domingo, 12 de abril de 2015

CARTA DE UN ASESINO CONFESO.


Sr. Dr. Joaquín María Ayanach
Calle Gualeguaychú 431
Capital Federal
S/M

Estimado señor,
Antes de nada, debo decirle que usted no me conoce. Por lo menos no en el sentido vulgar del conocer. Es decir, como yo lo conozco a usted.

Quiero decir que yo sí que tengo agendado su nombre y su domicilio. Yo conozco su edad, sus gustos, el lugar donde va de vacaciones, la marca del coche que usa. Conozco el nombre de su esposa, el de sus hijos y hasta el de su perro cocker (¨Pongo¨, ¿verdad?). Me interrumpe pensar que quizá todos estos datos lo inquieten un poco.

Como todos los que transitan por espacios de poder, tiene usted también sus aspectos paranoides. Me lo imagino preguntándose: ¨¿Cómo sabe estas cosas de mí?, ¿dónde consiguió ese dato?¨.
Para evitar que se siga angustiando con esas preguntas, me apresuro en responderle que no existe ningún dato tan secreto que un poco de dinero y mucho tiempo no sean capaces de conseguir... Y, la verdad, es que no me falta ni una cosa ni la otra. (A veces me parece que lo que hace que Dios sea omnipotente no es el poder, sino la paciencia infinita que da la inmortalidad. Nosotros, los humanos, en cambio, nos enfrentamos con ese grado de urgencia al que nos obliga la forzosa conciencia de nuestra finitud.)

Eso sí, para llevar adelante una investigación seria hace falta adosarle a la paciencia un poco de inteligencia y, obviamente, una cantidad de interés por lo investigado proporcional a la dificultad. (Porque, además, sin interés es imposible aguzar la inteligencia...)

Quizá fuera justo empezar por contarle cuándo empezó mi interés por usted.

Es muy probable que no lo recuerde, ya que han pasado muchos años. Pero el caso es que, un día, exactamente el jueves 23 de julio de 1991, pasadas las dos de la tarde (dos y cuarto exactamente) usted transitaba con su BMW gris por la calla Avellaneda, en Flores. Había llovido toda la tarde y las calles estaban encharcadas como siempre. Al llegar a la esquina de Artigas, dobló a la izquierda a toda velocidad y enfiló hasta Gaona, dejando que el coche se desplazara un poco de cola, como a usted le gusta doblar. Justo ahí, a metros de Avellaneda, hay un bache. Usted lo conocía, sabía de ese bache porque se arrimó a la derecha para esquivarlo (¿se acuerda?)... Al hacerlo, claro, salpicó al viejecito que intentaba cruzar aprovechando que el semáforo cortaba el tráfico de Artigas. Lo salpicó de arriba abajo, desde las rodillas hasta el sombrero.

Usted lo vio. Yo sé que lo vio.

Y, misteriosamente, contra todo lo esperado, doctor, ¡usted no paró! Y no sólo no paró, sino que además (y esto fue lo más significativo) hizo un gesto... Un gesto que debió durar tres o cuatro segundos, no más... Un gesto de desprecio, un rictus de fastidio, unos milímetros de torcedura de su boca... A eso siguió un leve, levísimo encogimiento de hombros que dijo, clara y fugazmente, todo lo que hacía falta saber sobre su lectura de lo ocurrido.

Ese día me dije: ¨¡Qué mala persona!¨.

Conviene que yo le aclare algo sobre mí. No tengo prejuicios. No tengo nada contra los coches importados ni contra sus poseedores. También soy, creo, comprensivo y tolerante. Así qué, después, pensé que tal vez me había equivocado y su actitud no había sido tal. O quizá esa actitud suya había sido excepcional.

Una excepción a la regla que media su vida, un mal momento, un error, un exabrupto...

Ojalá lo entienda, doctor. Para alguien como yo, que no entiende de aproximaciones ni de medias tintas, las cosas son o no son. Y la única manera de saber si usted esra o no un bastardo era investigarlo, investigándolo seriamente...

