viernes, 3 de abril de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.



CAPÍTULO XV

Umberto estaba alegre, se sentía más seguro, fuerte, su vida estaba cambiando. Ya se relacionaba de forma natural con la gente, sin la dosis de tensión que antes padecía. A ello había contribuido todo, todos, y entre ellos estaba Eloide, una relación especial. Le caía muy bien esta joven que había comprobado cómo hacía volver la cabeza no solo a hombres, también a las mujeres. Su altura, su esbeltez, tenía un estilo y una belleza que a Umberto le resultaban incluso más naturales que cuando la conoció. Había cambiado su peinado, ahora llevaba flequillo, el resto del pelo lo volcaba detrás de las orejas dejando a la vista completamente su rostro. Su piel tenía un rosado natural y no llevaba nada de maquillaje. Umberto la terminó viendo como la amiga que nunca tuvo. Las conversaciones se centraban en sus materias, Pintura e Historia; de tipo personal solo cambiaban impresiones sobre algunas posturas de yoga que los dos practicaban.
Ella se había mostrado como una experta en la historia de la India, sobre todo en lo relacionado con la larga trayectoria de su población hacia la espiritualidad. Parecía una persona solo interesada por ese aspecto del mundo interior, por su profesión, el estudio, y compartía con él esas dudas que constantemente aparecían sobre los temas pictóricos. Se produjo en ellos, y a la vez, una evolución. Ambos aportaban sus conocimientos, unificaban criterios sobre las motivaciones reales que produjeron finalmente muchos cuadros, sobre todo del Renacimiento.
Elodie, cuando estaba con Umberto, siempre tenía esa leve sonrisa con los labios cerrados. Cualquiera que la viese pensaría que era una mujer feliz. Pero a partir de ahí, nada sabían el uno del otro, ni el número de teléfono. Quedaban cada día después de las clases, y ninguno fallaba. El mundo desaparecía cuando estaban juntos hablando de los temas que les apasionaban en el entorno de su trabajo. Una amistad perfecta, tal vez imposible entre hombre y mujer, sobre todo cuando salieron de ese entorno.
-No me había planteado dónde vivirías, pero me has impresionado.
-No está mal.
-¿Y ese apartamento se puede pagar con nuestro salario?
Ella sonrió.
¨Miau¨ .
-¡Ay, mi niña!
¨Miau¨ .
Elodie dejó el bolso sobre un antiguo sofá rojo, con rombos y botones, un Chester Capitoné en el que Umberto reparó, pero en el que no se detuvo, y es que absolutamente todo lo que estaba viendo le llamaba la atención. Mientras, ella se dirigía sonriente hacia el precioso gato blanco de angora que había hecho acto de presencia andando lentamente, estirado, con el rabo vertical. El animal la miró levantando la cabeza mientras ella se acercaba.
-¡Mi niña! -repitió Elodie alzándolo en alto y poniéndoselo delante de la cara.
¨Miau¨.
-¿Tienes hambre?, ahora mismo te preparo tu comida. -Caminó alejándose al mismo tiempo que se volvía hacia Umberto. Ponte cómodo.
-Gracias.
En el enorme salón, salvo el suelo de parquet en un oscuro tono cerezo, predominaba el blanco. En contraste, pocos muebles aunque de gran volumen, como el otro sofá, la gran alfombra. Umberto se fijó en algunos pedestales repartidos por la estancia, eran diferentes, antiguos, y sobre ellos, esculturas. Seguro que eran piezas de gran valor llenas de historia. Le llamó la atención una mano realizada en bronce que descansaba sobre la muñeca, debía de tener siglos de antigüedad. La decoración era agradable suma de estilos. Solo los cuadros, aunque pocos, respondían todos a los mismos cánones y tonalidades de color.
