miércoles, 29 de abril de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.


CAPÍTULO XXII

Violeta se movía en metro para llegar desde el Upper West Side al bajo Manhattan. En el distrito financiero estaba el edificio y sede central de Salomón Investiment Securities, que desde 1948 gestionaba grandes patrimonios. Allí era donde ella trabajaba, también era la única socia no hebrea de la entidad.
Desde hacía seis años tenía por costumbre bajarse en la estación de Fulton y, cuando llegaba a la superficie, se apartaba un poco de la boca de salida. Desde allí mirando a Trinity Church, que le quedaba enfrente, pequeña, rodeada de enormes rascacielos, Violeta rezaba durante un minuto todas las mañanas. Conocía esta iglesia y el viejo cementerio desde los primeros días de becaria en la ciudad, pero fue en un momento delicado de su vida cuando sintió la necesidad de ir allí a rezar por los suyos, los de aquí y los de allá, y también por ella misma. Después, un breve paseo hasta John St., por donde caminaba en la misma dirección que el sentido del tráfico pensando ya en las cuestiones del trabajo.
Violeta era la primera en llegar. A las siete ya estaba repasando con la mirada los distintos bloques de documentos mientras en la pantalla del ordenador aparecía su agenda. No le hizo falta repasarla, era jueves, el día reservado para la reunión con el Presidente y los tres Vicepresidentes, como siempre, a las once de la mañana.
Se juntaban cinco personas, cuatro hombres y una mujer, cuatro judíos y una cristiana. No quería otras cuestiones los jueves, le gustaba estar concentrada en los informes sobre sus clientes que semanalmente le pedían. Las propuestas de inversión que les había realizado en función de sus perfiles y en las que, incluso si el cliente era arriesgado, ella optaba siempre por la prudencia. Era consciente de que en su trabajo rápidamente se perdían muchas referencias de todo tipo por las grandes sumas de dinero que se manejaban. La riqueza y posición enturbian la mente, lo sufrió en sus propias carnes; pero Violeta ya no dejaba que eso le sucediera. Estaba muy presente a la hora de tomar decisiones. En un mundo de brokers llenos de codicia que buscaban el máximo beneficio en el mínimo tiempo, ella era una rara avis llena de sensatez. Lo primero que veía no era el beneficio, sino que no hubiera pérdidas. Pensaba que el dinero siempre será asustadizo y, efectivamente, cada vez que una pequeña tormenta sacudía el mundo financiero, nuevos clientes llamaban a la puerta de Salomón Investiment Securities. Como hebreos, el conocimiento del mundo de las finanzas se les presuponía, después se llevaban la sorpresa de las ideas y toma de posiciones de esa joven italiana, guapa y menuda.
A Violeta solo le interesaba su trabajo. Correctísima, nada de familiaridades, cuidaba el dinero de los inversores de capitales más que si fuera suyo. Y estaba allí para trabajar, no para perder el tiempo. Después, el fin de semana, solo su familia.
Poco a poco, el edificio iba adquiriendo los sonidos de la vida diaria. Los circuitos se ponían en actividad. Puestos de trabajo separados por paneles grises. Solo la zona de Presidencia y Vicepresidencias era opaca. Violeta tenía el despacho más cercano a esa zona noble. Era de grandes dimensiones y exterior, acristalado, enmoquetado, con una magnifica mesa de dirección; a sus espaldas, un estante lleno de libros y, enfrente, tras los sillones de confidente, un par de sofás formando L en los que nunca se sentaba.
Por el contrario, la última en llegar siempre era Audre, la secretaria de Violeta. Aunque de la misma edad, físicamente era todo lo contrario a ella; alta, rubia, ojos azules, piel blanca y pose coqueta. Dijo un ¨Buenos días¨ alegre y dejó sobre la mesa de su jefa un café mocca comprado en el Starbucks de la esquina. Después, como siempre, desapareció diez minutos en el lavabo, el último retoque a su rostro y un repaso final a su ropa. Revisaba cada uno de los detalles de su agraciada figura.
