domingo, 12 de abril de 2015

EL LOCO.


CAPÍTULO VII

Vestido de luto, con mi barba nazarena y mi breve sombrero negro,debo cobrar un extraño espacio cabalgando en la blandura gris de Platero.
Cuando, yendo a las viñas, cruzo las últimas calles, blancas de cal con sol, los chiquillos gitanos, aceitosos y peludos, fuera de los harapos verdes, rojos y amarillos, las tensas barrigas tostadas, corren detrás de nosotros, chillando largamente.
-¡El loco! ¡El loco! ¡El loco!
...Delante está el campo, ya verde. Frente al cielo inmenso y puro, de un incendiado añil, mis ojos ¡tan lejos de mis oídos! - se abren noblemente, recibiendo en su calma esa placidez sin nombre, esa serenidad armoniosa y divina que vive en el sinfín del horizonte...
Y quedan, allá lejos, por las altas eras, unos agudos gritos, velados finalmente, entrecortados, jadeantes, aburridos:
-¡El lo... co! ¡El lo... co!

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ.

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