Elodie volvió quitándose el abrigo. Dejó a la vista un sencillo vestido blanco con cuello a la caja y que le quedaba por la rodilla. Sobre él, su eterna chaqueta, en este caso azul marino con algo de brillo. Sus zapatos con poco tacón completaban una imagen sencilla y elegante.
-Dame el tuyo.
-¡Ah!, sí.
Umberto se quitó el abrigo y se lo entregó.
-¿Te gusta? -preguntó ella señalando el cuadro que estaba observando él.
-Sí, ¿las pinturas son todas del mismo autor?
-Sí.
-Tienen algo especial.
-¿Verdad? Estos son solo unos pocos de la colección, mi padre compró toda la exposición el año pasado. Le encantó, y como un mes antes me había regalado a Alana para que me hiciera compañía, pues... también quiso hacer más acogedora la vivienda para ella.
Umberto quedó desconcertado, no terminaba de comprender del todo, y lo que intuía sería demasiado.
-Para que el apartamento fuera más acogedor... ¿para quién, para el gato?
-Gato no, gata, gata, y se llama Alana -dijo ella riéndose mientras se dirigía al perchero y colgaba los abrigos.
-Pero... ¿tienen algo que ver los cuadros con la gata?
-El autor -dijo ella volviendo.
-No comprendo.
-Es turco. -Umberto siguió con el gesto de estar perdido, agudizó la vista tras las gafas, enseñó los dientes mientras volvía a fijarse en un cuadro-. La gata. Su raza es de origen turco, esos paisajes también lo son, la harán sentirse más cerca de la tierra de donde proviene -comentó Elodie como si fuera de lo más lógico lo que estaba diciendo.
-Ya, entiendo -dijo, aunque no entendía cómo había gente que actuara así.
-¿Quieres tomar algo?
-Pues...
-¿Un whisky?
Umberto la miró extrañado.
-Ya sabes que no tomo alcohol.
-¿Ni siquiera una cerveza?
-No, además... las pocas veces que la he tomado noto como si me llenara demasiado.
-Sigue así, te ayudará a mantener la figura que tienes -dijo, para continuar con su estar de mujer feliz.
Umberto no supo si estaba ante un piropo, una referencia al cuerpo o al aspecto físico era un tipo de conversación que nunca se había dado entre ellos.
-Gracias. Entonces a tu padre también le gusta la pintura dijo mientras miraba a la gata.
-Claro, vive de ella. -Umberto repasó de nuevo el apartamento, la calidad de los muebles de diseño, las antigüedades, las esculturas-. ¿No has oído hablar de la Galería Dómine, en Washington? -Él se echó el pelo hacia atrás; en su cara, la boca abierta contenía la sorpresa-. Es mi padre. -Y acabó de comprender que había entrado en otro mundo.
-No me habías dicho nada. -Ella se encogió un poco de hombros como diciendo ¨no ha surgido¨, y él reparó en que no sabían nada el uno del otro-. Entonces, lo que estoy viendo es real y ahora Elodie entornó un poco los ojos y mostró una sonrisa de satisfacción-, aquí hay piezas que deben de valer una fortuna.
-Es imposible saber su valor, depende de lo que representen para el comprador.
-Y tú siempre intentando trasmitir tu pasión por la pintura a los alumnos..., aunque está muy relacionado..., me parece que tu padre no ha conseguido que tú tengas su pasión por las antigüedades.
-¿Por qué dices eso?
-Porque de haber sido así, trabajarías con él, no serías profesora.
-Te equivocas y no te equivocas.
-Bueno, será lo uno o lo otro.
-No, mi padre no me la inculcó, no hacía falta, la llevo en la sangre, es más, creo que toda mi familia tiene esa pasión.
A pesar de las palabras que había pronunciado orgullosa de su estirpe, su actitud no era altiva.
-Pero quiero ser independiente, no una niña de papá, aunque no puedo evitar que él quiera que viva en un apartamento como este -abrió las manos y repasó el salón con la vista-, tampoco hay necesidad de molestarlo diciendo ¨no¨.