Nada de eso le importaba a Violeta, que estaba concentrada en datos y líneas que marcaban perfiles y tendencias, solo le pedía que le dejara el café por la mañana. Llevara correctamente la agenda, acercara los informes a las personas indicadas, y se cerciorara de que la impresión de los documentos estuviera completa y perfecta. Finalmente, que todo quedara debidamente archivado, no soportaba no encontrar un documento cuando hacía falta.
Las doce, mediodía.
-Por favor, páseme esos informes.
Todos mostraron su extrañeza. Era muy difícil que Salomón Siegman dijera algo dijera algo o se interesara directamente por algunas de las cuestiones que se hablaban en la enorme mesa de reuniones, donde los tres Vicepresidentes y Violeta se reunían en una esquina en torno a él. Se limitaba cada jueves a ver cómo el Vicepresidente Primero dirigía la reunión y, solo al final, él decía el consabido: ¨Bien, adelante¨. Pero en esta ocasión, después de que Violeta terminara su exposición, quería ver esos informes escritos. Se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta para sacar sus gafas Cartier, de oro blanco, y que un día Violeta descubrió por casualidad que costaban treinta mil dólares. A pesar de ello, a este hombre de sesenta y cinco años no le gustaba ponérselas. Alto, delgado y coqueto, pensaba que le hacían mayor, sobre todo por ese gesto que tenía que hacer levantando la cabeza para ver con nitidez los números impresos en los ejes; aunque en esos momentos en lo que se estaba fijando era en la línea ascendente de color Violeta. Esbozó una muy leve sonrisa alargando mínimamente sus labios, tan finos que no se le veían. En su caso eran una perfecta línea siempre recta bajo la nariz alargada y fina.
Los tres Vicepresidentes y Violeta estaban expectantes, los cuatro habían detectado ese leve alargamiento de la línea recta de su boca.
-Estuve leyendo su artículo en The Wall Street Journal -los Vicepresidentes Segundo y Tercero cruzaron una mirada, este último no pudo evitar ese tic nervioso que le cerraba los dos ojos a la vez-, sus líneas de color violeta -comentó viendo el color de la línea ascendente de las gráficas de sus informes-, su Teoría Violeta -ahora movía muy levemente la cabeza afirmativamente-, las dificultades de las empresas familiares en trasmitirse de padres a hijos. No sabía que el setenta por ciento de las empresas desaparecían en ese tránsito -ella permanecía callada mientras él la miraba-, y después, si logran..., su continuación..., generación tras generación, las dificultades que se presentan en la cuarta generación..., muy interesante, veo muy acertada su teoría..., afortunadamente yo soy la quinta generación y ya lo hemos superado. -En ese momento fue Salomón Siegman, volviendo a su gesto seco, el que repasó el rostro de los Vicepresidentes Segundo y Tercero. Ambos desviaron la vista.
¨¿Comprendéis por qué ella gana más dinero que vosotros? Si no pertenecierais a la familia, ¿dónde ibais a estar?¨.
Apartó un poco los informes dando por concluida su intervención.
-Gracias, señor -dijo Violeta.
El Vicepresidente Tercero, más cercano, tomó los documentos y se los pasó a Violeta, que estaba a su lado, le dirigió una breve mirada, tímida y recelosa. Después, un vistazo a ver la reacción del Vicepresidente Segundo, su primo hermano le quedaba enfrente, al otro lado de la mesa. A este le habían herido las palabras de su tío. Jamás había pronunciado un halago hacia él, nada similar, ni en privado, y eso que era él quien se tragaba y solucionaba todos los trapos sucios; si no, de qué iba a estar tan tranquilo, allí sentado, como un Dios, inalcanzable. A pesar de todo, se sentía fuerte. Era el Vicepresidente Segundo, solo tenía que salvar dos escollos. Era más joven, tiempo al tiempo. Ese vigor recorrió su cuerpo y le hizo ponerse más derecho en el asiento, pequeño gesto que rápidamente fue visto e interiorizado por el Vicepresidente Tercero tirando de la barbilla hacia arriba y bajándose el cuello de la camisa. Después se relajó y apareció ese tic nervioso que le hacía cerrar, de nuevo, los dos ojos a la vez.
