lunes, 20 de abril de 2015

CUANDO MURIÓ EL SOLDADO.


¨Cuando murió el soldado,
lejos, escaló el mar una ventana
y se puso a llorar junto a un retrato.
Habría que contarlo¨.

Rafael Alberti.

1

El soldado sintió cómo sus botas se hundían en la arena caliente. Le pesaban las armas, el macuto, el casco. Tomó la cantimplora, que ardía, y bebió un largo trago. Pensó en una fuente manando agua fresca sobre una pileta gastada: una fuente que contemplara un día -¿ayer? ¿mañana?- en un pueblo solitario, con perros y silencio; pensó en un borbollón de agua clarísima saltando entre dos rocas, entre piornos y helechos; pensó regresando, en él mismo, sudoroso y cansado, en lo que hacía allí, en aquel arenal sin fronteras, bajo aquel cielo que no era el suyo, distante de sus compañeros (¨Separáos veinte metros y avanzad¨), algo así como vigilante, como mediador, como ángel de la guarda de aquellos hombres cetrinos, duros, recelosos, que se aferraban a sus fusiles como a la tabla en el naufragio, que miraban torvamente sus uniformes tersos -y sacudió el polvo que lo recubría-, sus bigotes rubios, sus ojos zarcos, sin admitir su intrusión y su buena voluntad, el puente de su gesto amistoso. El sol pegaba de firme, implacable, y no había sombra donde acogerse y evitarlo. Distinguió, a derecha e izquierda, las siluetas amigas, sus perfiles, que la excesiva luminosidad parecía tornar vibrátiles; y a poco, oyó el rumor, el ronroneo que se acercaba, y miró al azul cegador, y obedeció el grito, ¨¡A tierra!¨, fundiéndose de golpe con aquella sábana abrasadora, con aquella sábana abrazadora, mientras el aparato cruzaba, raseante, vomitando fuego que la arena aceptaba cloc, cloc apagadamente, que su espalda aceptó con una sacudida, y todo fue ya como descender por una ladera, ligero, liberado, una ladera con chopos erectos, con yerba jugosa y verdeante, como descender por una suave ladera dormida...
El soldado sintió, de repente, que él era eso; comprendió, de repente, que nunca fue otra cosa sino eso; la tierra suya, casi escarlata; los olivos cansinos, retorciendo sus ramas cenicientas; el regatillo donde bebía el perro acezante; el frescor de la huerta recién regada, al atardecer... Una extraña paz le invadió; sus ojos seguían fijos en los bultos que avanzaban, zigzagueando, ocultándose tras la mole de los tanques, volviendo a asomar, trepando ya por la colina en cuyo cabezo, él, los otros, aguardaban, las manos en la culata de las ametralladoras, en los peines pulidos donde las balas se alineaban, asesinas. ¨Quietos, tranquilos¨, decía alguien, y la voz le temblaba, mientras las sombras que ascendían comenzaban a apresurarse, envalentonadas, más seguras cuanto más crecía el silencio de los que, a cubierto, acechaban. El soldado miró hacia arriba y vio unas nubes pequeñas y algodonosas, yéndose muy despacio hacia los cerros lejanos. Supo que tenía que estar allí, que había nacido para estar allí, ese día y a esa hora, frente a quienes trataban de arrebatarle su pertenencia, sus cielos y sus campos, su patria, esa palabra que n unca hasta ahora había entendido verdaderamente, plenamente. ¨¡Fuego!¨, gritó la misma voz, ya segura, y el súbito estruendo le ensordeció, y vio rodar los cuerpos colina abajo, o quedarse aplastados contra el suelo, tronchados, rotos. A su alrededor, piedras, sacos terreros, un brazo, saltaron por los aires, y él siguió disparando, haciendo en paz la guerra, su guerra, sin odios ni terrores, mientras las explosiones se multiplicaban, y el hombre que gritaba órdenes enmudecía, segado el cuello, y él mismo notaba por el pecho como una lumbre, como una llama, como si algo una paloma, un niño se escapase de allí, y se hiciese ternura el desgarramiento...
El soldado sintió los ojos de aquel niño fijos en él; en su subfusil, en sus botas lustrosas, en su uniforme... Era una mirada entre admirativa y envidiosa, de niño de escopeta de plástico y espada de madera guerreando por las alamedas del parque cercano. Tiró de él la madre, urgida, impaciente, sin volver la cabeza, y los dos se perdieron tras la esquina primera, fundiéndose en el bullicio urbano. El soldado anduvo arriba y abajo de la puerta del acuartelamiento, aburrido, golpeado por las dos horas de aquella guardia rutinaria y absurda, viendo cruzar la gente hacia sus cosas y sus casas, la riada de coches, que ora se atascaba, se resolvía en improperios, gritos, bocinazos, ora fluía acompasadamente, ordenada y silenciosa. Saltaban a sus pies los gorriones, picoteando el asfalto, desde donde volaban a los castaños hojosos, piando, alborotando, tornando de nuevo, otros, los mismos, sin darse tregua. El soldado se detuvo en un tramo de sol y contempló, los ojos entrecerrados, a un hombre de piernas truncadas que maniobraba ágilmente su carro de ruedas, sorteando transeúntes, alcorques, perros, casi veloz, casi feliz. El tráfico era ahora menor y la calma del atardecer parecía tenderse sobre la ciudad. Vio entonces el chrysler negro que se acercaba lentamente, pegado al borde de la acera, y distinguió a sus ocupantes, jóvenes y como dudosos del rumbo a seguir, vacilantes; cuando bajaron el cristal de la ventanilla, creyó confirmar su sospecha y se prestó, solícito, a orientarles. No tuvo tiempo de preguntarse por qué aquellas ráfagas destrozaban su vientre, le hacían doblarse, caer, con el asombro en los ojos, con la muerte en los ojos, mientras el coche aceleraba y se desvanecía, y en sus oídos se que daba tan sólo el asustado voletío de los gorriones, cada vez más remoto, más sueño, más otra cosa que un rumor o una huida...