-Lo comprendo.
-Ven, quiero compartir algo contigo -dijo alegre y satisfecha, lo miró de una forma especial y Umberto lo percibió, pensaba en qué podría ser cuando la siguió en dirección a una puerta que estaba en un lateral.
La amplísima habitación seguía los mismo cánones que el salón, solo que aquí había una gran cama de matrimonio. Además de almohadas, unos grandes cojines perfectamente dispuestos, pero ella desvió su atención señalando la alfombra mullida.
-Ahí es donde me tienes todas las mañanas a primera hora practicando mis a sanas.
Mientras tanto, ella se dirigió hacia un mueble lateral y tomó una pequeña caja esmaltada en marrón con incrustaciones de nácar formando dibujos. Se giró hacia Umberto mientras comenzaba a mover distintas piezas de la cja, aperturas de compartimentos ocultos que permitían el acceso a otros, así hasta llegar a una llave que abría un último espacio con espejo, este a su vez se deslizaba, y tras él apareció una nueva llave. Una caja llena de secretos que, como ya le había anticipado, compartiría con él. Fijaron sus miradas, los dos sonrieron. Elodie se inclinó y con la última llave abrió una puerta del mueble. De allí estrajo una bolsa de cartón y, dentro, algo grande, pesado, rectangular. Estaba perfectamente envuelto en distintas capas de plásticos con pompas, que ella fue quitando cuidadosamente.
-Ven, mira -le dijo mientras lo depositaba sobre el mueble.
Umberto se acercó observando sorprendido lo que era un gran bloque oscuro de gruesos pergaminos donde resaltaban algunos dorados.
-Es muy antiguo.
-Puede tener entre quince y diecisiete siglos.
Los signos, adornos y pinturas se veían perfectamente.
-¿Esto es pan de oro?
-Sí.
-¿De que se trata?
-Creo que es un tratado que ya en el momento en que se escribió debió ser secreto, solo podían disponer de él unos pocos elegidos.
-Es oriental -afirmó en voz baja viendo su aspecto.
-Sí -confirmó Elodie.
-¿De dónde procede?
-Lo compré en la India, en Uttar Pradesh, fui a conocer la ciudad sagrada de Benarés, y aunque creamos que esa es la India profunda, te aseguro que no. A dos horas de camino, al norte, no sé cómo decirlo, es inexplicable lo que vi. Allí se acercó una mujer, no sabía bien lo que quería, bueno, pedirme dinero fue lo primero que pensé, pero medio entendí que me quería enseñar su casa. Si la hubieras visto... -Umberto estaba observando a su amiga emocionada, como nunca antes la había visto, mientras le contaba su vivencia-, no podía decirle que no. Lo que realmente quería era venderme lo único que tenía de valía, se lo habían trasmitido de madres a hijas generación tras generación. En la India hay un proverbio que dice: ¨ No desprecies lo antiguo, puede tener un gran valor¨ . Me aseguraba que era único, ya no lo podía mantener en su poder. Me lo vendía, necesitaba el dinero. Le di los ochocientos dólares que llevaba encima. Ha sido aquí, estudiándolo poco a poco, donde he tomado conciencia de que estoy ante un ejemplar posiblemente único, como me dijo la mujer, y secreto, solo conocido por unos pocos en aquella época. Mira esto.
-¿Qué lenguaje es?
-Sánscrito, ¿sabes lo que pone?
-Ni idea.
-Pone ¨ Vatsyayana ¨ .
-Me quedo lo mismo.
-¿No sabes quién es Vatsyayana? -le dijo ella algo sorprendida.
-Te aseguro que no.
-Un monje y escritor de la India, el autor del Kama Sutra.
Umberto estaba mirando lo que se suponía que era la portada, pero nada más escuchar las palabras ¨Kama Sutra ¨, la imagen que volvió a su mente fue la amplia cama que estaba en ese momento a sus espaldas.
