jueves, 12 de marzo de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.

CAPÍTULO X
Paolo se incorporó una semana
tarde al nuevo curso, había estado algo enfermo. También tuvo algo que ver el que no le gustaba el colegio, menos mal que sería el último año en este centro. No terminaba de hacer amigos, cada año había numerosos cambios de compañeros, caras nuevas. El dinamismo de la ciudad se hacía patente allí.
Tras la verja, el amplio jardín verde, los árboles, los bancos en el camino que llevaban hasta las escalinatas grises que subían hasta el enorme portón de la entrada.
Se sentó a medio camino, notó el malestar en el estómago. Pasaban delante de él caras nuevas que ya se relacionaban entre sí y con antiguos alumnos. Esa semana había servido para que el nuevo colectivo se interrelacionara, se crearan grupos, y él se encontraría en una situación que ya conocía, soledad, aislamiento. Había una cuestión que marcaba desde el principio, desde la más temprana edad; se era popular o no. Él no lo era.
No se decidía, hacía frío, no estaba ni mínimamente motivado ante el nuevo curso. Observó que algo más adelante, en un banco que estaba al otro lado del camino, había una niña sentada de lado, casi de espaldas a él. Solo le veía el pelo largo, ondulado, castaño claro con intensos reflejos cobrizos, le caía sobre un jersey verde oscuro, como su falda larga, aunque esta era de un tono más claro, llevaba flores bordadas y también estaba rodeada por volantes de los que colgaban graciosos flecos de distintos colores. Pero lo que le llamó la atención fue que estaba haciendo movimientos acompasados con la mano derecha, a un lado y a otro, arriba y abajo. La niña cambió de postura y entonces Paolo vio que en la otra mano sostenía un papel con manchas negras, comprendió, un pentagrama. Estaba sola, como él, ella metida en su música. Pasó el tiempo, no dejaba de mirarla, no había visto aún su cara, solo apreciaba su pelo y los movimientos rítmicos de la mano.
Ya no podía esperar más, tenía que marcharse, busca el aula que le correspondía. Tomó la mochila y se la llevó sobre el hombro. Caminó acercándose a la chica, iba girando la cara a medida que se aproximaba, necesitaba ver su rostro. Comenzó a ver su piel clara, pequeñas manchas, pecas muy difuminadas, solo unos pasos más y... notó un fuerte golpe sobre el hombro derecho que casi le hizo caer, algo que no pudo evitar que ocurriera con la mochila. Sorprendido, miró al compañero con el que había chocado, que a su vez le estaba mirando y riendo. Tanto él como los otros tres que le acompañaban le eran de sobra conocidos. Formaban el grupo que no le dejaba en paz desde hacía ya bastante tiempo. Estos no desaparecían como otros. Seguían allí, y siempre mofándose de su físico, de sus gafas, de su manera de caminar, o de cualquier comentario que hiciera en clase.
Paolo no dijo nada, se limitó a agacharse para recoger su mochila y, justo cuando la iba a tomar, vio cómo la puntera de una bota la golpeaba con fuerza, como si fuera un balón de fútbol, la desplazaba. Los niños que iban pasando se detenían, las risas lo rodeaban.
Solo una vez habló con su madre del cabecilla de este grupo, de lo que sentía hacia él y, como siempre, comprendió perfectamente lo que su madre le contestó: ¨ Odiar es la derrota de uno mismo, es mejor derrotar al odio que al enemigo que este nos ha creado¨ . Y después le aseguró que ese niño caería producto de su propia forma de actuar hacia los demás.
Desde abajo, Paolo giró la cabeza y vio al otro con las manos en jarras.
-¿Qué miras, puto spaghetti?
Y entonces Paolo se acordó de su padre viendo El Padrino. No sabía cuántas veces lo había contemplado hipnotizado por su película favorita, recordaba escenas de memoria, y el pensamiento de Don Vito Corleone: Nunca te enfades, nunca te revuelvas, no hagas caso al insulto ni a las amenazas, pero nunca olvides¨ .
Tomó la mochila, el grupo estaba delante cerrándole el paso. Se abrió camino entre dos, no sabía si le iba a venir otro golpe por detrás, y vio a la niña que estaba sentada, con su pentagrama en la mano izquierda, ya no movía la otra mano, tenía la cabeza levantada, lo estaba mirando a la cara, directamente a los ojos, con una leve sonrisa. Sí, tenía la piel clara llena de preciosas pecas, algo sonrosados los pómulos, los ojos tan azules como los suyos y la boca, los labios, perfectos, como el rostro. Era guapísima, dentro de la naturalidad y la sencillez. Paolo comenzó a flotar.
-¡Gallina!, ¡meona!, ¡gallina meona!
El grito le atravesó el oído. Se estremeció, sintió angustia, dejó de mirar a la chica, la vergüenza le inundó, caminó hacia la escalera, no veía nada, quería huir, desaparecer.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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