miércoles, 15 de abril de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.

CAPÍTULO XIX


-¿Entiendes por qué siempre llevo chaqueta? Se me notan muchísimo lleve lo que lleve puesto.
-Ya -dijo Umberto mirando hacia abajo, después se mordió el labio inferior.
-Ten mucho cuidado con ellos, los tengo muy sensibles.
¨¨Increíble¨.
-Pero ¿te gustan?
-Tú qué sientes? -le contestó a su vez con una pregunta mientras la miraba a los ojos.
-Tu alma en mi vientre -dijo mientras se separaba y bajaba la mano, se volvieron a besar-. Espera un momento. -Y dio unos pasos hacia atrás.
La gata se marchó tranquilamente contoneándose, siempre una última mirada volviéndose hacia ellos.
¨Miau¨. Volvía a trasmitirles sus deseos animales.
El vestido cayó al suelo. El conjunto interior era gris oscuro, casi negro, con transparencias por el borde superior. La visión era de gran sugerencia. Duró solo unos segundos porque ella comenzaba a desabrocharse el sujetador. Un gesto con la mano la detuvo. Obedeció, permaneció inmóvil mientras Umberto dio otro paso atrás, como hacen los pintores. Era bellísima, la perfección en mujer. Afirmó con la cabeza y ella de nuevo obedeció, continuó por donde lo había dejado.
¨¡Dios!¨.
Un pecho lleno y sostenido. Elodie buscó de nuevo la reacción de él ante la visión que tenía delante, estaba entre hipnotizado y anhelante. Con una mano se tomó un pecho y lo elevó hacia ella. Lo miró, después observó a Umberto. No había hecho ningún comentario el día anterior.
-¿Te recuerda a algo?
Y él por fin la miró a los ojos.
-Sí, a la concha sobre la que está la diosa de Bottichelli en el cuadro de El nacimiento de Venus.
-No se te ha olvidado, ¿verdad?
-Claro que no -dijo en voz baja mientras negaba con la cabeza.
-Es nácar, me lo pongo en la punta porque cualquier roce me molesta muchísimo, incluso el del sujetador. No lo soporto.
Umberto se acercó, bajó la cabeza hacia el pecho.
-Espera un momento.
Ella se apretó decididamente, primero uno, después el otro. Con la uña y sumo cuidado se quitó los círculos de nácar que los cubrían. Parecían húmedos. Elodie, con el dedo y dos movimientos giratorios los recorrió. La aureola grande, rosácea, de allí despegaban los pezones exagerados en longitud.
-Ya -dijo volviendo a mirar a Umberto con su sonrisa.
Y él bajó para rozarlos con sus labios, primero uno, después el otro, para a continuación pasar la lengua por debajo, mojándolos, levantándolos, una y otra vez, se endurecían.
Miró hacia arriba, Elodie ya no sonreía, aguantaba el roce, pero también mantenía la boca abierta por el placer que estaba sintiendo. Intentó morder el pecho, se le escapó, no podía; tenía la piel muy tersa a la vez que fina y suave. Umberto buscó de nuevo su boca, a pesar de que no la tenía grande, su labios lo llenaban, ya no se podía unir más y, sin embargo, ella hizo un movimiento extraño que logró que se acoplaran en una perfección dando paso a un juego que le produjo una excitación como nunca antes había obtenido de un beso. No tenían bastante con nada, ni él ni ella, y solo dejó de besarla sin estar saciado para continuar con su cuello. Notó cómo toda la piel de ella se erizaba en cuanto sintió en esa zona el contacto de sus labios. La mojaba. Ella dobló un poco la cabeza como intentando escapar de su boca aunque realmente no quería, solo era una reacción instintiva.
-¡Ufff! Mira los vellos -le dijo separándose, él intentando lanzarle otro mordisco-. Espera... ¡No, por favor!
Elodie llevó las manos a la chaqueta de él y se la quitó. La tiró sobre la cama. Después desabrochó los botones de la camisa, uno a uno, mientras lo miraba con esa leve sonrisa que ella siempre le mostraba, con la boca cerrada, como las vírgenes de Botticelli, solo que ahora su rostro estaba encendido y los ojos le brillaban. Un tirón y salió del pantalón.
Umberto levantó las manos y se llevó el pelo hacia atrás, los ojos cerrados, estiró el cuerpo, vientre plano, pecho fuerte, con un vello que terminaba formando un arroyo central hacia abajo; y sus bíceps alargados, desarrollados de forma natural. En ese momento fue ella la que deseó morderle, y lo hizo en un pezón. Él reaccionó bruscamente, pero ella no soltó el bocado. Toda la concentración de su mente se fue a ese punto que ella había humedecido. Ahora era a él al que se le erizaba el vello. Elodie lo sintió y rió, lo miró contenta de haberle producido esa reacción enseñándole por fin los dientes en una risa distendida, sin censura, como se sentía en ese momento.