-¿Qué es, un ejemplar antiguo del Kama Sutra?
-No, te he dicho que debió ser secreto, el Kama Sutra lo conocía y lo conoce todo el mundo menos tú.
-Mujer, sé lo que es el Kama Sutra, solo que no lo he leído y no sabía quién era su autor.
-Pues este códice es mejor aún.
-Será mejor, pero yo solo estoy más perdido -dijo afinando la vista en ese acto inconsciente que le parecía cuando no aprendía o se ponía algo nervioso, y es que no dejaba de pensar en la cama que estaba detrás.
-La mayoría de la gente piensa que el Kama Sutra es un conjunto de las distintas posturas que se pueden adoptar para realizar el acto sexual -Umberto movió la cabeza afirmativamente-, pero es bastante más, un compendio muy extenso, con un gran número de capítulos..., treinta y seis, y toca múltiples aspectos, todo escrito por expertos de la época. No solo habla sobre el acto sexual y las posiciones, también habla de lo que tiene que tener en cuenta el hombre para elegir esposa, de la conducta que esta debe mantener, hace una clasificación de las mujeres, pero también habla de tabúes..., o de cómo atraer a otras personas.
Ese último comentario le debía de haber ayudado a ver la luz, pero no fue así.
-Pues reconozco que no lo sabía, estoy sorprendido- comentó Umberto ya concentrado en el tema y diluyéndose sus primeros pensamientos.
¨Ella no ha pretendido lo que se te ha venido a la cabeza. Un hombre ve que una mujer lo lleva al dormitorio y eso significa que ya quiere lío. ¿No es una amiga?, entonces... ¿por qué has pensado así? ¨ , se recriminó.
-La India tuvo en los primeros siglos de nuestra era un largo periodo de gran prosperidad, no hubo guerras, y sí florecimiento de la economía y la cultura. En ese periodo fue en el que se escribió el Kama Sutra. El hinduismo tomó fuerza, también las prácticas religiosas. La sociedad, partiendo de las etnias, estaba dividida bajo un severo régimen de castas por todos aceptados. Pero al mismo tiempo, la prosperidad económica trajo los intercambios comerciales, el contacto con otros pueblos. El hinduismo se expandió, pero a su vez, a ellos llegaron de otros lugares remotos. Mira, vas a entender perfectamente lo que te quiero decir.
Elodie se movió para abrir de nuevo la puerta del mueble y le pisó sin querer, Umberto se sobresaltó un poco y puso su mano en la cadera de ella.
-¡Oh!, perdona.
-No, nada.
A pesar del tiempo que se llevaban tratando, era el primer contacto físico que mantenían, solo el primer día cuando se presentaron habían estrechado sus manos. Y esa sola percepción de la cadera en movimiento le llevó a Umberto a tener conciencia del cuerpo de Elodie, hasta ese preciso instante solo existía una relación de amistad, ideas y conocimientos. El físico era lo primero en lo que reparaban los demás. Umberto no, salvo cuando se fijó en su boca, no había existido seducción; y en ese momento apareció con fuerza. Su mano transmitió la atracción. Recordó las caderas de la empleada de Calvin Klein; pero no, era distinto, otras formas.
Notó cómo se estaba excitando, le atrajo pensar en las diferentes experiencias físicas que le podían aportar distintas mujeres.
Elodie sacó otro libro y lo puso en paralelo, lo abrió y pasó varias páginas. Se detuvo en una en la que se veían varias ilustraciones.
-Este es el Kama Sutra, fíjate.