¡Así que eso es lo que hice!

Durante los últimos cinco años me he dedicado a saber de usted para poder ratificar esa horrible primera impresión que me causó su actitud.

Y aquí estoy, doctor Ayanach. La investigación ha terminado o, mejor dicho, lo hallado es más que suficiente para una conclusión: usted es aún más despreciable de lo que yo pude pensar en 1991.

El 24 de julio, al día siguiente del incidente, a la una y media de la tarde, me paré en la misma esquina de Artiagas y Avellaneda esperando a que pasara, apoyándome en la presunción de que usted, como yo, no cambia sus rutas cotidianas (siempre me ha sorprendido esa odiosa manía que tenemos los humanos de hacer rígida nuestra conducta en hábitos: comemos siempre lo mismo, nos vestimos del mismo color, veraneamos en la misma ciudad, consumimos la misma marca de cigarrillos y, por supuesto, recorremos las mismas calles de la ciudad para ir de un lugar a otro).

Usted no es la excepción. Así que a las dos y catorce minutos volvió a doblar con su BMW por Artigas hacia Gaona y esquivó el bache de Artigas arrimándose a la acera de mano derecha.

Ese día no había agua, ni viejecito cruzando. No hubo gesto ni nada que me distrajera de anotar su número de matrícula: B-2153412.

El lunes siguiente decidí no trabajar y dedicar a la investigación el día completo. Así que me subí a mi coche, lo aparqué sobre Artigas y, de nuevo, esperé su paso. A la hora de siempre, el coche importado gris dobló y empecé a seguirlo: Juan B. Busto, Warnes, Serrano, Santa Fe, Gurruchaga. Confieso que me fastidió un poco verlo aparcar entre los lugares reservados para la comisaría de la esquina de Santa Fe y Gurruchaga. Por un momento imaginé que sería usted comisario, o algo así. Pero no, usted ni siquiera entró en la comisaría. Pasó frente a la puerta y el guardia urbano lo saludó con la venia. Desde mi coche lo vi caminar por Santa Fe hacia Canning unos veinte o treinta metros y entrar en un edificio. En aquel momento el guardia urbano hizo sonar el silbato haciendo señas para que avanzara.

¿Por qué, doctor, puede usted aparcar su coche en un lugar reservado para la comisaría y yo tuve que ir a buscar un lugar donde aparcar, cosa difícil, por cierto, en aquella zona?

¿Por qué, doctor, nos hemos transformado en un compendio de oscuros privilegios concedidos o usurpados que benefician a unos a expensas de todos los demás?

¿Cómo es que el hecho de tener una profesión como la de comisario, o subcomisario, permite hacer suyo un pedazo de ciudad para guardar su coche, y encima concede el poder de trasladar ese don a otros?

Porque usted, doctor, no trabaja en la comisaría. Usted es ¨amigo del comisario¨. ¿Da eso derecho a unos metros cuadrados de vía pública? ¿Cuánto cuesta esa dádiva, doctor? ¿Un ¨favorcito¨? ¿Un ¨dinerito¨? ¿Una concesión compensatoria ¨non sancta¨?

Mascullando palabrotas contra usted, la policía, el ayuntamiento y el sistema, aparqué y caminé las dos manzanas de vuelta hasta Santa Fe.

Al final de la tarde ya sabía lo que necesitaba para empezar mi investigación. Sabía su nombre, la dirección de su oficina, su profesión (abogado penalista) y su horario de atención: los lunes, miércoles, jueves y viernes de dos a seis.

Hasta el momento que entré en su oficina, confieso que aún tenía dudas sobre mis presunciones. Tanto el episodio de Flores como el ¨privilegio¨ del estacionamiento frente a la comisaría no eran suficientes para mí... Pero cuando su secretaria Mirta (la rubia, la que tiene dos hijos y vive en Liniers) me dio cita con usted para las dos del siguiente lunes, me di cuenta de su falta de respeto a los demás. Porque su secretaria sigue sus indicaciones, doctor, y usted y yo sabemos que no puede llegar a las dos si a las dos y cuarto... ¡dobla por Artigas, en Flores!

