ni se dieron la mano.
-¿Cómo estás? -preguntó Elodie.
-Bien..., supongo que bien -terminó reconociendo mientras desviaba la vista a un lado, después, al suelo.
Ella lo repasó. El gesto de aprecio y cariño estaba presente en su rostro, en la mirada, en la sonrisa de mujer enamorada que todo le parece bien del que ama. Los alumnos pasaban a su lado y captaban ese algo especial que les envolvía. Umberto no se daba cuenta de la imagen delatora.
-No te tienes que preocupar por nada. -Él solo levantó la cabeza, siguió sin mirarla, la vista perdida por el fondo del pasillo.
-Por ti, ya lo sé. -Y ahora sí buscó la mirada de ella.
-Ni por mí, ni por ti. Tampoco te tienes que arrepentir de nada.
-Elodie, tú no puedes saber eso.
-Pues claro que lo sé, estoy completamente segura de eso.
Umberto suspiró.
-Sabes, cuando me dijiste que eras virgen, se me vino el mundo encima.
-¿Por qué...?
-Hubiera preferido no ser el primero.
-Era virgen porque antes no había encontrado a nadie como tú.
-No digas eso.
-¿Por qué?, es la verdad.
-Pero yo no...
-Tú no... ¿qué?
-No sé cómo explicarlo.
Ella seguía pendiente del más mínimo gesto de él, como un perro de su amo.
-No me expliques nada, vamos a tomarnos un té.
-Tomemos un té -dijo relajándose algo.
Fue solo un instante, porque, nada más girarse y comenzar a andar, ella se cogió de su brazo. Umberto se sintió incómodo cuando notó la mano en su bíceps, conectó con la tarde en el apartamento, pero no dijo nada. Caminaban por el pasillo. Él iba pendiente de con quién se cruzaba, rígido, ella relajada. Las caras de ambos hablaban, la de él decía miedo; la de ella, amor, el que Elodie llevaba en su interior esa tarde, la que por primera vez en su vida no sintió el enorme complejo que le había acompañado desde niña.
Nada más comenzar a desarrollársele el pecho, ella se fijó en aquel detalle que no le gustaba. Además, rápidamente se convirtió en motivo de risas y de ser señalada por todos. Las compañeras le pedian que lo enseñara, le decían que era imposible que lo tuviera así, que era un postizo que ella se ponía para llamar la atención de los chicos, y estos también se reían. Las burlas fueron una constante, pronto comenzó a utilizar chaqueta. A partir de ahí, aunque veía que atraía a los hombres, siempre pensaba que eso era porque no conocían su secreto, se avergonzaba de su físico. Un enorme complejo que no había logrado superar. Cuando descubrió que en otros tiempos podía haber sido la mujer más deseada, no pudo olvidar las risas. Sus secretos no podía compartirlos con cualquiera, solo Umberto estaba a la altura. Era distinto a los demás, sintió una fuerte atracción por él desde la primera vez que lo vio. Jamás había sentido esa fuerza, con esa intensidad hacia un hombre; y cuando lo conoció, esta no solo se mantuvo, sino que lo convirtió en la persona ideal para compartir. De alguna forma era muy parecido a ella, percibió rápido su inseguridad, su timidez, pero juntos se reafirmaban. A su lado el tiempo se detenía, y cuando se separaban hasta el siguiente día, solo estaba pensando en él, recordando los momentos juntos, las conversaciones que habían mantenido, repasaba los comentarios que había hecho..., y se reprochaba el que los podía haber mejorado. Junto a él intentaba hacer todo de la mejor manera posible. ¡Y cómo se enriquecían sus conocimientos de pintura con los datos históricos que él aportaba!