Umberto se concentró en la escena en la que un hombre estaba tumbado y, sobre él, la mujer era penetrada al mismo tiempo que esta acariciaba los testículos de su pareja. Por un momento imaginó que el pene del hombre fuese el suyo. Enseguida procuró escapar del pensamiento esforzándose en centrarse en los detalles del dibujo, ambos estaban desnudos; pero mantenían sus joyas en cabeza, cuello muñecas y tobillos. El decorado que les rodeaba y donde se consumaba el acto también era rico en alfombras y bienes. Una sociedad muy desarrollada para el momento histórico en que se ilustraba, aproximadamente entre el año trescientos y quinientos d, C.; reparó también en otra ilustración con similares características, otra postura, pero es que además había una segunda mujer en la escena.
-¿Y esta?
Elodie aumentó un poco su sonrisa.
-Ménage à trois.
-Se lo pasaban bien, sí, señor. -Intentaba mostrarse natural.
-Las formas de hacer el amor eran consideradas como un arte, y partiendo de ocho maneras básicas, hay ocho posiciones diferentes para cada una.
-Entonces... son sesenta y cuatro posturas distintas en total.
-Así es.
-Pues yo creía que había mil una.
Elodie bajó la cabeza y lo miró desde allí con una sonrisa aumentada, entre infantil y pícara.
-Esas son las mil y una noches -le dijo ella sin cambiar el gesto.
-Pues eso, una postura distinta por cada noche.
-Y yo que no te creía con tanta imaginación.
-Pues ya ves, ¡sorpresa!
Escuchar esa palabra la llevó automáticamente a dar el paso siguiente, sin pensar, quiso seguir sorprendiéndolo. Cerró el Kama Sutra y tomó el códice. Pasó cuidadosamente los antiguos legajos hasta detenerse en uno.
-Para Vatsyayana, la relación sexual era una unión divina, lo que pretendía era que disfrutara del sexo al máximo nivel.
¨¡Ay Dios!¨.
-Ahora fíjate en este dibujo.
Aunque la hoja estaba deteriorada, se veía perfectamente a un hombre y a una mujer manteniendo una relación sexual. En este caso, él estaba casi sentado sobre ella, que estaba tendida boca abajo, pasando su cuerpo por entre las piernas de él, que mantenía una postura parecida a la del loto, mientras la penetraba. Pero eso no fue lo que más llamó la atención de Umberto, que ahora estaba completamente desconcertado.
¨La perspectiva¨.
-Lo ves.
-Sí, claro.
Era una perspectiva caballera perfecta. El desarrollo histórico de este tipo de perspectiva era un tema sobre el que habían hablado y no terminaban de ponerse de acuerdo. Ella decía siempre sonriendo, y sin mucha convicción, que los amos del color y ese enfoque eran los pintores flamencos de finales del siglo XIV y sobre todo del siglo XV, mientras que Umberto mantenía que la perspectiva caballera se originó en Italia, al final del medievo, para explicar mejor las construcciones militares que constantemente estaban acometiendo las ciudades estado. El descubrimiento del punto de fuga, que fue la base para el desarrollo de la perspectiva, se atribuye a Brunelleschi, quien lo aplicó en dibujos para resolver los problemas de edificación que tuvo en su momento la catedral de Florencia, cuya construcción estuvo detenida, a falta de cúpula, durante cien años, porque nadie sabía cómo llevarla a cabo, salvo este genio loco borracho. O sea, como mínimo diez siglos después de lo que Elodie decía que podían tener los manuscritos que tenía delante. El desarrollo de un tema central trae el avance de todo lo que le rodea y que es necesario para llevarlo a cabo, o para explicarlo, como en este caso eran las relaciones sexuales; y en el otro, el avance militar.
A Umberto, lo que se le vino de inmediato a la cabeza fue otra cuestión que consideraba más probable; la necesidad. Esta consigue el máximo del ser humano, y en esos momentos estaba pensando que su amiga había podido ser timada, que de supuestos códices como el que tenía delante podía estar plagado el mundo entero, y todos los compradores muy callados, cuidadosos con su secreto.
-Mira, aquí se ve con más detalle a la mujer.
La nueva página que le mostraba estaba completamente ocupada por la imagen de una joven, algo de perfil y con el torso desnudo.