Sonaron dos golpes en la puerta. Debía ser un día especial, porque también era muy difícil que eso ocurriera. Había orden expresa de no interrumpir, salvo que el asunto fuera muy importante.
-¡Pase! -casi gritó el Vicepresidente Primero.
La puerta se abrió y apareció su secretaria.
-Disculpen.
-¿Y bien...? -dijo de nuevo el Vicepresidente Primero enojado dirigiendo la mirada a su subordinada.
-Señor, se trata de Audre, la secretaria de Violeta -las miradas de ambas mujeres se cruzaron, Violeta mostraba su sorpresa-, ha recibido una llamada urgente y se la quiere trasmitir.
A Violeta le dio un vuelco el corazón, la imagen de Paolo se le vino a la mente, notó una fuerte subida de calor por el cuello y tuvo dificultad al respirar. Parecía que no estuviera ocurriendo realmente, pero Audre apareció inmediatamente una vez que la otra secretaria se había apartado al oír decir a su jefe; ¨Bien, que pase¨.
Violeta se notó unos temblores.
-Disculpen, señores, por interrumpirles -dijo Audre dirigiéndose a los hombres y sin mirarla-, es que el señor Cacciatore, propietario de Cesaré s Enterprise...
-Sabemos quién es el señor Cacciatore -contestó el Vicepresidente Primero.
-Bien, pues quiere que Violeta le llame urgentemente.
A Violeta se le aflojó el cuerpo cuando escuchó las palabras de su secretaria.
El Vicepresidente Segundo, que era el más cercano a la secretaria de Violeta, no había dejado de mirarla de arriba abajo desde que había entrado. Se giró un poco hacia ella, con el antebrazo empujó su bolígrafo que estaba sobre la mesa y este cayó al suelo. El hombre, que le estaba admirando el cuerpo, no desvió la vista. Audre observó el bolígrafo, que al golpear con el suelo había llamado su atención.
-¡Oh! -exclamó al verlo.
Dio unos pasos y se dirigió a recogerlo. Cuando se agachó un poco, se dio cuenta de que no iba a poder llegar por la estrechez de su falda. Se incorporó de nuevo y haciendo una mueca con el rostro, que pretendía ser coqueta y simpática a ojos de los hombres, puso las manos sobre sus caderas y la subió, con movimientos acompasados, unos centímetros, hasta quedar a medio muslo, y de nuevo se agachó. Presidente, Vicepresidente Primero y Segundo acompañaron el movimiento con una bajada de cabezas buscando cada uno su mejor ángulo de visión. El Vicepresidente Tercero, que se sentaba al otro lado de la mesa junto a Violeta, envidiaba a los otros tres hombres que tenían perspectiva directa en ese momento sobre las piernas de aquella imponente mujer, todo un espectáculo, y pensó que por qué siempre tenía que ser a él al que le tocara perder, se repartiera lo que se repartiera.
Audre entregó el bolígrafo al Vicepresidente Segundo sin dejar de sonreír ni de repasar el rostro de cada uno de los tres hombres que ya se habían incorporado esos centímetros que se dejaron caer. Nadie le dio las gracias. Solo el Vicepresidente Segundo le mantuvo esa mirada que ella estaba acostumbrada a recibir de algunos hombres, con la que le dicen que ha despertado en ellos ese tipo de deseos, y a ella ese mensaje también le gustaba.
-Espero no haberles molestado, es que tratándose de quien es y la forma de expresarse, me he tomado la libertad de que estuviera... -miró por primera vez a Violeta, pero cuando vio el enfado de ella volvió a los hombres-, estuvieran informados sin pérdida de tiempo.
-Bien, puede dejarnos -dijo el Vicepresidente Primero volviendo la mirada al centro de la mesa mientras que Audre volvía a repasarlos.
-Gracias y disculpen.
Se dio la vuelta concentrada en el contoneo de su cuerpo, en hacer esos movimientos perfectos, que no debían ser muy exagerados, pero que les quedara claro: ¨Mirad lo que hay aquí, para vosotros que aún me contempláis..., o al menos tú¨, pensaba ella segura de que uno, como mínimo, la seguía mirando. No se equivocaba.