Lo único que a Elodie le resultó extraño fue que Umberto no se hubiera dado cuenta de que las imágenes del códice estaban realizadas utilizando la perspectiva caballera, él que reparaba en todos los detalles. ¿Tanto lo había impresionado? Era la otra sorpresa que le tenía preparada. Habían hablado muchas veces lo que provoca la codicia, aquellas guerras entre ciudades y familias en el Renacimiento, las barbaridades que se hicieron en contraste con la belleza de las esculturas y pinturas. Mientras que lo que aparecía en el códice era amor y sexo. ¿Cual de los dos, la guerra o el amor, era más fuerte? La conclusión de Elodie era que el amor y el sexo eran poseedores de mayor fuerza que la guerra y la avaricia. Tenía la demostración, habían conseguido desarrollar la perspectiva caballera diez siglos antes, en la India, así lo corroboraban las pruebas de carbono 14 a que había sometido los pergaminos.
Pero eso no le importó lo más mínimo en el momento en el que inició los pasos para que la conociera como era, con todos sus secretos ya a la luz; entre ellos, lo que sentía por él. Le decía, así soy, así pienso, aquí me tienes, haz conmigo lo que quieras, tómame, yo te deseo, ahora veo que todo lo que me ha pasado era para que me reservara para tí, y si a ti te gusto, yo seré feliz.
Delante de la cafetería había un vestíbulo donde confluían tres pasillos, dos laterales y uno central por donde llegaban ellos. Umberto, con su tensión, solo miraba al frente. Si lo hubiera hecho a la izquierda se habría encontrado con la cara de extrañeza del señor Heller, que los estaba observando en esos momentos, muy serio, apretando los labios, como si hubiese descubierto algo que le molestara.
Frente a frente, sentados a la mesa, el estar de ambos seguía siendo muy diferente, pero, poco a poco, el hábito llevó a Umberto a los temas que solían tratar en aquel lugar. En su cabeza aparecieron un montón de pergaminos de los que él tenía serias dudas de que fueran auténticos.
-Las ilustraciones del códice Vatsyayana, la joven del pelo rubio... -La miró a los ojos, después a su pelo, y no pudo evitar bajar la mirada hasta el pecho disimulado bajo una chaqueta, como siempre, e hizo aquel gesto suyo de apretar la mirada.
Elodie se dio cuenta y su sonrisa la convirtió en risa abierta.
-Disculpa -dijo ella, que se hizo una idea de lo que a él le estaba pasando por la mente.
-¡Oh, Dios!
-¡Ja, ja, ja...! -se le escapó. Después llevó rápidamente la mano a la boca para taparla.
Y él notó que comenzaban a hacerle efecto la imágenes que se le aparecían de ella. Se tiró del pantalón. Ella de nuevo se daba cuenta, por lo que le fue imposible parar. Comenzó a llorar de la risa.
-Perdón, perdón.
Se fijó en cómo ella se secaba las lágrimas con un pañuelo de papel, en cuanto terminó lo buscó de nuevo, y de nuevo la miró de aquella manera suya.
-¡Ja, ja, ja!, por favor, por favor, no me mires así.
-¡¿Cómo?!
-Así. -Y ella lo imitó engurruñendo los ojos.
-Si es que no me doy cuenta.
-Pues a ver cómo me quito yo de la cabeza tu cara de asombro, y ese gesto tuyo cuando me miraste.
-¿Lo hice?
Ella movió afirmativamente la cabeza mientras cerraba los ojos y seguía riendo, recordaba. Cuando se recuperó un poco se dio cuenta de que él estaba algo serio.
-Disculpa, disculpa, voy a intentar que no... ¡ja, ja, ja!
Esperó, tanta risa le había descomprimido el pantalón. Comenzó a tomar el té, le reconfortó. Parecía que a ella se le pasaba ya. En cuanto consideró que la tenía a tiro, disparó.
-La mujer de la India te engañó, los pergaminos son falsos.
-¿Sí? ¿Por qué dices eso, en qué te basas?
-¿De qué siglo consideras que son?
-Aproximadamente siglo V.
-Imposible.
¿Por qué?
-Porque las ilustraciones que me enseñaste son una perspectiva caballera perfecta.