Se giró decidida y lanzó uno, dos, tres cojines sobre la alfombra mullida de lana de Nueva Zelanda.
-Ven -le dijo cogiéndolo de la mano y llevándolo allí.
Se arrodilló y le desabrochó el cinturón, el pantalón. Lo comenzó a bajar muy despacio, cuidadosamente. Umberto desde arriba vio lo que venía y llevó su mano para taparse.
-¡No...! -le dijo ella quejándose al mismo tiempo que le apartaba la mano.
Umberto dejó caer los brazos a ambos lados del cuerpo y elevó de nuevo la cabeza hacia el techo. Elodie se alegró de ver una pequeña mancha en los bóxer Calvin Klein, después volvió a incorporarse. Besos, ataques, sometimientos, caricas, roces, cuerpos, piel, labios húmedos, respiración entrecortada, y aún estaban en pie...
-Me estás poniendo perdida -dijo orgullosa mientras le tomaba, deseaba tenerlo dentro, hacía un buen rato que sentía esa necesidad; pero también quería descubrir los juegos de él, incluso los suyos, no tenía experiencia y esos eran los momentos que había estado esperando media vida-, ¡Dios!, ¡te estás derramando! Exclamó apretando los labios, mirando los ojos entornados de él que aún no había bajado la mano más allá de donde comenzaba su rubio vello púbico, solo había pasado la yema de los dedos por ese primer contorno, natural, sin depilar, como todo su cuerpo, que esperaba al hombre soñado para entregarse, tal y como era, sin el más mínimo engaño.
Y por fin se decidieron los tres dedos centrales a adentrarse algo más. La reacción de Elodie ni se hizo esperar, se puso de puntillas para que le llegaran antes a donde ella deseaba, sin palabras se lo hizo saber a Umberto porque le introdujo la lengua en su boca todo lo que pudo. Un dedo a cada lado, el del centro recorriendo suavemente ese punto del que obtenía todo el deseo. Ella adelantó la pelvis y después se echó hacia atrás. En ese instante Elodie tenía los ojos cerrados, la cabeza inclinada un poco hacia el lado y la boca abierta, jadeante, y se tomaba uno de sus pechos apretándolo.
-¡Oh...!
Cayó de rodillas sobre la alfombra, buscando con la boca el pene, apenas un roce, un leve beso, se desplomó a un lado.
Umberto se recostó, la abrazó por detrás pasándole el antebrazo por debajo de la cabeza y permaneció así. Ella se fue recuperando, le besó el interior del brazo, acomodó su trasero al cuerpo de él.
-¿Estás bien?
Ella se volvió un poco y lo miró a los ojos, los rostros se acercaron.
-Claro que sí -ella buscó su boca, los besos fueron cortos, nunca he estado mejor.
Por el calor de su piel, más sonrosado que nuca, y su gesto de felicidad mientras lo besaba en el cuello, Umberto pensó que era verdad.
Elodie se despegó un poco y llevó la mano hacia atrás cogiéndolo.
-Quiero más, y tú no te puedes quedar así, hagamos el amor como los elegidos.
Umberto recordaba perfectamente la postura, similar a la que practicaba todas las mañanas en sus asanas. Se incorporó y se sentó sobre la alfombra mientras ella se tumbaba boca abajo poniéndose un cojín bajo la cara. Tenía unas caderas perfectas y un trasero precioso, redondo, armonioso. Le pasó la mano por uno de los cachetes, ni la más mínima estría.
-Umm, ¿te gusta?
-Por supuesto.
Y ella lo subió.
-Ponte sobre mí y pásame tus pies por debajo.
Así lo hizo, tenía los dos pies unidos por las plantas. Su pubis quedaba sobre los talones. Ella separó un poco las piernas. Umberto vio cómo el vello púbico perdía fuerza y tamaño convirtiéndose poco a poco en estela fina que rodeaba esa parte trasera. Desde esa postura le era muy fácil volverla a acariciar viendo exactamente dónde, provocando en ella otra vez los deseos, si es que en algún momento los había dejado de tener.
Comprendió que fuera una postura deseada. Con los talones le rozaba el pubis aprovechando los movimientos mientras se realizaba el acto sexual, al mismo tiempo que le quedaban libre las manos para acariciar, acompasar, dirigir a la mujer.

Se besaron.
-Lo siento, se me ha hecho tarde, me tengo que marchar.
-Bien.
Umberto cogió el bóxer para ponérselo.
-¡Maldita sea!, se ha manchado. La imagen de Violeta apareció de repente.
Elodie se sentó sobre la alfombra y abrazó un cojín.
-Si es que no tienes fin, ¿le doy con el secador?
-No tengo tiempo, se me ha hecho tarde. La mente de Umberto cambió al pequeño Di Rossi, tenía que recogerlo del colegio.
-Como tú prefieras.
Se vestía deprisa.
-¿Nos veremos mañana en la Universidad? preguntó Elodie.
-Sí, claro.
-Como tú digas.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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