jueves, 9 de abril de 2015

CUENTO SIN U.



Caminaba distraídamente por el camino y, de pronto, lo vio.
Allí estaba el imponente espejo de mano, al lado del sendero, como esperándolo.
Se acercó, lo alzó y se miró en él.
Se vio bien.
No se vio tan joven, pero los años había sido bastante bondadosos con él.
Sin embargo, había algo desagradable en su propia imagen.
Cierta rigidez en los gestos lo conectaba con los aspectos más agrios de su propia historia.
La rabia,
el desprecio,
la agresión,
el abandono,
la soledad.

Sintió la tentación de llevárselo, pero rápidamente desechó esa idea. Ya había bastantes cosas desagradables en el planeta para cargar con una más.
Decidió irse y olvidar para siempre ese camino y ese espejo insolente.
Caminó durante horas tratando de vencer la tentación de volver hacia el espejo. Aquel misterioso objeto lo atraía como los imanes atraen a los metales.
Resisitió y aceleró el paso.
Tarareaba canciones infantiles para no pensar en aquella imagen horrible de sí mismo.
Corriendo, llegó a la casa donde había vivido desde siempre. Se metió vestido en la cama y se tapó la cabeza con las sábanas.
Ya no veía el exterior, ni el sendero, ni el espejo, ni su propia imagen reflejada en el espejo. Pero no podía evitar la memoria de aquella imagen.

La del resentimiento,
la del dolor,
la de la soledad,
la del desamor,
la del miedo,
la del menosprecio.

Había ciertas cosas indecibles e impensables...
Pero él sabía dónde había empezado todo aquello...
Había empezado aquella tarde, hacía treinta y tantos años...
El niño estaba tendido, llorando frente al lago el dolor de los malos tratos de los demás.
Aquella tarde, el niño decidió borrar, para siempre, la letra del alfabeto.
Aquella letra.
Aquella.
La letra necesaria para nombrar al otro si está presente.
La letra imprescindible para hablar a los demás al dirigirles la palabra.

Si no había manera de nombrarlos dejarían de ser deseados...
Y entonces no habría motivo para sentirlos necesarios...
Y sin motivo ni forma de invocarlos se sentiría, por fin libre...

EPÍLOGO
Escribiendo sin ¨u¨
puedo hablar hasta de mi
cansancio,
de lo mio, del yo,
de lo que tengo,
de lo que me pertenece...
Hasta puedo escribir de él,
de ellos
y de los demás.
Pero sin ¨u¨
no puedo hablar de ustedes,
del tú,
de lo vuestro.
No puedo hablar de lo suyo,
de lo tuyo,
ni siquiera de lo nuestro.
Así me pasa...
A veces pierdo la ¨u¨...
y dejo de poder hablarte,
pensarte, amarte, decirte.
Sin ¨u¨, yo me quedo pero
desapareces...
Y sin poder nombrarte,
¿cómo podría disfrutarte?
Como en el cuento... si tú no
existes
me condeno a ver lo peor de
mí mismo
reflejándose eternamente
en el mismo,
mismísimo,
estúpido
espejo.

JORGE BUCAY.

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