¿Qué se supone que hace la persona que ha sido citada a las dos, entre las dos de la tarde y las tres menos cuarto, que es cuando usted llega? ¿Qué hace con su problema legal, con su ansiedad y con su angustia? No sabe qué hace, ¿verdad, doctor? No lo sabe ni le importa un rábano... Que espere. El otro, que espere.

Confieso, doctor, que mi opinión sobre los penalistas nunca ha sido maravillosa. Siempre he pensado que las personas deberían tener alguna imagen de sí mismos relacionada con la profesión que después eligen. No puede ser casual que casi todos los médicos sean hipocondríacos, casi todos los economistas sean tramposos y que no existan abogados fiables. Muchos meses de mi investigación los he dedicado a estudiar psicología. Ha sido un intento de llegar a comprenderlo a usted y sus mecanismos. No me cabía en la cabeza que un individuo que se dedicaba a la justicia tuviera una idea tan poco aceptable de la moral y de lo justo. Aprendí, entonces, algo que se llama ¨formación reactiva¨ (un supuesto mecanismo mediante el cual uno actúa para intentar cambiar el signo de la acción que sigue a un deseo censurable...).

La psicología sería mucho más benévola con usted que yo, doctor. Para la ciencia, usted ¨sublima sus pulsiones¨ con su profesión, lo cual, así enunciado, hasta parece ennoblecedor. No, doctor. No hay ningún mecanismo reactivo que justifique, por ejemplo, que usted haya conseguido que su cliente, Fuentes Orbide, saliera en libertad incriminando a su socio y cuñado. Usted sabía que el otro era inocente. Usted sabía que su presentación y planteamiento de defensa terminaría cambiando el lugar, en la cárcel, de su cliente por el de su víctima. Y, sin embargo, igual lo hizo. Usted no defendía la justicia, doctor. Ni siquiera a su cliente.

Usted defendió su bolsillo, su renombre, su interés personal. Dos semanas después de que el pobre socio de su cliente fuera detenido, alguien le habló sobre el caso, en un pasillo de los tribunales. El comentario era una especie de reproche por haberlo ¨mandado preso¨... ¿Recuerda su respuesta, doctor? Sus palabras resuenan en mi cabeza como si hubiera estado allí escuchando. Usted dijo: ¨Bueno. Si no puede pagarse un buen abogado. ¡que se joda!¨.

Nada de justificaciones reactivas para usted, doctor. Nada de interpretaciones de sublimación para las actitudes de la más baja calaña.

¿Es que vamos a echarle la culpa a sus pulsiones por esa repulsiva escala de valores con la que usted maneja sus relaciones interpersonales? ¿Vamos ahora a interpretar como ¨fobia a la pobreza¨ esa actitud en el restaurante de la calle Alvear aquel mediodía de septiembre...?

Déjeme que le ayude a recordar...

Fue hace más o menos dos años. Usted almorzaba con María Elena, su amante, en el restaurante de Alvear. Así que debía ser martes (mucho tiempo me llevó entender que los martes eran los días dedicados a su amante). Yo los miraba sentado en una mesa no demasiado alejada, como tantas otras veces. Aquel día, mientras comíamos, entró un niño de unos diez años vendiendo rosas por las mesas. Nadie lo había visto: ni los camareros, ni María Elena, ni yo... Y, de pronto, usted gritó: ¨¡Camarero!¨. Y el camarero que le atiende siempre (y que le teme tanto como le odia), se acercó rápidamente. Entonces, usted hizo que el camarero echara al chico a empujones a la calle.

La psicología tendrá muchas explicaciones para estas canalladas, pero yo sólo tengo una. Usted es un canalla, doctor. Tan canalla que no merece vivir.

Pensará usted: ¨Y a éste. ¿qué le importa?¨. Me importa doctor, me importa mucho...