2

La muchacha sintió el lametazo del sol en los ojos, la serenidad del mediodía que se ensanchaba, terso y luminoso. Dejó resbalar la mirada por el inmenso azul familiar, apenas roto por la espuma, apenas oleando, y comprendió que fuera callado y manso el rebullir de las gaviotas, su ir y venir acordado, al par del aire. Posó en la mesa el jarrón que sostenía entre las manos y separó las flores, blancas, amarillas,esponjando el ramo húmedo. La habitación se encendía en chispas de luz, pues que fulgían al sol vasares y espejos, cuanto cristal encerraba. La muchacha se sentó en una butaca, en su borde, sin intentar acomodo, perdida en los recuerdos, caminándose por dentro, buscándose la raíz de la melancolía, ésa que le impedía hacer, manifestarse activa, entregarse a las pequeñas labores cotidianas que iban recortándole el tiempo y dejándolo caer a retazos sobre las alfombras, sobre los corredores con óleos cálidos y perfiles salvados de otra edad, sobre las anchas losas de la terraza. Era como si la mañana gravitase de un modo blando y sostenido en aquellas cuatro paredes que sin querer la aprisionaban, en aquel techo del que pendía una lámpara dorada, sumida ahora en un levísimo vaivén. La muchacha miró el retrato del soldado, allí en la esquina de la consola, y súbitamente se irguió, como golpeada en la espalda, como punzada de aguijón lancinante, temblorosa y sin color, pero segura de que algo irremediable acababa de cumplirse, de que aquel relampagazo azulado que abría la ventana y se derramaba por la habitación, arrebujándose al pie de la consola oscura, era el final de una memoria, el modo inexorable de detener un péndulo, de echar por tierra un corazón
-El otro, el suyo-,
La muchacha sintió ladrar el mastín, más enfurecido cuanto más tiraba inútilmente de la cuerda que le ataba. Tomó el barreño colmado de ropa y salió de la casa. Sobre la higuera, ensayaba su silbo un tordo, negra, lustrosa la pluma. Mientras tendía, la muchacha miró en torno y se alegró de ver la tierra jugosa, verdeando, florecida. Desde allí, desde la cima de aquel montecillo, se divisaba el mar como una plancha gris, añil, celeste, que espejease la luz del instante, tamizada por unas nubecillas casi inmóviles. Seguía ladrando el mastín, ahora lastimero, con apagados aullidos casi suplicantes, y la muchacha se llegó hasta el chozo de cañizo, hasta el troncón que fijaba la cuerda, y soltó al animal, que comenzó a brincar, a girar a su alrededor, gimiendo, agradecido. Pensó que aquella paz no debería ser cierta, que otra guerra se había iniciado, que gente extraña pisaba sus campos y sus caminos, sembrando el miedo y la muerte. Entró en la casa, fue hacia la estancia donde se abría su camastro, y contempló, sobre la mesa pequeña una palmatoria, un jarro vacío, una bendejilla plateada, el retrato del soldado, sonriente, enfundado en el recién estrenado uniforme, ajeno. Notó que se encendía de ternura y temor, porque le sabía inexperto y desamparado y decidido, hecho al azadón y a la mancera, no a las armas. Y entonces, sin cómo ni por qué, justo en el tiempo de un segundo, sintió el estallido en el pecho, la dura garra oprimiéndola, arrebatándole el aire, y comprendió que nada volvería nunca a ser igual, que aquella mancha azul que acababa de irrumpir a través de la ventana y se echaba a su lado, era ¿el mar? ¿el mastín? La soledad de para siempre.
La muchacha sintió una llamada, algo, alguien que la atraía hacia la amplia cristalera que el sol de la tarde atravesaba dócilmente. Cesó en el teclear monótono, se alzó y dio unos pasos. Desde el alto mirador de aquel empinado edificio se distinguía, próximo, el mar; recogido en el puerto, con barcos balanceantes, lanchones, alguna gaviota, y abierto hacia el horizonte, estirándose. Sonó a través del dictáfono la voz gangosa (¨Traiga esas relaciones¨), pero la muchacha no la oyó hasta unos segundos después, apresurándose entonces hacia el despacho inmediato, los folios en la mano izquierda, la derecha alisando instintivamente unos cabellos rebeldes. Regresó, a poco, y de nuevo se ensimismó en aquella luz que iba entibiándolo todo, poniendo en cada cosa tintes de oro viejo, matizando fulgores. Abajo, la ciudad se agitaba, empequeñecida, todavía febril, si caminando ya hacia el silencio. Una paloma posóse en el alféizar y, a través del cristal, la muchacha observó la irisación de su plumaje, el brillo ceniza de su cabeza, el pecho que se abombaba, orgulloso. Tornó a su asiento, al tiempo que la paloma al aire, y colocó otro folio en la máquina de escribir. Frente a ella, la pulida estantería alineaba, en cuidadoso orden, carpetas, volúmenes, legajos, numerados y fechados. Allí, en un marquillo de plata, estaba la fotografía del soldado, mirándola a los ojos. Y fue entonces, justo cuando la voz volvía a sonar (¨Venga, por favor¨), cuando sintió aquel terrible desgarrón en la cintura y vio cómo una sombra azul, escalando la ventana, se volcaba en la habitación y la inundaba de llanto, mientras un largo frío tomaba posesión de sus huesos y su piel, sin hora ya y sin destino.

CARLOS MURCIANO.

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