-¿Y?
-Ya hemos discutido eso, el origen es la Italia de final del medievo, y Brunelleschi aplicándola para resolver los problemas de construcción en la catedral de Florencia.
-Pero recordarás que nunca te acepté eso.
-Efectivamente, pero tampoco dijiste nunca que el origen era la India en el siglo V.
-Comprenderás que en aquel momento no te podía dar a conocer todo lo que sabes ahora, una necesita su tiempo. -Y le miró todo su rostro, detalle a detalle, el pelo, los ojos, los labios, las cejas, la barbilla, la frente, las mejillas, la nariz, las gafas.
Lo repasó insistentemente, con su sonrisa enamorada.
-¿Y cuál es tu teoría?
-Desde la antigüedad, todos los pueblos y culturas han utilizado diversos procedimientos con el fin de crear la sensación de profundidad. En Oriente también se hacía una representación del espacio expresando la lejanía de forma similar a la perspectiva occidental -Elodie hizo una pausa, ahora era la mujer intelectual trasmitiendo sus ideas-, no puedo afirmar que yo esté en lo cierto, pero cuando se agota el Románico y comienza el Gótico, allá por el año mil doscientos, la Iglesia católica tenía tal fuerza que borró prácticamente la perspectiva. La pintura se centró en los temas religiosos, santos y vírgenes llenas de misticismo eran los motivos centrales en toda Europa. Durante muchos años la evolución de la pintura se centró en que Jesús, la Virgen, poco a poco fueran mostrando algunas emociones y sentimientos, dolor, ternura, o sea, cada vez más humanos. Después, de nuevo comenzaron a utilizar algo la perspectiva con el fin de hacerlos más persuasivos. En Italia, los Estados Pontificios estaban en su apogeo extendiéndose desde Roma hacia el norte, eliminando cualquier connotación sexual en todas las manifestaciones artísticas... No, por allí no fue la conexión Oriente-Occidente que se tuvo que dar en algún momento. Por la explosión que tuvo la perspectiva caballera en la escuela flamenca creo que pudo ser por los Países Bajos, siempre han tenido buenos navegantes y comerciantes, pero ya te digo, sin pruebas.
-Pero... ¿por qué das por auténticos los pergaminos?
-Porque los he sometido a la prueba del carbono 14.
-Esa prueba no es fiable.
-Cuando se trata de muchísima antigüedad, puede fallar, pero en mil quinientos años, no.
-Casi nadie acepta ya esa prueba, acuérdate de la que se lió con el análisis de la Sábana Santa.
-No estoy de acuerdo, el intento de desacreditar la prueba del carbono 14 vino porque no confirmaba la antigüedad que se le suponía a la sábana Santa, que será sábana, pero dicen que no tiene la antigüedad para haber envuelto a Jesús.
La Iglesía católica tiene la culpa de todo -se quejó Umberto.
-La Iglesia a frenado el desarrollo, pero ahora no estamos hablando de eso, lo que te digo es que he sometido los pergaminos y la tinta a treinta pruebas, y los resultados son uniformes. No es una falsificación.
-¿Seguro?
-Completamente.
-Diez siglos antes... -dijo pensativo mientras hacía aquel gesto suyo con la mirada fija en el té.
-¿Lo digieres? -le preguntó ella con una sonrisa.
-Intento.
-Vamonos a mi apartamento -dijo Elodie tranquila y segura.
¡Bum! Su cuerpo se estremeció, de nuevo la imagen de ella, bella, desnuda. No dijo nada, llevó su mano al bolsillo trasero, buscó la cartera para pagar.
El señor Heller no había podido resisitir sus tentaciones, nunca las podía resistir y, desde el vestíbulo, un poco apartado de la entrada, escudriñaba.
¨ Estos dos están liados¨ .
Umberto miró a Elodie, poco a poco terminó compartiendo una sonrisa..., mientras que el señor Heller no pudo ocultar el gesto de rabia.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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