Me importa porque yo soy aquel viejecito que usted salpicó en Artigas y Gaona hace cinco años. Me importa porque también soy quien tiene que caminar dos manzanas todos los días porque no puede aparcar en Gurruchaga y Santa Fe. Me importa porque soy su esposa, doctor, que quisiera comer con usted alguna vez, y porque, de alguna manera, también soy su amante, que quisiera no comer con usted algún martes. Me importa porque soy el preso inocente que paga en la cárcel por lo que no hizo. Me importa porque, de muchas maneras, yo soy el niño que intenta vender las flores en el restaurante de la calle Alvear...

Los psicólogos me han enseñado mucho sobre los mecanismos de la mente. Así que debo admitir, por fin, aunque me duela, que me importa porque, seguramente, yo soy tan canalla como usted, doctor. Yo soy tan corrupto, tan soberbio, tan agresivo, tan interesado, tan egoista, tan humillante, tan autoritario y tan despreciable como usted. En los últimos años, doctor, he llegado a pensar, por momentos, que usted no era más que una parte de mí. Una horrible parte mía, con vida independiente, que muestra lo peor de mí en cada una de sus actitudes.

Creo que fue a partir de esas ideas de ¨encarnaciones¨, identificaciones¨ y ¨escisiones de la personalidad¨ cuando me di cuenta de que usted no sólo no merecía vivir, sino que, además, debía morir.

Sí ¡Morir! ¿Pero morir cómo?

Quién sabe...

¿Cuál sería la forma más justa? ¿Accidente? ¿Infarto? ¿Suicidio? No lo sé...

La más honesta, sin duda, sería, lisa y llanamente, el asesinato. Es decir, que alguien, finalmente, decidiera matar lo que usted tan arquetípicamente representa del resto de nosotros.

¿Entiende usted el porqué de mi carta, doctor?

No le escribo para que se arrepienta...

Le escribo para informarle (porque creo que le concierne) de que he decidido matarle.

Por supuesto -yo lo sé-, usted pensará en tomar sus medidas de precaución: guardias, armas, guardaespaldas, sistemas de alarma, custodia en su casa, investigación de todo su personal, etc.

Pero, ¿cuánto tiempo se puede mantener todo eso?

¡Me costó cinco años reunir la información que me permite sentenciarlo con justicia! Puedo esperar cinco, diez o veinte para cumplir la ejecución... En algún momento la vigilancia se debilita, la precaución se olvida, los detalles se descuidan... Y en ese momento, doctor Ayanack, yo estaré esperándolo.

Puede que alguien dude (quizá usted mismo) de que este aviso de asesinato sea real...

Si yo mismo soy real...

¿Cómo saber, por ejemplo, si esto no es una especie de acto de culpabilidad inconsciente por su parte? En un psicologismo salvaje, alguien podría preguntarse si ésta es una carta dirigida por usted a sí mismo para reprocharse sus miserables acciones.

En contra de esta postura, está mi idea de que usted es absolutamente incapaz de sentir culpa.

Le considero un amoral, en el explícito sentido de la palabra.

Aunque existe, a favor de esta posibilidad, un acto inquietante. Como la policía podrá comprobar, esta carta ha sido escrita en su máquina de escribir, la que está sobre su escritorio, en la casa de Floresta. El papel es el mismo que usted utiliza y ha salido de su cajón del escritorio. Si consideramos el tiempo que lleva mecanografiar esta carta, llegaríamos a la conclusión de que la única persona que podría haberla escrito sin despertar sospecha es... usted mismo, doctor. Este pequeño misterio final que toma nuestra historia me encanta porque le concede un toque de novela policíaca que me fascina. Voy a guardarme el secreto de cómo lo hice para poder volver a escribirle si apareciera algo más que debiera decirle.

Por ahora, me despido de usted, no sin antes permitirme hacerle una petición.

Cuídese, doctor Ayanack, ¡cuídese! No me gustaría que, por un tonto descuido, un accidente real transformara en inútil todo mi trabajo.

J.M.A.

JORGE BUCAY.

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