jueves, 12 de marzo de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI..

CAPÍTULO IX

  El señor Heller tenía una forma de actuar que dejaba a las claras su gusto por hacer notar, todo lo contrario que a Umberto.
  -Te digo que tienes que venir conmigo a Secaucus, vas a cambiar toda la ropa esa tan sosa que llevas siempre -dijo en voz alta con el sonido aguardentoso y afectado de siempre.
 Poco a poco había ido apreciando a este compañero profesor de Literatura. Su forma de moverse era inconfundible, y aunque siempre vestía con traje y corbata colorida, de las que tenía una gran colección, el toque de color rosa se dejaba ver por algún lado. Aquel día era su camisa.
   El señor Heller lo recibió con los brazos abiertos desde el primer día. Le ayudó a frenar los miedos que le invadían todo su ser cada vez que comenzaba un nuevo curso. Lo convenció para para ir a clases de yoga, disciplina que formaba ya parte de su rutina diaria, lo primero que hacía cada mañana durante media hora cuando se levantaba. Y ahora Umberto se reía con él, le hacía relajarse, y de alguna forma también contribuyó a que se aceptara como era. En alguna ocasión se sorprendió a sí mismo pensando que ya no recordaba sus miedos.
  -¡Dios mío, cómo llueve!, ¡¿pero cómo puede ser estooo?! exclamó con cara de asombro desde lo alto del portal.
  Poco a poco los alumnos iban llegando, el grupo aumentaba, todos esperaban que aflojara un poco. Umberto miró hacia el cielo y pensó que si lloviera así solo una vez al mes en el sur de Italia, su tierra sería el vergel más maravilloso de la tierra.
  Mientras tanto, el señor Heller había cambiado su actitud expansiva por otra entre tímida y recatada. Disimuladamente no dejaba de observar a un chico de rasgos hispanos con grandes ojos negros y una dentadura perfecta, blanquísima, al que parecía no preocuparle la lluvia porque se iba abriendo camino educadamente.
  -Por favor, voy a salir.
  Se plantó en la calle como si nada. Caminaba con naturalidad, a pesar de la que estaba cayendo.
  El señor Heller no se pudo contener, alguna fuerza interior lo debió de mover.
  -¡Quién dijo miedo! Umberto..., ¡que nos vemos mañana!
 Y salió lanzado en la misma dirección que el joven.
  La primera ráfaga de lluvia y el contacto de los pies con el suelo encharcado le hicieron encogerse y saltar exageradamente. Umberto sonreía al mismo tiempo que se preocupaba por su amigo, y es que no había dado tiempo a decirle nada. Temió que se fuera a resbalar, pero por los pingos que iba dando estaba más en forma de lo que parecía a primera vista.
 -Su amigo no le teme a la lluvia.
 Tenía una sonrisa tan blanca y perfecta como el joven detrás del que había salido corriendo el señor Heller, solo que en ella todo era destacable. El pelo largo, rubio natural, se abría en ondas a los lados en su caída; los ojos de un color verde claro; y la piel, con un tono moreno que le daba un aspecto saludable. Estaba en ese punto de perfección ideal que alcanzan algunas mujeres en torno a los treinta, ni joven ni madura. Ya había reparado en ella, imposible no hacerlo. Era alta, cercana al metro ochenta sin tacones, y guapa, muy guapa, con un cuerpo delgado y estilizado, perfecto. También era profesora y siempre iba vestida con traje de chaqueta.
  Le estaba hablando y Umberto se fijó en que sostenía un libro de grandes dimensiones delante del pecho.
  -La verdad es que me ha sorprendido, no esperaba que saliera con esta lluvia -contestó Umberto con una sonrisa mientras repasaba su rostro.
  -Eloide Dómine -dijo decidida mientras extendía la mano.
  -Umberto Di .
 -Encantada. -Casi hizo una pequeña y graciosa reverencia que sorprendió a Umberto.
  -Lo mismo digo.
  Aunque llevaba unos tacones medianos, Umberto le seguía sacando casi media cabeza.
  -Bueno..., creo que somos colegas, yo doy clases de Pintura.
   Le hizo un gesto enseñándole la portada del libro.
   -Lo mío es la Historia.
  -¡Ah!, muy bien, debe ser más placentero que la pintura, aunque yo no tuve elección, me atraía desde niña, lo mío es vocacional como pienso de ser para usted la historia.
  -NO crea.
  -¿No?
  -No me lo había planteado, igual usted tiene razón. Ahora que lo pienso, todos los italianos debemos tener una tendencia natural para la historia, como los argentinos por la psicología.
   -Y los franceses por la pintura...
   -¿Es usted francesa?, no tiene ningún acento.
   -No, soy nacida en Washington. Mi padre sí es francés, del sur, mientras que mi madre nació en la Bretaña. Ella siempre me lo está recordando, dice que soy como las mujeres de allí. A Umberto esas palabras le hicieron pensar en su cuerpo, ese físico alto y delgado.
   Procuró aguantar la mirada de los ojos verdes de ella. No pudo, su rostro tenía una belleza. Le atrajeron los labios.
   ¨Y su sonrisa...¨.
   -Y usted, un italiano que se parece a Hohn Lenon, interesante. -Umberto bajó la mirada, asomó un gesto de timidez. Le habrán dicho en alguna ocasión que se parece a John Lennon, porque es usted clavadito.
   -Sí, alguna vez.
   -Parece que va a tardar en parar a llover y a estas hora va a ser imposible coger un taxi, ¿le parece que nos tomemos un café? Me interesa preguntarle sobre una cuestión que estoy estudiando desde  hace tiempo, a ver si me puede ayudar.
  Umberto miró a su alrededor, ya prácticamente no cogían en el hall del edificio y, efectivamente, la cosa iba para largo.
  -De acuerdo.