¨¡Vaya pezones!¨.
Umberto sonrió exteriorizando algo que le había resultado incluso cómico. No se dio cuenta de que ella estaba muy pendiente de él, de su reacción. Tanto le llamó la atención que olvidó de inmediato el pensamiento de que su amiga podría haber sido estafada.
¨Es increíble, esto no puede existir en la realidad¨.
¨Miau¨.
¨El pecho es normal, pero los pezones son larguísimos¨.
Umberto no pudo evitar pensar si era una forma de representación en la mujer de unas astas. No tenía una base para ello, la imagen le creó la idea.
La gata ya había comido y venía a conocerlo, se aproximó estirando su cuerpo, andando parsimoniosamente, levantando la cabeza, mirando al invitado, ahora era ella la que quería ser el centro de atención.
-¿Te parece guapa? -preguntó Elodie señalando el dibujo.
-Guapa, atractiva, entiendo que fuera objeto de deseo. -No le quiso hablar de la impresión algo risible que le había producido.
-¿Objeto de deseo...? ¡No hables así de la mujer, me sorprendes!
-Disculpa, pero si esta mujer existiera en la realidad, es muy difícil dejar de lado su aspecto físico. -Se reafirmaba en su comentario.
Elodie se quitó la chaqueta y la echó sobre la cama, dejó a la vista su sencillo vestido blanco. Umberto la miró.
¨¡Los pezones, cómo se le marcan! ¿Ella también...? ¿De qué me está hablando en realidad? ¿De perspectivas, de esto, de ella?¨.
Dudas, pensamientos e imágenes le secaron la boca. Se sintió incómodo. Desvió la vista de inmediato, pero tampoco pudo evitar mirarla a los ojos, medio segundo, para ver si ella se había dado cuenta de que había fijado la vista en sus pechos y la sorpresa que le habían causado.
¨¡Vaya si se ha dado cuenta!¨.
Sintió vergüenza, aunque percibió en ella un gesto comprensivo.
¨¡Es algo exagerado!¨.
¨Miau¨.
-Mira, ya ha comido y viene a saludarte -dijo Elodie manteniendo la naturalidad.
A Umberto no se le iba de la cabeza lo que acababa de ver, el dibujo tampoco, ni lo que había comentado respecto a la imagen de la mujer y el reproche de ella.
Desconcierto, confusión, pero el deseo estaba ahí. Si Vatsyayana decía que las relaciones sexuales entraban dentro de lo divino, ¿qué necesidad había de contradecirlo?
¨¿Por qué se ha quitado la chaqueta? ¿A ver si es una seguidora del monje?¨.
En su mente se volvía a repetir la imagen una y otra vez.
¨Ella tiene los así, eso debe ser, si no... ¿a qué viene todo esto?, por la perspectiva no es¨.
Miró la ilustración, volvió la cabeza hacia ella, que estaba pendiente del gato, de perfil, se volvió a fijar, de nuevo no pudo evitar imágenes que asaltaban su mente. Pensó que había algo de irrealidad en todo aquello, en la vivienda, el ambiente, en el libro, en Elodie..., pero de inmediato se vio obligado a preocuparse de otra cuestión terrenal, cuando reparó en que la fuerza que le dejaba más estrecho el pantalón le estaba haciendo daño.
¨Miau¨.
Ella volvió a la página en la que el hombre, manteniendo la postura similar a la del loto, penetraba a la mujer, Elodie la señaló.
-Esta postura no está recogida en el Kama Sutra.
¨Miau¨. La gata comenzó a restregarse con la pierna de él.
La erección tiraba del vello.
-¿Qué? -preguntó despistado mientras su rostro enrojecía.
-Que esta postura no aparece en el Kama Sutra.
-¿Seguro?
¨Ahora no quiero hablar de eso, Elodie¨.