-Perdón, Violeta, la llamada del señor Cacciatore, entiendo que es de tipo personal, ¿no?
Violeta estaba perpleja, aún no se había recuperado de la descarga de adrenalina que le había supuesto la aparición de su secretaria allí, y el pensamiento que inmediatamente acudió a su mente, que a Paolo le había ocurrido algo.
El Vicepresidente Primero hizo esta pregunta-afirmación y la miró esperando una respuesta.
-Pues no sé que decirle, yo no tengo nada personal con el señor Cacciatore.
-Es extraño, su cuenta la llevo yo -dijo el Vicepresidente Primero esperando de nuevo un comentario por su parte.
A ella también le extrañó la llamada de Enrico Cacciatore, pero tampoco la cogió de sorpresa. Era uno de sus primeros clientes, no tenían contacto desde hacía años, pero en su fuero interno esperaba esta llamada desde hacía tiempo. Violeta era la primera en tratar a los nuevos clientes de grandes patrimonios, una vez que se ponían de acuerdo en el perfil de riesgo y se confirmaba que habían acertado en la confianza que habían depositado en Salomón Investiment Scurities, porque todo iba como mínimo según lo previsto por la línea violeta, estos pasaban ya a Vicepresidencias, en este caso Primera, por el nivel del cliente y, a partir de ahí, era raro que Violeta volviera a contactar con ellos, salvo deseo expreso. Los expedientes con las posiciones de inversión pasaban a los empleados que ocupaban las cinco plantas últimas del edificio, completamente independientes del resto, incluso en el sistema informático. Se trataba de garantizar a esas grandes fortunas que nada saldría a la luz pública por espionaje o a causa de algún empleado desleal. Estos, además de tener una antigüedad mínima en La Casa, habían pasado duras pruebas de selección, también habían sido investigados a nivel personal. Ante la más pequeña duda eran desechados y nunca podrían llegar a esa zona de trabajo que entre ellos se conocía como El Cielo, y es que su salario también era bastante más alto.
-Lo siento, señor, no puedo contestarle nada.
Violeta estaba realmente confusa y se le notaba.
-¿Se quiere retirar?
-Si no necesitan nada más, se lo agradecería.
-Bien, informenos cuando mantenga la reunión con el señor Cacciatore.
-Así lo haré, gracias.
Violeta tomó sus documentos y dirigió una leve sonrisa al Presidente, que inclinó un poco la cabeza correspondiéndola. Dejó la sala.
-La secretaria le ha dado un buen susto -dijo el Vicepresidente Segundo.
-Ha debido pensar que a su hijo le pasaba algo, lo que no comprendo es por qué le llama Enrico a ella, cuando debería llamarme...
-Bien, adelante -dijo el presidente cortando las palabras del Vicepresidente Primero.
Todos se pusieron en pie mientras abandonaba la sala. La puerta se cerró.
-Todas las mujeres son unas putas -comentó el Vicepresidente Segundo-, ¿Y habéis visto cómo andaba? A esas del pasito corto el movimiento les sale desde el coño, aprovechan cualquier bolígrafo que se caiga para enseñárselo a todo el que se lo quiera mirar.
-Y les gusta que se las follen por el culo -remató el Vicepresidente Tercero después de hacer unos gestos muy raros, los tics que le producían el síndrome de Tourette, y que también podía producir en el que lo padece, eso, que insultara a las personas sin querer, como el abuelo, que también lo padecía, y que de vez en cuando soltaba las mismas palabras que acababa de pronunciar su nieto, era su frase favorita y todos se la había escuchado desde pequeños.
Violeta caminaba lentamente. Audre no la vio llegar, estaba concentrada en una conversación telefónica claramente de tipo personal.
-¿No había ninguno que mereciera la pena para encerrarlo?
Pasó sin mirarla.
-Sí, está muy bien, pero... ¿a ese qué es lo que le faltaba?
Y nada más poner el primer pie dentro de su despacho, de nuevo Violeta recibió una descarga, esta vez de fuerza.
-¡Audre, deje lo que esté haciendo y venga! -dijo sin volver la cabeza, en voz alta, como nunca antes nadie la había escuchado.