  Por los pasillos se iban cruzando con jóvenes educados en dirección a la salida. Vestimentas varopintas y peinados no excentos de arte. Diversas tendencias, predominaba el color negro. Algunos eran alumnos suyos, les saludaban y ellos correspondían.
 En la cafetería se acercaron al mostrador, ella pidió un café americano, mientras que él prefirió un té verde con limón. Se sentasron en torno a una pequeña mesa redonda, frente a frente.
  -Le parece que nos tuteemos.
  -¡Ah!, sí, a mí me parece perfecto.
  -Verás, Umberto, hay algo en lo que tal vez me puedas ayudar.
   -¿Sí? Dime.
  Ella abrió el libro y se fue directamente a la página que tenía señalada con un post-it blanco. Lo giró y se lo puso delante a Umberto.
   -Botticelli es uno de mis pintores favoritos..., y en el cuadro de El nacimiento de Venus hay algo que no termino de comprender. -Umberto hizo un gesto como preguntando de qué se trataba al tiempo que bajaba la mirada para contemplar el cuadro. La piel de ella, el tono de la piel.
   Recordó cuando estuvo hacía ya bastantes años delante de ese cuadro, en la magnífica Galería de los Uffzi, en Florencia. También encontró en ese cuadro tan admirado por todos algo que hacía que no pudiese concentrarse en él. Llegó a pensar que podía ser por el hecho de verlo deteriorado, lógico en una pintura de final del siglo XIV, y esto hizo que se produjera en él un dilema, ¿preferimos una pintura restaurada, con la posibilidad de cambios que ello conlleva sobre el original, a algo de aspecto viejo aunque más original? El caso es que no consiguió, viendo el cuadro frente a frente, captar la armonía de los colores cuando sí lo hacía viéndolo en fotografías. Le atraían más estas últimas que lo que veía en la realidad, eso a pesar de las grandes dimensiones de la obra de Botticelli frente a la que estuvo. Sintió malestar, decepción, por el hecho de apreciar más una fotografía que el cuadro original.
  -Si no recuerdo mal, cuando vi este cuadro en el museo noté bastante distorsión entre el colorido original y el de las fotografías que solemos ver, como esta, pero recuerdo también que el tono de la piel era similar al de la concha sobre la que está de pie. Ella es la diosa del mar, y la concha también procede del mar.
  -Entonces... ¿tú no la ves como la representación escultórica al gusto helénico como todos creen?
 -No te puedo decir -Umberto sonrió-, mi especialidad es la Historia Moderna y Contemporánea, pero las sensaciones que me dio no fueron esas.
   -¿Verdad?, yo pienso igual.
  -Y si tiene relación con la cultura griega..., yo conectaría más con Platón cuando decía aquello de que el ser humano debía de buscar la unificación en la persona..., de la belleza..., el amor y la verdad. -Ella asintió con la cabeza.
   -¿Tú no la ves como una diosa?
   -Fíjate en el mar, en la literatura griega el agua es un símbolo erótico, después quisieron que fuese la Diosa del Amor, en sentido cristiano, pero su verdadero origen está basado en la atracción física de la mujer sobre el hombre. En Occidente, la religión ha realizado una férrea censura. Sí, hay desnudos, pero nunca llegan a realizar el acto sexual o el deseo, cuando sí se representaban en Oriente.
  -Es verdad... -Elodie abrió la boca, pareció que se asombrara ante una verdad revelada.
 -Sin embargo, a pesar de esto, yo creo que el trabajo del autor sobre su obra, su interiorización, el ver la belleza una y otra vez cada día mientras trabaja sobre la mujer pintándola, hace que la sexualidad se cuele por algún sitio y llegue hasta el espectador.
  -¡Oh, gracias! -dijo fascinada.
  -Si Botticelli quiso representar una diosa, que es posible que lo pretendiera..., al menos como idea original, a esta la puso ya muy cercana al ser humano y al hombre. Fíjate que ejerce atracción hacia él, juega con la desnudez, el brazo tapándose el pecho pero sin pudor, mostrándose con naturalidad, con el pelo ondulado recorriéndole el cuerpo busca un toque de erotismo. Para mí es la diosa más humana que he visto.
  -La has definido perfectamente, tal vez sea ese punto en la representación de esta diosa lo que no terminaba de captar, porque después Céfiro y su esposa Cloris sí están suspendidos en el aire, mientras que ella está ya en la tierra, sobre la concha..., pero en tierra. Es verdad..., una diosa ya humana.
  Ella estaba maravillada de haberencontrado en unos minutos de conversación con Umberto algo que le llevaba rondando la cabeza bastante tiempo, no acababa de comprender cómo él lo había hecho en un momento. Su rostro bello y sonriente recogió un matiz de admiración por su colega mientras este seguía hablando. Hacía tiempo que pensaba en él, incluso había paseado por los pasillos esperando cruzarse con ese profesor alto y delgado, europeo con seguridad. Y en aquel instante se dio cuenta de que estaba a la altura de sus expectativas, incluso más.
  -Pero debes  olvidar que el rostro de las vírgenes de Botticelli tienen el mismo tipo de rostro que esta Venus, son jóvenes con ojos claros y la boca siempre está cerrada.
   En ese instante, Eloide Dómine estaba mostrnado su preciosa y perfecta sonrisa, que según los cánones de la belleza que le había enseñado su madre desde niña solo debía dejar a la vista seis dientes. Pero cuando escuchó las palabras de Umberto de inmediato cerró los labios.

ANTONIO BUSTOS BAENA. 
  
  

   
  
  
  
  
  
    
   

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