-Completamente -de nuevo la suave sonrisa y la mirada comprensiva de ella, no sabía cómo iba a reaccionar él, creo que este códice recoge la postura que solo podían practicar unos pocos elegidos cuando encontraban a la mujer ideal, todo lo que llevo estudiado hasta ahora así me lo dice.
¨¿Los elegidos cuando encuentran a la mujer ideal? Ahora no estoy para matizar, me da igual¨.
-¿Y por eso piensas que era secreto?
-Secreto o al menos en poder solo de una minoría, una casta que podía relacionar con un tipo de mujer como esta, que no era común.
-¡¿Queeeeeé?! -La expresión se le escapó más fuerte de lo que él hubiera querido debido al dolor que el tirón del vello le estaba produciendo.
-¿Pero no te has dado cuenta nada más verlo?
-¡Uf!, perdona... ¿De qué?
-¡¿Qué te pasa?!
-Nada -contestó completamente rojo.
-¿No te das cuenta? -Estabas desorientado, se daba y no se daba cuenta, con seguridad lo que ocurría es que no terminaba de comprender-. ¡La mujer es rubia! Le dijo señalándola, mientras que Umberto no salía de su perplejidad.
Entre lo que había visto, intuido, pensado y sentido en ese momento, estaba hecho un lio. Imposible concentrarse, ni se había dado cuenta del color del pelo de la mujer. Balanceó un poco su cuerpo y cambió de postura, algo de lado para tirarse del pantalón y hacer hueco.
Efectivamente, en el Kama Sutra son morenas, se supone que de la India por el resto de las facciones, ¡pero esta era rubia! El autor de todo aquello debía pensar que existía una mujer ideal, y la mostraba, la dibujaba con unas determinadas características físicas.
Elodie volvió a enseñarle la mujer con el torso desnudo, con el pecho normal..., pero con aquellos pezones. Umberto fijó su mirada en ellos de nuevo, no pudo evitar pasar después la vista hacia los de su amiga.
¨¡Cómo se te marcan, Elodie¨, hubiera deseado decirle con la admiración y el deseo que sentía.
Y de alguna forma se lo dijo, porque ella volvió a darse cuenta de su mirada, del color y la nueva expresión de su rostro que desconocía. Le gustó comprobar que despertaba su interés.
La gata seguía rozándose con Umberto, mientras, de vez en cuando, se escuchaba un ronroneo que su consciente no percibía, pero su subconsciente sí.
¨Dios, pero ¿cómo puede ser, esto es real o estoy soñando?¨.
Estaban allí, marcando su posición en unos senos que parecían perfectos. Ya no desvió la vista, parecía hipnotizado. La mano de ella le acarició la mejilla, los dedos bajo la barbilla dirigieron su cabeza para sacarlo de su fijación, se miraron a los ojos. Umberto intentó tragar saliva, no pudo. La gata se separó y miró hacia arriba, los observaba, pasaba la vista de uno a otro alternativamente.
¨Miau¨.
Pero ellos no la escuchaban.
Elodie se aproximó más, insegura, despacio, dudaba, esperaba la reacción de él. Ambos estaban nerviosos, torpes, como dos principiantes quinceañeros en su primer contacto. Rozaron los labios. Un pequeño beso. Umberto recibió el soplo del suspiro de ella. Temblorosa, deseó entregarse y continuó. Los labios le trajeron nuevas sensaciones, nuevos ajustes, nuevo sabor, era agradable. De nuevo Elodie sentía la conexión perfecta, un deseo inmenso de abrazarlo, fundirse con él. Umberto se sorprendió por la fuerza con que la boca de ella le invadía, las lenguas chocaban y se entendían.
¨Miau¨.
La gata fue haciendo eses entre las piernas de Umberto y Elodie, rozándose y entrelazándolas, hasta que se desató una furia animal en la que ellos se sintieron libres de atacarse como deseaban, según les apetecía, y la gata por fin se marchó.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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