Las palabras retumbaron en la sala, el personal se puso alerta, la secretaria dio un respingo.
-Te tengo que dejar, después te llamo -dijo bajito cortando la comunicación.
La puerta estaba abierta, Violeta de pie, de espaldas a ella. Apoyaba la cadera en la mesa mientras se suponía que esta observando los rascacielos que se veían enfrente. Audre miró la nota que le había dejado sobre la mesa, con el número de teléfono de Enrico Cacciatore, estaba en el mismo sitio, no sabía si la había visto. Tuvo la esperanza de que la estuviese llamando para eso, para que le diera el teléfono del cliente. De todos modos no le preocupaba mucho, físicamente le sacaba la cabeza, y psicológicamente le había ganado la posición a través de los años, sabía cómo manejarla, cómo hacer siempre un poco lo que ella quería. Llevaba unos segundos detrás de Violeta, que seguía igual, Audre tosió un poco. Violeta por fin soltó sobre la mesa los expedientes que aún tenía en la mano y sobre los que habían tratado en la reunión.
-Prepáreme reuniones con estos clientes a partir de la próxima semana, máximo de citas al día, tres, dos por la mañana y una por la tarde -dijo Violeta sin dejar de mirar por la ventana y con una breve señal hacia los expedientes.
-La más urgente la del señor Cacciatore, ¿no?
-No.
La secretaria hizo un gesto de sorpresa.
-¿Algo más? -preguntó dando por terminada la reunión y cogiendo ella su posición ante la respuesta negativa de su jefa, que le había sonado a reproche.
-Sí -contestó Violeta al mismo tiempo que dejó escapar un suspiro, después comenzó a rodear la mesa para dirigirse a su sillón-. Desde mañana la quiero aquí todos los días a las siete, ha llegado el momento de que recupere todos los días que ha llegado tarde durante todos estos años que trabaja a mis órdenes.
-Pero yo no puedo... -Reaccionó con enojo y poniéndose pálida.
-Si no está de acuerdo pase por personal ahora mismo y que la liquiden, de mí no tiene que despedirse -le dijo tranquilamente una vez ya sentada.
-¡Usted no puede tratarme así! -le contestó rebelándose.
-Salga de mi despacho, esta conversación ha terminado.
Ni la miró.
La secretaria, tras una breve pausa para confirmar que no existía la más mínima duda en Violeta, salió agitada moviéndose decidida. Su cuerpo eran sus poderes y alardeó de ellos.
Vio la nota con el teléfono de Enrico Cacciatore, tampoco deseaba hablar con él. Además, conocía muy bien a ese cliente, nunca emplearía con ella la expresión ¨que me llame urgentemente¨, como había querido hacer creer su secretaria. Estaba segura de que Audre aprovechó la llamada para hacerse ver por la zona noble, a la vista del Presidente y familia. Violeta ya había reparado en la rapidez con que se comportaba cada vez que la mandaba a aquella zona..., y lo que tardaba en regresar.
De nuevo inspiró profundamente, no se le había quitado la inquietud. Seguía sintiéndose insegura, algo no habitual en ella, pero le habían tocado su punto débil. Se dirigió al perchero, tomó su abrigo y salió. Audre estaba llamando por teléfono, elevó la voz para que la oyera, estaba concertando una cita de las que le había ordenado. Los demás empleados asomaban las cabezas de vez en cuando por detrás de los paneles con reuniones de excusa para no perderse la refriega. Pero Violeta no escuchaba, no veía, aunque finalmente no olvidó sus obligaciones.
-Vuelvo dentro de una hora -dijo Violeta sin mirar a su secretaria y sin detenerse.
-¡Sí, no se preocupe, yo la cubro!
Violeta se paró en seco y volvió la cabeza, su rostro mostraba un gesto como de... ¿extrañeza?, ¿estar harta de ella?
-Por favor, deje ya de decir tonterías.
Hizo dos movimientos negativos con la cabeza y se giró, con una ráfaga de mirada que hizo que se ocultaran cabezas tras los paneles. Dejó sin respuesta a su secretaria, que se había quedado con la boca y los ojos muy abiertos.
Aún hacía frío en John St.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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